Familia Fane Capítulo 14
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Capítulo 14

Ese día Fanny no había podido ir a devolver el cuadernillo ajeno, pues fuertes vientos azotaban el campo y hacía descender la temperatura, por lo que era arriesgado salir y enfermar.

Sentada junto a la chimenea, ella pudo volver a mirar el arte que se encontraba en aquellas hojas.

Sabía que era un pecado tener el fruto de un robo ahí, pero lo devolvería al día siguiente, no creía que ocurriera algo.

Era probable que el conde ni siquiera se diera cuenta de que algo le faltaba.

Su tía Miranda miraba varias veces por la ventana, quizá esperando a que el barón apareciera para decirle que sí deseaba casarse con él.

Le daba risa que alargó su sufrimiento en vano, haciéndose la desentendida de ese caballero, pero Fanny dejó de dudar de cualquier cosa el día en que su tía le dijo cómo había conseguido su caballo.

Las dos se acostaron a dormir temprano para estar calentitas en la cama. Durante la noche, Fanny no dejaba de escuchar los silbidos del viento al penetrar por los pequeños espacios de las ventanas. Era digno de imaginar algo terrorífico.

Fanny distinguía no solo el aullante viento, también el crepitar de la leña en la chimenea y el sonido de las hojas agitándose con violencia.

Con todos esos ruidos era imposible dormir, al menos para ella, puesto que Miranda ya había pasado al otro lado tiempo atrás.

Ella comenzaba a sospechar que de su tía solo tenía el apellido, todo el resto era su lado Fane.

Ellos eran una familia que no conciliaban el sueño con facilidad, por esa razón solían juntarse en una de las habitaciones de una hermana escogida y se contaban historias inventadas, jugaban, intentaban cantar, pero eso nunca resultaba, porque sonaba la campanilla desde la habitación de su hermano para que se callaran y terminaba desmembrada la noche.

Por la mañana siguiente, el viento se había terminado, pero había llegado una leve entrada de aguanieve.

Miranda apenas le sirvió el desayuno y le insinuó que devolviera el objeto de la discordia que habitaba en su casa. Por supuesto que Fanny lo devolvería, solo debía saber cómo sobrevivir en ese clima tan adverso para ella.

—A pie, con una capa. No hay más que eso —dijo su tía.

—Pero en el caballo iré más rápido —refunfuñó Fanny.

—Pagarás tus culpas de esa manera y, además, sufrirás menos frío. Te pones unas botas de las muchas que tienes, una capa y emprendes camino.

—¿Cómo mirará a mi hermano si le envían mi cuerpo congelado, tía?

—Después de que le diga la razón, él mismo te arrojará a la fosa. No creo que le complazca tener una hermana ladrona.

—Ha ganado, tía. Deséeme suerte.

—Suerte, querida. La próxima vez pensarás dos veces en las cosas.

—Si ese conde chupa mi sangre...

—No tendré nada que decir. Anda, termina de vestirte, el clima puede ponerse más duro.

A Fanny no le quedaba más que hacer que acatar la orden de su tía. Tendría que sufrir en el frío.

***

Clifford y el señor Barnes habían salido a dar un paseo ese día.

El conde pensaba que nadie estaría por el campo en un clima inestable como ese, en cambio, él disfrutaba mucho de esas salidas.

La vieja capa que él llevaba puesta le había pertenecido a su padre y cuando se rompió, sintió que una parte de su corazón también lo hacía, por eso la había mandado reparar.

Siempre se abrigaba mucho para salir en esos días, por lo que era un placer dar un paseo.

—¿Milord aún no piensa regresar a casa? —preguntó Benedict a su patrón que se veía muy cómodo sobre su caballo.

—No. Si quieres regresar, puedes hacerlo. Escucho el castañeo de tus dientes, pero no te lo dije, esperé que tú lo hicieras.

—A mi edad el cuerpo ya no calienta muy bien, milord. Lo esperaré en casa con un té caliente.

—Gracias, Benedict.

Él vio que su criado se retiraba con rapidez y lo dejaba solo en sus tierras, recorriendo en medio de la aguanieve.

Debió salir de su casa por insistencia de Benedict y de su propia mente que no dejaba de pensar en Fanny.

Quizá, de tanto que la pensaba, ella no pudiera dormir.

No podía pensar que siempre estaría en su memoria inmediata, consideraba que estaba en una etapa en la que le sería difícil dejarla relegada al fondo de su cabeza, como ocurría con sus padres.

En ocasiones los recordaba, los amaba, pero no siempre los tenía presentes.

Mientras recorría, se había cruzado con un par de venados que huían al verlo. Lamentaba no haber llevado su arma para cazar algún animal. Por lo general, la caza era algo que lo distraía y le producía cierto placer.

Durante esa cabalgata, se fijó que algo se acercaba caminando con lentitud a través del camino. Parecía ser una mujer con una capa con capucha que tapaba su cabeza.

Por instinto, Clifford sostuvo su capucha para poder irse de ese lugar en una rápida cabalgata, no quería cruzarse con nadie.

Hablar no era una opción. Movió las riendas de su caballo para salir disparando de ahí, pero cuando estaba en ese proceso, vio que la figura que se acercaba se había desplomado en el suelo.

Estuvo tentado a seguir su camino; no obstante, no podía dejar a nadie en esa situación y menos si era una dama en apuros. No sabía qué le estaba pasando.

Emprendió camino hacia la persona que estaba echada en el suelo mojado y frío.

Cuando se acercó, descendió del caballo y vio que un bucle dorado salía de la capucha.

Al correr un poco más esa tela de su rostro, se dio cuenta de que era lady Fanny Fane.

El corazón de Clifford había dado un vuelco al verla ahí con el rostro maltratado por el frío.

Sus mejillas estaban quemadas y mojadas.

—Fanny... —pronunció apresurado para despertarla, pero ella estaba helada y protegiendo algo con sus manos.

Sin dudarlo un segundo más cogió a la muchacha y lo que cayó de ella era su cuaderno de dibujo. ¿Cómo era posible que Fanny lo tuviera?

Agarró el cuadernillo y lo colocó sobre la joven. Con esfuerzo la subió a Fanny al lomo del caballo y después él se acomodó y la colocó mejor. La cubrió con su capa para resguardarla del frío que ya la había devastado con anterioridad.

El cuerpo de ella estaba helado. Había sido muy irresponsable de su parte haber salido de su casa con ese clima, aunque lo más notorio era lo que llevaba, que era algo que le pertenecía a él y no a Fanny. ¿Cómo había conseguido tenerlo?

Llegó a sus caballerizas con mucha prisa. Quería saber cómo estaba Fanny.

Los mozos de cuadra lo ayudaron a descender del caballo y a bajar a la joven que había salvado momentos antes.

Con ella en brazos, entró a su casa a través de la cocina.

—Necesito leña en mi habitación —mandó al ama de llaves que estaba preparando una sopa caliente.

—Por supuesto, milord.

Él siguió su camino hasta que encontró a Benedict junto a la chimenea del salón. Su criado se levantó de un salto al verlo llegar.

—¿Qué ocurre, milord?

—Es lady Fanny Fane, Benedict. Venía caminando y se desmayó. Te pido que supervises que lleven a mi habitación mucha leña para calentarla. Que una doncella vaya y la ayude con sus prendas, está mojada y helada. Tú buscarás algo para que me cambie en la habitación contigua.

—Por supuesto, milord —dijo el señor Barnes que se apresuró a cumplir las órdenes que él había dado.

Subió las escaleras hasta llegar a su habitación y ahí la depositó en la cama. Le desató la capa y la despojó de esta. El dobladillo del vestido estaba mojado y lleno de barro. Dejaría que las criadas se encargaran de las prendas de la joven.

Después de unos instantes, estaban al menos otras cuatro personas más en la habitación.

Por precaución, Clifford fue al aposento contiguo, el que sería el de la condesa.

Ahí trató de serenarse y de quitarse todo lo que tenía frío y mojado por su cuerpo.

Benedict entró junto a él con prendas secas y olorosas.

—No entiendo la razón por la que milady ha venido hacia aquí. ¿Cree que el barón Zouche le dijo quién era usted? —indagó el señor Barnes, mientras lo ayudaba a deshacerse de las prendas sucias.

—No lo sé, pero lo que sí he notado es que tiene mi cuadernillo.

—¿El que deja en el carruaje para cuando sale?

—Sí. Ella lo tenía. ¿Cómo lo logró? ¿Cuándo?

—Oh, creo saberlo, milord. El día en que la conoció, ella y su tía regresaron a la propiedad en el carruaje. Usted dijo que las tratara con mucha deferencia.

—Tienes razón, no hay otra forma en la que pudiera tomarlo.

—Ahora milady sabrá que usted es el vampiro. ¿No le teme a eso?

—No. No soy un vampiro, lo único que me entristece es romper sus ilusiones de que aquí vive un vampiro. ¿En qué momento crees que puedo ir a verla? Debo aprovechar que está aquí. Comienzo a pensar que la he atraído con mis pensamientos, pues su nombre no ha dejado de dar vueltas en mi cabeza.

—El destino comienza a empeñarse en que ustedes se encuentren. Esto no es casualidad.

—Es casualidad absoluta. Creo que, tal vez sea la despedida final y descubra cuál es mi problema para haberla dejado noches atrás.

—O tal vez le agrade más y la tenga aquí como una gatita pidiendo atención.

—Espero que milady no despierte tan pronto, quiero verla con tranquilidad.

—En un momento estará lista. Le dije al ama de llaves que le avise cuando ella esté acomodada.

—Gracias, Benedict.

Unos minutos después, el ama de llaves le comunicó que la muchacha estaba recuperando la temperatura de su cuerpo y que la habían vestido con un camisón de él.

Entró a su habitación y encontró a la joven con sus cabellos esparcidos sobre la almohada y las mangas del camisón dobladas hasta las muñecas. El lugar estaba muy caliente, él comenzaba a sentir calor. Lo importante era que ella no siguiera tan fría como antes.

Se aseguró de que su mano estuviera tibia para tocar la de ella.

Una vez que cogió la extremidad de Fanny, aquella todavía seguía fría.

Sin dudarlo, le dejó un beso al dorso y la contempló por unos instantes.

No se animaba a decirle nada, temía que despertara y le dijera algo o que le desagradara todo lo que le rodeaba.

Siguió unos minutos más y después la dejó sola en aquel lugar para que descansara. Benedict la cuidaría.

Fanny sintió un escalofrío y se acomodó en aquella cálida y mullida cama.

Sin embargo, ella abrió los ojos y no reconoció el lugar en el que estaba.

Sus piernas le dolían y los dedos de sus manos también le molestaban.

¿Qué había ocurrido? Lo último que recordaba fue sentir que él agua fría se filtraba a través de su capa y eso la enfriaba.

Debió desvanecerse en medio del bosque, pero ¿quién la había acogido? ¿Dónde estaba el cuadernillo?

Ante el pensamiento del cuadernillo perdido, ella se quitó las mantas de encima y en ese momento se dio cuenta de que no tenía puesta su ropa. Su confusión comenzaba a jugarle una mala pasada y su corazón no paraba de latir como si estuviera asustado.

La puerta de la habitación se abrió y vio que alguien llevaba una bandeja en sus manos.

—Ha despertado, milady —pronunció la agradable voz del señor Barnes.

—¿Señor Barnes? ¡Qué alivio que esté aquí! —Ella se emocionó al oírlo.

—Usted está segura en casa de lord Montgomery, no se preocupe. Le traje una sopa caliente.

—Le agradezco el gesto, pero quiero saber en dónde está lo que traía.

—Junto a usted. Es el cuaderno de dibujo de milord.

Ella agachó la mirada. Estaba llena de vergüenza por ser descubierta por el criado.

—Lo lamento...

—No se preocupe. Milord no se ha dado cuenta de que le falta nada. Lleva tiempo sin subir a su carruaje.

—¿Y milord?

—Milord está en el ático pintando un cuadro. Pidió que la atendiéramos muy bien.

—Por favor, no me deje sola con él, es un vampiro —alegó Fanny que comenzó a sopesar las consecuencias de estar en esa casa.

—Lo último que quiere milord es chupar su sangre, milady. Él mismo la ha salvado de morir congelada a la intemperie.

—¿Él me ha salvado?

—Sí, y la ha acogido en su habitación.