Familia Fane Capítulo 26
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Capítulo 26

Tres meses después...

Habían pasado meses desde que Fanny se había ido del condado de Yorkshire.

La vida de Clifford había retornado a lo que cualquiera diría que era la normalidad.

La primavera pronto vería su fin, al igual que él había visto el fin de su felicidad.

Debía admitir que no era feliz, ya no existía nada que a él pudiera hacerle feliz.

Clifford sufría en silencio por la ausencia de Fanny.

No podía hablar con nadie sobre cómo se sentía, al menos no sin que lo acusaran de estar así por su propia culpa.

Ni siquiera seguía pintando cuadros o cuadernos, toda inspiración se había ido con ella.

Sus días dentro de la casa eran monótonos y aburridos.

Había descuidado su apariencia más de lo debido, su cabello era largo, pasando un poco el hombro y gracias a sus risos, se le llegaba a tapar parte del rostro.

Tampoco volvió a utilizar su máscara, pues la persona que a él le interesaba ya sabía que estaba deforme.

Él se daba cuenta de que su vida entera carecía de sentido.

En cambio, la vida del barón Zouche había mejorado desde que se casó.

Lady Zouche, antes conocida como lady Miranda, pasaba mucho tiempo en la propiedad de Clifford porque se había comprometido a arreglar el jardín.

—Tu jardín quedará hermoso, Clifford. Miranda es excelente para arreglar todo lo que está desarreglado —dijo David que acompañaba a su amigo mientras ambos miraban por la ventana cómo el señor Barnes ayudaba a la mujer pasándole las plantas o cualquier implemento que ella necesitara.

—Estoy seguro de eso. ¿Cómo va el matrimonio? —curioseó el conde.

—Viento en popa. Agrandaremos la familia en unos meses...

—¿Ella está...?

—Lo sé, parece un poco apresurado, pero yo tengo cuarenta y cinco años y no tengo hijos, los necesito y ella tiene treinta y seis, no es tan joven. Hemos quedado de piedra cuando lo dijo el médico después de que Miranda se desmayara, mientras hacía limpiar cada rincón a todo el personal de la casa.

—Qué gran fortuna, David. Me alegro mucho por ustedes. Espero que, si no es mucha molestia, me pidan ser su padrino, no importa si es niño o niña.

—Eso no está en discusión, serás quien lo apadrinará. Si algo nos ocurre, sé que estará en buenas manos contigo.

—Agradezco la confianza que depositas en mí...

—¿Ya olvidaste a mi reciente sobrina? Miranda y yo sabemos muy poco de ella. Nos ha enviado una carta contándonos que había hecho su presentación y que el mercado matrimonial era difícil, pero que estaba intentándolo por el bien de sus hermanas.

El conde guardó silencio por un momento para hablar.

—No, no he podido olvidarla, pero no quiero hablar de ella, es un dolor reciente. Tal vez pasen unos meses hasta que forme parte de mis recuerdos y que no la anhele.

—Clifford, ni siquiera se nota tu imperfección con ese cabello que tienes ahora. Deberías cortarlo y usar una peluca.

—Estoy bien así. Lo importante es seguir viviendo.

—¿No has pensado en ir tras ella?

—Lord Nottingham ha sido claro conmigo, si la dejaba ir, por ningún motivo podría regresar tras ella a pedirle nada. Supongo que no puedo arrepentirme de lo que hice. Tengo su retrato en mi salón, eso es suficiente consuelo.

—Te aconsejo que sigas a tu corazón. No seas como yo, Clifford, que he perdido años valiosos por no pedirle matrimonio a la mujer más especial de mi vida.

Tú me animaste a correr el riesgo de sufrir un rechazo, pero me encontré con la sorpresa de que ella esperaba algo de mí.

No pienses que has perdido a lady Fanny, porque estaba enamorada de ti por lo que eres y no por cómo te ves. Ese es el amor más sincero del mundo.

—No me arrepiento de haberla dejado ir. Ella está conociendo lo que siempre debió ser su mundo.

—Y el tuyo, ¿o acaso olvidas que tú eres un conde destinado a casarse con una mujer rica? Tú también deberías estar en el mismo lugar que ella. Todavía te queda un poco de primavera para ir corriendo a Londres para conocer a lo que te has negado y a lo que has enviado a lady Fanny.

Para Clifford resultaba impensable ir a Londres. Nadie lo conocía y tampoco le abrirían las puertas si deseaba ir. Sus parientes estaban ahí y no quería encontrarse con ellos, ni oír las palabras de desprecio que tenían para él.

—No, Londres no es para mí. Hay mucha gente mala en aquel lugar.

—Si te refieres a tus parientes, deberías ver para aplastarlos como gusanos.

Tienes más dinero y más poder que ellos.

Deberías armarte de una coraza de valor y atacar si te atacan.

De nada sirve permanecer en tu refugio si pierdes lo que te da la vida.

Puedes vivir aquí, solo, triste y miserable, o enfrentarte a un mundo cruel y sangriento, para alzarte con la mujer que amas.

Tienes casi treinta años y has pasado los últimos ocho años encerrado por tu apariencia.

Hazles saber que eso no te importa, que eres atractivo, rico y deseable.

Les dolerá más verte triunfar y dejarán de regocijarse en tu soledad.

Las palabras de David estaban calando muy profundo en el pecho de Clifford.

No sabía si era lo suficiente para causar un cambio en él, pero entendía a la perfección el punto al que quería llegar su amigo.

Estar encerrado era demostrarle a quienes lo odiaban, que había sido derrotado por el infortunio; sin embargo, salir de su mundo, sería como ganarle a la maldad de los corazones crueles que se jactaban de lo que tenían para menospreciar a otros.

David creía que era su momento de devorar a quienes se creyeron grandes peces, siendo solo un pequeño cardumen organizado para espantar al verdadero depredador: un conde con mucha riqueza a quien quisieron humillar.

Él no tenía intenciones de una venganza, sino que deseaba una vida tranquila, plena y sin complejos, algo que Clifford dejó de conocer desde la muerte de sus padres.

***

Londres...

Fanny estaba inmersa en su creación romántica y fantasiosa.

La historia era la de una bella dama y un vampiro que se había arriesgado a salir a la luz por ella.

Solo en sus sueños existiría algo semejante, porque la realidad había sido muy distinta.

Durante esos meses, las cosas no habían sido fáciles para Fanny.

Su presentación llegó y a ella le siguió una terrible resignación.

Había bailado poco en comparación con otras damas que también eran debutantes.

Los caballeros no se arriesgaban con su altura y ella los entendía.

Algunos sí cumplían con las expectativas para cualquier persona, menos para Fanny.

En su mente todavía tenía el tono de voz y las facciones de Clifford.

Ponía todo su empeño en agradar a Spencer y hacer lo que le correspondía como responsable de llevar a cabo un buen matrimonio para que sus dos últimas hermanas lograran casarse.

—¡Qué se supone que está haciendo, lady Fanny! —reprochó la señorita Harting que entró a la habitación de la joven para quitarle la pluma de la mano—. Si se mancha, arruinará su vestido y la salida con el vizconde de Coast se echará a perder.

La institutriz colocó la pluma en el tintero y alejó a la joven de su escritorio.

—Ha adquirido el hábito de escribir en cualquier momento, milady, pero ahora no se puede. —La señorita Harting arregló los cabellos de Fanny y extendió la falda para que no tuviera arrugas.

—¿Ya ha venido? —preguntó Fanny, buscando su buen ánimo.

Nadie podía notar que en realidad ella no quería salir con nadie.

El vizconde de Coast era el único que encajaba en sus requerimientos de esposo en lo concerniente a estatura.

Era de su misma estatura y se había mostrado interesado y ella fingía interés en él para no preocupar a su familia.

—No, pero usted debería estar en la planta baja esperándolo, pero ahí está su hermana lady Eugenia, acechando a quien tenga que entrar por la puerta. Si quiere casarse...

—Eugenia no es un problema. Se ha sentado con Albert y con Foster, y todos se han casado con alguna Fane. No le temo a mi hermana menor.

—Es a su riesgo, milady, pero debo decirle que hay diferencias significativas respecto a sus cuñados. Uno de ellos estaba obligado y el otro muy enamorado. Debe cuidar a su candidato y más porque no hay otros que sean de su preferencia, no quiere pisar a su futuro esposo.

—Tiene razón. Iré a sentarme en el salón.

—Bien dicho, milady.

Con una sonrisa fingida salió de sus aposentos y fue al salón, ahí no solo estaba Eugenia, sino que también se encontraba Rose. Ella se encargaba de practicar una pieza con el pianoforte y Eugenia le señalaba sus defectos.

—¿Qué están haciendo? —interpeló Fanny que se acercó a ellas.

—La favorita de Spencer es incapaz de dar una buena nota en el pianoforte.

Ni cien señoritas Harting podrían solucionar este desastre —dijo Eugenia refiriéndose a las pésimas dotes de Rose para el pianoforte—.

Si tú logras casarte, Fanny, aprovecha, que yo no sé si me casaré.

La gente pensará que torturo a este instrumento como lo hace Rose.

—Me casaré, lo aseguro. No importa que no tenga un solo talento con los instrumentos, soy la más bonita de todas y eso me asegura ir bien casada. Eso sin contar que soy la favorita de Spencer, y él hará lo que sea por mí. A ti te dejará morir, Eugenia.

—¡Reemplazaré tus dientes por las teclas del pianoforte! —espetó Eugenia que se arrojó sobre Rose para pelear.

—¡No, no! —exclamó Fanny que intentaba separar a sus hermanas—. ¡Spencer!

El ayuda del cámara del conde de Nottingham apareció antes que él mismo y cogió a Eugenia por la cintura.

—¿Qué está ocurriendo aquí? —increpó Spencer que se acercó a sus hermanas que estaban desarregladas.

—¡Ella se jacta de que es tu favorita! ¡Si lo vuelve a decir, le quitaré esos ojos de vaca! —exclamó Eugenia, molesta. Estaba cansada de escuchar a Rose jactarse de ser la preferida.

—¿Ojos de vaca? ¡Y tú tienes patas de gallina! —acusó Rose a quien detuvo su hermano.

—Tendremos visitas en casa. Ustedes irán a mi despacho ahora mismo y lo harán tomadas de las manos, como hermanas que son.

—No tocaré a esa víbora —espetó la menor de las hermanas Fane.

—¿Es que tú no te has visto en el espejo, culebra? —replicó Rose.

La joven no podía creer lo que había presenciado. Sus hermanas se habían vuelto salvajes. Cada vez la tensión y los celos aumentaban mucho más.

—Es suficiente de este escándalo. —Spencer cogió las manos de sus hermanas y las unió—. Caminen...

—¡Soy la cuñada favorita! ¿Lo oyes? Todos me aprecian más que a ti —masculló Eugenia mientras iba pegada con Rose.

—¿Y por eso te echan de sus casas? Lo dudo mucho —correspondió Rose, insidiosa.

—¡Silencio o las ataré juntas por un día!

Fanny pensó que esperaría al vizconde acompañada de alguien. Al menos nadie vería su cara de penitencia. No tendría que fingir por un rato. Su rostro no reflejaba su espíritu que estaba en ruinas, pero debía seguir adelante por las obligaciones familiares.

—¿Qué ha sido ese escándalo, milady? —preguntó la doncella, Helen.

—Mis hermanas están mordiéndose por a quien Spencer quiere más. Lo mismo de siempre...

—Ah. ¿Y se siente ansiosa por la presencia de un importante candidato para usted?

—Por supuesto —mintió con una sonrisa que no iluminaba su rostro.

—Qué bueno, porque ha llegado el vizconde. Lo he visto desde la ventana... Hice una carrera para venir a decirle... —contó la doncella, agitada.

—Entonces ve a abrirle, no hay que hacer esperar a las visitas.

Mientras que la doncella iba, Fanny se arreglaba las prendas. Después de la pelea de Eugenia y Rose, ella se había desarreglado un poco.

—Pase, por favor, milord. Milady la espera —concedió Helen, dándole el visto bueno al vizconde con su mirada.

—Buenas tardes, milady, es un placer volver a verla —dijo Ethan Longburn, vizconde de Coast, cogiendo la mano de Fanny para dejarle un beso en el dorso.

—El placer es mío, milord. —Ella reverenció al caballero y le señaló el sillón para que se sentara.