Capítulo 4
Lord Walton no sabía qué cosas se cruzaban por la mente de su ya perturbado amigo Bradley. ¿Qué harían ellos dos con una dama en el jardín?
—No irás a hablarle, ¿o sí? —cuestionó Walton.
—Por supuesto que no. Iremos a por ella. Yo colocaré mi saco alrededor de su cara y taparé su boca, mientras que tú, cogerás a la joven de las piernas y la llevaremos a...
—¿A qué lugar la llevaremos? Bradley, esto es muy arriesgado, si nos pillan estaremos en serios problemas.
—El que estará en problemas será Harper, porque la dejaremos en su carruaje.
—¿Y no has pensado en su cochero? Debe estar ahí.
—Al igual que todos los cocheros están reunidos en un lugar, bebiendo.
—No sé si soy el único que piensa. ¿Cómo se supone que se quedará quieta y, sobre todo, callada?
—Ya se me ocurrirá algo. Si no sale bien, correremos como dos endemoniados para volver a intentarlo en otra ocasión.
—Eres un pésimo improvisado —acusó lord Walton, molesto.
—No olvides distorsionar tu voz.
Bradley se quitó el saco y le hizo una seña con la cabeza a su amigo para que procedieran.
Rose se encontraba recorriendo el jardín de un lado al otro, molesta, frustrada y con muchas ganas de llorar de rabia.
Había torturado a su familia por prepararse para esa noche, y lo que recibió fue una expulsión para lo que ella creía que sería una justificación a sus pocas habilidades en el arte de la música.
Sin desearlo, sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas, quería participar para estar en la mira de los candidatos, era un poco desafinada, pero nada que unos doscientos años de esfuerzo no solucionaran.
Además, su prometido no tenía que saber que ella era una inútil en cualquier arte asociado a la música, si una vez que estuvieran casados le pidiera tocar, lo haría sin problema, pues ya no habría forma de separarse.
Ante el pensamiento consolador de que un prometido solo se enteraría de su inoperancia una vez que cayera en la sublime trampa del matrimonio, decidió regresar al salón para hablar con Spencer y convencerlo de que intercediera por ella para conseguir al menos el último número.
Estaba segura de que quedaría como la víctima y las personas se acercarían para consolarla y decirle que esperarían otro concierto.
Cuando giró sobre sus talones para regresar al salón, solo alcanzó a ver algo negro que se apoderó de su rostro. Su primera reacción había sido gritar; sin embargo, unas manos alrededor de una tela perfumada se lo impidieron.
Los elegantes caballeros estaban poniendo en marcha aquel plan que habían trazado empíricamente. Tenían todo a su favor para que las cosas salieran mal; no obstante, se animaban a tal acto.
—Se mueve demasiado —gruñó Walton con la voz más grave, intentando controlar las piernas de la joven que daban patadas como caballo salvaje.
—Solo aguanta hasta subirla al carruaje —mandó lord Bentley.
La joven escuchaba todo lo que se gestaba a su alrededor, ella debía zafarse de aquellos desconocidos. No sabía qué querían de ella. Debía escapar para hablar con Spencer.
Ella sacó fuerza de donde podía y se sacudió con violencia para escapar, pero su intento falló y golpeó su cabeza contra el duro suelo del jardín, dejándola inconsciente.
Al ver lo que había ocurrido con la joven, Walton soltó las piernas y se alejó asustado.
—Está muerta porque la soltaste, Bradley —acusó.
Lord Bentley quitó el saco de la cara de la joven y colocó un dedo cerca de la nariz.
—Qué afortunados somos...
—¿Afortunados?
—Sí, todavía respira. Hay que llevarla al carruaje, dejarla ahí y que todo sea una sorpresa.
—La sorpresa nos la llevaremos nosotros cuando Harper la saque de ahí y esto fracase.
—Solo ayúdame y deja de quejarte, todo saldrá bien...
Con esfuerzo, ambos llevaron a la joven con mucho sigilo hasta sacarla de la propiedad y encontrar el carruaje de Harper. Bradley pensaba en cómo hacer para que el duque se percatara de la presencia de la joven una vez que regresara a su residencia.
—Vamos a dejarla en el baúl —ordenó Bradley, guiando a Walton mientras estiraba el cuerpo de Rose hacia donde quería.
—¿Estás demente? ¿Un baúl?
—Sí.
Los dos la depositaron en el suelo y abrieron el baúl. Dentro solo había prendas de vestir.
—Será cómodo para ella —sentenció el conde de Bentley—. Hay que meterla antes de que venga alguien y nos descubra.
Se apresuraron a dejar a Rose en aquel lugar y cerraron el baúl para que no se escapara.
Esperaban que por lo pronto no recuperara el conocimiento y que tampoco muriera asfixiada.
Lo que habían hecho era demasiado arriesgado y todo se debía al estado de locura y venganza que se había apoderado del buen juicio del conde de Bentley.
—Listo. —Bradley se colocó el saco y después le tocó el hombro a su amigo—. Todo saldrá bien, no debes preocuparte. Ya quisiéramos nosotros que la mujer que nos gusta esté en nuestro baúl.
—Siento que saldrá muy mal y que, si Harper se entera, nos odiará para siempre. Sabes cómo es de pomposo y arrogante, puede hasta llegar a cerrarnos las puertas a los negocios y las oportunidades.
—No pasará nada si tú no hablas. Le estamos haciendo un favor por más que él no lo sepa. Terminará agradeciendo esta sabia decisión que hemos tomado por él. Ahora por fin podremos ir a disfrutar de la noche.
Ellos fueron hacia el interior de la casa como si nada ocurriera y se dieron cuenta de que los invitados estaban tomando un descanso cerca de la mesa del tentempié.
—¿Dónde estaban? —preguntó el duque al ver a sus amigos que no habían estado presentes en la primera parte del concierto.
—No quisimos arriesgarnos a sufrir de dolores en los oídos —comentó lord Bentley cogiendo un pequeño pedazo de queso de la mesa.
—Nadie ha sufrido aquí, aunque yo sí por no poder oír a una dama...
—¿A cuál dama?
—A una muy bella, de vestido lavanda, cabellera rubia, rostro perfecto, ojos azules... —contó—. No pudo ejecutar el pianoforte, porque al parecer tenía un problema en la mano. Quisiera encontrarla para conocerla.
—¿No crees que es muy apresurado para que quieras conocerla? —curioseó Walton para persuadirlo de que no siguiera a la joven.
—Es una buena oportunidad de conocer a alguien nuevo y no quiero desaprovecharla.
—Considero que lo mejor es que vayas a descansar a tu casa.
En otra oportunidad podrás conocerla —dijo Bradley, también deseando que él cambiara de parecer porque la joven del baúl podría despertar en cualquier momento, aunque de todas formas él terminaría involucrado con ella, salvo que pudiera huir.
—Es cierto. Hay muchas veladas en la temporada. Podrás coincidir con ella pronto —apoyó lord Walton.
—Si no converso con ella se quedará en mi mente por más tiempo y eso es una molestia si es que su voz no me gusta o su conversación es insulsa. No puedo esperar a una próxima oportunidad.
—No seas tan exigente, Harper. Hay otras damas que conocer. Las saludas y luego te vas a casa —sugirió lord Bentley.
—De aquí iré a mi propiedad. Tengo mis cosas en el carruaje...
—¿Y tu ayuda de cámara? No puedes ir sin él... —Walton estaba volviéndose loco a causa de la culpa. Lo único que quería era no salir perjudicado.
—Él vendrá en un momento, prefirió visitar a su familia y luego me esperará en el carruaje. Lo tengo todo planeado...
—Harper, eres un controlador —farfulló Bradley que no tenía idea de cómo persuadir a su amigo. Debía hacer que se retirara.
Por su cabeza se atravesaban muchas ideas y una de ellas era una muy sencilla. Alguien de mañas tan exageradas como su amigo Harper, solo podía irse de una manera.
Bradley cogió una copa y fingió que esta se le resbalaba para que todo el contenido se estrellara contra las impolutas prendas de Harper.
Tanto Harper como su otro amigo, observaban boquiabiertos la torpeza de Bradley, y más el duque, que era el perjudicado. Su ropa impecable en ese momento olía a brandi y tenía una horrenda mancha amarillenta.
—¡Oh, Harper! ¡Qué torpeza! —expresó Bradley intentando limpiar la prenda de su amigo.
—Esto parece una travesura tuya, Bradley. Si esto es por tu adorable dama, déjame decirte que no me interesa. Solo he querido jugar un poco. Con permiso...
Altivo, orgulloso y enfadado, Harper se acercó a la salida. No podía quedarse en el lugar en esas lamentables circunstancias. Un duque sucio era algo inaceptable, no solo por etiqueta, sino también por decencia. Él tenía un claro estatus que mantener.
Tenía ganas de matar a su amigo, ya suponía que él no estaba del todo contento por haberle dicho un par de verdades y por acercarse a su queridísima lady Anabelle Winfrey.
Él siguió su camino hasta llegar al carruaje. No estaba ni su ayuda de cámara ni el cochero para recibirlo. Subió al coche y se sentó ahí a esperar a sus sirvientes. Ellos no tenían la culpa de la torpeza que había cometido Bradley por envidia, venganza o solo Dios sabía qué otros conceptos.
Estuvo aburrido y maldiciendo en los cuatro idiomas que hablaba, no podía tener tanta mala suerte gracias a un amigo celoso y resentido. No habían tratado este asunto como caballeros, practicando la diplomacia que debía primar entre ellos.
—¿Su excelencia? —indagó su sirviente al abrir la portezuela del carruaje.
—Tuve un infortunio, no hay mucho que decir sobre el asunto...
—¿Ya ha empezado con el brandi antes de emprender el camino, excelencia?
—Por supuesto que no. Bradley me ha derramado brandi o whisky por la ropa. No podía quedarme ahí y conquistar mujeres si estoy sucio como un cerdo.
—Imperdonable, excelencia. Tendremos que tirar esa camisa, menos mal que no es su favorita.
—¿Y el cochero?
—Cuando me vio, se apresuró a venir.
—Dale la orden para que partamos a mi propiedad. Me acompañarás con el brandi.
—Pero debo cuidarlo, excelencia.
—¿Qué puede pasarnos dentro del carruaje? ¿Salteadores?
—Sí, salteadores. Debo poder protegerlo de cualquier ataque que pueda sufrir...
—Solo en mis viajes puedo emborracharme un poco. Al menos toma unas copas conmigo. Traje dos por si rompía una de ellas.
—Quizá no sea un bebedor empedernido, pero sí precavido.
El ayuda de cámara del duque fue a conversar con el cochero para que pudieran partir. Al regresar, cogió las copas para servirlas y le sonrió a su patrón para que él se distendiera. Era notable su enfado ante lo ocurrido, por eso averiguaría qué le molestaba.
—¿Cómo le ha ido en su corta noche? Usted es un gran entusiasta de la buena música, excelencia —alegó el sirviente para que Harper comenzara a hablar.
—-Todo estaba tan bien hasta que ocurrió lo impensable. Quise buscar a una dama de mi interés; sin embargo, ella no tocó el pianoforte. Esperaba que lo hiciera para saber si tanta belleza y gracia, encajaban con su talento en el instrumento.
—¿Estaba buscando a su duquesa?
—No lo creo. Todavía no he conocido a la dama que me llevará al altar. Por ahora todas son jóvenes y bonitas, pero ninguna es tan tentadora para jurarle amor eterno o lo que sea que signifique unir la vida a una extraña.
—Debería pensar en eso. Está en la edad de casarse.
—Pero no puedo conocer gente si estoy rodeado de inoperancia, bajeza e intolerancia.
—¿Por qué creo que usted tiene algo que ver en la actitud de su amigo? Están juntos desde Eton, y lord Bentley es un caballero honorable.
—Honorable hasta que empieza a actuar como si fuera el dueño de las hembras humanas.
Piensa que soy su enemigo, pero lo único que quiero es no equivocarme de mujer.
Considero que el matrimonio no debería ser una cárcel y que yo no debería parecer un delincuente.
Una mujer no puede dominarme, soy quien debe dominar.
Escoger una esposa es una decisión con la cual lidiar por un largo trecho.
—Tal vez por eso su padre nunca quiso volver a casarse, quizá se equivocó con la duquesa, y prefirió tener amantes de turno para mantenerlas.
—No era necesario que se casara, tenía un heredero, quizá mi padre no sea el mejor ejemplo de hombre casado. Con un matrimonio tan corto, es difícil determinarlo.
—Procure no pensar en eso, su excelencia, conseguirá lo que espera en la vida. La mujer que necesita puede estar más cerca de lo que imagina.