Familia Fane Capítulo 29
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Capítulo 29

Foster esperaba ver llegar a Meredith lo más pronto posible, pues comenzaba a impacientarse por más que todavía no fuera la hora.

Los invitados empezaban a llegar y solo faltaban los Fane, puesto que Justine había llegado a la ceremonia sin su esposo, pues aquel había manifestado un dolor fuerte en la mano y lo habían vendado.

No le sorprendía la falta de aprecio de su cuñado, porque ese sentimiento era mutuo.

En medio de su impaciencia, vio entrar a las tres hermanas más pequeñas de Meredith seguidas por la condesa de Nottingham, la duquesa y el duque de Salisbury. Eso significaba que lord Nottingham se estaba encargando exclusivamente de la que se casaría.

Le parecía extraño que todos miraran hacia donde se encontraba Justine. Quizá llamaba la atención la ausencia de su cuñado, en vista de que esa familia era muy unida y tal vez esperaban lo mismo de la suya.

Al ver entrar a Meredith a la abadía, su corazón había dado un vuelco.

Todo su cuerpo se había tensado. Ahí estaba ella, a un paso de ser su esposa.

Su hermano la acompañaba con una lentitud agobiante.

Si de Foster dependiera, la llevaría él mismo.

Al parecer, Meredith estaba muy nerviosa, pues no dejaba de mirar a todos los rincones del sitio y no a él, al menos no tanto como esperaba.

La mente de Meredith solo podía ser cautelosa.

No veía a lord Abingdon acechando desde detrás de algún pilar.

Su hermano traía su arma en la levita. Le había indicado que, si hacía falta, ella tomara el arma si lo veía con malas intenciones.

Durante el camino, Spencer observó la calle de cabo a rabo y para entrar a la abadía hizo lo mismo.

No podía estar tranquila, sentía temor de muchas cosas, pero más temía que Foster la rechazara por creer que ella era un problema.

Esa idea la consumía. Al verlo de pie, esperándola para casarse, no deseaba abandonarlo.

Sentía que se moriría. Había aprendido a apreciarlo por más que tiempo atrás le había parecido lo peor del mundo.

Al llegar junto a Foster, logró sonreír.

No había nadie a su alrededor que pudiera dañarla.

—Está muy hermosa, milady —declaró con sinceridad al verla en ese precioso vestido de seda y muselina en color marfil.

—Y usted se ve mejor que nunca, milord...

Los dos se sonrojaron y sonrieron antes de despedir a Spencer y prestar atención al oficio que se llevaría a cabo.

Después de casi dos horas entre sentados, de pie y arrodillados, por fin estaban casados. La fiesta de bodas se celebraría en casa del duque de Salisbury, pues la cantidad de invitados era mayor a la capacidad de la casa de lord Nottingham y de la de lord Earl.

Los recién casados saludaron a los que festejaban que se habían casado, entre los invitados no solo estaban los parientes y amigos, sino que también estaba la persona que los había unido: lady Kirby.

La mujer se notaba orgullosa de su obra, y no la culpaban, estaban felices.

Al salir de la abadía, subieron al carruaje que los llevaría hasta la casa de su hermana, una residencia muy lujosa a la que pocos entraban.

—Por fin estamos casados. Este mes se me hizo eterno —confesó Foster que cogió a Meredith de las mejillas y plantó un beso apasionado en sus labios.

—Primero se nos hizo eterno, pero por las razones incorrectas. Yo no podría vivir sin usted, lord Earl —confesó en un pequeño espacio de respiro que él le había dado.

—Ya no quiero que me llames lord Earl, milord o cosas parecidas, para ti seré Foster y tú para mí, serás Meredith.

Ella sonrió ante la autorización para poder tutearse. Sería un poco difícil que lo llamara por su nombre, pero no sería imposible.

—No sé por dónde empezar... —dijo Meredith, avergonzada.

—Empecemos por otro beso más, Meredith...

En medio de arrumacos y atenciones, Meredith olvidó sus problemas. Foster le comentó que su cuñado tenía una herida que le molestaba en la mano y que no había podido asistir. Eso era un alivio para ambos sin que ninguno se diera cuenta.

Al llegar a la fiesta del casamiento, Meredith y Foster estaban encantados con el buen gusto de Kitty y de su suegra. Todo era digno de la posición que ocupaban.

Ambos atendieron a los asistentes, bailaron y se divirtieron. Meredith no deseaba que llegara la hora de la verdad que tarde o temprano debía ocurrir.

Después de varias horas, ellos abandonaron la fiesta para comenzar su vida juntos. Tal vez, el cansancio en sus hombros, no los dejaran tener la noche que esperaban.

—Foster... —pronunció Meredith intentando hablar.

—¿Dime? —replicó recostándola en su pecho.

—Yo tengo algo que hablar contigo.

Él frunció el ceño y suspiró.

—¿Es malo? —indagó el conde.

—Tal vez.

—Entonces no quiero saber nada de eso. Quiero la noche que merecemos. Consumaremos nuestro matrimonio en paz y después podrás decirme todo lo malo que quieras.

—Estoy de acuerdo.

Prontamente, el conde olvidó lo que Meredith le había dicho.

Su mente no concebía nada malo o nada tan importante y malo para arruinar su esperada noche.

Le presentó a parte del personal importante de la casa y también le dijo que la señora Clever la atendería hasta que la misma Meredith escogiera a una doncella que la atendiera en sus necesidades.

—Esta es tu habitación, Meredith, la mía siempre estará disponible para ti si quieres venir.

—¿Tú vendrás a la mía?

—Sí, le ordené a la señora Clever que fuera rápida para asearte y vestirte para mí.

Meredith comenzó a temblar como una hoja al viento. Estaba a un paso de consumar el matrimonio y tenía que hacerlo con valor.

—Foster... —musitó en voz trémula.

—No hay nada que temer, recuerda que estás en manos de alguien que sabe lo que hace. No soy un improvisado. Al parecer practiqué toda la vida para complacerte.

Con un beso en los labios, él se despidió de Meredith y cerró la puerta de la habitación que los separaba para regresar pronto y hacerle conocer lo que él llamaba el cielo.

La señora Clever era muy amable con ella, además de tratarla con sumo cuidado y respeto. Ella ya no era lady Meredith Fane, se llamaba lady Earl. No lo podía creer, estaba casada con el hombre de sus sueños, que primero fue de sus pesadillas.

Mientras el ama de llaves la atendía, ella pensaba en las palabras de Kitty.

Y en que sería difícil pasar por alto el hecho de tranquilizarse, pues no solo le daba miedo el dolor, sino que también tenía en su mente que debía confesarle a su esposo que su cuñado era un verdadero sinvergüenza.

No imaginaba la relación que podrían llevar ellos con el cuñado y la hermana.

Una vez que la señora Clever se retiró, ella se quedó quieta en la cama, mirando cualquier cosa que la pudiera tranquilizar o al menos hacerla sentir menos nerviosa que recorrer la habitación de un lado a otro.

La puerta de comunicación con la habitación de Meredith se oía rechinar, alguien la estaba abriendo. Apenas ella se había percatado de una presencia, sintió que ya no estaba sola en la cama y que ese algo tampoco tenía algo puesto.

—Meredith —murmuró la voz de Foster junto a la oreja de la joven.

De un respingo ella abandonó la cama y miró con los ojos desorbitados hacia ahí a causa del susto.

—¡Milord! —exclamó presa del susto. No estaba para recibir muchas sorpresas después de la última noche que había pasado en medio de su hermano y su cuñada. De ninguna manera regresó a su habitación hasta que fue de día.

—Foster —le recordó—, ven aquí, quiero enseñarte muchas cosas.

—¿Estás desnudo? —interrogó al notarlo sin un camisón.

Foster rio y se levantó para ir junto a ella. Se estaba divirtiendo mucho al ver su cara.

—Sí, quería ahorrar tiempo para disfrutar de ti, Meredith. Estoy profundamente comprometido con la idea de consumar este matrimonio.

Meredith no sabía si mirar arriba, abajo o a lo que se asomaba en su entrepierna.

Nunca había visto algo semejante y comenzaba a darle miedo.

Cuando él cogió su mano derecha y la hizo recorrer su cuerpo desnudo en la zona del torso, ella casi se desmayó.

No podía sentir un solo pelo o alguna imperfección.

—Toca todo lo que desees, yo te pertenezco.

Estaba enmudecida, asustada y tocando lo que él le dijo.

A Foster lo notaba cómodo mostrando toda la piel, en cambio, Meredith no estaba lista para algo así.

Cuando descendió su mano hasta el miembro de Foster, él cerró los ojos y gruñó como un animal.

Ante esa reacción, sintió que su esposo comenzaba a besarle el cuello con una pasión desenfrenada, pero que le agradaba.

Ella correspondía con sus gemidos y jadeos ante el ataque del conde a la parte superior de su cuerpo.

El encuentro entre ambos se estaba volviendo más apasionado, Foster no soportaba tenerla frente a él, acariciándole el cuerpo y aún con su camisón puesto.

Necesitaba verla desnuda, pues imaginaba su figura blanca y seductora detrás de aquel trapo que tapaba su belleza natural.

Separó su figura de Meredith para sacarle aquella molestia que llevaba puesta.

La joven intentaba no quedar desnuda, porque le daba mucha vergüenza que la viera. No sabía qué pensaría de ella. Cuando él había logrado su cometido de desnudarla, Foster la miró de pies a cabeza y le entregó una sonrisa lobuna y un gesto de que se pasaba la lengua por los labios.

—Perfecta, perfecta —repitió con su voz áspera por la excitación—. Y pensar que no quería casarme, qué tonto he sido.

Al terminar de decir esas palabras la tomó en brazos para después tirarla a la cama y arrojarse sobre ella como una pantera hambrienta.

—Esta noche conoceremos juntos el paraíso... —declaró Foster, convencido de que lo harían.

La posesión de su esposo había sido algo tan doloroso como placentero.

Ella no había conocido que existía tal felicidad como el compartir la cama con un caballero.

Quizá por eso comenzaba a entender qué pensaban los libertinos sobre la vida.

Por supuesto que estarían dispuestos a permanecer solteros por noches furtivas parecidas a esa.

Foster la había mimado y animado para que no desfalleciera en los primeros instantes.

Su paciencia con ella había sido infinita con su falta de experiencia en las artes amatorias como él las llamaba.

Meredith se había quedado dormida después de que tuvieran su primera noche juntos. Había quedado tan exhausta por no haber dormido bien y después la fiesta de matrimonio, que cayó rendida ante el cansancio.

En medio de la noche, Foster despertó y sintió la cabeza de Meredith sobre su brazo entumecido.

Él no sentía que circulara sangre por ese lado de su cuerpo.

Pese a que no deseaba molestar a su reciente esposa, tuvo que moverse un poco para beber un vaso de agua.

Cuando se movió, miró que ella no sintiera demasiado su ausencia.

Había pasado la noche más maravillosa de su vida ante la mujer más sincera y entretenida que había conocido.

Pasó más tiempo hablándole y riendo que haciendo el amor.

Sabía que una joven virginal sería una encomienda difícil, pero no la imaginaba tan deliciosa y divertida.

—Foster... —pronunció la voz de su esposa, llamándolo.

—No me he ido lejos, ¿te apetece un poco de agua?

—No, solo quería saber que estabas aquí —dijo Meredith que abrió sus ojos al no sentir el calor sofocante de Foster.

Él no dudó en regresar junto a ella y acariciar la delicada figura de Meredith. La besó un par de veces hasta que volvió a desearla.

—¿No quieres que te consienta un poco más? Comienzo a sentirme muy solo. Tengo una mujer muy bella junto a mí y no puedo soportarlo...

—Una vez más, pero después recuerda que necesito hablar contigo, no puedo alargar esto que debo decirte.

—No me gustan los misterios, no mates la libido de nuestra relación.

—No quiero hacerlo, pero comienza a ser importante lo que tengo que decirte.

Ambos volvieron a entregarse hasta quedar saciados. Por más que Meredith deseaba decirle lo de su cuñado, tampoco quería arruinar su apasionante matrimonio, pero era eso o encontrarse con una desagradable sorpresa un día de estos al saber muerta a su cuñada o a su propio esposo por no hablar.