Familia Fane Capítulo 19
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Capítulo 19

El barón Zouche llegó a la residencia una hora después de haber sido informado de que quizá Miranda iría al lugar. Él no perdía una sola oportunidad para verla, y menos después de pedirle matrimonio.

—¿Milady ha llegado? —preguntó David al ser recibido por el señor Barnes.

—Sí, milord, se encuentra con su sobrina en la habitación del conde —respondió Benedict.

—¿En la habitación de Clifford? Qué situación más complicada. ¿Qué ha ocurrido en verdad?

—Lo que le he mandado decir, milord. La sobrina de lady Miranda Templeton casi muere a causa del frío.

—Todavía no comprendo qué hacía esa joven recorriendo con este clima. —David le entregó su capa a Benedict para que la colgara en algún lugar. La casa se sentía cálida.

—Milady venía a devolver algo que cogió sin permiso.

—¡Oh! ¡Sí, sí! Ya lo recuerdo. Su tía la descubrió con el cuaderno de Clifford. Yo debí interceder por ella, pero lo olvidé después de proponerle matrimonio a lady Miranda. Soy un tonto.

—¿Le ha propuesto matrimonio? ¿Ha obtenido una respuesta favorable?

—Estoy esperando esa respuesta favorable, quizá hoy sea ese día.

—Lo llevaré junto a milord y después a ver a sus estimadas damas. Su futura esposa y futura sobrina.

David asintió y siguió al sirviente, mientras seguía averiguando más cosas sobre la visita de Fanny a esa casa.

Clifford se encontraba en su lugar favorito de toda la casa: el ático.

Escuchó un par de pasos y oyó que la puerta se abría.

Esperaba que no fuera Fanny con alguna nueva locura en la cual involucrarlo para terminar de confundirlo aún más de lo que ya se encontraba, pero al ver que era su criado junto a David, se sintió un poco aliviado y decepcionado a la vez, porque no era su persona esperada.

Benedict dejó a David y cerró la puerta para esperar al barón afuera de la estancia.

—Hay muchas visitas en tu casa, Clifford —comentó David, burlón.

—Sí, hay dos damas.

—Debo contarte que yo sabía que lady Fanny tenía el cuaderno. Lo había tomado de tu carruaje.

—Sí, lo ha confesado. Es una criatura maquiavélica y ahora me doy cuenta.

—¿Eso significa que ya no te interesa?

—No, eso significa que me gustan las cosas malas, o al menos eso pienso después de sentirme extasiado con su presencia.

—Entonces puedo presumir que habrá boda muy pronto en esta casa...

—Estás presumiendo de manera equivocada, mi querido barón. Hay magia entre ella y yo, pero no estoy dispuesto a hacerla infeliz. Es solo una niña inmadura que cree que ha conocido lo mejor de la vida.

—Muchas damas se casan a esta edad.

—Las que debutan, David. ¿Cómo crees que me sentiré cuando una de sus hermanas le hable de alguna velada, no acuda y luego me culpe de que ella no disfruta de lo mismo que el resto? La persona que se case conmigo deberá dejar su vida para vivir esta conmigo.

—Las mujeres siguen al esposo, no veo la razón de una rebeldía por parte de ella. Piénsalo bien, Clifford. Tal vez ella termine arrastrándote a los bailes. Es muy vivaz y por lo que he notado, no piensa rendirse con nada.

El conde rio al escuchar esa frase. Era cierto, era testaruda a morir. Tan bella como decidida.

—Le tengo mucho respeto a esa joven, por eso es mejor que me abstenga de seguir abrigando esperanzas hacia ella, no es lo mejor.

Fanny no es ninguna dama en apuros, por lo que intimidarla para que permanezca conmigo es algo imposible, por eso es que no quiero que piense que soy su única opción. Debe conocer a otros caballeros...

—Qué tontería. Nadie en su sano juicio arrojaría a la mujer de sus sueños a los brazos de otro. No eres tan feo para semejante hazaña.

—Mi cabeza me dice lo que es mejor para ella, aunque mi corazón busca lo mejor para mí.

Si no cedo ante el pensamiento que ella debe conocer a otros, corro el riesgo de hacerla infeliz.

Soy un hombre solitario que por fin encontró un lugar en el cual permanecer.

Sin embargo, esa niña apareció para causar estragos.

—Unos estragos que estoy viendo en un lienzo.

Vaya ganas que tienes de que se vaya de tu lado solo para tenerla en una pintura inerte que jamás podrás poseer.

Tal vez la pintes, quizá la aprecies, pero jamás te corresponderá.

Mientras te dedicas a lo mundano, ella está esperándote en un lugar de la casa.

—Es mi refugio, lo que me ayudara a tener compañía si ya no vuelvo a verla. Esa es mi idea. Quiero que Fanny se vaya y no volverla a ver. Es probable que sepa por tu intermedio, si ella ha sido feliz con alguien y me alegraré por ello.

—Eres un tanto extremista, por eso, me iré a ver a tus visitas. No puedo esperar para ver a lady Miranda.

—Supe que le has pedido matrimonio, y también sé la respuesta a tu pedido.

—No me lo digas entonces, quiero escucharlo de sus labios, sea cual sea su respuesta...

—En media hora se servirá la cena...

El barón asintió y después abrió la puerta. Benedict lo esperaba para llevarlo hasta la habitación en donde se encontraban las dos mujeres.

Fanny y su tía estaban aburridas en la oscura habitación. Miranda tenía sus ojos puestos en la ventana y se dio cuenta de que había oscurecido tiempo atrás. El barón debía estar por llegar a esa casa.

—Tengo hambre. ¿Y si vamos al salón? —preguntó Fanny, que ya sabía que tenía sus horas contadas en esa casa y no quería seguir perdiendo el tiempo.

—No podemos hacerlo hasta que venga el barón porque tú debes reposar por estar fingiendo. Hubiéramos estado mejor en el salón, pudimos haber pedido que milord nos acompañara a jugar a las cartas.

—La verdad es que no lo había pensado.

—Fanny, es que tú no estás pensando en nada, querida mía. Estás hueca por encima del cuello.

Unos golpes a la puerta anunciaban que alguien las buscaba. Después de unos segundos, el señor Barnes se asomó por la entrada.

—Disculpen, el barón Zouche ha venido a ver a milady —anunció Benedict, que se hizo a un lado para que David pasara.

Al ver al barón, Miranda sonrió sin disimular y él había hecho lo mismo.

Por respeto, David primero fue a saludar a la joven que estaba en cama.

—¿Cómo está, milady? —curioseó.

—De maravilla gracias a los cuidados del dueño de esta casa —replicó la joven.

—Me alegra que esté mejorando. Lady Miranda...

—Milord...

Fanny y el señor Barnes estaban expectantes ante lo que podría ocurrir entre Miranda y David. Tenían muchas expectativas con esa pareja.

—Tiene las mejillas quemadas por el frío, ¿no me diga que ha venido a caballo? —cuestionó David, que no quería ver maltratada a Miranda.

—Solo tengo ese caballo... —admitió Miranda.

—¿Y cómo llevará a nuestra... a su sobrina hasta su casa?

—Pensaba pedírselo a usted.

—Qué mujer más sabia. Sabe que puede contar conmigo cualquier día, en cualquier momento, para cualquier cosa, por mínima que esta sea...

—Se lo agradezco mucho.

—¿Ha pensado en...?

—He pensado en... Se lo diré después.

Los dos no querían decir en voz alta el asunto porque había varios oídos en el lugar.

—La agonía continúa. Llevo agonizando unos días, que me cueste un poco más, no pasará nada.

Al ver que nada pasaría, Benedict se retiró para verificar si la cena se serviría pronto.

Clifford no era el mejor anfitrión del mundo. Dejaba que las personas pasearan por su casa y se apoderaran de lo que quisieran, si podían. A un ladrón le desearía mucha suerte para encontrar algo.

Después de media hora, Benedict regresó a la habitación y también al ático para juntar a todos en el comedor para que pudieran cenar.

Durante toda la cena, Fanny intentaba ver más detalles de las imperfecciones que pudiera tener Clifford, era muy curiosa y, pese a que sabía que podría asustarse, no le importaba, quería verlo.

El problema era que la iluminación hacia él era mucho menor que hacia los otros.

Era evidente que estaba acostumbrado a una vida de oscuridad.

El conde se comportaba de forma renuente ante los acercamientos entre ambos y tampoco quería que sus miradas se cruzaran, ella sentía que la esquivaba.

Clifford se sentía incómodo por la escrutadora mirada de Fanny. Ella ni siquiera intentaba disimular que quería quitarle la máscara, ver o hasta tal vez tocar. Se dejaba dominar por sus impulsos y su curiosidad. Le daba vergüenza que viera sus imperfecciones.

—Yo llevaré a lady Miranda y a su sobrina hasta la residencia de ellas —dijo David al notar el silencio en aquella mesa. Clifford no quería seguir socializando demasiado y era notorio.

—Solo si lady Fanny se siente bien... —Clifford dejó la decisión en manos de ella y eso significaba fingir y seguir o decir la verdad e irse.

Estaba entre la espada y la pared. La agonía de estar cerca de él era peor que estar lejos, por lo que optaría por la paz para ambos.

—Me siento mucho mejor gracias a todos los cuidados que me ha dado, milord —concedió la joven con inteligencia.

—Por favor, no vuelva a salir sola con este clima, no le favorece, milady, su salud es débil y quebrantable —musitó Clifford, un poco arrepentido por haber puesto la opción de que se fuera.

Tenía sentimientos contradictorios y no sabía qué hacer con ellos.

Todo era incomprensible para él en ese instante.

De hecho, desde que conoció a esa joven, su vida había cambiado y estaba seguro de que era para siempre.

—No volveré a hacerlo. ¿Me invitará a tomar el té? Dudo que, si yo lo invito, usted acuda a casa de mi tía.

—Puede venir en compañía de su tía. Usted no puede salir sin carabina.

—Sí, ya lo sé —replicó refunfuñando.

—Milord puede ir a mi casa cuántas veces quiera. Será bien recibido. También traeré a mi sobrina algunas veces antes de que regrese a Londres.

Las palabras de Miranda, que contaban que Fanny regresaría a Londres, no solo la destrozaba a ella, sino también a Clifford.

Ahí estaba el meollo de la situación. La joven no pertenecía al cuadro rural en el que todos se movían.

Era una razón más para pensar que ella no se adaptaría a la vida en Yorkshire.

Al acabar de cenar, fueron al salón por unos minutos a conversar, hasta que Miranda pidió que se retiraran por las bajas temperaturas y porque su sobrina todavía necesitaba reposar un poco.

Fanny tenía todo lo necesario para irse, menos el ánimo. El señor Barnes le acercó el cuaderno para que lo llevara consigo.

—Vayan con cuidado, la nieve ha comenzado a enterrar el camino —habló Clifford al lograr distinguir el manto blanco que cubría todo alrededor.

—No te preocupes, Clifford. Cuidaré a las damas.

El barón Zouche ayudó a que Miranda subiera al carruaje, y cuando iba a ayudar a Fanny, Clifford le pidió con un pequeño contacto en su hombro que no lo hiciera, porque él se encargaría, entonces David siguió a Miranda.

—Nos veremos pronto, Clifford —declaró Fanny.

—Espero que mejor no nos veamos más, por su bien.

—O por su comodidad. Por más que me espante, aquí estaré para tomar un té cualquier día de estos y lo haré sin mi tía. Gracias por todo. —Ella hizo una inclinación de cabeza y alcanzó a su tía y al barón.

Clifford los despidió desde la entrada de su casa. De nuevo Fanny le había echado otra maldición, estarían destinados a encontrarse sin querer en todo el tiempo que ella permanecería en ese condado. ¿Cómo haría para resistirse a besarla otra vez? ¿Podría huir de sus propios sentimientos hacia ella?

Después de ver que el carruaje se perdía en la oscuridad, Clifford entró a su casa y miró el único color que lo rodeaba: el negro.

—¿Quiere que le cambie las sábanas para dormir, milord? —indagó su sirviente.

—No, no quiero que nadie toque esas sábanas; ella estuvo ahí.

—Entonces le prepararé su camisón para que pueda descansar.

Un suspiro de cansancio escapó de Clifford. Sus pies parecían arrastrarse y no sabía bien si era por estar cansado o por la tristeza que le producía en silencio la ausencia de su amada.

Al entrar en su habitación, percibió su aroma. Cerró los ojos como si de esa manera, ella se fuera a manifestar frente a él y todos los temores desaparecerían de su vida.

Una vez que Benedict lo ayudó a cambiarse, él se acostó en su lecho y ahí el aroma era aún más perturbador.

—Le hubiera pedido que se quedara conmigo —murmuró antes de enterrar la nariz en la almohada.