Capítulo 25
El señor Barnes irrumpió en la habitación de Clifford que se encontraba durmiendo.
—Milord, milord —dijo Benedict moviendo al conde para que este despertara.
Clifford abrió los ojos con dificultad y se sentó en la cama.
—¿Qué pasa, Benedict? —indagó somnoliento.
—El ama de llaves fue a abrir la puerta. Lady Fanny Fane está ahí, golpeando como si quisiera echarla.
Ante ese anuncio, Clifford había despertado de una vez y con todas sus funciones en alerta. Nunca supuso que Fanny aparecería en su casa. Su reacción para él era impredecible.
Se colocó su capa y fue con su lámpara en la mano para conversar con ella.
—Prepara el carruaje para que la devuelvan a su casa en cuanto termine de conversar con ella, Benedict —ordenó Clifford. Por nada del mundo la dejaría ir sola de vuelta a su casa.
Fanny estaba en el salón como una fiera enjaulada. Ya no se sentía dolorida, estaba furiosa. Cuando ella escuchó los pasos de alguien que se acercaba, se quedó quieta en un lugar.
—Buenas noches, Fanny —saludó el conde.
—¿Se burla de mí con su saludo, Clifford? Le resultó muy fácil escribir unas absurdas, tristes y burlescas palabras para despedirse sin dar la cara —escupió enfadada.
—Mi carta fue guiada desde el respeto con la intención de consolar su corazón —manifestó Clifford.
—Una puñalada hubiera sido más generosa que su vil acto de rechazo hacia mí.
—Usted no quería entender lo que intentaba decirle. Tuve que pedirle a su hermano que se lo dijera, porque me ignora cuando deseo comunicarme para decirle las razones por las cuales es mejor una separación.
—Para usted es conveniente. Dice amarme, pero me arroja al viento como si no valiera nada.
—La amo, Fanny, como no tiene idea, pero como le dije a su hermano, su inmadurez no la deja ver que soy inconveniente.
Hoy dirá que me ama, pero apenas le surja una oportunidad, gozará de la suntuosidad y belleza de los salones.
Conocerá a personas de rostro perfecto y se arrepentirá de vivir en este lugar en donde solo encontrará desolación.
Es joven e inexperta, quiero que viva y disfrute de su vida y de su hermosura.
Las puertas para usted son muy grandes para conformarse conmigo.
A la larga terminaré haciéndola infeliz.
—¿Por qué piensa por mí? ¿Por qué cree que es incapaz de ser amado por su defecto? Para mí es algo que no tiene sentido.
—Minimiza mi dolor y mi angustia, Fanny.
No quería mostrarle esto, pero quiero que entienda que la vida para otros no es tan sencilla como la suya.
Observe con atención... —Clifford se quitó la máscara que se había colocado para bajar a conversar con ella y acercó una lámpara a su cara—.
¿Le gusta? ¿Quiere seguir con esto? Mire bien y piense si alguien estaría dispuesto a sentarse a mi lado en una mesa.
Si estaría complacida al caminar a mi lado.
Ella observó el rostro de Clifford y sollozó ante una profunda tristeza, por lo que aquel se había apresurado a colocarse la máscara otra vez ante su falta de palabras para demostrarle su empatía. A Fanny no le importaba lo que veía, lo amaba de todas las maneras.
—Prefería que guardara un recuerdo de mí como me imaginaba, pero ahora sabe la realidad.
—La más mínima acción vale más que la más grande intención, Clifford. Yo no necesitaba verlo, porque no he titubeado en mi decisión. Quiero quedarme aquí, ser la dueña de esta casa y de usted.
Él cerró los ojos con fuerza. No quería caer en su propia debilidad con Fanny y rendirse ante su fortaleza de luchar por lo que creía.
—Lo que usted tiene en su sangre es el fuego de la juventud y eso no le permite pensar las cosas con la seriedad con la que se deberían tratar.
—Ni siquiera mi hermano me ha humillado tanto al intentar insultar mi inteligencia con palabras como inmadurez y juventud.
Hacen que nos casemos a los dieciocho años, si pasamos de la primera temporada somos un fracaso.
¿Las demás mujeres que se casan con caballeros por obligación serán más felices de lo que yo puedo ser a su lado, amándolo?
—A usted no hay quien le gane en su terquedad. Se quede o no en Yorkshire, eso no significa que me casaré.
—¿Me habla de terquedad cuando usted se cierra en lo que le incumbe, Clifford? —interpeló. Ninguno de los dos quería dar su brazo a torcer—. No se preocupa por mí o por mis sentimientos.
—Sus sentimientos no son mi problema, mi deber es velar por los míos.
La invito a que se vaya de mi casa, milady.
Mi carruaje la llevará a su residencia de manera confortable...
—Él guardó silencio, pues había utilizado palabras que demostraban nulo interés sentimental en ella para que se decepcionara y viera que no debía tenerlo en un pedestal.
Ante la indiferencia de Clifford, Fanny terminó cansada. Él no estaba dispuesto a sacrificar nada por ella.
—Yo estaba dispuesta a cambiar mi mundo por estar a su lado, pero veo que nunca dejará el suyo ni por más amor que me declare, nunca dejará de amar más a su miseria. ¡Y quédese con su carruaje, no necesito nada de usted!
La joven levantó la nariz y fue con dirección a la puerta, golpeándose con muchas cosas en el camino, pero no se quejaría del dolor ni de nada.
A una Fane nadie la humillaba de esa manera.
No necesitó de Clifford para llegar a los dieciocho años y tampoco lo necesitaría después.
Encontraría a un buen esposo y esperaba que él se agusanara en su casa llorando por ella.
—Por favor, milady, tome el carruaje —pidió el señor Barnes que la esperaba afuera para amarrar el caballo al carruaje para que se lo llevaran.
—Disculpe, señor Barnes, pero no quiero ninguna cortesía de su patrón. Vine sola y así me iré. Cuide de mi tía y del barón Zouche. Yo me iré a Londres a continuar mi vida. Lord Montgomery me ha expulsado de la suya sin contemplaciones. Ya no tengo razones para estar aquí. Cuídese y adiós...
***
Dos días después...
Fanny estaba en el carruaje junto a sus hermanas.
Desde el día anterior, en la madrugada, estaba castigada por el desacato de haber tomado un caballo en medio de la noche.
A Spencer le importó poco su sufrimiento a causa de Clifford, le importaba más que no hiciera una tontería que pudieran imitar las menores.
Después de regresar de su residencia se había acostado en su cama para morir de dolor, pero en realidad terminó llorando de rabia.
Ella había invertido su tiempo en unos sentimientos que jamás prosperarían.
El conde le había demostrado que era un ser detestable, pero no por eso nadie debía entregarle amor, aunque de esa manera en la que se comportaba, terminaba espantando a las personas que deseaban su bienestar.
Para Fanny ya no había mucho que hacer. Había agotado sus instancias y él se mantuvo en su posición de no ceder y de no amarla como debería.
Trataba de mantener la moral muy alta. Fingía que un castigo no le importaba.
Intentaba entrar en el molde de su familia, pero no lo conseguía. En el fondo, todavía seguía devastada.
En el viaje, ella intentó no recordar ni siquiera sus ideas fantasiosas, toda la magia que vivía en su interior parecía estar muerta, pues parte de su vida era la ilusión del amor.
Sus sueños y sus anhelos los había puesto en Clifford, que resultó ser un mal amor.
¿Cómo superaría semejante rechazo? Sin haber debutado, le habían dado un puntapié.
Debía confiar en ella misma y seguir los consejos de la señorita Harting.
Por algo ella le decía que se concentrara en las cosas importantes que había aprendido y no en la fantasía, y tenía razón, por algo su institutriz era una persona sabia; muy cuadrada, pero sabia.
Ser obediente y escoger al mejor candidato era lo único que le haría olvidar su desdicha y a curar un corazón roto.
Al llegar a la residencia de Londres, respiraba otro aire y eso le daba esperanza de que se encontrara a sí misma en ese tiempo en que buscaría ser la esposa de un buen hombre.
—Mira quién ha venido a verte —dijo Eugenia que tenía al gato Clauss en sus brazos.
Fanny miró a su hermana y al gato que no estaba muy feliz de que lo hubieran molestado de su trono real: el lecho de Eugenia.
—Él no está feliz... —alegó Fanny fingiendo una sonrisa.
—Por supuesto que sí. Clauss está encantado. —Eugenia colocó al gato naranja en el regazo de su hermana—. Te lo prestaré el tiempo que necesites. Es un buen oyente y, sobre todo, es incapaz de juzgarte por enamorarte de alguien que por fuera era menos monstruo que por dentro.
—Te agradezco el consuelo, Eugenia.
—Vendrán cosas mejores. Foster nos comprará más joyas, ¿crees que eso te consuele? ¿O prefieres una pequeña cabaña como la mía en la propiedad de Albert?
—Cualquier cosa que me regalen me consolará, aunque nada es mejor que los diamantes para hacer feliz a una mujer.
—¡Lo sabía! Deja eso de las joyas en mis manos. Por hoy te guardaré un par de mis masas del té. Quiero que te sientas feliz. Cuida bien a Clauss...
Tal como Eugenia llegó a la habitación, se había retirado, dejando al gato en su regazo. Aquel lo miraba como si la acusara.
—Lo sé, cualquiera estaría avergonzado de mí. Yo misma me avergüenzo de ser una tonta, ilusa y soñadora. Pero ya está bien, seré la dama que debo ser, conseguiré el esposo que necesito y fin de la historia.
Clauss bajó de los brazos de Fanny y se acostó en la cama para descansar. Estaba muy cansado de comer y de engordar cada día más.
—¡Mira, Fanny! —expresó Rose que entró a la habitación de Fanny con un pañuelo en la mano—. He bordado esta preciosa rosa en un pañuelo para ti.
La pobre Fanny estaba siendo atacada por los intentos de consuelo de sus hermanas. Ellas no sabían cómo manifestar su apoyo más que molestando.
—Gracias, Rose. Es bueno que pongas en práctica las habilidades que aprendiste con la señorita Harting. Recuerda nunca ir en contra de sus enseñanzas. Ella dice cosas por nuestro bien. En dos años más estarás en mi lugar...
—¿Eso significa que bordaré muchos pañuelos para llenarlos con mis lágrimas?
—No necesariamente, Rose —respondió en tono cansado. Su hermana, con la mejor de las intenciones, le había insinuado que era un mar de lágrimas.
—Confiaré en que puedo conquistar a un buen caballero. Spencer tiene que estar muy orgulloso de mí, no puedo defraudar su confianza y todo lo que ha invertido en nosotras.
—Rose, te pediré un favor. Regresa a tu habitación, me haces sentir culpable de estar en esta mala situación. ¿Puedes dejarme sola?
—Está bien... Lamento haber oído la conversación que tuviste con nuestro hermano. Debió ser muy doloroso para ti, estabas muy entusiasmada con él.
—Me equivoqué, hice caso omiso a todo lo que aprendí durante mi corta vida y desobedecí a Spencer.
Una mezcla que solo podía acarrear desgracias, pero toda tormenta tiene su fin.
Todavía no han empezado mis verdaderas oportunidades, tengo un abanico de posibilidades para ser feliz —dijo intentando sonreír lo mejor que podía.
Rose asintió un par de veces y después de entregarle el pañuelo se retiró.
En el fondo de su ser agradecía los torpes gestos de su familia por hacerla feliz.
Por ellas no debía rendirse ni desfallecer, Clifford no era el último hombre sobre la faz de la tierra, ni la única oportunidad existente en la vida.
Debía entender que, quien falló, no fue ella, sino que él no estaba dispuesto a cambiar su realidad por nada del mundo.
Su cicatriz de la cara era el menor de sus defectos, lo peor se escondía en su corazón, en el que le prohibió entrar o tal vez, la había expulsado, nunca lo sabría.
Él ya era una etapa cerrada en su existencia, el bello recuerdo de su primer beso y de su primer amor.