Capítulo 30
Clifford tenía definido a la perfección lo que haría. Tenía objetivos al estar en Londres. Convencer a Fanny de que comenzaran de nuevo y evitar que su primo avanzara hacia un matrimonio con ella.
—Al acabar nuestra pieza, ¿podría permitirme que le lea la mano? No es charlatanería, lo prometo —alegó Clifford que buscaba convencer a Fanny de que se encontraran a solas.
—Aquí no es tan fácil como en Yorkshire. Además, notarán que ha desaparecido un caballero recién llegado. Le aseguro que a estas alturas tiene un par de admiradoras.
—Me halaga que piense que eso puede ser importante para mí, pero lo único que espero es el interés de una admiradora que me vio en mi peor momento.
—No espere mucho después de cómo me ha tratado.
—Considero que podríamos conversar sobre eso en otro lugar —asumió el conde, sonriente.
—En el jardín...
A Fanny la traicionaban sus ganas de estar con él. Trataba de endurecerse, pero él la dejaba flácida con solo escuchar su voz y pensar en que podrían encontrarse a solas.
Cuando terminaron la pieza, ambos se alejaron un poco y el primero en desaparecer había sido Clifford, que ya contaba con mucha experiencia en esconderse de los demás. Él la esperaría en el jardín, en un lugar remoto.
La joven lo observó perderse entre los demás y después buscó con la mirada a su hermano y este estaba debatiendo algo importante con lord Sharp.
Entonces, ella sabía que esa era su oportunidad de escandalizar a su familia si la descubrían en el jardín.
Al salir a aquel lugar con poca iluminación, intentaba buscar a Clifford, hasta que verlo en la oscuridad, le dio mucho alivio.
Desde ese ángulo en el que se encontraba, era con exactitud el mismo caballero que había conocido en Yorkshire.
Su corazón también lo sabía, estaba anhelante de correr a sus brazos y rendirse ante los sentimientos que tenía por él.
—Ahora sí parece Clifford... —dijo Fanny con una sonrisa tímida.
—Y usted parece Fanny, y no la malvada criatura que no la representa. En pocos días la estudié con minuciosidad hasta saber de memoria todo lo que necesitaba de usted.
—Se llena la boca al hablar de mí, pero las contemplaciones no son lo suyo. No me culpe por ser rencorosa, pero merece una buena reprimenda por su actuación —alegó acercándose hacia donde él se encontraba, en la oscuridad, junto a unos arbustos.
—Ha sido quizá una creencia errónea. El barón Zouche me ha convencido de venir y de comprar una casa en Londres. Como sabe, soy de la nobleza rural y mis casas están en los condados, si quiero conquistarla, debo tener aquí mi morada.
En lugar de decir algo, Fanny sacó su guante de la mano derecha y le enseñó su palma para que él pudiera proceder a su charlatanería que a ella le encantaba.
—Habla mucho y lee poco. Hay que apurarse o podría terminar casado por obligación.
—¿Me ha dicho que hay un camino más fácil que leerle la mano? Se escucha muy indecente, pero es una buena opción ante una dama renuente.
—No crea que no le he dicho a Spencer que lo obligue a casarse conmigo, agoté mis instancias, pero no quise hacerlo sufrir con mi presencia.
—Debería arrepentirse de su decisión de dejarme. A veces el instinto es mejor que el razonamiento... —Clifford accedió a quitarse el guante para empezar con el juego.
Las manos desnudas de ambos habían hecho contacto entre sí, haciendo que sintieran una gran necesidad de acercar sus labios, pero sabían que primero venía el juego.
—¿Qué ve en mi mano...? —preguntó quebrantada por las caricias de Clifford.
—Veo... —Guardó silencio por un instante para poder pensar en qué decir—. Un caballero que no la merece, alguien con cierto grado de maldad y que la pretende con fines macabros...
Ella palideció al escuchar eso. No era lo que esperaba.
—¿No me diga que ahora se dedica a sacrificar vírgenes? —increpó.
—No estoy hablando de mí, sino de un pretendiente que la acecha por su dinero. No está interesado en usted más de lo que puede interesarle la dote.
—¿Se refiere a lord Coast? Él no termina de convencerme.
—Siga a su instinto y hable con su hermano de mí para que me permita acercarme de nuevo.
—¿Hablar con él? Spencer debería hablar conmigo antes de conceder bailes. Si le ha dado la oportunidad de estar conmigo, es porque lo aprueba.
—Aquí veo que su futuro tal vez no tenga oscuridad y que la aventura que empezó en Yorkshire continuará por el resto de su vida.
—¿Me dice que no volveré a ver a lord Misterio? ¿Ya le gusta la luz?
—Ha volado como un insecto a la lámpara que lo atrae. Yorkshire siempre será un lugar tétrico por gusto.
—Entonces...
—Entonces...
Los dos se miraron como si fueran a arrojarse el uno sobre el otro.
Clifford decidió tomar la delantera y arriesgarse a lo que fuera por Fanny. Ya no podía vivir sin ella. La necesitaba para ser feliz. Sin dudarlo, tomó sus labios por asalto, y ella correspondió con la misma avidez, cogiendo a Clifford de sus prendas como para que él no se escapara.
Los dos habían alcanzado el cielo al encontrarse en aquel lugar. Ninguno de ellos había podido superar los sentimientos que los unían desde el flechazo inicial.
Se dejaron llevar por sus ansias de afecto y profundizaron aún más ese acercamiento. Sus lenguas que antes se habían enemistado, en ese instante eran aliadas de la pasión que los consumía en ese incesante ardor que los obligaba a corresponderse como hambrientos frente a un gran banquete.
La joven no quería otra cosa más que permanecer a su lado y en sus brazos.
Tendría que hablar con su hermano, porque si él le concedía su mano a lord Coast, sería el ser más infeliz del mundo y solo esperaría una muerte agónica.
No sabía si Clifford podría volver a rechazarla si sus temores regresaban, pero se arriesgaría a lo que fuera por la felicidad que él le hacía sentir.
—¡Fanny Mary Caroline Fane Templeton! —exclamó Spencer al encontrar a su hermana besando a lord Montgomery.
Los dos se separaron con premura y ella se escondió detrás de la alta figura de Clifford.
—Spencer...
—Ven aquí ahora mismo —ordenó—. Y usted, milord, me ha decepcionado al tomar esta clase de actitudes que no hablan bien de usted, pero menos lo hacen de mi hermana.
—Lamento tal incidente, milord —se excusó Clifford con premura.
—Menos mal que fui yo quien los ha descubierto y no lady Kirby, está volando sobre el salón esperando a quien destrozar en vida. Ninguna de mis hermanas puede estar en un jardín ni desde un balcón.
—Yo no he bebido más de un sorbo —replicó Fanny que caminó hacia Spencer con temor.
—No importa que hayas bebido o no. ¿Saben una cosa? Solo hay dos personas demasiado altas aquí y eran las que faltaban. Menos mal que me di cuenta primero, así que... Fanny, al salón, y a usted, lord Montgomery, no quiero verlo hasta que ordene su vida. Aquí no hay lugar para las dudas.
Fanny se negaba a irse, pero la mirada furibunda de su hermano, le decía que obedeciera o se arrepentiría. Tuvo que asentir y regresar al salón, dejándolo con Clifford.
—Le he dado un segundo de confianza y lo primero que hace es dañar la reputación de Fanny. Si la quiere lo esperaré en mi casa, pero no volverán a verse hasta ese día. Le reprocho a usted, porque es adulto, ella es una joven inmadura que solo entiende de sentimientos que la mueven.
—Lo entiendo, lord Nottingham, así será. Primero resolveré un asunto y me tendrá en su casa. Le advierto sobre lord Coast, investíguelo. No hablaré mal de él, pero hágalo si cree que es apto para acercarse a milady.
—Tomaré ese recaudo. No se preocupe. Hasta pronto.
Spencer regresó al salón, aliviado. No haber visto a Fanny, fue la alerta que lo llevó al único lugar donde podría estar con alguien que le producía mucha debilidad.
Él estaba seguro de que idealizaba a lord Montgomery de una manera descomunal y no solo eso, también había creado a otro dentro de su propia cabeza. El caballero real no era suficiente.
Cuando ella vio que su hermano se acercaba, no sabía en qué lugar meterse. Él barrería el piso con ella y con sus lágrimas fregaría. En la casa le establecería un buen castigo, como ya lo había hecho con el resto de sus hermanas.
Como era de esperarse, la noche para Fanny había terminado.
Durante el trayecto de regreso a la residencia, Spencer se había ensañado con ella, y raramente lo comprendía.
Ya había pasado por una situación similar con Meredith y no estaba dispuesto a que volviera a ocurrir con ella, ni por más que supiera que amaba a Clifford.
***
Clifford también regresó a la casa que había comprado unos días atrás. Todavía le faltaban muchas cosas, pero el barón Zouche se había encargado de parte de lo que le hacía falta para que él se ocupara de lo importante: buscar un boticario que lo ayudara a solucionar su inconveniente.
—¿Cómo le ha ido, milord? —preguntó Benedict que lo esperaba en el salón.
—Todo me ha resultado muy extraño. La gente no disimula que otros son raros. No hubiera sobrevivido sin esto que llevo en la cara y la melena. Pude encontrar a milady y volví a besarla. Por más que ella quisiera comportarse como una malvada, no le resultaba, porque se delataba.
—Lo felicito, milord, ha sido una odisea para usted estar aquí. Ha tomado su tiempo que entendiera que no puede quedarse solo por siempre, y que dejar ir a milady había sido el mayor error de su vida.
—Es cierto. He llegado a tiempo Benedict. No creerás lo que ha pasado. ¿Recuerdas al vizconde de Coast?
—¿Ese ser despreciable? Dígame que se ha muerto. No es bueno alegrarse de las desgracias ajenas, pero de esa sí.
—Por lo que entiendo, sí, pero su hijo, Ethan, tiene la posesión del título y ahora pretende a Fanny.
Yo sé que no tiene dinero, porque usaban el mío mientras podían.
Sus finanzas jamás se sanearon y por eso persigue a una joven de buena familia y excelente respaldo, piensa que de esa manera las cosas mejorarán.
No saben cómo salir del embrollo y quieren aprovecharse de ella, no lo permitiré.
—Qué gente tan insoportable. Debieron extinguirse. Disculpe que hable así de sus parientes, pero no solo usted ha sufrido por culpa de ellos, nosotros que hemos sido fieles a su familia fuimos alejados de usted y en ese instante se aprovecharon de todo siendo sus tutores.
—Eso ha quedado en el pasado. Ahora tengo más fuerza que nunca para enfrentarlos, ya no se aprovecharán de nadie.
Lord Montgomery había declarado una guerra implícita a sus parientes. No lo tomaría como una venganza, pero sí como lo que correspondía: justicia.
Después de que su criado lo ayudara a prepararse para acostarse, él se durmió con una idea clara en la mente y la llevaría a cabo al día siguiente. No le daría largas al problema de su primo.
Por la mañana y después de desayunar, Clifford emprendió su camino hacia la residencia que le habían indicado un par de personas a su cochero. Al parecer, ellos sí tenían una residencia establecida en Londres.
Lo acompañaba Benedict con la intención de protegerlo, no permitiría que volvieran a hacerle tanto daño como antes. Confiaba en que su patrón estaba más preparado, pero él no se sentía tranquilo si no iba a su lado.
Al llegar frente a la residencia, Clifford observó la entrada con determinación. Ya no era un niño quemado de diez años que necesitaba comprensión y afecto por la pérdida de sus padres. Sus criados y los años lo ayudaron a sanar su corazón.
Él golpeó la puerta con decisión y esperó a que lo atendieran.
—Buen día, ¿en qué puedo ayudarlo? —inquirió un sirviente al que Clifford no reconocía.
—Quisiera una reunión con lord Coast —dijo Clifford y le entregó su tarjeta.