Capítulo 4
Desde la ventana más alta de la casa observaba que su carruaje regresaba a casa.
Después volvió al centro del salón en el cual había un poco de luz natural para continuar con su rutinaria vida junto a las pinturas que lo acompañaban.
Mientras tomaba en su mano un pincel para realizar sus trazos, escuchaba las pisadas de su fiel sirviente, el señor Benedict Barnes.
—Con permiso, lord Montgomery. He hecho lo que me solicitó, su capa está en las manos de lady Miranda Templeton y sus diestras manos para la costura.
—Te lo agradezco, Benedict. ¿Qué has visto por el camino? ¿Todavía está el árbol que tiró la última tormenta? Si aún sigue, lo cortaremos nosotros para la leña y le daremos una parte a lady Miranda por sus favores —dijo lord Montgomery.
—Sí, milord. Como a usted le es incómodo salir de día, podríamos hacerlo durante la noche helada.
—No es mala idea.
El conde hundió su pincel en un color gris que había preparado para reflejar el cielo, al menos el cielo bajo el que él vivía.
Clifford Hendricks, conde de Montgomery, pasaba sus días escondido en cualquiera de sus casas del condado en el que estuviera. No le apetecía ser visto por nadie y que salieran corriendo al verlo acercarse a algún lugar. Desde los veinte años dejó de mostrarse tal y como era.
No había tenido la oportunidad de ir a los grandes salones de los que le había contado su preceptor.
Para él no existían las oportunidades que tenía la gente bonita, porque no entraba en ese grupo.
Si bien, poseía un título, no era suficiente.
Se había escondido los últimos ocho años de su vida por vergüenza a cómo se veía y a la falta de aceptación.
Una terrible y oscura noche, cuando él apenas tenía diez años, las cortinas de la habitación de sus padres comenzaron a arder.
A Clifford le había despertado el asfixiante olor del humo que invadía la mansión en Durham.
Cuando se dio cuenta de que todo comenzaba a arder, corrió hacia la habitación de sus padres, pero aquella tenía densas llamaradas que llegaban hasta el techo.
Gritó sus nombres, pero no recibió respuesta, estaban muertos.
Él se negaba a creer que sus progenitores habían fallecido, por lo que entró a una habitación ardiente, en donde le cayó un tirante en llamas y lo golpeó, dejándolo inconsciente en el suelo.
El señor Barnes lo había salvado de morir quemado; sin embargo, no había podido evitar que perdiera un poco de la vista en un ojo y que parte de su cara estuviera quemada.
Su sirviente también había salido malherido, teniendo quemaduras en sus manos y brazos por hacer a un lado la madera ardiendo para salvar su vida.
Su gratitud para Benedict sería eterna, su fidelidad era incuestionable.
Nunca nadie arriesgaría su propia vida por otra persona.
Desde aquel día, ambos intentaban tapar sus defectos.
El señor Barnes usaba guantes todo el tiempo y Clifford llevaba puesta su capa, acompañada de una máscara que cubría sus imperfecciones.
Nadie podía ver su hombro ni su brazo, aunque al notar su rostro podrían sospechar sobre cómo podrían estar otras partes de su cuerpo.
Eso le dificultaba la posibilidad de algún día lograr casarse.
Él no estaba ajeno al matrimonio, lo meditaba mucho, pero ¿quién podría unir su vida a la de él con sus defectos? Al parecer la soledad sería su único compañero eterno.
—Lady Miranda tiene una adorable visita en su residencia —comentó Benedict que siempre le contaba todo lo que ocurría fuera de la casa. Su patrón no tenía contacto con nadie, aquel sabía solo lo que él le contaba en sus descripciones.
—¿No me digas que es el barón Zouche? —preguntó burlón.
—Sé que espera con ansiedad ser invitado a esa boda, el Barón se ha convertido en un buen compañero, pero no es él.
—Es la única persona que me ha dado la confianza suficiente para invitarlo a mi oscuridad, sin olvidar que, gracias a él, puedo ir las mascaradas que se organizan con regularidad por su generosidad y buena predisposición —reflexionó—. Si no es el barón, ¿entonces quién es?
—Es su sobrina, lady Fanny Fane. Es joven, alta; muy alta, esbelta, de cabello rubio y crespo. Sus ojos son tan azules como el cielo, su nariz es larga y fina, sus labios gruesos y perfectos... Es un primor, milord. Cuando la vi, pensé en usted y en que ella le interesaría.
Dentro de su encierro, Clifford debió aprender a ser imaginativo y también a dibujar a las personas que su sirviente describía.
—Por lo que cuentas, ella está muy lejos de mi alcance.
—Lejos de su alcance solo están las estrellas, milord. Su impedimento vive solo en su mente. Yo lo veo como un caballero deseable y atractivo. Su cabello es perfecto, sus facciones son comparables con las de un ángel.
—¿Y esta horrenda piel derretida? Con esto soy capaz de matar a la flor más bella de Inglaterra. Ninguna mujer deseará pasear de mi brazo; de hecho, ni siquiera yo mismo quiero verme en un espejo, y menos pasear. Si no obtengo rechazo, lo que recibo es lástima.
—Debería pensar en demostrar sus fortalezas si quiere casarse. Ninguna mujer vendrá a tocar su puerta, si quiere contraer matrimonio, debe salir.
—¿Tendremos alguna oportunidad de conocer a lady Fanny Fane?
—Podría conversar con el Barón y decirle cuáles son sus intereses.
—No tengo ningún interés en ella, pero me gustaría apreciar lo que a mí me falta: la belleza.
—Le digo que es tan bonita, que sin dudas la pintará para su propio deleite.
Se la ve tan fina, educada, benevolente y amable que confío en que pueda hacer amistad con usted en el tiempo que estará en Yorkshire.
Usted ya ha dejado de ser un nómada y este lugar ha logrado cierto arraigo, si milady regresa lo encontrará aquí.
—Te ilusionas con premura, Benedict, pero comprendo que es por tus buenos deseos para mí y tus ánimos de que me case y tenga muchos hijos. Ya veremos qué dice el destino sobre un matrimonio para mí.
***
Su tía arregló la capa del hombre misterioso que vivía en una oscura mansión, y se disponía a subir al lomo de su caballo para ir a entregarlo, mientras que rezaba para que la compota no se arruinara.
—¿Queda muy lejos, tía? —preguntó Fanny que ansiaba ir con ella.
—Está a varias millas de distancia, Fanny...
—¿Y si la acompaño? Dejaremos el caballo. ¡Prometo no cansarme en la caminata!
Miranda rodó los ojos ante la petición de su sobrina.
Aquella no podía controlar sus ánimos de hacer lo que deseaba.
Era inquieta, curiosa, juguetona e indiscreta, le daba cierto temor que dijera alguna tontería sobre vampiros frente al señor Barnes y que quizá eso arruinara sus ingresos de dinero con el conde.
—Está bien, ¿tienes zapatos cómodos y un buen chal de lana?
—interrogó Miranda—. Te llevaré con la condición de que no digas nada de esas cosas de vampiros, ¿de acuerdo?
Me encantan tus pensamientos, pero quizá otras personas no piensen de la misma manera.
Supongo que a un conde no le gustará saber que casi lo comparan con un demonio.
—Le prometo portarme bien, es palabra de una Fane, siempre lo intentamos...
—¿Y lo cumplen?
—No, pero siempre lo intentamos. —Rio nerviosa.
Poco convencida, Miranda esperó a que su sobrina tuviera los implementos necesarios para una larga caminata. Estaba dispuesta a cualquier cosa con tal de saciar su curiosidad. Ella tuvo que dejar al caballo de nuevo en su lugar.
Fanny llevaba en una canasta huevos y un poco de la compota del día anterior, mientras que su tía cargaba el peso de la capa del conde al que iban a visitar.
—Solamente he ido una vez. No pedí entrar y tú tampoco lo harás, esperaremos a que el señor Barnes nos atienda, le damos lo que llevamos y regresamos a casa a continuar con nuestras labores. Hay que juntar leña para la chimenea o moriremos congeladas.
—Sí, tía —replicó Fanny.
La rutina con su tía Miranda era muy sencilla.
Durante el invierno consistía en conservar alimento, juntar leña, lavar ropa y demás.
A ella no le molestaba tener que hacer todas esas cosas que nunca le había enseñado la señorita Harting, aunque sí le había sorprendido que la calidad de vida de su tía disminuyera tanto en unos años.
Suponía que dentro de otro par ya no tendría la pensión ni cómo conseguir alimento.
Le daba temor pensar en su futuro y también, ver su realidad la ayudaba a ni siquiera sopesar la idea de la soltería, pues le parecía horrible.
Entre sus opciones estaba mantener a su tía consiguiendo un marido que la apoyara o hacer que la necedad de su tía por ignorar las intenciones de cierto caballero, desaparecieran.
Miranda todavía era joven y muy bonita, aún no había alcanzado los cuarenta años.
Fanny imaginaba que su madre sería tan hermosa como su gemela y quizá tan divertida como ella, pero la vida le había arrebatado esa posibilidad, aunque no podía lamentar esa muerte, pues sin eso no tendría a sus hermanas Rose y Eugenia.
A medida que más caminaban, Fanny comenzaba a sentir el cansancio en su cuerpo y sus piernas comenzaban a languidecer; sin embargo, prefería morir antes que mostrarle a su tía que era débil.
—¿Todavía no te arrepientes de tu decisión, Fanny? No eres una mujer del campo, no naciste para estar aquí, pero hay algo bueno en esto —dijo Miranda, sonriente.
—¿Qué es bueno? —curioseó Fanny abriendo su boca para tomar bocanadas de aire.
—Que me diviertes. Nunca he visto a alguien con tanta entereza para la fantasía. Te decepcionarás mucho al darte cuenta de que el conde es un simple mortal que tal vez sea muy anciano o al que le falte alguna parte del cuerpo y no un vampiro.
—Nunca lo sabré, tía, pero al menos conoceré una mansión lúgubre, ¿eso no le da mucha emoción?
—No, lo que me da son muchas ganas de podar su jardín y plantar hermosas flores alrededor.
—¿Y si se lo proponemos al señor Barnes? Me entusiasma esa idea.
—¿Hasta dónde eres capaz de llegar para alimentar tus ideas?
—No lo sé, creo que hasta que compruebe teorías, pero en esta ocasión me gustaría ayudar con eso del jardín. Me gustan las flores, si empezamos ahora tal vez tenga un montón de color para la próxima primavera.
—Me encantaría decirte que me ofrecería para tal cosa, pero no pienso ofender a nadie, soy una Templeton, no una Fane, entonces me quedaré callada con mis pensamientos. No quiero que en cualquier momento mi lengua no concuerde con mi cabeza y los buenos modales.
Cuando llegaron a un campo abierto, Fanny cogió flores que no habían muerto por el frío y la nieve, y las colocó en la canasta que llevaba.
Por más que el camino pareciera eterno, a ella le gustaba mirar toda la belleza de la naturaleza que la rodeaba, no había mucho que admirar por las nevadas que cada vez eran menores, pero disfrutaba de lo poco que podía ver.
En la cima de una colina, podía ver una majestuosa residencia que estaba cubierta por enredaderas que trepaban por cada centímetro de ella.
La mirada de Fanny recorría con interés cada parte de la estructura que se alzaba frente a ellas. Las ventanas estaban tapadas por cortinas rojas que no dejaban pasar la luz, no podía distinguir nada de lo que había dentro.
—¿Todavía duda que es un vampiro, tía? No deja pasar la luz del sol por las ventanas, ¿no le parece sospechoso? —inquirió Fanny, que deseaba hacer dudar a su tía.
—Mmm... Debe tener algún problema de sensibilidad con la luz, ¿no te parece más creíble que criaturas míticas de la era medieval?
La joven y su tía seguían debatiendo, a la vez que Clifford se encontraba en la azotea pintando una de sus obras en compañía del señor Barnes que bebía un té y leía un viejo periódico junto a la ventana, por la que dejaban pasar unos rayos de sol.
—¡Oh! ¡Milord, milord! Acérquese —pidió Benedict, ansioso.
—¿Qué pasa, Benedict?
—Es lady miranda, y ha venido acompañada de su sobrina, lady Fanny Fane, milord.
Clifford abandonó de inmediato lo que hacía y se acercó a mirar. A través del cristal pudo ver a la más glamorosa criatura de cabellos tan dorados como el oro.