Familia Fane Capítulo 6
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Capítulo 6

—Estamos llegando a casa, Fanny, deja eso en donde lo encontraste —ordenó su tía.

—¿Usted cree que el conde note que le falta algo?

—¡No sabía que lord Nottingham te había enseñado a robar! Devuelve eso si no quieres que te devuelva a tu hermano con el agravante de que te has convertido en una ladrona —espetó su tía.

—Estaba bromeando, tía Miranda. Jamás robaría nada —replicó Fanny. Después, con un gesto, le mostró que estaba dejando el cuadernillo en el lugar del cual lo había sacado.

Su tía asintió ante su honestidad. Cuando el carruaje se detuvo, la primera en descender de él fue Miranda, seguida de Fanny que había tardado un poco más, pues nadie sospechaba de la fechoría que había hecho.

Las palabras de su pariente le habían servido para que la joven se limpiara las orejas, pero sin el efecto deseado.

Fanny volvió a coger el cuadernillo del conde y lo guardó entre su falda.

—¿Y el canasto, Fanny? —preguntó Miranda al darse cuenta de que algo faltaba.

Ella lo había olvidado en su huida de la casa del terror.

—Lo dejé...

—Fanny, necesitamos el canasto, ¿ahora qué haremos sin él?

—No lo sé.

—Regresarás a buscarlo, pero lo harás sola en estos días.

—¡No quiero ir sola!

—¿Ahora resulta que tu curiosidad ha sido saciada?

—¡Absolutamente! No necesito volver ahí. ¿Y si escribimos una carta para que la traigan?

—¿Y quién llevará la carta? De todas formas, irás. O quizá te guste usar las manos para hacer otra.

—Haré otra, puedo hacerlo. No tengo experiencia, pero lo lograré.

—Tienes más ánimo que cerebro, Fanny. Procura un buen comportamiento, ¿está bien?

Fanny asintió con premura. En un segundo se había dado cuenta de que era desobediente, mentirosa, ladrona y poco habilidosa. ¿Cómo se suponía que haría una canasta?

A la joven le costaba mucho caminar con el botín que había conseguido.

Tenía que juntar sus piernas y apretarlas, dando como resultado una caminata poco natural, pero lo único que deseaba era llegar hasta la habitación y apresurarse a guardar lo que llevaba.

Su tía la mataría si sabía que había tomado algo sin permiso de alguien tan generoso que no solo les daría leña, sino también una gran pata de vaca para que pudieran comer.

¿Podía demonizar a alguien tan amable y excepcional como el conde desconocido?

Sí, por supuesto que podía. No se dejaba ver en absoluto, nadie lo conocía, aunque su tía decía que salía poco, eso significaba que buscaba a sus víctimas en esos lugares.

Por supuesto que una joven del campo se sentiría ilusionada con alguien que quizá la desposara, tal como fue el caso de su madre, a quien poco le importaba ser la tercera esposa y madrastra de tres niños.

No quería decir que la nobleza del campo era inferior a la de Londres, pero con esas actitudes poco se ayudaban.

***

Lord Montgomery había quedado un poco aturdido por haber sido llamado vampiro.

Era la primera vez que escuchaba algo semejante y ese grito que dio la joven por poco lo deja sordo.

Pese a todos los inconvenientes, su voz antes de comenzar a gritar era como una suave melodía.

Haberla visto más de cerca, reforzaba su creencia de que era la más bella y perfecta criatura que habían visto sus ojos.

Había bailado en muchos salones sencillos a lo largo de los años en compañía de su máscara, pero como era un nómada, no volvía a repetir pareja.

Una vez que se descubría frente al resto y nadie lo aceptaba, tocaba ir a otro condado y empezar de nuevo.

En Yorkshire había sido la excepción, se sentía cómodo porque el Barón Zouche lo respetaba y lo trataba como su igual y también porque le agradaba ayudar a lady Miranda Templeton, a quien ya conocía de lejos gracias a su criado, aunque de igual manera la conocía por el Barón que estaba perdidamente enamorado de ella; no obstante, creía que la mujer no le correspondía y por eso hacía tímidos esfuerzos por acercarse.

—¿Pudo ver a milady? —curioseó Benedict que acudió junto a su patrón.

—Sí, es muy hermosa, pero grita como el demonio. ¿Sabes que me ha llamado vampiro? Ni siquiera me ha visto y ya me rechaza. —Clifford suspiró—. Es humillante.

—Milord, es una niña que todavía tiene mucho por saber de la vida. Es probable que su mente esté llena de fantasías. ¿Quién no ha escuchado historias de todo lo que vive en la oscuridad? ¿Por qué le sorprende que alguien con la inmadurez de una debutante piense que es un vampiro?

—No chupo sangre, Benedict, no quiero que me vean, no necesito de la lástima o de las burlas, quiero paz y compañía. Considero que alguien que casi me deja sin tímpanos no es apta para ser una esposa, aunque tampoco creo que quiera.

—¿Por qué no lo intenta? Al ser sobrina de lady Miranda, usted puede asumir que la situación económica de la joven es mala. Un conde podría ser lo que necesita... —sugirió el señor Barnes.

—¿Insinúas que me aproveche de la necesidad de otros?

—No de otros, pero sí de ella.

—Eso es una aberración. Si antes no podía conseguir una esposa por apariencia, menos lo conseguiré con chantajes o comprándola.

—Es solo una idea, si quiere una esposa tiene mil formas de conseguirla, pero como usted no se cree suficiente para atraer a alguien, entonces pague por una mujer que se quede con usted.

Clifford debía admitir que había sopesado esa idea incontables veces. Lo veía como la única salida ante su apariencia. Si bien, quería conseguir una dama que se interesara en él por sus propios medios, era consciente de que esas posibilidades no serían mayores a cero.

—Depende de usted probar si la idea resulta. Será un gran ganador si con el tiempo logra que una joven se enamore de su interior y no de su exterior. ¿No le parece que es momento de organizar una mascarada para asegurarse de que quiere a la sobrina de lady Miranda?

Para Clifford la tentación era muy grande. Por supuesto que sí quería conocer mejor a esa dama.

—¿Puedes pedirle al barón que venga? Él es el único que puede ayudarme.

—Por supuesto, milord.

Benedict siguió las órdenes de su patrón y pidió a un lacayo que fuera a avisarle al barón Zouche que el conde de Montgomery lo invitaba a cenar.

Por la noche, la figura alta y robusta del barón Zouche se asomaba por la puerta de la residencia de Clifford. Como siempre, en la entrada lo esperaba una lámpara para que pudiera caminar con tranquilidad por los pasillos de la casa.

—Ya hemos quitado el mueble que estuvo a punto de dejarte sin el dedo gordo del pie, David —dijo Clifford como un saludo.

—Oh, qué lástima. Le había puesto punta de acero a mis botas —replicó David Layburn, barón Zouche—. ¿Estabas tan aburrido como yo, Clifford? Por el alma de mis padres te juro que hubiera venido de igual manera si tú no me invitabas.

—La verdad es que tengo novedades. Es extraño que alguien como yo, tenga algo que contar.

—Soy afortunado al saber todo el cotilleo.

—Toma asiento y deja que Benedict te sirva una copa como aperitivo.

David se sentó y esperó a que Benedict le sirviera una copa de whisky.

Él notaba que el sirviente se movía con mucha habilidad en la oscuridad, era evidente que estaba acostumbrado y no como David, que siempre salía con algún que otro moretón de esa casa por tropezarse con todo lo que no podía ver.

En ese lugar se sentía como si estuviera ciego.

—¿Qué tienes para contarme, Clifford? Sabes cómo me atrae saber sobre otros o lo nuevo del condado —habló el barón.

—Es sobre lady Miranda...

—¿No me digas que ha aparecido un pretendiente y ella...?

—Que yo sepa no tiene ningún pretendiente que la aceche entre la maleza, pero tiene una visita en su casa.

—¿Una visita? ¿Quizá su hermano o su sobrino?

—No, ninguno de ellos. Es su sobrina, una joven de nombre lady Fanny Fane.

—¡Los Fane! Oh, sí, cómo olvidarlos. Fui al velorio de lord Nottingham. Todas eran unas niñas muy bonitas —recordó el caballero.

—Estoy de acuerdo en que la joven que está con la dueña de tus afectos es hermosa...

—¿Quieres algo de mí, Clifford? Solo debes decirme lo que necesitas y yo con gusto te haré el favor —concedió David.

—Quiero una mascarada. No importa lo que cueste, solo necesito que lo organice otra persona. Deseo conocer a la joven de apellido Fane.

—Eso ni tienes que decirlo, pero si deseas algún consejo para conquistar a una dama, no sigas ninguno que pueda darte tu sirviente del infierno.

—¿Por qué se refiere a mí de esa manera? —interrumpió Benedict.

—Sinvergüenza, ¿y aún te atreves a preguntar? Me sugeriste que le regalara a lady Miranda un caballo a cambio de un beso. Fue un chantaje.

—Lord Zouche, no puede culparme por tomar mis ideas de la forma errada.

—Pero qué atrevimiento, Benedict. Debí quedar como un canalla, pero ya me he quedado sin ideas para acercarme a milady. No quiero resignarme a la soltería a mis cuarenta y cinco años. ¿Por qué esa mujer es tan testaruda?

—Porque lo ve débil, sin templanza y derrotado. A las damas les atraen los sinvergüenzas y los hombres misteriosos. Lady Miranda sabe cómo aplastar la moral de un caballero como usted, yo solo quería ayudarlo a que se viera mejor.

—¿Más patán? —increpó David, burlón.

—Muy patán, milord. Es la mejor manera de que ella fije su interés en usted. Si un día de estos va a su casa, lo recordará como un caballero que no le tiene miedo a nada. Siga mis indicaciones y sea sinvergüenza.

—El que me dio la idea de la mascarada fue Benedict, pues él quiere que conozca a la joven antes de arrojarme al abismo de la humillación al pretender comprarla, suponiendo la mala situación económica parecida a la de su tía.

—Yo quiero comprar a lady Miranda y tú a la joven, no le veo lo malo...

—Qué sinvergüenza —masculló el criado que le sirvió a su patrón una copa de whisky para que acompañara a su visitante.

—Es gracias a ti y a los pensamientos contagiosos. Cuento los días para tener a lady Miranda y siento que me desahucio al sumarle más dedos de los pensados a esos días.

—Deberías proponerle matrimonio y arrojarte a sus pies —sugirió Clifford.

—Conociendo a milady, me usará como alfombra y se quitará de las botas el estiércol de sus gallinas.

—Entonces hay que seguir luchando. Debes conseguir que las inviten a ellas. No quiero que discriminen a esas dos damas por el aspecto económico. Sé cómo es la sociedad con las personas que son menos favorecidas. Nosotros no entraremos a ese juego tan lamentable.

—No se diga más, Clifford, yo me encargaré de todo. Espero que los consejos de tu sirviente sean más eficientes en esta ocasión. No tiene que ser tan difícil convencer a los demás para hacer algo divertido.

El barón Zouche siempre estaba dispuesto a divertirse, aquel parecía nunca superar sus épocas de juventud, en las que saltaba de baile en baile como picaflor de flor en flor.

Solo desde que quedó deslumbrado por una solterona, sus pensamientos cambiaron por completo.

Para él, esa mujer a la que nunca nadie conquistó, le resultaba inalcanzable.

Deseaba desposarla y vivir condenado bajo sus designios y su autoridad, a él le fascinaba su delicadeza y educación, era demasiado valiosa para marchitarse sola, por eso David deseaba marchitarse con ella, ya que estaba soltero, los años pasaban y las oportunidades se habían perdido.

No tenía herederos y sus parientes, como buitres, sobrevolaban su casa.

Lo más conveniente era casarse, pero ¿cómo conseguirlo sin morir en el intento?

Para Clifford era una odisea convencer a David para que se animara de una vez a algo más que un beso.

Aquel estaba convencido de que amaba a Miranda y, además, debía admitir que, el barón era un hombre de gran atractivo, apenas se le asomaban las canas a su oscuro cabello, tenía una gran ventaja: todos podían ver su rostro y apreciarlo.

La situación no era igual para Clifford, que vivía con miedo al rechazo.