Capítulo 17
A Clifford le sobraba paciencia para su alocada invitada.
Fanny no podía dejar de sonreír cuando lo miraba, pero no podía decirle nada, porque se veía demasiado encantadora para arruinar semejante expresión.
Gracias a la tenue iluminación de la habitación, notaba que la mirada de la joven brillaba con especial pasión.
Si ella pudiera retratarlo, estaba seguro de que notaría ese mismo brillo en él.
La apreciaba con tal gusto que no deseaba que se fuera y que se perdiera todo el encanto en el que vivían estando convaleciente en su residencia.
Fanny sabía que era momento de poner su plan en acción. Comenzó a toser intentando fingir que no era una tos poderosa, quería que él pensara que empeoraría.
—Creo que enfermaré. —Fanny volvió a fingir su tos.
—Pediré que le preparen un té para la tos. El ama de llaves es excelente con eso. Ha curado todas mis enfermedades desde muy pequeño —contó Clifford sin perder la concentración en sus trazos.
—Supongo que tendré que acomodarme un poco más en su cama, Clifford. Lo mejor que hay para la tos es un buen descanso, al menos eso decía la señorita Harting, mi institutriz.
—Mi preceptor decía que para que una dama mejorara pronto, lo mejor era que un caballero no la molestara, porque lo más sabio consistía en no verla en sus momentos menos glamorosos.
—Qué tontería. Un varón que se respete atiende a su amada sin importar el estado en que se encuentre. ¿Es tan frívolo para ignorar a una dama en su debilidad, lord Montgomery?
Él detuvo su trabajo y la observó con picardía.
—No, pero una dama que se respete no dejará que ningún caballero la observe en su vulnerabilidad, la vanidad es importante para una mujer.
—Pues yo no. En mis enfermedades, tenía mucho miedo de morir. Solo quería que mi hermano estuviera a mi lado, porque pensaba que él me cuidaría de la muerte. Me abrazaba a él hasta quedarme dormida —recordó con cariño.
—¿Ahora tiene miedo de la muerte? Puedo escribirle a su hermano para que venga a consolarla, Fanny —dijo Clifford, preocupado.
—Le temo a la muerte, pero quizá solo necesite unos brazos fuertes que me contengan, ¿qué pasa si la muerte me sorprende sin que él pueda llegar a tiempo? ¿Me haría el favor de acercarse?
Clifford tuvo que dejar su paleta y el pincel para acercarse a ella.
—¿Qué necesita, Fanny? ¿Se siente mal? Puedo mandar traer a un médico si hace falta. —Clifford comenzaba a preocuparse, pues ella hablaba de la muerte.
—Siéntese aquí —ordenó Fanny, mostrándole el lugar con unas suaves palmaditas sobre las sábanas.
Como un fiel sabueso, él obedeció al pedido de la joven. Al hacerlo, sintió que la joven recostó su cabeza en su pecho y también colocó una mano, justo junto a su frente.
—Creo que aquí mejoraré pronto —declaró Fanny, escuchando el corazón del conde.
—¿Está segura de que se siente mal y que no está dramatizando la situación? —inquirió Clifford, dudoso, aunque disfrutaba de ese contacto.
De nuevo, ella recordó toser un poco.
—Una Fane no miente sobre las enfermedades, pero al sentirnos mal buscamos atención, ¿puede culparme por eso?
—Su hermano la ha malcriado demasiado o, mejor dicho, las ha malcriado si es que hay más jóvenes como usted en una misma casa.
—Spencer no tiene la culpa, fuimos nosotras ante la muerte de nuestro padre. Nuestras madres ya estaban muertas.
—¿Sus madres?
—Somos de diferentes madres. Spencer; el mayor, era hijo del primer matrimonio de mi padre, Kitty y Meredith, del segundo, yo del tercero y Rose y Eugenia del cuarto.
Mi padre era muy conocido por casarse con mujeres jóvenes.
Desde que murió nuestro progenitor, el mayor se ha hecho cargo de nosotras.
Ha sido paciente, me sorprende que no esté muerto.
—Yo estaría asfixiado con cinco hermanas. Siempre he estado muy solo, desde que murieron mis padres.
—¿Cómo murieron?
—No es agradable recordarlo y mucho menos contarlo. Ellos murieron en un incendio en nuestra casa de Durham.
—¿La máscara la usa por culpa del incendio?
—Es inteligente, admiro que una todo lo que le digo de una sola manera. Esa noche casi muero, pero el señor Barnes; arriesgando su propia vida, me salvó de las llamas. Luego de eso vino la parte más difícil: darme cuenta de que mis padres nunca regresarían y que yo no sería el mismo.
Fanny se aferró aún más al pecho del conde al escuchar su relato y se compadeció de él.
Lo que él sentía no era algo superficial como ella había creído, era mucho más profundo de lo que imaginaba.
Deseaba consolarlo, aunque no sabía cómo hacerlo, puesto que nunca había pasado por una situación similar.
No tuvo que ver morir a su madre, aunque sí a su padre, pero comprendía que esa muerte había sido por la avanzada edad, y no de una manera tan dolorosa.
—A mí me agrada cómo es usted hoy en día. No le cambiaría nada. Usted habló de vanidades femeninas, pero no habla de las masculinas. También es tan vanidoso como otros, por eso no se muestra como es.
—Créame que lo intenté por mucho tiempo, quise encajar, pero nunca lo logré, me expulsaron con indiferencia y habladurías, como si yo hubiera escogido este camino voluntariamente. Tal vez sea vanidoso y no quiera admitirlo, mis imperfecciones me dominan.
—Esas imperfecciones son las que hacen que usted sea este ser perfecto que conocí, y que me ha hecho fantasear y soñar con cuentos.
Es especial a su estilo, solo que no puede verlo.
Había un tiempo en el que yo no sabía que era especial, me creía defectuosa por mi altura y por el desarrollo tardío de mi cuerpo.
Las situaciones son incomparables, aunque las inseguridades son las mismas, siempre dominadas por la vanidad que nos inculcaron sin querer como lo único importante.
—Es empática para su edad, demasiado preparada para ser una niña sin debutar.
—No siempre soy una cría casquivana, también puedo ser entendida en los asuntos referentes a las desgracias ajenas.
A Clifford no le gustaba sentir que Fanny intentaba agradar con palabras que a él le sonaban como la palabra más odiada del mundo: lástima.
Pese a que se sentía cómodo con el acercamiento de Fanny, él necesitaba poner distancia.
Las cosas iban justamente hacia donde a él no le apetecían.
No quería que lo percibiera carente de algo, si había hablado sobre su pasado lo hizo solo en un momento de debilidad.
Recordar era muy doloroso. Para su lástima, Clifford se dejó llevar por Fanny y las cosas no fueron para bien, porque estaba seguro de que ella lo creía débil.
—Debo continuar con el retrato, la tendré poco tiempo aquí. ¿Puede hacer el favor de quedarse quieta y callada?
A Fanny, el pedido le había parecido bastante brusco con el cambio de ánimo de Clifford. Él la alejó con lentitud de su cuerpo e intentó regresar a su lugar frente al caballete, pero ella lo cogió de la muñeca.
—¿Hoy no va a besarme? Cuando me leyó la mano, habló de una aventura y también sobre usted mismo. Sin darme cuenta estábamos destinados a encontrarnos.
—Destinados a encontrarse, de ninguna manera significa que estemos destinados a estar juntos.
Debería entender que no soy muy abierto a esa idea —pronunció retirando la mano de ella de su muñeca.
Fanny no entendía que él no podía adorarla como lo hacía.
Que ella estuviera en su casa comenzaba a representar una tortura, deseaba huir, pero a la vez quedarse a su lado.
Aunque él la rechazaba, Fanny no se rendía.
Lo miraba de la misma manera que antes. No estaba enfadada, comprendía que Clifford era un hombre reacio cuando algo se le metía en la cabeza, pero lo que el conde no sabía era que ella era muy insistente, podría desarmar la coraza más dura con su impertinencia.
—Puede ser duro conmigo, pero mi piel es muy resistente, como la de un caimán. Usted me agrada mucho.
—Usted también. Ahora guarde silencio. No estoy acostumbrado a que la gente hable demasiado.
—Guardaré silencio, pero si me promete que cenaré con usted.
—Se supone que, si me niego, usted continuará charlando sola. Tengo mucha capacidad para ignorar, no querrá ponerme a prueba.
—No sé quién probará a quién. Le aconsejo que me haga caso, es su bienestar.
En lugar de seguir discutiendo, Clifford le sonrió a Fanny y continuó en silencio.
No podía ponerse a pelear con alguien que jamás admitiría una derrota.
Esa joven era lo más cercano a ser la decisión hecha carne.
No se rendía con nada de lo que él pudiera decirle y, lo peor de todo era que sabiendo que él tenía un problema en el rostro, ella parecía ignorarlo.
Eso era porque no lo veía. Con la máscara, la situación era llevadera también para él, pero los momentos en que se colocaba los ungüentos para intentar disminuir sus imperfecciones, se sentía decepcionado de los pocos avances que notaba.
Después de la tragedia, él buscó maneras de solucionar su apariencia, pero su familia lo había impedido, aunque el librarse de ellos, pudo buscar a cuanto inventor pudo para que buscara la forma de ayudarle.
Tal vez los años que le impidieron hacerlo fueron determinantes para que no mejorara demasiado la apariencia de sus cicatrices y ya en ese tiempo todo era tarde.
Ella intentaba desconcentrar a Clifford, pero él la ignoraba con tranquilidad, sin ningún esfuerzo.
Estaba poniendo a verdadera prueba la paciencia de una Fane.
Molesta por terminar ignorada con éxito, Fanny enfurruñó su rostro y colocó sus brazos bajo el pecho para ver si lograba algo, pero el conde solo dejó de lado su pincel y la paleta.
—He terminado con lo que necesitaba, el resto ya lo acabaré después —comunicó Clifford moviendo el caballete.
—No quiero que sus recuerdos varíen mucho. Quiero que me dibuje perfecta —masculló desde su lugar.
—Le prometo que todo saldrá bien y que estará muy hermosa.
—¿Ahora sí me invitará a cenar con usted?
—Está convaleciente, milady. Déjeme ver qué puedo hacer. Con permiso.
Antes de salir, él cogió la mano de la joven y dejó un beso en el dorso.
Otra vez se le había escapado el conde. Fanny dio un salto de la cama y comenzó a dar vueltas para pensar mejor.
¿Sería posible que solo ella sintiera tal atracción por él y lo aceptara cómo era?
Para ella comenzaba a ser difícil rebuscarse entre sus ideas sin entrar en una persecución.
Podría escribirle a su hermano y decirle que Clifford la había besado a la fuerza, así se casarían obligados y vivirían felices por siempre.
Sin embargo, el conde no aprobaría eso, comenzaría a darle clases de moral más aburridas que las de la señorita Harting.
Él era muy correcto, aunque para acercarse a ella tendría que ser incorrecto.
Para nada lo percibía como alguien débil, sino más bien le parecía que Clifford tenía una coraza que quizá tampoco él pudiera traspasar.
Mientras se paseaba por la habitación, había llegado su tía Miranda. El señor Barnes le abrió la puerta del lugar en el que se encontraba Fanny.
—¡Fanny! —la llamó su tía, emocionada, al saber que estaba viva y caminando.
—Tía... —replicó Fanny sin mucho ánimo. Si ella estaba ahí, significaba que se la llevaría a su casa.
—Menos mal que estás bien. Fue un error de mi parte dejarte venir sola, no estás preparada para el campo. Gracias a Dios no tengo que enviar tu cuerpo a lord Nottingham.
—Todo está bien, solo no me abrigué lo suficiente. Debí hacerle caso, pero gracias a Clifford... ¡El conde de aquí es Clifford! El que bailó conmigo la noche del baile de máscaras.
—¿El vampiro?
—Al final de todo no es un vampiro —lamentó la joven—, pero es un hombre guapo que tiene una máscara que lo hace tan atractivo...
—Debemos salir de aquí. No puedes quedarte en casa de un hombre al que le robaste y que también te gusta.
—Y que me dio un beso en el baile de máscaras...
Miranda se sonrojó y se abanicaba con ambas manos. Eso era un escándalo.
—¡Tendré que pedirle a tu hermano que venga a buscarte! Yo no podré hacerme cargo de una casadera descarriada.