Capítulo 2
Fuera de la casa, los carruajes estaban listos para partir a distintos rumbos.
Fanny subió al carruaje de Foster con la ayuda de él y se acomodó. Después entró Meredith y por último su esposo. Phillipa, la niñera, la doncella y el ayuda de cámara iban en otro carruaje.
—Phillipa no quiso venir con nosotros. Se divierte más con la servidumbre —contó Meredith, sonriente.
—Se perderá las historias que nos contará Foster.
—No, no, no. No contaré nada. Es un viaje largo, debo descansar un poco. No ha venido Eugenia, entonces puedo omitir los cuentos.
—Todavía estamos a tiempo de llamarla y que recuerde que eres su cuñado favorito por las historias que cuentas, ¿qué te parece? —provocó Meredith.
—Dos, solo dos historias, pero no me torturen con la presencia de la hija de Satán, si no fuera por el terrible parecido de todas, diría que es adoptada.
—Yo no dudo que todas sean mis hermanas, somos Fane. La sangre de nuestro padre era muy fuerte —declaró Meredith.
—En la locura somos como gotas de agua, pero somos buenas personas en el fondo —agregó Fanny sonriente.
Foster golpeó el techo del carruaje para que emprendieran el viaje hacia el destino pactado.
Fanny se divertía mucho con su hermana y el esposo de ella, los dos eran muy divertidos y se llevaban de maravilla.
Kitty y Albert eran distintos, ella era pura locura y fuego, mientras que el duque era la cautela hecha carne, aunque en ocasiones también caía en los vicios Fane hasta casi transformarse en uno de ellos.
Durante el trayecto, Foster les había contado dos historias y ambas parecían regresar al tiempo en que eran niñas pequeñas.
Él contaba los cuentos como si los estuviera viviendo en ese mismo instante.
Gracias a su narrativa tan espontánea, Fanny y Meredith se habían sumergido en una historia que involucraba un antiguo castillo medieval, un noble que era vampiro y que cazaba mujeres bonitas a las cuales robarle un beso y después chuparles la sangre.
En la mente de Fanny se había construido un escenario completo sobre la historia que contaba su cuñado.
Lo imaginaba como si ella fuera la protagonista que corría entre los oscuros pasillos de una mansión, buscando huir del vampiro que deseaba robarle un beso, aunque cuando ese personaje supiera que era una Fane, lo más probable era que él huyera despavorido.
Amaba la fantasía. Soñaba con el amor y con una vida llena de diversión, como en los libros y los cuentos que oía y los mismos que ella inventaba.
Ser protagonista de sus fantasías románticas era su gran distracción, y estaba segura de que vivía más en la fantasía que en la realidad.
Se habían detenido un par de veces en el camino, no solo para extender las piernas y para evitar que Phillipa estuviera muy irritable por el largo trayecto que debían hacer y que les tomaría varios días. También se quedaron en varias posadas al paso para descansar para el siguiente día de viaje.
En muchos momentos de la travesía, Fanny fantaseaba con cualquier cosa que veía en el camino y que le llamaba la atención. Su creatividad era maravillosa para mantenerse distraída, casi en otro mundo.
—Creo que hemos llegado a la casa de tu tía, Fanny —comentó Meredith al ver a lo lejos una pequeña casa con un coqueto jardín al frente y los costados—. Creo que no he olvidado el camino.
—Sí, es su casa —dijo Fanny contenta, al reconocer ese jardín desde la última vez que la vio años atrás.
Desde la ventana unos ojos verdes observaban a un carruaje, mientras este se acercaba.
Con el ceño fruncido se acercó a la puerta y la abrió.
Salió al jardín para recibir a quien fuera que iba en esa dirección, quizá era una persona que se había perdido y necesitaba orientación para salir de ese lugar.
—¡Tía Miranda! —exclamó una joven que sacaba la cabeza y la mano por la ventanilla del carruaje.
Ella tenía una sobrina y un sobrino, por lo que podía suponer que la joven llena de algarabía que se acercaba en el carruaje era Fanny, la hija de su fallecida hermana gemela, Mary.
Llevó una de sus manos hacia su boca, pues no creía que la volviera a ver.
Solo se comunicaban por cartas que jamás faltaban en la fecha del nacimiento de Fanny.
Ese año, su sobrina había decidido no responder, pero sí presentarse y no lo podía creer.
Ni bien el carruaje se detuvo, Fanny corrió hacia su tía y le dio un abrazo.
—¡Tía Miranda! —repitió con entusiasmo.
—¡Fanny! ¡Oh, querida mía! —Miranda suspiró y la alejó para observarla—. ¡Eres tan alta como lo era lord Nottingham!
Meredith y su esposo descendieron del carruaje y se acercaron a saludar.
—Usted debe ser lady Meredith Fane —musitó la tía de Fanny.
—Sí, milady. Ahora soy lady Earl. Él es mi esposo Foster Parker, el conde de Earl y cuñado de Fanny.
La mujer efectuó una rápida reverencia hacia ellos. Por tanta emoción olvidó su educación, o al menos la dejó a un lado.
—Por favor, pasen a mi casa. Son bienvenidos.
—Venimos a dejar a Fanny. Ella no ha querido quedarse en Londres ni tampoco en nuestra propiedad. Todavía nos falta un buen trecho de camino, vendré a visitarlas muy pronto —alegó Meredith para poder continuar su rumbo a la finca de su esposo.
—Por supuesto, milady. Las puertas de mi hogar siempre estarán disponibles para ustedes.
—Adiós, Meredith, Foster —se despidió Fanny que se alejó de su tía y se acercó a Meredith.
—Estaremos aquí cerca, como sabuesos. En parte eres nuestra responsabilidad, Fanny. Debes ser correcta o tu hermano nos matará —aseguró Foster.
—Prometo portarme muy bien. Estén seguros de eso.
—Hasta pronto.
Meredith y Foster se dirigieron a su carruaje para seguir su ruta, aunque no sin que antes los criados bajaran los baúles de Fanny.
Una vez acabaron, Fanny y Miranda alzaron la mano para despedirlos a ellos y a su comitiva.
—¡No puedo creerlo! Te veo después de una vida, querida Fanny —exageró la mujer.
—Tal vez son cuatro o cinco años —sopesó Fanny.
—¡Para mí es una eternidad! Pasemos a tomar un té y a conversar. También arreglaré tu vestido, se te ven los tobillos.
Las dos mujeres entraron a la sencilla casa de Miranda. En ese lugar no había la opulencia que caracterizaba a las residencias en donde ella acostumbraba a estar.
—Siéntate, querida. Pondré a hervir el agua... —habló Miranda.
—¿No tienes una doncella? —curioseó Fanny.
—¿Crees que necesito una doncella en una casa tan pequeña?
Tengo una habitación para dormir, una cocina, un saloncito que es para todo y no hay más.
Es la vida que me ha tocado por ser soltera y no encontrar a nadie que me quiera.
Quizá en tu estancia aquí tengas algunas carencias, Fanny.
No puedo ofrecerte lo mismo que tienes con tu hermano.
—No importa, tía, lo importante es que estoy aquí con usted. Se me hacía importante visitarla.
—Eres curiosa. Tu madre hubiera sido igual a mí, pero prefirió casarse con alguien que había enviudado dos veces.
Se lo dije: «Mary, ese hombre es un viudo negro, un coleccionista de jovencitas», pero ella estaba enamorada de la idea de casarse.
No le importaba ser madrastra de tres. Ahora que considero eso, tal vez a estas alturas estaría muy envejecida por tener que criar hijos ajenos.
—Si ella no se hubiera casado, yo no estaría aquí.
—Es lo único que no podemos lamentar. ¿Sabes algo de tu tío Marcus?
—No, no sé nada. Nunca me ha buscado ni se ha interesado por mí en todos estos años.
—Con suerte me sigue enviando un poco de dinero de pensión —contó Miranda—.
Es tacaño. Nunca perdonará que no me casara, pero eso no dependía de mí.
En cierto momento consideré ofrecerme como la quinta esposa de tu padre, pero después lo pensé mejor y dije: «¿Qué tan malo puede ser estar soltera? No debe ser terrible».
—¿Y no lo es?
—Hay días en que sí y hay días en que no. Ahora que tengo todas mis provisiones, no me quejo, pero un atraso en la pensión sería muy terrible.
—¿Tiene necesidades, tía?
—No. Vendo algunas hortalizas con frecuencia, tengo un par de gallinas que me han obsequiado algunas buenas personas.
Al menos un par de huevos no te faltarán para comer aquí.
También me dedico a la costura. Hay mucho que hacer para sumar y mantenerse.
No confío en que mi hermano me mantenga por mucho tiempo.
Mi cuñada no me tolera por ser un problema familiar.
—Oh, tía, lo lamento mucho. Prometo que cuando me case la ayudaré, le pasaré una pensión más grande.
—Qué amable eres, Fanny, pero eso no dependerá de ti, sino de tu esposo.
—Falta poco para que inicie la temporada. Buscaré un caballero con un ánimo proveedor y a quien le guste ser caritativo.
Miranda se carcajeó y colocó una taza frente a su sobrina y después una para ella. Colocó el agua hirviendo en la tetera y la puso sobre la mesa.
—¿Con leche? —preguntó su tía.
—Sí —respondió Fanny.
—De esos no creo que los consigas en ningún lugar. La frivolidad está a la orden del día. —Miranda retomó el tema que conversaban.
—Mis hermanas han sido afortunadas. Sé que yo también lo seré. Poseo la misma educación y soy inteligente.
—Créeme cuando te digo que la educación y la inteligencia tienen poco que ver a la hora de que te escojan para esposa. Considero que tu hermano y tu institutriz están equivocados si piensan que una mujer está en posición de disponer sobre su futuro. Es una gran tontería.
—En ocasiones hay buenos caballeros, algunos aparentan ser malos, aunque después son de buen corazón.
—Hubiera querido ver a alguien así alguna vez.
—Confío en que tendré esa gran fortuna. ¿Por aquí no hay nadie que quiera conquistarla, tía?
—¡Ay! ¡Dios me libre de un estorbo!
En esa ocasión fue el turno de Fanny para carcajearse de su tía.
—Yo creo que tiene muchas posibilidades de encontrar a alguien aquí o tal vez a un lord Nottingham.
—Aquí solo vive el Barón Zouche, un hombre insoportable, engreído y solterón. ¿Qué puedo querer con alguien así?
Lady Miranda se sirvió el té, lo mezcló con un chorrito de leche y le echó dos terrones de azúcar.
Algo le indicaba a Fanny, que su tía Miranda tenía más interés del necesario en el tal Barón Zouche. La forma en la que hablaba de él, le recordaba a la perfección a sus hermanas casadas y a la misma Victoria al referirse a su hermano.
—¿Cada cuánto tiempo ve al Barón Zouche, tía?
—Cada vez que Dios quiere castigarme. Ocurre con mucha frecuencia en la primavera y el verano, pues lleva un par de hortalizas y durante el invierno prefiere llevar huevos.
—Entonces es alguien muy recurrente en su vida, ¿no le ha preguntado si quiere casarse?
—No quiero que me responda que sí quiere casarse. Prefiero evitar esa absurda confesión, él y yo no somos amigos. No quiero que me lo cuente.
—¿Y por qué no son amigos?
—¿Te han dicho que preguntas demasiado?
—Es un defecto de la familia Fane. Tía, quiero saberlo.
—Es una tontería darle interés a algo que no lo tiene.
—Tía... —insistió abriendo sus ojos con mucho ahínco para mirarla.
—Está bien, te lo diré. Ese Barón nunca me ha pedido que seamos amigos. No soy amiga de las personas que no me lo piden. Él se encuentra en el rango de mis conocidos, igual que cualquier otra persona que me compre una zanahoria o que me pida un vestido.
—¿No le parece un poco tonto? Yo siento que usted lo aprecia y quiere casarse con él.
—¡Cómo te atreves a decir semejante insensatez, Fanny! ¿Yo quiero a ese viejo solterón? Si quiero algo es que deje de venir aquí —espetó la mujer, sonrojada—. Está tan avejentado que puedo jurar que los gusanos lo están devorando vivo.
A Fanny le sobraban motivos para reír e imaginar el matrimonio de su tía. Eso le había dado una terrible idea: ser cupido para Miranda y ese noble.
—Espero que sea con exactitud lo que dice, tía, y no un atractivo caballero que la pretende.
—De atractivo él tiene lo que yo tengo de rica: nada.