Capítulo 33
La felicidad invadió a Clifford y Fanny después de que ambos estuvieran de acuerdo con aquel compromiso.
Spencer ofreció un brindis por el nuevo compromiso e invitó a sus hermanas que se habían retirado a dormir para que festejaran que la tercera Fane se casaría.
Al día siguiente, lord Nottingham envió una carta a la casa de lord Coast para comunicarle que había dado la mano de su hermana a otro caballero, tampoco mencionaría que sabía que sus finanzas eran muy malas. Ese no era su asunto siempre y cuando no afectara a su familia.
***
En casa de Ethan, la vizcondesa viuda recibió la carta y la abrió sin que su hijo lo supiera.
—¡Ethan! —llamó a su hijo que estaba somnoliento en su habitación. Ya estaba vestido y listo para empezar su día.
—¿Por qué grita, madre? —increpó tapando sus oídos.
—Léelo por ti mismo —masculló entregando el papel a Ethan.
Los ojos del vizconde recorrieron las líneas que le había escrito el conde de Nottingham contando que concedió la mano de su hermana a lord Montgomery.
—Hay que buscar a otra mujer, no hay nada más que podamos hacer.
Para Ethan era como un peso menos en su hombro, si bien las deudas amenazaban con acabarlo, él se sentía tranquilo sin tener que casarse con alguien que no lo toleraba y que tampoco le gustaba.
—¿Dejarás que Clifford te robe no solo el título, sino que también a la mujer que te salvará de la ruina? —increpó la mujer, furibunda.
—Sí. No me está robando nada. Seguiré buscando otra forma.
Su madre se acercó y le dio una bofetada.
—¡Eres un fracasado! No eres capaz de nada, un verdadero inútil —espetó su progenitora.
Ethan chirrió sus dientes y cogió a su madre de ambos brazos y los apretó con fuerza.
—¡De la única persona de la que me tengo que librar es de usted!
Hundió a mi padre, quiso hundir a Clifford y ahora me ha dejado en el fango con tantas deudas...
Ha acabado con mi paciencia. No me quiero casar con lady Fanny Fane y tampoco codicio un título ajeno.
Quiero mi vida, mi dinero y a usted lejos de mí.
La empujó hasta dejar a su madre tirada en el suelo.
El vizconde no solo abandonó su casa, también cortó el yugo que lo mantenía miserable y acudió a la casa de Clifford para conversar con él.
Cuando Clifford vio a su primo, en su salón, supo que algo en él había cambiado.
—Ethan... —pronunció Clifford con una inclinación de cabeza.
—Disculpa que venga sin avisar, Clifford —replicó con una venia.
—Dime en qué podría ayudarte...
—Lord Nottingham ha enviado una carta a mi casa y no le ha gustado a mi madre, pero a mí sí. Me iré de Londres y la dejaré aquí. Si en algún momento puedo darle dinero, se lo enviaré.
—No hace falta que te vayas, huir no es la solución ni esconderse, te lo digo por experiencia. Deja tus deudas en mis manos y yo las arreglaré. Comienza tu vida de una vez por todas y no vuelvas a hacer lo que tu madre te exige. Ella no puede controlarse y te hundirá hasta el fondo.
—Lo sé, y espero que no sea de esa manera.
—Renta una residencia de soltero y deja a tu madre hundirse. Sin deudas tendrás una gran oportunidad de casarte con una buena candidata.
Ethan asintió y se quedó a conversar con aquel pariente contra el cual lo habían envenenado por años. Pese a todos sus sufrimientos era generoso con él y eso demostraba su gran calidad humana.
Al cabo de dos meses, había llegado el día del matrimonio de Fanny y Clifford. La familia estaba feliz al ver que alguien distinto a los demás se integraba al lago de azufre en el que vivía la familia Fane. Cada vez se agrandaba cuando una más de ellos se casaba.
—Considero que lord Montgomery es una persona demasiado racional para pertenecer a la familia Fane —comentó la señorita Harting que arreglaba a Fanny en compañía de Helen. Ese era el último día de ella en la casa y todos la agasajaban antes de que cambiara de residencia.
—Encajará perfectamente, se lo aseguro. No quedará grande, solo les hace creer que es buena persona, pero la realidad es muy distinta. Tiene una lengua maquiavélica cuando quiere —justificó Fanny entre risas.
—Pensé que haría entrar en razón a una parte de la familia, aunque la esperanza es lo último que se pierde —habló Helen, la doncella.
—Para cambiar al mundo tenemos a Victoria, pero para destruirlo están nuestros esposos. Acaben pronto, no quiero que Clifford se arrepienta y termine solterona.
Las dos mujeres siguieron trabajando con afán para arreglar a Fanny, pues debían llevarla a la Abadía y una vez que estuvieran casados, juntos irían a la residencia del conde en Londres y al día siguiente partirían a Yorkshire para regresar en la próxima primavera.
Cuando terminaron de arreglarla, Fanny recorrió su casa por última vez y no solo su habitación. Iría a otro lugar y ya no estaría con sus hermanas. Por un lado, se entristecía, pero todas maduraban e iban dejando el nido.
En la salida la esperaba Spencer, que cada vez que perdía a una hermana se ponía más sentimental, aunque también más exigente.
—Ya no escucharé burlas de tu altura ni recuerdos tan sangrientos como los tuyos, Fanny. —Él la abrazó y después le dejó un beso en la frente—. Vas con un gran hombre, quizá demasiado para ti que eres un pequeño demonio.
—No creas que él es un ángel. Extrañaré nuestra casa y a nuestra familia.
—Esta familia no se achica, se agranda. Debes sentirte orgullosa. Te deseo toda la felicidad del mundo, Fanny.
Ella subió al carruaje en compañía de su hermano hasta llegar a la Abadía.
Una vez que llegaron al sitio, Spencer la llevó hasta adentro en donde ella vio que estaba Clifford con su capa gastada que su tía Miranda había cosido.
Su corazón dio un vuelco al darse cuenta de que él quería que ella reviviera algunos momentos hermosos antes de que él comenzara a coger confianza en lo que usaba para dejar atrás la máscara.
Ya en el altar, ella fijó su mirada en Clifford e intentaba ver su rostro. Lo vio sacarse la capucha y descubrió que ahí estaba su compañera de siempre: su máscara.
Él acercó sus labios al oído derecho de Fanny y ahí susurró:
—Yo siempre estaré para la joven que quiere vivir sus fantasías. Así me conociste, así me tendrás... —declaró.
Fanny sonrió al igual que Clifford y ambos colocaron sus ojos en la persona que los uniría para siempre.
Epílogo
Cinco años después...
La vida de Clifford y Fanny se dividía entre Londres y Yorkshire. Amaban el lugar donde se habían conocido, pero por la unión familiar se quedaban mucho tiempo en Londres.
Unos meses después del matrimonio, Fanny había quedado embarazada del heredero de Clifford al que nombraron Benedict, en honor al señor Barnes que había salvado a su patrón de morir cuando tenía diez años en el incendio que había cambiado su vida.
Sin desearlo, Fanny se había convertido en una prolífica escritora de preciosas novelas románticas misteriosas, siempre inspiradas en su amado lord Misterio.
Había convertido una novela en una saga entera de libros en los que usaba como nombre Lady Misterio.
Sus libros habían comenzado a venderse en Inglaterra, al igual que en Francia.
Las clases de francés de la señorita Harting habían resultado ser muy útiles para ella.
Clifford se había vuelto un caballero muy sociable gracias a la familia Fane.
Conoció lugares en los que sus concuñados lo habían llevado para que lo conocieran.
Con el tiempo, entendió que su rostro solo lo asustaba a él y a Eugenia en ocasiones cuando estaba distraída.
Las personas lo aceptaron en sus grupos, no importaban los motivos que tuvieran, era bien recibido en todas partes.
Su primo lejano, el vizconde había terminado bien casado con una dama de excelente familia, nunca más volvió a endeudarse porque decidió ponerle punto final a la insana relación con su madre, la cual falleció tiempo atrás a causa del alcohol, el opio y sus delirios.
La vida era generosa con Fanny y Clifford al darles más de lo que alguna vez esperaron, en especial para el conde, que abrió sus horizontes gracias a su esposa.
—El señor Barnes fue a acostar a nuestro hijo —dijo Fanny que se acercó a la cama en la que su esposo se encontraba leyendo un libro.
—El señor Barnes es un excelente niñero. Estaba pensando si Benedict ya necesita un preceptor.
Fanny subió a la cama, le quitó el libro de entre las manos y se colocó sobre él.
—Tiene cuatro años, Clifford. Déjalo disfrutar de su infancia. La señorita Harting me torturó desde que tengo memoria. Déjalo vivir.
Él cogió a Fanny de la cintura y la acercó a su figura.
—Tienes razón, Fanny. ¿Qué quieres esta noche? ¿Por eso me buscas?
—Supongo que quiero ver si no he olvidado alguna parte de tu cuerpo, quizá descubra una nueva cicatriz... —alegó entre risitas burlonas.
Lo comenzó a desvestir y pasó sus manos por las cicatrices del lado izquierdo del cuerpo de su esposo.
A ella nunca le había importado que no fuera perfecto en su piel, pues él era perfecto en todo lo demás.
Lo besó con pasión y deseo, haciendo que Clifford diera la vuelta la situación y la colocara bajo su cuerpo.
Aquella sería una noche apasionada para ambos.
No siempre eran tan apasionados, pues terminaban riéndose de ellos mismos intentando cosas extrañas y diciendo tonterías.
Cuando Clifford sintió que la mano de Fanny se detuvo en un lugar de su espalda, supo que ella ya encontró lo que buscaba, su duda estaba resuelta.
—No, no, no... —dijo Clifford haciéndose a un lado cuando ella lo empujó y fue corriendo hacia una hoja que tenía en el escritorio en donde anotaba sus ideas, al lado también tenía un grafito para escribir.
—¡Sabía que tenías un lunar ahí! Había olvidado si era a la izquierda o a la derecha.
—¿Alguna otra imperfección que busques? —masculló acostándose en la cama boca arriba con la entrepierna rígida como un pedazo de acero.
—Todo está perfecto contigo de la cintura para abajo. La inspiración llega en los momentos menos esperados, Clifford.
—Cuando tu inspiración entra por la puerta, mi libido se escapa por la ventana.
—No parece ser así... —insinuó Fanny señalando la entrepierna de su esposo.
La joven regresó junto a él después de escribir lo que deseaba. Lo ayudó a quitarse las prendas para que pudieran disfrutar de la compañía mutua.
—Te amo, Fanny. No importa lo demente que parezcas la mayor parte del tiempo, es lo que me hace amarte —declaró Clifford, besándola en el cuello.
—Y tú, por más gruñón y cuadrado que seas, tienes mi corazón soñador a tu lado. Gracias por esta vida maravillosa. Amo lo que eres e imagino, te amo entero, Clifford.
Los dos terminaron uniendo sus cuerpos en lo que ellos consideraban una gran muestra del afecto mutuo. Cada encuentro era para celebrar la gran victoria del amor sobre el dolor y la soledad.
Fin.
Un seductor afortunado
Laura A. López
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CORRECCIÓN: SANDRA GARCÍA