Capítulo 8
Pese a que cometería un desacato a la autoridad de Spencer, Fanny estaba ilusionada con su primer baile.
Cualquiera de sus hermanas la mataría si llegaran a saberlo.
Bailaría sin haber debutado, muchas personas la conocerían antes que la gente más importante de Londres.
No debía matarse pensando en que su familia podría enterarse de lo que pensaba hacer, debía pensar en que nadie lo sabría y asunto solucionado.
A Fanny le parecía muy agradable el barón Zouche.
Observó su comportamiento con respecto a Miranda, lo descubrió muchas veces mirándola con interés y sus ojos se ponían muy brillantes al apreciarla.
Eso le daba la seguridad de que él estaba interesado en su tía Miranda.
También estudió el comportamiento de su tía que, con ciertos gestos sugerentes, movía los bucles que le estorbaban en el rostro para colocarlos detrás de su oreja, pestañeaba de manera extraña y sonreía con coquetería.
Su tía era una desvergonzada que no podía ocultar que se encontraba perdidamente enamorada de alguien a quien ella misma había llamado viejo y otros calificativos.
La hipocresía giraba por el cuerpo de su pariente como una serpiente.
A Fanny le parecía que era mejor que hablaran sin alargar el cortejo si ellos ya estaban conquistados el uno por el otro. Eso resultaba ser absurdo.
Fanny sabía que no podía decirle a su tía lo que veía porque la desacreditaría en el acto diciendo que estaba loca.
No correría ese riesgo, pero al día siguiente tendría tiempo de conversar con el barón Zouche y animarlo a qué hablara con la dama de su interés y le dijera que se casaran.
Todo parecía sencillo, pero ellos lo hacían difícil con sus indirectas.
Cuando terminaron de tomar el té y el barón Zouche se despidió con la promesa de regresar al día siguiente, Fanny quedó sonriente y feliz. Al momento de que su tía cerró la puerta, suspiró, fue a la silla en donde estuvo con anterioridad y se sentó sin tanta elegancia.
—Por fin se ha ido. Es insoportable —masculló su tía.
Dentro de sí, Fanny sabía que todo era una actuación de su tía para no pasar por encima de sus propias palabras al hablar mal del barón.
—A mí me parece agradable. Me recuerda a mi hermano y a mis cuñados. No puedo creer que alguien como él todavía siga soltero.
—Por supuesto que seguirá, es un sinvergüenza que pide besos a cambio de un favor que nadie le ha pedido.
—Usted es tan culpable como él por el beso. El Barón le dio el caballo que necesitaba, los dos han obtenido lo que querían. Admítalo, tía.
—Primero muerta antes que asumir algo respecto a ese rufián. Debe ser de esos hombres que desean a las mujeres solteras y solitarias para soltar a sus apasionados demonios.
—¿Qué son los apasionados demonios?
—No lo sé, así decía mi institutriz, no he tenido la oportunidad de conocer nada, pero supongo que un beso debe estar incluido entre los apasionados demonios.
—Cuénteme sobre esos demonios que le ha dicho su institutriz, es la primera vez que escucho algo similar.
—A ti todo te resulta curioso, Fanny. Mi institutriz decía que los caballeros solteros o casados buscaban a las solteronas para divertirse, y no significa divertirse jugando cartas, ajedrez o tomando el té, sino que esto va más allá. Se refiere a besos y caricias...
—¿Caricias? —Fanny comenzaba a sentir el cosquilleo de la curiosidad acechando su tranquilidad. Si no llenaba los espacios que ella creía pertinentes, no podría estar tranquila.
—Sí, no me dijo qué caricias serían, pero imagino que se refiere a que se tomarán de las manos sin guantes o se tocarán el brazo. ¡Qué horrible!
—¿Y cómo es un beso, tía? ¿También es horrible?
Miranda guardó silencio ante la pregunta de la joven, pero la insistente mirada de su sobrina no la dejaría en paz hasta decirlo. Debió cerrar la boca y no decir nada.
—Considero que quizá no sea tan horrible, depende de quién da el beso.
—¿Entonces le ha gustado el beso del barón?
—No he dicho eso. Eres una cría insidiosa.
Recogeré las ropas del tendedero —refunfuñó Miranda, avergonzada.
Primero muerta antes que admitir que el barón Zouche besaba bien.
Se moriría con eso. No pensaba hablar bien de un vividor, seductor y libertino.
Podía ser muy agradable, pero nadie quitaría de su mente que era un caballero poco confiable.
A Fanny no le quedaban dudas; si es que alguna vez la tuvo sobre su tía y el Barón. Todo lo que le había dicho sirvió para reforzar su idea de ayudarla para que se casara. Además, Miranda había despertado en ella la curiosidad por los apasionados demonios de los caballeros.
En Yorkshire ella estaba descubriendo un nuevo mundo lejos de la protección de su familia y sin el eterno condicionamiento de la señorita Harting.
Eso tal vez fuera malo para ella, pero estaba disfrutando de la libertad y de los permisos ilegales que le otorgaba su tía Miranda.
Quizá por esa clase de cosas seguía soltera.
***
Al día siguiente, Fanny y Miranda estaban arregladas, esperando al barón Zouche para que las llevara a escoger una máscara.
Durante la noche, Fanny se había puesto a pensar en si sería bueno que dos damas solteras estuvieran con un caballero en un carruaje. En su cabeza, tenía a una doble de la señorita Harting gritándole a diestra y siniestra que estaba mal ir acompañadas por un hombre.
Por momentos olvidaba las acusaciones de la segunda señorita Harting que habitaba su cabeza, porque si no lo hacía, terminaría agobiada y sin disfrutar nada.
Su tía Miranda se arreglaba más de la cuenta, le había pedido que apretara el corsé un poco más para que sus pechos se agrandaran. Era evidente que intentaba llamar la atención de quien las llevaría al pueblo para comprar las máscaras.
—¿No tienes algún listón que prestarme? —preguntó Miranda para atar su cabello con algo distinto a lo que siempre usaba.
—Sí, por supuesto. —Fanny abrió el baúl y al hacerlo vio el cuadernillo robado.
—¡Fanny! —gritó su tía y después palideció.
—¡No es lo que piensa, tía!
Había sido descubierta en el terrible acto de poseer un artículo ajeno entre sus cosas.
—¿Qué no es lo que pienso? Tengo dieciocho años más que tú. Eres una joven desobediente. Lo que has hecho puede perjudicarme, Fanny. El conde de Montgomery es mi cliente más generoso.
—Yo...
—¡No tienes cómo defenderte de esto! Debes devolverlo e irás a su propiedad a hacerlo.
—Quizá el señor Barnes...
—Lo entregarás en manos de alguien, a quien sea en esa propiedad. Me avergüenzas de esta manera, Fanny. Confiaba en que serías una joven juiciosa, pero no eres más que una niña inmadura con la moral muy frágil.
—No, tía. Solo quería apreciar el cuadernillo con tranquilidad.
—Lo llamas vampiro y para colmo de males le robas.
—Miranda exhaló aire por la nariz como si estuviera furiosa—.
Debería castigarte sin llevarte a ningún lugar.
Toda tu familia y yo tenemos cara de bufones de la corte por como eres, Fanny.
Mary estaría muy decepcionada de que su hija tomara cosas que no le pertenecieran.
Fanny no podía creer todo lo que decía su tía. Hasta ella se asustaba por lo que decía, se sentía muy culpable.
—Lo lamento, tía, lo devolveré después del baile de máscaras. Le aseguro que ese conde ni siquiera ha notado que le falta el cuadernillo.
—No estás en su casa para saberlo.
Mientras peleaban en la habitación, David golpeaba la puerta, esperando a que las dos mujeres lo atendieran. Tuvo que insistir un par de minutos hasta que Miranda abrió. Su rostro estaba enrojecido, como si hubiera estado caminando por el campo en plena nevada.
—¿Se encuentra bien, milady? —interpeló David.
—Por supuesto, es hora de irnos, ¿verdad? —respondió Miranda.
Como una sombra con la cabeza agachada apareció Fanny detrás de su tía.
—Buen día, milord —saludó la joven y lo reverenció. Su tía se había olvidado de cualquier cortesía gracias al enfado.
—Suban al carruaje, mis ladies. Pasaremos un buen rato.
La tía de Fanny la crucificaba con la mirada.
Su pariente podía ser buena, amable y hasta una excelente cómplice; sin embargo, lo que hizo al desobedecerla la había quebrantado, pues gran parte de sus ingresos en la casa eran gracias al noble más generoso de los alrededores y ella, con su tontería, lo echaría a perder.
—Supongo que no querrán responder a la pregunta que pienso hacer —declaró el barón Zouche—, pero de todas formas lo haré. ¿Ha ocurrido algo?
—No, no ha ocurrido nada que usted deba solucionar, milord. Son asuntos de familia —replicó Miranda.
—¿Qué puede ser tan grave para que ni siquiera se miren?
—He tomado algo prestado... —dijo Fanny.
—¿Prestado? Si hubiera sido prestado no estaría echando fuego por los ojos, Fanny. Has tomado algo sin el consentimiento del dueño —acusó su tía.
El barón Zouche asintió ante la situación y se sentía en la obligación moral de colocarse como un mediador entre la preciosa Miranda y su sobrina, la joven de manos ligeras.
—Bien, ¿qué ha sido? ¿Una joya, dinero, algún animal...? —indagó David.
—Un cuadernillo de dibujo. Lo tomé del carruaje de un caballero.
—¡De un caballero que nos prestó su carruaje para que no nos congeláramos!
—No quise robarlo, solo quería verlo.
—Lo tomaste a escondidas sabiendo que te dije que lo dejaras en su lugar —masculló su tía.
David analizaba lo que ambas decían. Todo coincidía con la visita que ellas tuvieron a la residencia de Clifford. Ese cuadernillo debía ser de él.
—Entiendo. ¿El cuadernillo es el de lord Montgomery? Él me ha comentado que lo visitaron días pasados —comentó.
Los ojos azules de Fanny buscaron a su tía para responder a lo que el barón preguntaba.
—Sí, es de él. Le juro, milord, que ella lo ha hecho por un terrible impulso ajeno a mi voluntad. Me ha desobedecido. Ahora pienso que el conde no volverá a pedir mis servicios de costura, tampoco los huevos y las hortalizas —contestó Miranda, afligida.
—Eso no pasará. Usted debe tranquilizarse, milady. Él es comprensivo si es que lo ha notado y si no, el señor Barnes es un excelente secuaz. Puedo encargarme del asunto. —David puso su mano sobre la de Miranda, como si deseara transmitirle tranquilidad.
—No tiene que hacerlo. Fanny debe aprender que no puede tomar lo que es ajeno y salir impune. Le falta pasar un poco de vergüenza. Ella misma entregará el cuadernillo al señor Barnes.
—Para una joven como ella, la vergüenza podría ser muy mala, pero estoy de acuerdo con que le entreguen eso al señor Barnes. Puedo interceder por lady Fanny.
A Fanny no le sorprendía el servilismo del barón. Él quería tener la aprobación de la tía Miranda. Haría lo que fuera por ganarse su afecto. No desconfiaba de que también se culpara por la sustracción del cuaderno.
—Le agradezco sus buenas intenciones, milord; sin embargo, yo le diré todo al señor Barnes. Espero que milord no se diera cuenta de que le falta algo —pronunció Fanny, avergonzada.
—Es probable que no, no es asiduo a salir —habló David.
—¿Usted lo ha visto?
—Sí, es un buen amigo mío.
—¿No es un vampiro?
—¡Fanny! —la reprendió su tía por volver a decir algo semejante y esta vez frente a otra persona.
—No, no es un vampiro. Es un hombre normal que no es tan sociable, sabe escoger muy bien a sus amistades —declaró soportando la risa. Si ella supiera que el supuesto vampiro la tenía en la mira como si fuera un halcón, no pensaría de esa manera.
—Mmm...
—No es un vampiro, Fanny, y si lo fuera, eso tampoco te da derecho a robarle —insistió Miranda.
—Su tía tiene razón, milady. Esas manos inquietas deben permanecer en un sitio seguro.
No importa lo que sea el conde, no es bueno tomar las cosas ajenas sin permiso.
Si le hubiera dicho que lo deseaba, él le concedería acceso no solo a ese pequeño cuaderno, sino que podría entrar en el estudio de pintura que es enorme y lleno de arte.
—Lo que he visto es admirable. Me ha encantado su trabajo. Espero que mi tontería no afecte el trabajo de mi tía, lo lamentaría mucho, porque ella no tiene nada más que su pequeña pensión, su costura y su huerta.