Capítulo 28
La noche antes del matrimonio, Meredith dormía con tranquilidad en su habitación, no había nada que la aquejara, había enfrentado a lord Abingdon con gran determinación, es decir, con el látigo de su indiferencia.
No le había dado pie a su mirada ni a su acercamiento.
Cualquier sentimiento de ella hacia él estaba muerto.
Su corazón le pertenecía completamente a lord Earl.
Solo faltaba un día para conocer la felicidad junto a lord Earl, al caballero que en un principio despreció y con el que no lograba encontrar un equilibrio hasta que con una simple conversación llegaron al punto que deseaban.
Ella no prometía lo mismo que Foster, él le ofrecía no solo sus posesiones, sino que también era muy apasionado en sus palabras para referirse al acercamiento físico.
Podía jurar que prefería a un libertino más que a un caballero simplón y sin gracia.
Nunca había considerado algo semejante, pero Foster cambió todas sus expectativas del matrimonio.
Lo veía como algo apasionante y deseable, no solo por la posición social a la que accederían los dos como matrimonio, también por lo interesante que resultaba la pasión de sus palabras y sentimientos.
Él no le decía que la amaba, pero ella sentía que a ellos los arrastraba la misma ola.
En medio de sus sueños despertó al sentir que algo la asfixiaba. Comenzó a patear hacia la nada hasta que había logrado librarse de lo que estaba sobre ella.
—Milady, por favor... —murmuró alguien.
Ella reconoció la voz y cogió una almohada para protegerse.
—¿Lord Abingdon? —interpeló asustada.
—Sí, milady. He venido para hablar con usted.
—Usted y yo no tenemos nada de qué hablar.
—Sé que le debo muchas explicaciones...
—No me debe nada, váyase o gritaré. ¿Cómo ha entrado?
—Milady, por favor, no se case. Yo la amo como no tiene idea.
—¿Amarme, lord Abingdon? ¿No le da vergüenza venir a decirme esto? Su esposa, una mujer maravillosa, está embarazada, ¿cómo se atreve a deshonrar su casa de esta manera?
—Yo no la amo. La amo a usted, Justine es un estorbo en mi vida.
—He oído suficiente de usted. Me avergüenza que piense de esa forma, pero no me sorprende, pues quiso embaucarme con falsas promesas. ¿Cómo se supone que se casaría conmigo estando casado? Es un mentiroso.
—Yo cumpliré todas mis promesas, solo crea en mí. Sé que me ama.
—Yo no lo amo, lord Abingdon. Mi corazón le pertenece a lord Earl. Él ha sabido conquistarme con su encanto.
Él rio como si estuviera demente.
—¿Cuál es el encanto de un delincuente? Su futuro esposo es un prestamista, un sinvergüenza.
—¿Qué gana con mentir?
—¿Mentir? ¿Por qué cree que sigo con la hermana? Me ha estado chantajeando porque es un maldito delincuente. Él estaba en quiebra y gracias a su empresa ha logrado pagar la dote de Justine. A mí me han obligado a casarme con esa mujer, fue un pequeño error de juventud, pero yo la adoro a usted.
A Meredith le resultaba imposible que lord Earl fuera un hombre malvado. No lo imaginaba de esa manera.
—¿Cree que diciendo todo esto yo abandonaré a mi prometido en la puerta de la abadía y dejaré a mi familia en la vergüenza? Me casaré con lord Earl porque lo amo y no me importa si es el mismo demonio. Por Dios, sé que no será peor que usted.
—Yo no dejaré que se case. —Dimitry cogió a Meredith del brazo y la atrapó con fuerza. Con una mano le cerró la boca y con la otra la alzó para llevarla fuera de la habitación.
El corazón de Meredith comenzó a latir con fuerza. Él quería llevársela de su propia casa. Sin dudarlo un instante, mordió la mano que cubría su boca. Cuando él aulló de dolor, salió corriendo de su habitación y entró a los aposentos de su hermano.
—¡Spencer! —exclamó arrojándose a la cama junto a él.
Lord Nottingham no sabía lo que estaba ocurriendo. Su hermana había interrumpido su sueño.
—¿Qué pasa, Meredith? —preguntó Victoria, somnolienta.
—¡Lord Abingdon entró a mi habitación! —expresó abrazándolo—. ¡Ha intentado llevarme con él!
—¡Desgraciado!
Haciendo de lado a su hermana y abandonando su cama de un salto, él corrió hacia el pasillo.
Victoria se quedó con Meredith y la abrazó mientras ella lloraba por el susto.
Spencer despertó a toda la servidumbre y comenzaron a buscar al hombre por cada rincón de la casa; sin embargo, él había escapado por la puerta de la galería que iba hacia el jardín.
—Ha escapado —contó Spencer que tenía su arma en la mano—. ¿Qué quería, Meredith? ¿Te ha hecho daño?
—No me hizo nada, pero quería llevarme con él. Dijo que no me casaría.
—Esto es terrible, Spencer. Lord Earl debe saber que su cuñado es un peligro —opinó Victoria.
—Lord Earl no tomará bien este asunto. ¿Y si no quiere casarse conmigo, Spencer? Me moriré si él me llegara a abandonar en el altar.
—Calma, Meredith. Tienes que hablar con él después del matrimonio, pero debes usar las palabras correctas. Tu prometido es un ser de reacciones más que de pensamientos.
—¿Cómo iré sonriente a mi matrimonio si ese hombre es una amenaza para mí? No solo para mí, sino que también para lord Earl y su propia esposa. Él insistía en cumplir su promesa. Imagina cómo podría conseguirla.
—Enviudando —habló Spencer.
—Y haciéndote enviudar, Meredith —siguió Victoria.
Estaba aterrada con las teorías de sus familiares, pero era la única manera de conseguir que estuvieran juntos.
Eso dejaba en evidencia la locura por la que estaba atravesando lord Abingdon.
Era peligroso para todos y no solo para Foster y Justine, sino que también para la misma Meredith.
Ella no podía ocultar esto que había ocurrido, podía arruinar su vida si Foster llegara a no comprender que ella había sido la razón del matrimonio catastrófico de su hermana.
***
Había llegado el gran día y ella no había pegado ojo en todo lo que sobraba de la noche.
Sentía palpitaciones nerviosas, mientras que Helen la arreglaba para su matrimonio y los otros criados encabezados por Clay llevaban sus baúles para colocarlos en el carruaje que había enviado lord Earl para recoger sus pertenencias.
—Las lágrimas no te dejarán terminar de arreglarme, Helen —dijo Meredith.
—¿Qué lágrimas? ¿Las suyas o las mías, milady? —respondió la criada.
—La verdad no lo sé.
—Su casi esposo no puede verla en este estado. Debe colocar una sonrisa en su rostro. Yo lloro por perderla, ya no ataré sus cabellos para que sus bucles queden maravillosos.
—Ya te dije que tienes a mis hermanas. Nos arreglarás a todas hasta el día en que nos casemos. Tu aporte en esta casa es muy valioso para todos, es lo que importa.
La doncella asintió a la par que seguía llorando.
—¡¿Dónde está la futura condesa de Earl?! ¡Debemos tener la charla más importante de tu vida! —exclamó Kitty con entusiasmo al entrar a la habitación de su hermana; sin embargo, la cara de Meredith era la de un funeral—. ¿Qué ha pasado?
—Ha pasado algo horrible... —dijo Meredith que se levantó del asiento del tocador y fue junto a su hermana para abrazarla. Ese día necesitaba abrazar a muchas personas para sentirse mejor.
—No hay nada que una amenaza no solucione. ¿Lord Earl te ha dicho algo, ha intentado intimidarte o te ha abandonado a horas del matrimonio? Sea lo que sea, lo haremos aparecer. Se lo diré a Albert.
—No, no es un asunto de lord Earl, sino que esto obedece a la locura de lord Abingdon.
Anoche entró a nuestra casa cuando dormíamos y fue a mi habitación.
Dijo que quería conversar conmigo, me habló de que me amaba buscando convencerme de que me fuera con él, pero al negarme quiso llevarme a la fuerza.
—¡Desgraciado! ¿Cómo es posible? Esto es culpa de Spencer, que no le advirtió de esto a lord Earl.
—Es que tengo miedo, Kitty, ¿y si milord no quiere casarse conmigo por ser la piedra en el zapato de su hermana? Él adora a la condesa de Abingdon.
—No más de lo que te puede adorar a ti.
—Kitty, lord Abingdon me dijo que lord Earl es un delincuente, que es un prestamista, eso significa que es capaz de matar. Imagina que mate a lord Abingdon por protegerme y desampare a su hermana y a su sobrino. Yo no podría vivir con algo semejante en mi conciencia.
—Considero que no piensas con claridad, todo es más sencillo de lo que parece. Es mejor hablar con la verdad y evitar seguir especulando con sus reacciones.
—Esperaré a casarme para decirle.
—Es tu elección. Escucha, eso solo te asegura estar casada, pero no un buen trato o una ventaja. Piénsalo bien.
—No quiero perderlo, si me abandona en el altar, todas nuestras hermanas estarán hundidas para siempre.
—En eso tienes razón. Cásate y después le cuentas. ¿Quieres que te hable de la noche de bodas o eso sería ilusionarte mucho?
Pese a su temor, Meredith le puso mucha atención a su hermana mayor.
Helen también se había quedado para escuchar todo lo que decía Kitty.
Después de lo que oyó, pudo relacionar lo que lord Earl le decía siempre sobre compartir más que besos.
No sería indoloro como ella había pensado, al menos Kitty se lo había recalcado.
Cuando estuvo lista, miró su habitación por última vez.
Ese lugar la había acogido los últimos siete años de su vida.
Ya no sería molestada por sus hermanas que, en ocasiones, colocaban sus pies fríos en su espalda mientras dormía, tampoco escucharía los gritos de su hermano intentando poner orden en los pasillos.
—Es hora de que baje, milady, o lord Earl pensará que lo ha dejado plantado —dijo la señorita Harting que se acercó a ella—. Dios, permita que sea feliz.
—Este es el momento en que no quiero dejar de ser una niña...
—No, este es el momento para el que la estuve preparando desde que era una niña. Hoy usted es una mujer que será condesa. No importa lo ocurrido, sigue siendo mi mejor pupila.
Meredith abrazó a la señorita Harting. Era la única figura a la que asociaba no solo con la educación, también con el cariño maternal que nunca había tenido. Las esposas de su padre no duraban mucho para ser extrañadas.
La institutriz correspondió a ese abrazo y derramó un par de lágrimas de tristeza por perderla como pupila, pero las otras eran de orgullo al ver que iba casada.
—Lord Earl pensará que no te quieres casar, Meredith —la regañó Victoria intentando que ella se sintiera culpable y que parara de llorar.
—Guarda las lágrimas para más adelante, ahora debemos subir al carruaje, Meredith —habló su hermano con autoridad. Eran los últimos momentos en que ella estaría bajo su tutela.
Meredith asintió. Se despidió de toda la servidumbre. La conmovió haber visto que ellos lloraban, incluso el ayuda de cámara de su hermano.
Después de salir de la residencia y subir al carruaje, Spencer tomó su mano una vez que se pusieron en marcha.
—Nunca dejarás de ser mi hermana. Estaré pendiente de ti como de todas las demás, puedes estar casada, pero llevas la sangre Fane en las venas y es algo que me autoriza a cuidarte para siempre —habló su hermano con melancolía.
Sus ojos estaban brillantes, como si desearan liberar sus emociones, pero él las atajaba.
Era un hombre fuerte, más que su tutor, era su hermano y un padre con defectos.
—Ya tienes una habitación por si quieres tener un hijo más...
—No hace falta más, con uno es suficiente, todavía me quedan tres diablesas por casar.
La abadía no se hallaba muy lejos de su casa y a medida que se acercaban, su pecho palpitaba con mayor fuerza. En pocas horas sería una mujer casada con el hombre que la había enamorado. Esperaba que lord Abingdon no apareciera para hacer una tontería, pues lo creía capaz de cualquier cosa.