Familia Fane Capítulo 2
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Capítulo 2

Para Harper Rottenberg, duque de Alcost y sus amistades, la noche avanzaba sin muchas emociones. Se encontraban en un baile al que habían sido invitados y no se divertían demasiado.

Harper observaba a las jóvenes más bonitas para poner a prueba sus habilidades de conquistador, aunque no con la intención de casarse.

Él aún no había encontrado el ímpetu necesario para tal hazaña, porque fortuna y atractivo le sobraba.

Con veintiocho años era un joven y codiciado soltero y deseaba aprovechar esa fama para romper corazones, era su diversión favorita, puesto que su atractivo lo favorecía.

Su cabello rubio, sus ojos grises y su cuerpo atlético tenían a muchas damas interesadas.

Cuando él vio a una joven que le agradaba para bailar y conversar, tomó el camino hacia ella; sin embargo, su amigo lo cogió del brazo para detenerlo.

—Harper, no me digas que vas junto a ella... —habló lord Bentley, amigo del duque.

—Sí, Bradley, pero ya sabes cómo soy de intempestivo algunas veces —justificó Harper con suficiencia.

—Lo habíamos hablado. Sabes que ella me interesa para convertirla en mi esposa —alegó Bradley.

—¿Te sientes tan insuficiente para ganarte las atenciones de ella?

En lugar de estar aquí conmigo y con Walton, podrías estar conquistándola.

Ella no vendrá corriendo hacia ti, eso no hace una dama —se burló Harper antes de continuar con su camino —.

Sé que tienes miedo de mí por ser más atractivo e importante que tú, Brad.

—¡Desgraciado! —masculló el conde de Bentley viendo como Harper se perdía entre la gente.

—Cálmate, Brad —pidió lord Walton colocando una mano sobre el pecho para que se calmara.

—Lo habíamos conversado y tú estuviste presente. Se ha limpiado la nariz con su palabra —masculló.

—Todos tenemos la misma edad, pero él nos quita ventaja con su atrevimiento, y lo peor es que jugará con una dama que quizá terminará siendo nuestra esposa. Las reuniones serán incómodas después de recordar que ellos pudieron haberse casado.

—Estoy cansado de la actitud de Harper. Cada vez está peor.

—Vuela alto, pero Brad, mientras más alto el vuelo, más dolorosa es la caída. Harper caerá porque es arrogante, es cuestión de tiempo.

—Pues yo quiero que sea ya. No esperaré nada, tomaré esto con la gravedad que merece. No dejará de ser mi amigo, pero estoy harto de su falta de fidelidad a nosotros. De aquí en adelante aprenderá a cumplir con su palabra y sus compromisos adquiridos.

—¿Qué piensas hacer?

—Todavía no lo sé, aunque de algo sí estoy seguro, lo sacaré de mi camino. ¿Cómo? Lo veremos más adelante, la decisión está tomada.

Mientras ellos discutían, Harper disfrutaba de las mieles de una buena compañía, olvidando sus principios y la palabra que había empeñado con Bradley.

Consideraba que su amigo estaba tomando el asunto con esa joven demasiado en serio, pero no movía un músculo por acercarse y conquistarla.

Tampoco él dejaría que una dama que le agradara se le escapara porque a Bradley le apetecía casarse.

Además, todas las mujeres preferían a los duques, si tenían a uno que las acecharan se arrojarían a sus pies.

Para Harper, la vida era sencilla: le sacaría el beneficio, primero estaba él y luego el resto.

Tenía mucha confianza en que podría alcanzar sus objetivos sin mucho esfuerzo y solo con su inteligencia.

No estaba desesperado por hacer una vida común de esposo aburrido que por siempre estaría con la misma persona a la que terminaría odiando si no escogía bien.

Lo mejor era esperar a que la mujer de su vida apareciera y cualquiera de esas jóvenes que desfilaban frente a él podía ser esa persona.

Durante la noche, fue saltando de dama en dama, sabía divertirse y divertir.

Todas ellas creían tenerlo atrapado; sin embargo, ninguna sabía que era un pájaro difícil de enjaular.

La joven que le interesaba a Bradley era agradable, pero no más que otras, por lo que él podía estar seguro de que no tocaría a su tan preciada joya, aunque sí volvería a sacar a su amigo de sus casillas invitándola en otras ocasiones.

—¿Se encuentran de mejor ánimo? —indagó Harper al encontrar a sus amigos en el mismo rincón en el que los había dejado. Él estaba agitado, mientras que ellos ni siquiera se habían despeinado.

—Sí, estamos mejor, somos más razonables, Harper —replicó Bradley con una sonrisa conciliadora que no dejaba ver sus verdaderas intenciones. Él no estaba ni tranquilo, ni entusiasmado. Junto a Walton, ideaban una manera de hacer caer a la arrogancia con piernas que era Harper.

—Comentábamos sobre hacer un corto viaje. Estamos a mitad de temporada y sabemos que lo mejor está en el inicio o en el fin. Pensamos tomarnos un descanso de una semana —contó lord Walton.

—¿No pensaban invitarme? —preguntó el duque, curioso.

—Oh, por supuesto. Todavía no sabemos a la propiedad de quién iremos —contestó lord Bentley.

—Pueden ir conmigo a una de mis fincas más cercanas.

Tenía pensado hacer una visita a un lugar tranquilo y fresco, encontraremos algo para cazar en la propiedad.

Si ustedes no desean ir, no hay problema, de todas formas, iré porque debo conversar con el administrador.

Es algo que tengo pendiente desde hace tiempo.

¿Están de acuerdo en partir por la noche de la velada musical dentro de tres días?

Siempre es divertido burlarse un poco de algunas damas a la vez que aplaudimos para alimentar sus egos, pese a que saben que muchas carecen de talento.

Espero que sus futuras esposas y la mía sean muy diestras en la música.

—Estoy de acuerdo con Harper en salir esa noche, aunque agradecería no tener que participar de semejante tortura y vergüenza pública. Nunca expondré a ninguna hija mía a semejante escrutinio —alegó Walton.

—Es la diversión de la vida. Sin las personas sin talento no existiría algo de qué reírnos en nuestros momentos de debilidad.

Nos divertiremos mucho en mi propiedad. También podríamos ver para buscar mujeres de la vida alegre y pasar el rato, salvo que se crean virginales criaturas de Dios, ustedes deciden.

Los tres caballeros continuaron conversando y ajustando detalles para la salida que estaban planeando. Después de que se despidieron, Harper regresó a su lujosa y solitaria residencia.

En ocasiones extrañaba a su padre, que había fallecido hacía dos años atrás, era el único que siempre estuvo a su lado. A su madre no la recordaba, había muerto cuando él tenía cinco años por unas fiebres. Si no fuera por la galería de la casa, ni siquiera sabría cómo era.

—Buenas noches, excelencia, ¿le sirvo una copa de brandi? —preguntó su ayuda de cámara que, al escuchar la puerta de entrada, se acercó para atender al dueño de la casa.

—Sí, me apetece un poco. No tengo ganas de dormir.

Estoy animado con la idea de ir a una de mis propiedades cercanas.

Estoy un poco cansado de la temporada, ¿sabes?

No es que busque esposa, pero ninguna cumple mis expectativas.

Una es bonita, pero sin un ápice de inteligencia, otras son feas, mas muy preparadas.

—Creo que este año se ha involucrado más que en años anteriores, recién lleva tres veladas que son bastante exclusivas para conocer a otras damas.

—Es cierto. Siempre es bueno hablar contigo, Silvester.

Es que comenzaba a aturdirme por mi propia ansiedad.

Sé que soy un poco exigente como lo que espero de la gente.

Temo vivir acompañado de una mujer a la que odiaré.

No he tenido la oportunidad de conocer la convivencia de mis padres, pero para haber tenido un solo hijo, me dice que la llama de la pasión jamás existió.

—No considero que sea exigente, excelencia. Una duquesa no es cualquier persona, debe ser una mujer preparada para estar en la cima y bajo muchos ojos, al igual que usted. Créame, las matronas no escatiman para cazar águilas, los pajaritos son solo consuelo al no conseguir lo que desean.

—Estoy más convencido de que debo seguir adelante con mi plan de estirar mi soltería más tiempo.

Si hay algo que adoro es coquetear con las damas.

Es emocionante y placentero al ver cómo se regocijan y disfrutan de un galanteo apropiado, podríamos decirle.

Ni loco pensaría en tocar a una de las jóvenes ni por más tentado que estuviera.

Un segundo de locura podría convertirse en un infierno eterno.

—Sí, excelencia, por eso es mejor que se recree en las damas alegres de la noche para desahogar sus pasiones. —El criado le sirvió la copa y se quedó junto a él para seguir escuchando lo que perturbaba al duque.

Harper siguió sentado en su salón por una hora más.

Sus sentidos estaban alertas, como si algo fuera a pasarle.

Nunca antes se había percibido tan pensativo y perdido en cosas que antes no le generaban interés.

Si bien, sus ideas no habían cambiado respecto a casarse pronto o ser un codiciado soltero, algo le perturbaba.

Tampoco se trataba de la culpa por haber molestado a Bradley, pues al final no hubo roces más que el que mantuvieron antes de que él hiciera su voluntad.

***

Días después, había llegado la noche musical. Harper no quería regresar a su residencia después de la velada. Prefería partir desde ahí en compañía de su brandi y un libro, pues sus amigos le comunicaron que irían al día siguiente por la mañana. Estaría en la mejor compañía posible: él.

En aquella velada musical que él pensaba que no era exclusiva, estaba lleno de las mismas damas de siempre, aunque había encontrado a unas más.

Sus ojos no habían dejado pasar a una joven rubia, elegante, graciosa y de grandes ojos azules.

No sabía quién era, pero la veía conversando con la anfitriona y otras mujeres.

—¿Qué estás mirando, Harper? —indagó lord Bentley, que había llegado junto a su amigo.

—Veo un paraíso de féminas en este lugar. Mira la que tiene la partitura, es muy bonita —respondió Harper.

—Es tan bonita como las otras. —Bradley le quitó importancia al asunto, pero ya tenía a la persona indicada para que Harper se encausara hacia el matrimonio.

—¿No sabes cómo se llama?

—De todas maneras, lo averiguarás, supongo.

—¿Todavía sigues enfadado por lo de la última vez? Es una tontería. Sabes que la mujer que te interesa tiene más posibilidades de fijarse en mí que en ti y es porque soy lo que todas desean: joven, rico y aventurero.

—Seguro, su excelencia. Lo mejor es que reservemos los mejores lugares para que nuestros oídos sufran.

Bradley trataba de no reaccionar ante las provocaciones intencionadas de su amigo.

Lo conocía bastante bien, pues Harper no dejaba mucho a discreción.

Su arrogancia era su mayor defecto y aquel que lo condenaba frente a sus ojos.

Podía soportar sus bromas fuera de lugar, pero no una humillación. Era intolerante a ello.

El duque se adelantó para guardar un buen lugar, mientras no dejaba de observar a la joven que había llamado su atención. A la par de él, lord Bentley había encontrado a lord Walton y ambos se dedicarían a averiguar de quién se trataba la mujer que le agradaba a Harper.

—¿Estás seguro de esto? —increpó el conde de Walton.

—Más que nunca, mi querido amigo. Esa mujer que ves ahí es la solución a la prepotencia de Harper, solo que también debemos saber quién es. No podemos casarlo con cualquiera, debe ser alguien de importancia social.

—Me pongo manos a la obra y tú también. Tenemos que esperar hasta que las mujeres comiencen a ejecutar los instrumentos para poner en marcha el plan.

—Será tan rápido que nunca sabrá que lo golpeó. Imaginaba todo más complicado, pero las cosas se han puesto fáciles al indicarnos sus gustos él mismo.

Los dos cómplices se separaron y comenzaron a socializar con cuantas personas podían para conseguir información sobre la joven. Algunas matronas ya parecían complacidas al oír que dos caballeros preguntaban por la misma dama.

Lady Kirby estaba como pez en el agua, nadando a su antojo al conversar con uno de ellos.

—Es la hermana de lord Nottingham, lord Walton. Lady Rose Fane es un excelente partido para alguien como usted. Me sentiría muy orgullosa de presentarlos. Le hablaré más de esa familia y de lo bien emparentados que se encuentran con las uniones que han conseguido todos ellos…