Capítulo 28
Los bailes comenzaban a ser aburridos para Fanny.
La sorpresa y las impresiones se habían ido tan rápido como aparecieron.
Solo un día duró su deslumbramiento. Desde que empezó la temporada había estado remando contra su propia felicidad para lograr la de otras personas y eso comenzaba a desgastarla.
Al menos no todo había sido en vano, lord Coast estaba dispuesto a casarse con ella.
Solo faltaba que fuera a conversar con Spencer.
Cuando ese día llegara, estaría acabada, su vida y sus sueños no valdrían nada.
—¿Todo está bien, Fanny? —preguntó Meredith que fue a cenar a casa de su hermano para ver a sus hermanas en compañía de su esposo, al igual que Kitty y Albert, que fueron a interceder por Eugenia para que le levantaran el castigo.
—Sí, por supuesto. No hay mucho que hacer. Pronto serán los últimos bailes de la temporada y...
—¿Y te preocupa no tener ningún pretendiente?
—Tengo uno, vendrá a conversar con Spencer. Es lord Coast, hoy me ha dicho que conversará con nuestro hermano en unos días.
—¿Por qué no te veo feliz? No noto en ti un ápice de felicidad. ¿Sabes que he pasado por la infelicidad de un compromiso arreglado? Tú no eres feliz ni lo serás y todo es por culpa de mi irresponsabilidad contigo. Spencer no deja de culparnos por haberte dejado a merced de un desconocido.
—No es tu culpa ni de Foster. Soy una Fane, ¿desde cuándo escuchamos a alguien? No puedo decirle a nadie que no quiero casarme con la persona que pedirá mi mano. Eso sería una bofetada para todos, no puedo tener una segunda temporada, sería algo malo para Rose y Eugenia.
—Siento mucha compasión por ti, y creo que seré culpable de que seas infeliz.
—Ya dije que no eres culpable. Además, todo depende de mí. Aprenderé a quererlo, supongo.
—No quisiera que te casaras con alguien que no amas, pero no puedo interceder por ti, ¿y si hablas con Spencer para que obligue al conde tenebroso para que se case contigo y seas feliz?
—Pero él no lo será. A estas alturas ya debió olvidarme. Clifford debe seguir en lo mismo, solo en su casa, pintando, mirando a través de la ventana...
—Haría lo que fuera para que seas feliz, pero aquí no puedo ayudarte. Spencer es quien decide.
—Por eso ni siquiera le había visto el sentido a quejarme, solo es cuestión de resignarme...
Las dos hermanas se miraron fijamente antes de estallar en risotadas.
—Por favor, eso es imposible en esta familia.
Y eso es lo que debe darte esperanzas de algo.
Los Fane jamás se resignan a su destino por más adversa que sea la situación —dijo Meredith para darle esperanzas a su hermana.
No sabía si las alimentaba en vano, pero prefería eso a verla con la mirada perdida y penitente.
—Bajemos a cenar, me muero de hambre. También quiero saber cómo han terminado Rose y Eugenia.
Fanny y Meredith fueron hasta el salón y ahí solo encontraron a Victoria y a Kitty conversando.
—¿Dónde están las otras? —preguntó Meredith.
—Están en el despacho tratando de separarse, al menos para cenar. Hemos venido porque Eugenia nos ha escrito pidiendo nuestra presencia aquí para salvar su pellejo. Veremos si Spencer es tocado en el corazón —habló Kitty.
—Esperaremos sentadas a que eso ocurra. Spencer no es la clemencia con piernas cuando se trata de imponer disciplina —comentó Victoria.
Las damas esperaron un tiempo más para ordenar que se sirviera la cena. Cuando vieron salir a todos los que intercedieron por Rose y Eugenia, y a ellas dos separadas, supieron que las cosas se habían solucionado.
—Qué bueno que han solucionado el problema —musitó Kitty, sonriente.
—Lo hemos solucionado, pero solo por la hora de la cena, después dormirán atadas del pie —contó Spencer.
—Al menos han conseguido desatar sus manos. Eso es un logro —alegó Albert, que se sentó junto a su esposa.
—Hemos hecho todo lo que podíamos. —Foster hizo un gesto con los hombros y luego se colocó junto a Meredith.
—El gato Clauss ha hecho más por mí que ustedes dos juntos —se quejó Eugenia, molesta.
—Tú empezaste, querida. La expresión: «te sacaré los dientes y los reemplazaré por las teclas», no ha sido lo más inteligente de tu parte. Eso solo habla de tu falta de control de emociones —resaltó su cuñado, el duque.
—No es cierto. Ganó Rose porque es la favorita de Spencer y ustedes lo solapan.
¿Saben una cosa? Les aseguro que ella nos traerá problemas cuando debute.
Ustedes saben que cuando más amamos algo, más nos duele una decepción —masculló Eugenia que no podía entender qué había hecho mal al desear venganza con sus propias manos.
—Eres tan envidiosa que no puedes entender las cosas. Estaba bromeando cuando dije que era la favorita. Spencer nos quiere a todas por igual. Yo no me estoy quejando de que nuestros cuñados te dan mejores cosas a ti que a Fanny o a mí —acusó Rose—. Eso sí es injusto.
—Yo no tengo favoritas, las quiero a todas, pero no puedo hablar por Albert —pronunció Foster—. Él sí hace distinción entre ustedes.
—Y lo seguiré haciendo. Eugenia me trata mejor y con más deferencia, envidioso —replicó Albert.
—Es suficiente, no queremos más peleas. Todos nos queremos y es todo. Pasemos al comedor para cenar, por favor. No queremos que nadie quede atragantado por esta tontería, ¿no es así? —intervino Victoria, que ya suponía por dónde iría lo que decían sus concuñados.
Después de cenar, se reunieron de vuelta en el salón para una integración familiar y para hablar del desempeño de Fanny en esa temporada.
La joven prefería mantenerse callada, no tenía mucho que decir, al menos hasta que le hicieran hablar sobre alguna cosa relevante.
Al final de la noche, terminaron divirtiéndose, jugando y burlándose un poco de otros y de las propias hermanas Fane. Eso era lo que los hacía felices, la unidad familiar era importante para ellos y el hombre que se casara con ella, debía acostumbrarse al excesivo cariño de los parientes.
Días después de su salida con el vizconde, Fanny tenía un baile al que estaba invitada y al que iría en compañía de Spencer y Victoria, también sabía que en el lugar estaría lord Sharp en compañía de la duquesa viuda de Salisbury, al menos con ellos lograría divertirse un poco.
Eran un par de pillos, aunque su hermano la buscaría como un sabueso para obligarla a que la gente llenara su carnet sin muchas expectativas para un matrimonio, pero no importaba, Fanny lo tomaría bien y con una sonrisa, no quedaba más que eso.
De vez en cuando tenía buena compañía entre todos los que colocaban su nombre para bailar.
Una vez que llegaron al gran y elegante salón de baile, Fanny fue a saludar a la gente que ya le resultaba conocida en el lugar y después fue junto a lord Sharp.
—Querida Fanny, ¿todavía no tienes nombres en tu carnet? —preguntó lord Sharp al verla acercándose a él.
—Acabo de llegar, lord Sharp, lo más probable es que apenas termine de saludarlo, los caballeros caigan como moscas a mis pies. —Fanny hizo una reverencia para él y luego para la duquesa viuda.
—Esa es la actitud. ¿Todavía no se ha manifestado nadie, querida? Digo, para casarte —indagó la gran dama.
—Sí, su excelencia, hay alguien que debe conversar con Spencer.
—Qué familia más afortunada. Contigo todo ha resultado más fácil, jovencita —expresó lord Sharp—. En este caso no nos hace falta negociar con nadie. Solo espero que no sea un facineroso como ya sabes quién.
—No le hagas caso, es un viejo cascarrabias, Fanny —alegó la duquesa.
—¿Puedo quedarme con ustedes? Estaría muy feliz si me dejaran escucharlos un rato más.
—Nos sentimos halagados. Ya nadie quiere estar con dos personas de nuestra edad, querida. Háblanos de ti y de tus planes a futuro. Por ahí me ha contado un bello pajarito que escribes algo en un cuaderno —comentó el conde de Sharp, sugerente.
—Ese pajarito debe ser Victoria. Sí, escribo un par de líneas dedicadas a algo de terror —correspondió la joven para saciar la curiosidad del hombre.
—Eso no es algo atractivo para un caballero. Es mejor que no le digas nada de eso a quien pedirá tu mano o esto será un desastre y saldrá corriendo. Deberías hacer algo más convencional como tocar el pianoforte —recomendó la aristócrata.
—Lo sé, pero eso no tiene que saberlo. Me gusta hacerlo, solo espero el apoyo de mi familia y de ustedes...
—El nuestro lo tienes, por supuesto que sí. Nosotros queremos lo mejor para ti, Fanny. Una vez que todos entramos a conocer a cada una de ustedes, no nos queda más que desearles mucho éxito —aseguró el conde.
La joven permaneció junto a ellos, debatiendo lo que ella creía sobre los escritos. Defendía su postura frente a personas más conservadoras. En eso había transcurrido mucho tiempo de la noche, y como era de esperarse, su carnet estaba vacío y su hermano acechaba entre los demás asistentes.
—Ven, Fanny, tengo un par de personas para presentarte. Son gente importante —alegó Spencer que la cogió del brazo para llevarla a donde se encontraba Victoria, conversando con esos invitados.
—Sí, por supuesto. Adiós, lord Sharp, excelencia. —Ella se despidió con una graciosa reverencia antes de irse con su hermano.
—Pierdes el tiempo con dos ancianos —se quejó su hermano.
—Seguro pierdo mi tiempo en la sabiduría, debería estar persiguiendo pantalones —espetó Fanny para que se retractara de lo que había dicho de esas dos personas.
—Sabes a lo que me refiero. No es con la intención de ofenderlos, pero tú necesitas un esposo, no consejos de cómo no llenarte de polillas.
Su hermano la llevó a conocer al hijo de un marqués. Él tenía unos veinticinco años y era bien parecido, pero tenía miedo de pisarlo y al parecer, el caballero tampoco estaba muy conforme con ella. Por presión, el hombre colocó su nombre en el carnet y Fanny se limitó a sonreír.
Así pasó parte de la noche. Siendo presentada a personas que estaban llegando casi en el último suspiro de la primavera.
Antes de empezar su primer baile con el hijo de un marqués, Fanny fue partícipe de lo que se conocía como un silencio absoluto por parte de los presentes.
Solo la música de la orquesta podía oírse.
Todos tenían sus ojos puestos en la entrada.
Un caballero muy alto, de mucha elegancia en su vestimenta, pero con un nido de pájaros en su cabeza, entraba al salón a pasos firmes y se dirigió a un rincón alejado en el sitio.
Fanny imaginó que aquel era Clifford, pero eso era imposible, pues él estaba descansando en su fortaleza con su coraza, bien protegido de todos.
Cuando el resto regresó a lo suyo, ella también lo hizo.
Llegó su turno de bailar con el elegido de su hermano.
No podía concentrarse en el baile, porque su mente buscaba al hombre alto que estaba en un rincón bebiendo una copa. En su interior, ella deseaba que fuera el conde de Montgomery, pero la realidad era otra. Sus fantasías seguirían siendo de esa manera.
En medio de su desconcentración había pisado a su acompañante un par de veces. Eso significaba que se le había escapado otro pájaro más y seguiría con la única opción que tenía en su vida: el vizconde.
La pieza acabó y podía jurar que el pobre conde que había bailado con ella se iba rengueando por su causa.
Fanny tomó camino hacia donde se encontraba su hermano para no quedar sola, pero algo dentro de ella le decía que alguien la observaba.
Se detuvo un instante y miró a su alrededor.
En el lugar en el que debía estar el extraño, no había nadie y con eso su corazón comenzó a latir con rapidez y ella decidió continuar su camino, aunque con la misma sensación de ser observada.
Apresuró el paso hasta que sintió que alguien la cogió de la muñeca.
—¿No me concederá una pieza esta noche? —curioseó una voz que ella conocía.