Capítulo 1
El tortuoso sonido del pianoforte mortificaba a los miembros de la residencia de lord Nottingham. El gato Clauss fue el primero en salir huyendo al ver quién estaba sentada en el banquillo del instrumento, sin duda el único inteligente de la familia.
—Es suficiente... —pronunció Fanny para que su hermana Rose, detuviera el brutal acto de tortura que llevaba en contra de los visitantes. Su esposo estaba a punto de estallar, tenía las manos cubriendo sus orejas para no seguir sufriendo.
—¿No creen que he mejorado algo? —preguntó Rose, esperanzada.
—No —respondió Albert, el duque de Salisbury, y esposo de Kitty, la mayor de las Fane—. No vuelvan a invitarme si piensan hacerme pasar por esta tortura.
—Considero que ha mejorado un poco desde la semana pasada —manifestó Clifford, conde de Montgomery y esposo de Fanny, tercera hermana Fane.
—Creo que el único inteligente ha sido el gato —opinó lord Nottingham, hermano mayor de la familia Fane.
—¿Alguien más apoya que soy un desastre? —increpó Rose, ofendida.
Su cuñado, Foster, conde de Earl, levantó su mano para dar su conformidad por lo que la propia Rose había dicho; sin embargo, recibió un golpe de su esposa, Meredith.
—Lo has intentado mucho, Rose, pero sería una locura que te presentaras en esa velada musical. Nos matarás de vergüenza y hundirás a Eugenia en su carrera por conseguir un esposo en dos años más —aseguró Spencer.
—Por fin alguien dice algo coherente. Rose es incapaz de ejecutar el pianoforte. De nada sirve que sigamos torturándonos en vano. El pobre Clauss no sabemos cuándo regresará gracias a los desbarajustes de ella —masculló Eugenia, la menor de las hermanas Fane.
Rose no comprendía la razón por la que era una completa inútil en cuestiones del pianoforte.
Quizá sus dedos fueran muy cortos o algo.
Durante las primeras semanas de su presentación en sociedad, las cosas para ella iban viento en popa.
En su carnet siempre faltaba lugar para seguir completando nombres, los probables candidatos eran de familias respetables y sin deudas, por lo que cualquiera era bueno.
Esperaba que pronto alguno se presentara, alguno de su preferencia por supuesto, pues su hermano le había dicho que concedería su mano solo a la persona que ella quisiera, porque casi todas sus hermanas se habían casado por amor y solo una por obligación.
—Entiendo... —musitó Rose que agachó la cabeza y se retiró hacia la segunda planta de la casa.
La institutriz, la señorita Harting, siguió a su pupila, a la que escuchaba sollozar en el pasillo que la llevaba a su habitación.
—Milady... —llamó la mujer a Rose a la que vio arrojarse sobre la cama para llorar a gusto.
—Lo he intentado tanto, señorita Harting. No solo llevo una vida intentando que ese instrumento endemoniado resulte algo bueno para mí —lamentó.
—Escuche, debería declinar la invitación para tocar, milady.
Si el pianoforte llegara a sonar como lo hizo en la sala con anterioridad, ni usted ni lady Eugenia se casarán.
Usted tiene otros artilugios que puede poner en práctica para conquistar a un caballero.
No tiene que recurrir a algo en lo que no es tan diestra.
Recuerde que puede perjudicar a su hermana.
—¡No quiero pensar en otros! Quiero preocuparme por mí, señorita Harting. A Eugenia nadie la salvará de su lengua. Es tan privilegiada al ser la última.
—Habla de privilegios, la única a la que se le ha concedido escoger un esposo, al que quiera. Lord Nottingham quiere que su hermana consentida, tenga más beneficios que las otras.
—Eso no es cierto. Nos quiere a todas, solo que yo he sido más apegada porque extraño mucho a mi padre y Spencer es como él.
—Lo sé, milady. —La señorita Harting acarició a Rose en la espalda como una muestra de consuelo—. La comprendo, pero recuerde que es mejor suspender la velada musical que avergonzarse. Los candidatos se acercan a usted como insectos a la luz, no necesita demostrar que es perfecta.
—No intente mentirme, señorita Harting. Una dama con mínima preparación debe tocar un instrumento, pero yo...
literalmente lo toco y no hago nada más.
No he podido sacarle unas notas completas.
Mis dedos son cortos o no lo sé. No ha servido que me colgara del árbol ni que me estirara los dedos.
Nada ha ocurrido, ni siquiera he crecido un centímetro.
—Lo hemos intentado. ¿Y si mejor lo intenta con el violín?
—Mmm... Puedo sacar la misma pieza que Eugenia completaba sin problemas a los siete años —se quejó Rose.
—Es eso o sepultar a su familia en la fosa de la vergüenza.
La joven suspiró, después se sentó, limpió sus lágrimas y asintió a lo que había dicho la institutriz.
—No quiero hacerle algo tan malo a Spencer, él no merece eso. Lo mejor es que me disculpe y no asista fingiendo que mis manos han sufrido un accidente...
—Muy bien, milady.
—Un accidente que se llama incapacidad por inutilidad. Espero que mi esposo nunca me pregunte qué sé hacer, porque le respondería que soy una experta consentida, que soy apta para dirigir una casa y que puedo bordar un pañuelo para que se sienta atendido.
—Un caballero que se interese por usted, pasará por alto sus imperceptibles defectos. No lo dude, de ese mar de caballeros, alguno la amará con demencia y terminará ignorando más cosas que la falta de talento para un instrumento.
—Gracias por su consuelo, señorita Harting. Lamento no ser la mejor de sus pupilas.
—Me siento orgullosa de todas ustedes, en especial de usted y de su desempeño. Su temporada es magnífica y pronto terminará casada con el hombre que desea. Considero que eso es cuestión de que se decida.
—No puedo decidirme por nadie. No tengo una oferta por la cual quemarme las pestañas pensando. Todavía quedan muchas semanas por bailar.
—Sí, milady. Lo mejor está por venir.
Después de que la señorita Harting la dejara sola, Rose se recostó en la cama para consolarse con la almohada.
Se sentía frustrada al no tener la capacidad suficiente para ejecutar algo a la perfección.
Lo que le dolía era que su familia hacía lo posible por apoyarla, pero tampoco eran de hierro. No quería defraudarlos.
Una vez que Rose terminó de revolcarse en su miseria, alzó el mentón para salir de su habitación con orgullo, ya había sido derrotada horas atrás, en ese instante necesitaba recuperar la moral.
Al salir al pasillo, encontró a su hermano y ella quiso seguir su camino; no obstante, él la retuvo para conversar.
—Fui duro contigo, Rose —se disculpó Spencer, mortificado.
—No creo que lo fueras. Fuiste sincero, además, ya he crecido, no es necesario que intentes protegerme de todo, estoy comprendiendo cómo funciona la vida de una mujer.
—No todo es ejecutar un pianoforte.
—Pero es importante. En todas las reuniones en casa de nuestras hermanas nos deleitan con un buen desempeño; sin embargo, cuando llega mi turno todos comienzan a gesticular y tapar sus oídos. ¿Imaginas que mate a mi esposo a causa de mi nula habilidad para el deleite?
—Le das importancia a algo que no lo tiene.
—Es importante, si no fuera de esa manera, la señorita Harting no hubiera invertido toda su vida en nosotras.
—¿Quieres que te compre algo para alegrarte? No puedo verte triste.
—No sería justo, Eugenia no te dejaría en paz.
—Lo sabrá porque tiene la nariz metida en los asuntos económicos de esta casa y de las demás.
—Espero que no hable con sus candidatos sobre eso. A ningún hombre le gusta tener a una dama metida entre sus cosas.
—A medida que pasan los días, ella deja de ser una dama para casi parecer un caballero.
—No me perturbes, necesito tranquilidad y eso significa que mis hermanas se comporten y consigan sus objetivos. Estoy orgulloso de ti, Rose. No me has dado problemas y te comportas bien. La música es un problema menor comparado con tu gracia y tu belleza.
—Me quieres demasiado y, ¿sabes qué es lo peor? Que te correspondo en la misma medida.
Spencer le dio un beso en la frente a su hermana y le sonrió. La dejó continuar su camino hacia la planta baja y él siguió el suyo.
¿Cómo no adorar a su hermano si se preocupaba tanto por ella?
Solo deseaba su bienestar, por eso, Rose necesitaba mejorar en todo.
Spencer tenía altas expectativas en lo que hacía, no podía caer.
Por su bien y el de su familia, había decidido apuntar hacia lo más alto de la nobleza.
La duquesa viuda de Salisbury le había dado varios consejos para que no se conformara, algunas de sus palabras fueron: «Se están llenando de condes, aspira a un marqués o a un duque».
Por supuesto que ella entendía a la perfección que la mujer le deseaba un buen pasar.
Todas sus hermanas vivían en la opulencia porque sus esposos eran ricos, pero Kitty siendo duquesa era más respetada que las demás.
Tal vez fuera ambicioso de su parte pensar en que podría aspirar a algo más que un conde, aunque sentía temor que su corazón persiguiera la pobreza.
En el salón, encontró a sus parientes riéndose sin mucho recato.
Todos parecían divertirse demasiado y ella también quería participar, pero ya sabía cuál era la razón de tanta algarabía: Eugenia.
Ella acaparaba la atención de una manera incomprensible, mas entendía que era muy carismática, mucho más que la misma Rose o que sus otras hermanas.
—¿Qué pasa, jovencita? He llegado hace un momento y no estás tan contenta como los demás aquí —comentó lord Sharp como saludo.
—Solo estaba descansando en mi habitación por un momento.
—Aprovecha un día libre, mañana vuelves a la carga dentro de los salones. Me han dicho que irás a una velada musical y serás una de las protagonistas.
—No haga caso de lo que desvarían en esta casa, lord Sharp.
—Nadie de aquí me ha dicho nada. Fue lady Kirby. No ha dejado de halagarte y decir que eres la mejor de las hermanas Fane, y la más bonita. Ella dice que en un concierto es donde los mejores peces se ponen a nadar. Debes hacer que alguien muerda el anzuelo —recomendó lord Sharp con picardía.
Una hora atrás estuvo dispuesta a abandonar la idea de la velada musical, pero ante la presión que ejercían en ella otras personas ajenas a su familia, debía aceptar el reto y seguir practicando hasta que todos quedaran con orejas de pescado por oírla.
Rose logró entregarle una sonrisa de seguridad al viejo lord Sharp y fue a integrarse junto a sus hermanas, fingiendo que no tenía preocupaciones.
En la cena, todos conversaban sobre las nuevas habilidades del hijo de Clifford y Fanny, aquel niño era un Fane de raza, experto en meterse en problemas.
La mesa de la casa cada vez se hacía más pequeña y por eso, Spencer había pedido una nueva para que estuvieran más cómodos, también con eso proyectaba la familia que Rose y Eugenia tendrían cuando llegara el ansiado momento de contraer matrimonio.
—¡Miren quién ha vuelto a la casa! ¡Pobre de ti, Clauss! Rose es extremadamente egoísta con su actuar y no piensa en que eres sensible... —manifestó Eugenia cogiendo en brazos al minino.
—Y gordo, tanto que ya no puede salir por la ventana —espetó Foster, cuya relación con el felino no era la mejor desde que se conocieron.
—Para eso tenemos sirvientes. Helen puede abrir la puerta. Él es un lord de los gatos y merece la mejor atención del mundo —alegó la menor de la familia Fane.
—Vive mejor que muchos —farfulló Rose, motivada por el enfado que le producían las insinuaciones de Eugenia.
—Una tortura no es vivir mejor. Considero que Clauss y yo necesitamos un retiro a la cálida propiedad de Gloucestershire. La paz nos confortaría y, además, nos libraría de la tortura que sufrimos y más las últimas semanas.
—Seguirás tolerando mis prácticas porque lograré ejecutar ese pianoforte, aunque termine muerta en el intento.
—¿Pueden dejar de discutir? Haremos las cosas de manera sencilla: Rose se quedará en casa con la señorita Harting, y el resto de nosotros dará un paseo en ese horario —propuso Victoria, la esposa de Spencer, a lo que todos asintieron.
No podía hacer más que comprender a Victoria, pues amaba mediar en los conflictos familiares, por más que en esta ocasión la hiciera sentirse peor que antes.