Capítulo 5
Harper seguía conversando con Silvester durante el camino de ida a la finca del duque. Los dos rememoraban tiempos, mientras llevaban las copas de brandi a sus labios y reían.
El ayuda de cámara de Harper lo había estado engañando todo el tiempo, pues solo colocaba el cristal en sus labios para mojarlos un poco y sorber solo una miseria. Su deber era cuidar al duque de esos viajes que le gustaba hacer por la noche.
—¿Oíste algo? —interpeló Harper que había oído golpes en la parte trasera del carruaje.
—No, excelencia. Debe ser que usted ha bebido demasiado. Ya van más de siete copas.
—Y tú estás intacto porque me has estado mintiendo, solo hueles el brandi.
—Bebería más abiertamente con usted en la casa, pero estoy trabajando en su cuidado.
—Está bien. Seguiré bebiendo un poco más hasta quedarme dormido. En algún momento debe dejarme el malhumor.
Los dos guardaron silencio y en ese ínterin, escucharon unos golpes.
—Esta vez tuviste que haber oído eso, Silvester —dijo Harper.
—Debe ser alguna de las cosas dentro del baúl. Tal vez no ajusté algo.
—Debe ser eso...
Ninguno de los dos le dio mayor importancia al sonido que venía de un lugar desconocido del carruaje.
Dentro del baúl, Rose había despertado e intentaba moverse, lo que le provocaba más golpes en la cabeza por el lugar tan estrecho en el que estaba. No podía distinguir nada, solo la incomodidad e imposibilidad de mover sus extremidades.
Desconocía por completo en donde se encontraba y le daba mucho miedo saber lo que significaba lo que estaba ocurriendo: había sido secuestrada.
Spencer se moriría, aunque qué podría preocuparle su hermano si ella estaba en problemas.
Primero debía preocuparse por escapar y después por hacer otra cosa.
Por el movimiento que sentía y lo que olfateaba, estaba en un carruaje entre prendas olorosas. ¿Quién pudo haberla arrebatado de la velada y por qué?
Se encontraba cansada de pensar y de llorar dentro de ese lugar. Gritar era lo único que le quedaba.
El duque, que estaba dormitando, abrió los ojos al oír unos gritos.
—Eso no es normal —espetó.
—No, su excelencia —replicó Silvester que buscó el arma en su levita.
—Hay que parar el carruaje para investigar —mandó Harper.
Silvester golpeó el techo del carruaje para que se detuvieran y pudieran investigar el origen de los gritos.
Cuando se detuvieron, se percataron que los gritos eran femeninos y que venían desde el baúl que tenían en la parte trasera del coche.
—Aléjese, excelencia, yo me encargaré —dijo Silvester al ver que Harper se acercaba a la zona de peligro.
—Necesito ver qué es eso. ¿Crees que una comadreja se ha metido en mi baúl y ha hecho sus necesidades en mis prendas?
—Por cualquier imprevisto es mejor que se mantenga a una distancia prudente. Solo sostenga la lámpara, excelencia.
El cochero y el ayuda de cámara del duque se colocaron frente al objeto dudoso.
—Ábrelo —ordenó Silvester al cochero.
El otro sirviente sacó el seguro del baúl y levantó la tapa, mientras que Silvester apuntaba al sitio.
Sin ver nada, Rose se arrojó sobre el cochero, asustándolo. Ella era como un animal asustado y desorientado. Solo se le ocurrió correr ante los tres hombres que estaban acechándola, no se quedaría a averiguar lo que ocurría ni las razones por las cuales la habían secuestrado.
Harper quedó impresionado al ver a una mujer saliendo de su baúl. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Cómo había llegado hasta ahí?
—Era una dama, excelencia, y no una comadreja. Le aseguro que encontrar un animal sería mucho mejor que una mujer. ¿Qué ha estado haciendo? —interpeló su ayuda de cámara.
—¿Qué insinúas, Silvester?
—Esa dama no pudo haberse metido al baúl.
—¿Acaso me acusas de algo? ¿Para qué necesitaría tener a alguien encerrado? Qué tontería —farfulló enfadado—. En fin, el problema se ha ido, hay que seguir por nuestro camino.
El duque procedió a subir a su carruaje y se sentó dentro.
—¿Dejará a una dama en medio del monte? —preguntó Silvester.
—Sí. No es mi problema, no la conozco. Hay que continuar.
—Excelencia, mi conciencia no me dejará tranquilo si abandono a una joven en un lugar lejano y desconocido. Tome en cuenta que el cielo se está nublando y comenzará a llover en cualquier momento.
—Entonces búscala, no es de mi incumbencia. Ni siquiera sabemos quién es y qué quiere.
—Estaba en su carruaje, excelencia, es su culpa.
—¿Mi culpa? Debería despedirte por esta impertinencia, Silvester, pero solo tú eres capaz de soportarme. ¿Qué quieres de mí?
—Que me acompañe a buscarla. No debe quedarse solo.
—Si no la encontramos nos iremos y olvidaremos lo que ha ocurrido aquí. Cómo desearía estar ebrio solo para creer que esto es producto de mi magnífica y prolífica imaginación perversa, porque raptar a una joven es algo perverso. Tal vez el cochero tenga algo que decir —acusó Harper a su empleado.
—Le juro por mi alma, excelencia, que no la había visto en la vida, pero huele muy bien —comentó el hombre.
—Eso ya no importa. Ahora debemos ir a buscar al gato montés que dejamos salir... —masculló el duque, enfadado.
La joven corría por el campo oscuro. El viento comenzaba a soplar con fuerza y Rose se sentía tiritar de frío.
Por más que corriera y sudara, no lograba entrar en calor, solo tenía miedo y cansancio.
Su desorientación era total. Cuando no pudo dar un paso más, cayó de rodillas y colocó las manos sobre la hierba.
Respiró por unos instantes hasta que comenzó a llorar.
Por primera vez en su vida se veía lejos de su familia y más aún de la protección de su hermano. Quería que Spencer fuera a salvarla de lo que estaba ocurriendo. Deseaba que les diera una paliza a quienes la habían secuestrado.
Sus dientes castañeaban por el miedo y el frío, a su alrededor solo existía silencio y tal vez criaturas salvajes que quisieran devorarla. Ante ese pensamiento el llanto volvió a hacerse presente.
Dentro de todo, Rose todavía se creía una niña que necesitaba del afecto y de la seguridad familiar.
Además, con los años, veía a todos en su casa regocijarse con el agrandamiento de la familia.
Sus cuñados habían llegado a su vida para ayudar a Spencer a cuidar de ellas de alguna manera.
Sabían que él vivía angustiado, pensando en todo lo que significaba casar a sus hermanas.
Todo el esfuerzo de ellos se había perdido gracias a lo que ocurría en ese momento.
Había sido secuestrada y estaba perdida en medio de la oscuridad.
La desolación se apoderaba de ella. El buen nombre de su familia estaría en el piso, su hermano tal vez moriría y Eugenia quizá nunca se casara.
Ante todos esos pensamientos juntos, Rose se había desmoronado.
No tenía salida a tal situación, lo único que podía hacer era desahogar sus penas.
Tanto Harper como sus sirvientes buscaban a la joven por la zona. Se dividieron para poder abarcar más millas y hallarla antes de que el clima adverso los atrapara en una lluvia.
Mientras el duque caminaba buscando a la enorme comadreja que salió de su carruaje, escuchó el sollozo de la mujer que estaba tirada en la hierba.
Nunca había pasado por una situación similar.
¿Qué se supone que debía hacer? Por culpa de su sirviente, él debía llevarla, pero Harper sabía que, si por algún motivo una dama soltera subía a su carruaje, estaría en un aprieto del que ni siquiera su título, su dinero o su influencia podrían salvarlo.
Estuvo tentado a dejar a la joven ahí, pero el constante centelleo en el cielo, lo persuadía para que no hiciera semejante salvajada.
—Señorita o quién quiera que sea, venga conmigo. Me debe un par de explicaciones —musitó el duque para llamar la atención de la joven.
Rose saltó como un gato y apartó las lágrimas de sus ojos. Pese a que no veía nada, buscó algo en el suelo para arrojarle, cualquier piedra o insecto podría ser útil.
—¡Aléjese de mí, rufián! —escupió con la voz temblorosa.
—Me han dicho muchas cosas, pero esa palabra es demasiado dura para que lo diga una dama.
—¡Déjeme ir! Cuando encuentre a mi hermano, él acabará con usted y también todos mis cuñados.
—No tengo la intención de hacerle daño. Quiero saber qué estaba haciendo en el baúl de mi carruaje.
—Usted y algún secuaz me han metido ahí cuando fui al jardín.
—No ensuciaría mi nombre con un acto tan vil, no sea ridícula. Debió estar jugando a las escondidas con alguna amiga y no se le ocurrió otra cosa más que perjudicarme.
—¿Perjudicarlo? Pero si no lo conozco.
—Ni yo tampoco. ¿Con qué objetivo querría llevarme a una mujer?
—Lo más probable es que sea por mi dote. Es un sinvergüenza, de cualquier manera, no arruinará mi vida, yo arruinaré la suya.
—Escuche, no la puedo distinguir ni siquiera a esta distancia. Venga al carruaje, conversaremos sobre esta terrible confusión que ha causado y encontraremos una solución.
—Si en verdad quiere ayudar, busque a mi hermano, pero dudo mucho que lo haga, ya que me ha encerrado con un único objetivo que es obligarme a un matrimonio con usted.
—¡Qué locuras está diciendo! Disfruto mucho de mi soltería. Además, si una mujer llegara a atraer mi atención, jamás la metería en un baúl. Esto es ridículo y usted es una demente.
—Es un cavernario que me ha secuestrado. De aquí no me moveré hasta que venga mi hermano y usted se largue de aquí.
—Se ahogará con la lluvia. No sea tonta.
—Tonta sería si regreso con la persona que me ha apartado de mi familia con malas intenciones.
—No sé quiénes la han metido en mi baúl, pero no he sido yo. Estaba disfrutando de la buena música de la velada.
—Y yo estaba ahí, solo que no pude ejecutar el pianoforte por... ¡Eso no es de su incumbencia! —espetó al recobrar el juicio. Se suponía que ella estaba peleando con su secuestrador.
—Soy Harper Rottenberg, duque de Alcost, ¿y usted?
—Lady Rose Fane, hermana de lord Nottingham.
Los dos se habían quedado en silencio después de decir sus nombres. De fondo, se oían los truenos que se acercaban y crispaban los nervios de Harper, que estaba en esa incómoda situación gracias a esa joven.
—Milady, venga conmigo. Le juro por mis padres que no he tenido nada que ver con su supuesto secuestro.
—¿Por más que las pruebas lo inculpen?
—Sí, soy absolutamente inocente.
—No iré con usted ni por más que lo jure por toda su familia viva, muerta o por existir.
—Comienza a exasperarme.
—Hubiera pensado dos veces antes de desear mi dinero.
—¡Por...! —Harper tuvo que detener la maldición que deseaba pronunciar.
Cuando las gotas de lluvia comenzaron a caer con violencia, Harper había abandonado la idea de ser un caballero. Dejó a un lado su lámpara y fue hacia Rose sin mediar palabra.
—¡Deténgase! —ordenó Rose que retrocedió. Al ver que él no le hacía caso, ella comenzó a huir, pero sin éxito. El duque se había arrojado sobre Rose como si fuera un gato, aprisionándola bajo su cuerpo—. ¡Quítese, incordio!
—Estoy cansado de su indecisión, irá conmigo le guste o no, piense bien o mal de mí, me da igual. No quiero mojarme y es lo único que me interesa.
—Mi hermano le quitará los ojos apenas sepa de esto —amenazó con la cara puesta contra la hierba. El hombre no tenía mucha caballerosidad corriendo por sus venas.
—Soy inocente. Ya en sus sueños desearía que alguien como yo la secuestrara. Deje la fantasía de lado —masculló Harper levantándose para colocar a la joven en sus hombros.
—¡Esto es el colmo! ¡Cómo se atreve! —exclamó Rose al ser levantada por el hombre—. ¡Canalla!
—Sí, sí. Grite todo lo que guste, pero evitaré que enfermemos por su capricho. Por su culpa estamos metidos en esto.
—¿Mi culpa? ¡Es su culpa por no poder conquistar a una dama! Si se hubiera acercado a mí como cualquier caballero decente lo haría, tendría mi aceptación para casarnos, pero de esta manera no.
—Deje de vivir en una fantasía, ni sueñe que quiero casarme con usted.