Capítulo 5
A Clifford le costaba creer que no estuviera viendo a un ángel. Estaba maravillado. Sin darse cuenta, una sonrisa genuina se había formado en su rostro al apreciar tanta belleza.
Benedict observaba a su patrón y estudiaba su cara para saber qué opinaba de la joven. Lo que podía notar era que se veía encantado y muy feliz. Llevaba tiempo sin ver en su rostro una sonrisa que hiciera brillar su mirada.
—¿La joven es real? No parece de este mundo —alegó Clifford, impresionado.
—Por supuesto que lo es, y eso que usted no la está viendo de cerca; quedará mudo.
—Yo ni siquiera merezco apreciar algo semejante, ¿a quién engaño? Nunca me pertenecerá. ¿Cómo una dama como ella podría fijarse en un monstruo como yo?
—Le he dicho que debería ponerse a prueba, milord.
No todo puede ser físico, un día todos nos marchitamos como flores y solo quedará nuestra esencia.
¿De qué sirve casarse con alguien tan hermoso por fuera y tan podrido por dentro?
El futuro se traduce en un infierno hasta el final.
Una mujer inteligente logrará ver más allá de una cicatriz.
Podrá ver que es un hombre que ha sufrido incontables desprecios en silencio y ha sido alejado de la sociedad por algo fortuito.
—Eres demasiado considerado, Benedict, pero la verdad es que mi mundo está lleno de apariencias.
Todos tapan sus defectos y muestran su mejor cara.
Tú me salvaste porque eres fiel y un ser bondadoso, pero imagina que hubiera sido uno de mis parientes quien estuviera en posibilidad de ayudarme.
Me hubieran dejado arder como leña. Eres distinto a los seres de la aristocracia.
Es mejor estar lejos de ellos, no tienen sentimientos más que la falsedad y la envidia. Esa joven también debe ser así.
—¿Por qué no baja a conocerla y se quita las dudas?
—No. No quiero asustarla, es mejor que solo me deleite con su presencia, lo que quisiera es escuchar cómo suena su voz.
—Si no puedo convencerlo, busque un buen lugar como espectador. Iré a recibirlas.
—Por favor, intenta ser muy generoso y habla por mí. Ofrece lo que tengamos, lo entregaremos con gusto.
—Me encantaría ofrecerlo, pero dudo que se entregue con gusto, milord. Con permiso...
El sirviente salió de la estancia, dejando a Clifford pegado a la ventana como si no existiera otro lugar mejor que ese.
Miranda daba golpecitos suaves a la puerta, mientras que Fanny no dejaba de mirar la apariencia tenebrosa y emocionante de la casa.
Estaba enloquecida por entrar y echar un vistazo, esa vena aventurera que tenía la estaba matando de ansiedad.
Echó un vistazo a la parte más alta de la casa y vio un rostro ahí, en ese momento su corazón se detuvo por el susto y luego desvió sus ojos hacia otro lugar, pero cuando se decidió a mirar, la cara ya no estaba en la ventana, había desaparecido.
No llegó a distinguir mucho, solo se asustó.
—Buenas tardes, lady Miranda, milady —saludó el señor Barnes.
—Señor Barnes, le hemos traído la capa de milord y también un poco de compota de bayas como a él le gustan —dijo Miranda con suavidad.
—Usted no sabe lo feliz que se pondrá milord con la compota y con la capa como nueva. Si me permite, la ayudaré con la prenda.
—¿Fanny? —Miranda le dio un codazo a su sobrina que no había saludado.
—Buenas tardes, señor Barnes. Aquí tiene la compota y unas flores para milord. Las encontramos en el camino, creímos que le gustaría... También trajimos huevos —musitó Fanny con rapidez. Se había quedado pensativa después de la impresión que había tenido.
—Cuánta amabilidad, mis ladies. Ustedes desbordarán el corazón de milord.
—¿Y el conde no saldrá a saludarnos? —preguntó la joven, pero otro codazo hizo que se diera cuenta de que había cometido una indiscreción.
—Milord prefiere el calor de su estudio de arte en este momento. Cuando se concentra es imposible sacarlo de ahí.
—Es comprensible, señor Barnes. Fanny, entrégale las cosas para que podamos regresar.
—Sí. ¿Quiere que lo ayude, señor Barnes?
—¡Oh! No, no, milady. —El señor Barnes rio con ternura—. Llevaré la capa adentro y después le pediré a su tía que me acompañe a las caballerizas para enseñarle algo que milord me pidió que le diera.
Las dos damas se quedaron frente a la residencia y Miranda no dejaba de reprochar a Fanny por su comentario innecesario.
—Faltó que le preguntaras si su patrón era un vampiro, Fanny. ¡Me carcome la vergüenza! Tampoco le entregaste las cosas que trajimos —espetó su tía.
Fanny dio un pequeño grito al darse cuenta de eso.
—Es cierto. ¡Ay, qué vergüenza! —expresó sonrojándose.
—Oh, milady, olvidé decirle que pase a colocar las cosas en la mesa de la recepción. Déjelas y nos alcanza... —habló el señor Barnes con la clara intención de que la niña entrara a la casa. Al parecer ella sentía curiosidad por el dueño de la propiedad.
Ella esperaba la aprobación de su tía que se la dio, pero a regañadientes.
—Ahora lo hago y los alcanzo.
—Acompáñeme, lady Miranda. Lord Montgomery me dijo...
La tía de Fanny y el señor Barnes fueron caminando hacia el lateral de la residencia y dejaron a la joven en la puerta.
Con el corazón latiendo como si tuviera una tropilla dentro, respiró para poder adentrarse a la experiencia de una casa que, sin dudas, estaba embrujada o tenía una criatura espectral.
Tanto el temor como la curiosidad se debatían en saber si era bueno entrar hasta donde le dijo el señor Barnes o pasar los límites y echarle una mirada más profunda al sitio.
Sin pensarlo más, entró con las cosas y dejó el canasto sobre la mesa.
Quería apreciar el lugar, pero la iluminación era muy pobre, casi inexistente.
Las lámparas estaban muy separadas unas de otras.
Con su mano enguantada rascó su nuca, meditando qué hacer.
Su mente Fane le gritaba que habría problemas, pero su lado Templeton, le decía que se retirara.
Como siempre, su lado indiscreto era más fuerte, por lo que tomó un camino que la llevaba a un enorme salón cerca de las escaleras.
Ella no podía ver nada, más que la oscuridad del lugar.
El rechinar de alguna madera hizo que mirara hacia las escaleras, ahí estaba una figura oscura que tenía una capa. Eso la había dejado petrificada.
El conde se había acercado demasiado a la puerta, pero su curiosidad por escuchar el tono de voz de la joven era irresistible. Sin embargo, al ver que ella entró a su casa, él retrocedió, no quería que lo viera, pero ahí estaba ella, mirándolo. Se sentía tan avergonzado que no sabía qué hacer.
—¡AHH! ¡Un vampiro!
Un grito desgarrador escapó de la preciosa dama que estaba en su casa. El sonido era tan agudo que tuvo que taparse los oídos o sus tímpanos estallarían. ¿Ella había dicho que era un vampiro? ¿De dónde había sacado algo semejante?
Fanny tropezó con todo lo que encontraba a su paso para salir de la casa. Juraba por su padre que había perdido un dedo a causa de tantos golpes. Podía confirmarlo, el conde de esa casa era un vampiro.
Al salir a la claridad del jardín, se sintió desorientada, buscaba a su tía hasta que recordó que había ido a las caballerizas.
Debía tranquilizarse o terminaría muerta de la impresión.
Nunca más seguiría su instinto Fane. Al recuperar la calma, se encaminó hacia donde había visto que fueron su pariente y el señor Barnes.
Desde lejos los vio charlando de forma amena.
—Esto es demasiado para mí, señor Barnes. Milord me ha pagado por la costura y ha sido muy generoso, el trabajo no valía tanto —alegó Miranda al escuchar la propuesta que le hacía Benedict.
—Milord ha sido claro, desea que tome una pata de la vaca de la faena. Todos los criados tendrán una parte para sus familias, aproveche. Además, tenemos suficiente leña para lo que resta del invierno y el conde quiere compartirla con ustedes.
—Es... mucha generosidad. Fanny y yo íbamos a buscar leña al salir de aquí.
—No debería hacer trabajar a su sobrina si está de visita. Deje que yo me encargue de su leña y de la comida.
—Se lo agradezco, señor Barnes. Ven, Fanny, y agradece que no buscaremos leña el día de hoy —dijo Miranda al ver que Fanny se acercaba.
Fanny caminó hacia ellos con la mano en el corazón, todavía seguía un poco asustada.
—Qué pena, esperaba esa actividad para pasear —declaró para amenizar el ambiente que de su parte estaba tenso.
—Nos queda mucho camino para llegar a casa, con eso te divertirás, Fanny —se burló su tía.
—Ustedes irán en el carruaje de milord. Él me ha dicho que lo utilicen.
—No, no y no. Eso es abusar de la generosidad de milord. Fanny y yo tenemos dos piernas cada una y sirven para caminar muy bien, señor Barnes. Le agradezco el ofrecimiento, con la pata de vaca y la leña es suficiente generosidad.
—Para milord es un gusto darle a los demás un poco de comodidad. Él es un alma generosa y desprendida. Acepten para no ofenderlo.
Esta vez Miranda buscaba la aprobación de Fanny para aceptar que las llevara el carruaje. Y, como ella estaba muy cansada, asintió sin remordimiento alguno.
—Aceptamos el carruaje, señor Barnes. Hemos caminado demasiado y Fanny no está acostumbrada a tal cosa. Ya sabe, en Londres ni siquiera pisan la tierra.
Su tía la utilizó como excusa, pero era algo bastante real el cansancio que sentía. Con esas palpitaciones quizá ni siquiera llegaría con vida a la casa de su tía, había recibido un susto de muerte.
Mientras seguían conversando y la serenidad intentaba hacer acto de presencia en la mente de Fanny, algunos lacayos de edad preparaban a los caballos para colocarlos en los tiros del carruaje.
A Fanny le llamaba la atención que los criados de la propiedad fueran gente mayor y no jóvenes fuertes para hacer trabajos pesados.
Las cosas alrededor del dueño de la casa se hacían cada vez más misteriosas.
En su cabeza, despertaba un ánimo detectivesco que la incitaba a meter su nariz en donde no la llamaban.
El condimento de la curiosidad hacia el trabajo más sucio en sus fantasías, aunque entrar a la casa del conde, le confirmaba lo que había sospechado antes.
No se trataba de nadie a quien le faltaba una pierna, sino que era alguien de gran estatura, pero al que no pudo distinguir para saber su edad.
—Le agradecemos tanta generosidad, señor Barnes —se despidió la tía de Meredith con gratitud.
—Ni lo mencione, milady. Que ambas tengan un buen retorno a su casa. Las veré pronto —correspondió Benedict, despidiendo a las mujeres que subieron al carruaje.
Miranda y Fanny despidieron al hombre y después comenzaron a observar dentro del carruaje. Era muy cómodo y lujoso.
—Llevo demasiado tiempo sin estar en un carruaje —comentó Miranda—. La soltería a veces es ingrata, Fanny. Por nada del mundo se te ocurra quedarte soltera. ¿Te das cuenta de que si lo haces no podrás disfrutar del dinero y las comodidades?
—Lo sé, tía. No se me ha ocurrido ser soltera, Spencer acabaría conmigo lenta y dolorosamente.
—Espero que tengas buenos carruajes y que te acuerdes de mí cuando el dinero se deslice entre tus dedos. Quiero dar un largo paseo en un buen carruaje como este. Estaré esperando tu compasión. —Miranda reía, aunque en el fondo decía con exactitud lo que deseaba.
—Es una promesa, tía. No puedo dejarla viviendo así. No la recordaba tan carente de todo en mi última visita.
—Estuviste aquí con tus hermanas, ellas no te han dejado notar nada, pero mi situación cada vez es más decadente, la esposa de mi hermano y mi sobrino no son tan buenas personas como creí. En mi caso la familia no es tan buena.
—Excepto yo...
—Excepto tú...
Le entregó una sonrisa tranquilizadora a su tía Miranda, no quería que ella estuviera aquejada por el futuro. Haría todo lo posible para que su vida mejorara y eso lo había decidido desde el momento en que puso un pie en la propiedad que ella habitaba.
Durante el viaje, Fanny hurgó entre las pertenencias del dueño del coche y encontró un cuaderno de dibujo. Quedó tan maravillada con lo que había dentro que no quería devolverlo: se lo robaría.