Familia Fane Capítulo 27
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Capítulo 27

—No tengo una familia numerosa como la de ustedes, pero mi hermana pronto agrandará la suya. Lord Abingdon y Justine están esperando a su primer hijo —contó Foster, que cogió del brazo a Meredith y la acarició con cariño.

Dimitry quería que se lo tragara la tierra. Sus probabilidades de que algún día pudiera estar junto a Meredith se desvanecían frente a sus ojos después de lo último que había dicho el desgraciado de Foster.

El acercamiento de su prometido de cierta manera le daba temor. Él no era una persona detallista para contar algo, aunque no lo conocía en su faceta de hermano. Quizá fuera diferente a Spencer, que era muy sobrio en lo que respectaba a sus hermanas.

El hecho de que Dimitry la buscara en su casa, teniendo un matrimonio y, además, un hijo en camino, la asqueaba. Lord Abingdon era una persona horrible, incapaz de ser un buen hombre. ¿Cómo había podido ser engañada por alguien como él?

—Yo quiero conocer a mi futura cuñada en persona. Si Foster me deja, puedo enseñarle la galería de la casa —pidió Justine para encontrarse a solas con Meredith.

—Es una excelente idea, Justine. ¿Quiere conocer a mi hermana, milady? —indagó Foster.

El rostro de la hermana de su prometido era sonriente y no parecía malvada, aunque Meredith sentía mucha vergüenza por haber pretendido a su esposo en algún momento de su vida.

—Será un honor conocer a su hermana, milord —respondió después de sopesar la situación. Todavía temía que todo fuera una horrible trampa.

—Lord Nottingham, excelencia, mientras tanto podemos conversar con mi cuñado —habló Foster.

Justine se acercó a Meredith y la cogió del brazo con cuidado para que caminaran hacia la galería de la casa. Era un momento muy incómodo para ella.

—He tenido una excusa para conversar con usted, lady Meredith Fane. ¿Cómo ha conseguido obligar a mi hermano para que se casara con usted? —increpó Justine que deseaba conocer todo desde la perspectiva de la joven.

Meredith prefirió romper el contacto con la hermana de Foster. Ella empezaba a atacarla, dándole razones para pensar que todo era algo planificado.

—Fue un accidente, milady. Su hermano y yo no nos conocíamos —contó.

—¿Y tampoco conocía a mi esposo?

Ella guardó silencio ante la acusación de Justine y retrocedió.

—Sé que lo conoce y han estado encontrándose por mucho tiempo. Usted era una niña, ¿cómo ha podido hacer algo semejante? Hoy es el día en que puedo ponerle nombre a la amante de mi esposo —acusó Justine.

—No soy la amante de nadie, milady. Lord Abingdon nunca me había dicho que era un hombre casado.

Me enteré el día de mi primer baile. Mi hermano me lo contó, yo no sabía nada.

Recuerdo que hace dos años lo vi pasar por primera vez y desde ahí él siempre pasaba frente a mi casa y comenzamos a charlar en secreto.

Cuando cumplí los dieciocho años y le dije que debutaría, me prometió que me hablaría de amor y se casaría conmigo.

No conocía la maldad de lord Abingdon, no sabía la verdad. Hoy comprendo todo.

—Mi matrimonio no era bueno desde un inicio, pero empeoró con los años.

Comenzó a golpearme y a alejarme cada vez más de él.

La razón era usted, que lo había encandilado tal como lo hizo con mi hermano, que no concibe mayor perfección que usted.

Lamentaría mucho que lo embaucara. Si está enamorada de mi esposo, es mejor que acabemos con esta farsa y conversemos con mi hermano. A él no le gustará saber que no lo ama.

—No estoy enamorada de lord Abingdon. Con el respeto que se merece, nadie puede amarlo de esta manera en la que me cuenta.

Lord Earl me ha mostrado lo que yo espero de la vida y lo amo.

Lamento haber sido la causante de su dolor.

Fue algo inconsciente, juro por mi padre muerto y mis hermanos que no sabía nada.

Fui embaucada con palabras bellas, pero nunca fui su amante, ni siquiera me ha tocado la mano.

—Entonces cómo es que lo enloqueció...

—No lo sé, pero no tiene que ver conmigo. Le pido perdón por todo su sufrimiento, y le deseo lo mejor.

—No sé si después de estas confesiones podamos ser una familia unida, milady.

Mi esposo es un demente. Sé que quería matarme antes de estar embarazada.

Este niño es lo que me mantiene con vida.

Dimitry quería librarse de mí para correr tras usted, pero todo le ha salido mal, porque Foster lo ha chantajeado de una manera cruel, pero merecida.

—Usted es importante para lord Earl, no puede desaparecer de su vida.

Tenga por seguro que jamás me acercaré a su esposo por ningún motivo.

No tenga miedo de mí, que yo he aprendido mi lección de una manera dolorosa, pero que ha servido para darme cuenta de que vivía de una ilusión y lord Earl es la más perfecta realidad, pese a cómo nos comprometimos.

—Me alegra saber que ustedes se quieren mucho. Quizá muera de envidia mañana. Espero que Foster nunca sepa nada de la relación entre usted y mi esposo porque eso no le gustará y será malo para todos. Mi hermano es temperamental y vengativo.

—Comprendo su temor. Yo también espero que lord Earl no piense mal de mí, porque eso me rompería el corazón.

Las dos damas continuaron conversando de cualquier tema, salvo lo que había en la galería. Ambas tenían preocupaciones distintas.

Meredith sospechaba que su matrimonio podría fracasar si Foster llegara a saber que su cuñado había sido el embaucador.

Ella nunca le dijo quién era el hombre que la ilusionó.

Sería horrible que pensara que no lo amaba y que su corazón le pertenecía a su cuñado.

Causaría una fractura familiar muy grande que no deseaba que ocurriera.

Por su mente pasaban miles de escenarios posibles para una catástrofe, aunque eso solo se daría si todos llegaran a hablar.

El único que podía echar a perder la vida de todos era lord Abingdon, aunque no lo consideraba como alguien que enfrentaría a Foster por el chantaje que ejercía sobre él para mantener el matrimonio entre él y la hermana del conde.

Donde se encontraban Foster y los demás, el ambiente era un tanto incómodo. Dimitry tenía que soportar más miradas ardientes del hermano de Meredith que quería destriparlo a toda costa.

Victoria y Kitty promovían una conversación amable y participativa para todos, pero el problema no era solo el odio que Spencer y Albert sentían por lord Abingdon, sino que también el que Foster sentía por su cuñado. Para ese caballero debía ser un inmenso sacrificio estar entre ellos.

—A tu prometida le ha encantado la galería, Foster, ¿no es así, milady? —preguntó Justine.

—Sí, un lugar hermoso con mucha historia. Su hermana es muy amable.

—Me alegro, milady. Aquí su cuñada y su hermana están alentando a los caballeros para que juguemos una partida amistosa de ajedrez por turnos —comentó lord Earl que se acercó a Meredith.

—Me encanta el ajedrez, milord, ¿jugaría una partida conmigo? Me gustaría demostrarle que soy diestra en el ajedrez —replicó Meredith, sonriente, con la mirada brillando al mirar hacia los ojos verdes de su prometido.

—Qué encantadora es la confianza que tiene en sus capacidades. Lamento decirle que soy un buen jugador, uno casi excelente.

A Dimitry le inquietaba ver la intimidad que compartían su cuñado y Meredith.

Los celos lo estaban consumiendo. ¿En qué momento podría hablar con ella sobre sus planes?

Ella debería estar pendiente de él, solo había pasado poco más de un mes desde que dejó de verla para cumplir los caprichos de Justine de tenerlo alejado de Londres.

Quién sabía si en realidad las cosas no habían sido una coincidencia y Justine promoviera sacar a Meredith del camino casándola con Foster. Ella era tan macabra como su hermano.

—Mi hermana puede ganarle a cualquiera, la señorita Harting la ha preparado muy bien para todo, lord Earl —defendió Spencer a Meredith.

—Será un placer retarlos a todos —agregó Foster.

En la mesa, Foster sentó a su futura esposa a la derecha, en el que sería su lugar por siempre, junto a ella colocó a su hermano, su esposa, el duque y la duquesa, y frente a Meredith ubicó a Justine y al lado su esposo.

Pese a la molestia que le provocaba la constante mirada de lord Abingdon, Meredith no dejaba de prestarle atención a Foster, que contaba anécdotas interesantes sobre su niñez y juventud.

También Spencer no había perdido el tiempo para avergonzarla al contar todo lo que hacía en compañía de sus hermanas, que eran cómplices de todas sus locuras.

Durante la conversación de su hermano, Meredith aprovechaba para observar la residencia que sería suya.

Tenía en la cabeza muchas ideas para cambiar algunas cosas.

Amaba las flores que había visto cerca del pianoforte.

Quería más armonía en la casa, se le hacía que tenía un aspecto masculino y de soltería.

Eso tendría que cambiar para acomodarlo a su estilo y a lo que le parecía más armónico para una futura familia.

Al abandonar la mesa fueron hacia el salón, cada uno acompañado por su pareja.

—¿Quién será el primero en jugar contra mí? —interpeló Foster, que sirvió unas copas de whisky para todos los caballeros, mientras que Clay servía oporto para las damas.

—Seré yo, lord Earl, me ha tentado en esta ocasión —replicó lord Nottingham.

—Excelente, milord. ¿Su excelencia no quiere jugar cartas con mi cuñado? —preguntó Foster a Albert.

—Las damas jugaremos a las cartas en compañía de los caballeros que sobran —intervino Kitty antes de que el ogro que habitaba dentro de su esposo despertara y prefiriera retirarse.

El sirviente de Foster preparó la mesa redonda para que el resto de los asistentes pudieran jugar a las cartas.

Lord Abingdon ni siquiera había tenido tiempo de negarse a jugar. En lo único que pensaba era en coger a Meredith y hablar con ella.

—Querido, trata de disimular y no llores porque nuestra futura cuñada te ignora —provocó Justine, maliciosa, muy cerca del oído de su esposo.

—Déjame en paz —masculló entre dientes.

Los que estaban cerca de esa pareja notaban que el ambiente entre ambos era muy tenso.

La misma Meredith prefería no jugar a las cartas, pero como Kitty deseaba que las aguas se calmaran y Spencer estaba haciendo un buen trabajo, distrayendo a lord Earl para que no notara el escandaloso comportamiento de lord Abingdon, que no dejaba respirar a Meredith por tantas miradas, tuvo que aceptar.

—Lady Meredith, ¿no quiere acompañarme al pianoforte? Le aseguro que desde que me casé nadie lo ha tocado.

—Será un placer, milady. Me ha llamado la atención desde que llegué. Es muy hermoso.

—Lady Meredith debe jugar conmigo una partida de ajedrez, pero no sin antes bailar una pieza que tocará Justine para todos nosotros, ya que extraña su pianoforte —alegó Foster.

Él sabía que la relación entre su hermana y Dimitry estaba en decadencia y esa noche era más notable que nunca. Era como si no se toleraran. Al menos salvaría a Justine haciéndola tocar el pianoforte.

Las damas halagaron su idea improvisada de un baile. Meredith no dudó en encaramarse al brazo de Foster.

Dimitry se paró junto a su esposa que tocaría el pianoforte y se quedaría viendo bailar a las tres parejas. Él estaba más irritado que nunca. Cada vez que veía a su cuñado tocando a Meredith, una rabia inusitada lo invadía, deseaba acabar con aquel, pues no podría tolerar el casamiento entre ambos.

La felicidad en los rostros de Meredith y Foster eran envidiables. Sus miradas pícaras se habían encontrado en un baile y cuando eso ocurría, sabían que terminaría en alguna locura que deseaban: estar solos.

Cuando Justine acabó la primera pieza, Foster le hizo una señal para que ella continuara con otros acordes para que él pudiera fugarse con Meredith hacia el pasillo. Sin dudarlo, él la cogió de la muñeca hasta llevarla a donde deseaba.

—Será el momento más efímero de nuestras vidas, pero debía hacerlo, necesitaba besarte... —Foster tomó a Meredith por la cintura, la acercó a su cuerpo y comenzó a besarla como si nunca lo hubiera hecho. Sabía que no podía perder tiempo.

La joven respondió con la misma avidez que él y se colgó de su cuello.

Ninguno de ellos sabía que Dimitry los estaba espiando y que deseaba descubrirse frente a todos, tomar a Meredith y huir de Londres. Él no podía dejar que ese matrimonio prosperara.

Lord Abingdon quiso arrojarse al vacío, pero era contraproducente. Tendría que hacer las cosas de otra manera. Tuvo que morderse la lengua y retroceder hasta regresar junto a su esposa. Ese no era el día para impedir el matrimonio.