Familia Fane Capítulo 7
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Capítulo 7

Después de que David se retirara a su residencia, Clifford fue a su habitación para que Benedict se encargara de cambiarle la ropa para poder dormir. De reojo, vio unas flores junto a su cama, y se acercó a coger una.

—¿Flores en esta época, Benedict? ¿A qué hora las trajiste? —indagó cogiendo una del florero.

—No las recogí yo, milord. Lo hizo la sobrina de lady Miranda, y las ha traído para usted.

Su sirviente no podía distinguir su rostro, pero Clifford se había sonrojado.

—Me hubiera gustado agradecerle, pero quizá fuera mejor que no. Ya sin verme corrió despavorida, no quiero imaginar qué será de ella cuando me vea como soy. No sé si me anime a tal cosa. Un rechazo de una mujer tan hermosa, podría ser un golpe muy duro.

—Confíe en sus habilidades y su atractivo. Como le dije, si todo eso falla, siempre puede decirle que solucionará los problemas económicos que pueda tener. En el amor todo es válido, milord.

—Para amar a otros, quizá es mejor que me ame primero, pero es difícil aceptar mi realidad por más años que pasen.

Mis padres murieron, mis parientes deseaban que muriera para quedarse con todo lo que me pertenece.

Menos mal que pudimos dejar atrás a esas personas.

No quiero escucharlos, no quiero verlos.

—Han sido crueles y despiadados con un niño huérfano, milord. Nosotros siempre seremos fieles a usted y solo la muerte puede hacer que dejemos de cumplir nuestra misión de atenderlo.

Clifford era odiado por sus parientes, pero tan querido por sus sirvientes que aguantaron años esperando a que fuera liberado del yugo del falso cuidado que ejercían sobre él.

Apenas comenzó a mostrar ideas de libertad y algunos conocimientos técnicos para administrarse solo, y eso fue suficiente para salir de la tutela de su familia, buscar a sus viejos sirvientes y que ellos lo ayudaran a recuperar sus propiedades.

Su vida no había sido fácil después de perder todo lo que amaba.

Él había sido feliz y amado por sus padres.

Lo educaron con afecto y comprensión. Su padre no lo veía solo como su heredero, si no lo miraba como lo que fue: un niño que necesitaba jugar y divertirse.

Solo había disfrutado de su familia poco tiempo.

A partir de la muerte de ellos, su vida fue más difícil, porque no solo debía administrarse, también debía educarse, por lo que contrató un preceptor de su preferencia y no alguien que le decía: «¿Para qué instruyo a un monstruo?

Nunca saldrá de las cuatro paredes de esta casa».

Esas palabras parecían haberlo sentenciado a la oscuridad, pues pese a que intentó que eso no lo afectara, la realidad era que estaba entre cuatro paredes sin poder salir por voluntad propia.

Como mucho recorría su propiedad, en donde los vecinos no lo verían.

En ocasiones paseaba en su carruaje para observar las calles y sus momentos preferidos eran aquellos en los que podía salir a socializar como cualquier otra persona: en un baile de máscaras.

Amaba esos bailes porque se sentía pleno y sin agobio.

Una vez que Benedict terminó de vestirlo, Clifford se acostó a dormir con la esperanza de que pronto pudieran llevarse a cabo sus planes.

***

No hizo falta que Fanny fuera a la casa del conde, ese mismo día en que le llevaron la pata de vaca y la leña, también le habían devuelto la canasta. Por un pelo se había salvado.

Fanny salió de la casa de su tía con dirección al monte para buscar lo que fuera con la única intención de escapar de los ojos de su tía.

Ella no la dejaba ver lo que había distraído del carruaje del conde, por eso, había metido en la canasta el cuadernillo.

De esa forma tardaría un par de horas fingiendo hacer algo, pero en realidad echaría un vistazo más profundo a las maravillas que vio.

Cuando ya estaba bastante lejos de la casa de su tía, ella se sentó sobre una roca y comenzó a apreciar el arte en un pequeño lugar.

Fanny concluyó que el vampiro tenía mucho talento. Sus trazos eran perfectos y su atención al detalle llevaba a hacerle creer a cualquiera que no era un espectador de un dibujo, sino que era el protagonista que mostraba desde sus ojos aquel paisaje.

El conde debía tener muchos años de experiencia, eso le llevaba a creer que era un hombre anciano. Además, su servidumbre hablaba mucho de lo que era su edad, solo alguien que era muy viejo tenía a gente momificada trabajando en ese lugar.

Después de pasar horas perdida en la belleza del arte, ella guardó el cuadernillo en la canasta y se propuso regresar. Por el camino había visto unas flores que serían la excusa perfecta para justificar su larga ausencia.

Llegando a los dominios de su tía, la vio saliendo de la casa, muy enfurruñada y bien arropada en un chal de lana.

—¡Jovencita traviesa! —acusó la mujer, molesta.

—¿Qué ocurre, tía?

—¿Cómo que qué ocurre? Llevas más de tres horas fuera de aquí. ¿Qué piensas que le diré a tu hermana que se ha responsabilizado por una niña inquieta e irresponsable como tú?

—No ha pasado nada, solo me ha costado encontrar algo. Además, me distraje con el paisaje.

—¿No se te han congelado los dedos? Conozco la historia de un joven al que se le congelaron los dedos hasta que se le quedaron negros y tuvieron que cortarlos. Ahora ya no camina. Ten cuidado de caminar entre la nieve.

—Sí, tía —acató con premura. Había preocupado a Miranda por andar fisgoneando cosas ajenas.

Antes de que Fanny pudiera entrar a la pequeña casa, escuchó que un caballo relinchaba, entonces miró para saber quién se acercaba. Solo esperaba que no fuera el señor Barnes pidiendo lo que ella había robado, porque quedaría en vergüenza frente a su tía y, además, ensuciaría su reputación.

—¿Es el señor Barnes, tía? —interpeló la joven.

—No son tan buenas noticias, Fanny. Es el barón Zouche. ¿Qué hice mal para merecer esta visita?

David estaba ansioso por ver a Miranda. Después del beso no se había animado a regresar, porque se sentía como un verdadero sinvergüenza aprovechado, pero Benedict decía que a las damas les gustaban los sinvergüenzas.

Cuando su carruaje se detuvo, él bajó con gran elegancia y una gran sonrisa que no fue necesaria fingir. Siempre que veía a esa mujer, su corazón enloquecía y su rostro tenía vida propia.

—Buenas tardes, estimada lady Miranda Templeton —saludó el caballero con una venia elaborada.

Fanny quería aplaudir la gracia del barón Zouche.

Él no era nada de lo que había imaginado con las descripciones que le había dado su tía Miranda con sus exageraciones.

Le dijo que el Barón era un hombre viejo, feo, arrogante y sin gracia.

En cambio, ella veía todo lo contrario, él era alto, estilizado, de cabellos oscuros y ojos verdes brillantes.

Su elegancia y su gracia eran notables, no había mucho que decir respecto a eso.

Miranda y Fanny respondieron con una reverencia.

—Sea bienvenido, milord —correspondió Miranda.

—Es un placer verla, milady. La dama debe ser su sobrina, una de las hermanas Fane —dijo David.

—Sí, es mi sobrina, lady Fanny Fane.

—Usted era pequeña y no creo que me recuerde. —El barón se dirigió a Fanny.

—No lo conozco, milord —comentó Fanny que, según su mente, jamás había visto a ese hombre.

—Estuve en el velorio de su padre. Usted estaba con sus hermanas y su hermano mayor.

—Lamento no recordarlo. Un velorio no es el mejor lugar para conocer a alguien.

—Es bueno volver a coincidir en tiempos mejores.

—Por supuesto.

La tía de Fanny comenzaba a desconfiar de la excesiva amabilidad del barón con su sobrina. Él era igual a cualquier caballero, cuyos recuerdos o sentimientos podrían variar con el pasar de los días o el conocimiento de otras personas.

—Ya que está aquí, milord, puede quedarse a tomar un poco de té —lo invitó Miranda.

—Estoy encantado con la idea de disfrutar de un té en tan grata compañía. Tía y sobrina son igualmente bellas y perfectas. Me siento afortunado.

—No se sienta afortunado, milord. Mi sobrina se casará en Londres en algún momento —escupió Miranda.

—¿Qué está insinuando, milady? Quisiera tener unos años menos para cortejar a tan bella dama como su sobrina, pero estoy bien persiguiéndola a usted...

—Sinvergüenza e indecente, ¿cómo se atreve a decir algo semejante?

A Fanny se le escapaban unas carcajadas discretas como le enseñó la señorita Harting.

Todas sus hermanas y ella debían reír con elegancia.

Su tía estaba colorada a causa de su discusión con el barón Zouche.

Al parecer, ella estaba celosa de la atención que recibía por parte del caballero.

Su tía ocultaba sus verdaderos sentimientos y eso la hacía creer que su tía pronto abandonaría la soltería, pues solo necesitaba un empujón directo a los brazos del barón y ella se lo daría.

—Usted ha comenzado con una insinuación que no viene al caso —reprendió el hombre.

—Son muy divertidos, ¿pasamos a preparar el té? —preguntó la joven para separar a esos peleoneros.

Dentro de la casa, Miranda señaló una silla para el barón con un gesto de la mano, mientras que ella y Fanny prepararían el té con unas masas dulces.

—¿Se puede saber qué lo trae por aquí después de tantas semanas, milord? —inquirió Miranda que estaba amasando lo que sería el acompañamiento para el té.

—Vine a traerles una invitación para las dos. Habrá una mascarada en el pueblo, un evento público —contó David poniendo en marcha las ideas de Clifford.

—¿Un baile? Eso suena interesante. —Una sonrisa se colocó en el rostro de Miranda, porque tenía muchas ganas de dejar atrás las preocupaciones y divertirse un poco.

—Y de máscaras... —repitió el barón.

—Tendré que conseguir dos máscaras, una para Fanny y otra para mí.

—Tía, yo no podré ir. Spencer me ha prohibido que beba y que baile lejos de su presencia —habló Fanny, entristecida. No quería tener que sufrir en una casa sola, mientras que su tía se divertía con un caballero atractivo al que rechazaba.

—Permítame que le haga una pregunta, milady, pero ¿qué le impide ir si su hermano está ausente? Él no tiene razones para saberlo —intervino David con atrevimiento. Ella era el objetivo de esa noche, todo carecería de sentido si ella faltaba.

—Mi hermano confía en mí y en que soy una Fane que puede hacer tonterías. Somos muy experimentadas en eso.

—Es un mal consejo el que le da a mi sobrina, milord, pero tiene razón. Yo cuidaré de ti, Fanny. Por el bien de las dos debes ser muy obediente.

Fanny se sentía tentada a aceptar y no seguir los designios de su hermano. ¿Qué podía ocurrir en un lugar tan apartado? Quizá ni siquiera habría mucha gente.

—Si tengo suerte conseguiré un esposo como el que tiene Kitty. Espero que Spencer no se entere de esto o me acusará de que quiero hundir a mis hermanas que todavía no están en edad casadera.

—Si usted no dice nada, nosotros menos lo haremos, milady. Crea en su tía y siga sus buenos preceptos. Ella sabe cómo hacer para estar soltera.

—Qué grosero y atrevido, milord. Esto no es algo que una mujer quiera por fanatismo —masculló herida por ese comentario—. Rece para que no lo envenene.

—Por supuesto que seré buena y obediente. ¿En cuánto tiempo podremos comprar las máscaras?

—Mmm... Lo más probable es que vaya sola a buscarlos. El caballo no aguantará el peso de las dos —alegó Miranda.

—Mañana las buscaré y ustedes escogerán lo que gusten. Dos damas solas no pueden separarse para tal travesía.

—Yo puedo pagarlos, tía. He traído dinero por si llegaba a necesitarlo —contó Fanny.

—Gracias, Fanny. Pon a hervir el agua para preparar el té —ordenó su tía—. Festejaremos la amabilidad y la grosería del barón Zouche.

—También las buscaré para asistir al baile. No dejaré que vayan solas a ningún lugar. Ustedes tienen en mí a un amigo y un protector.