Capítulo 23
Semanas después...
La relación entre Foster y Meredith era casi idílica.
Ambos habían olvidado sus diferencias en el inicio y comenzaron a construir una nueva experiencia.
El enamoramiento comenzaba a florecer con lentitud, haciendo que los dos se volvieran cómplices en las actividades cada vez que se encontraban.
Aprovechaban cuando se quedaban solos para mirarse con complicidad y buscar un pequeño espacio para compartir algún que otro beso.
Meredith buscaba la compañía de Foster cada vez que podía.
Podría pasar todo el día mirando su anillo y recordando lo encantador que era dentro de toda la rudeza y la falta de decencia de un libertino.
Ella había olvidado por completo a lord Abingdon, era como si nunca hubiera existido y, que desde un principio solo había estado Foster en su mente.
Vivía pensando en su próximo encuentro y anhelando las promesas que el conde de Earl tenía para ella.
Él siempre aprovechaba la ocasión para seducirla y acariciarla cuando estaban solos.
En su casa casi nadie se preocupaba por lo que hacían, pues como ya tenían sus reputaciones por el suelo, nada podía mandarlos más al fondo.
Todos esperaban en ansiado momento del matrimonio para que volvieran a un excelente estatus frente a la sociedad.
—¿Está segura de que la tela es de excelente calidad para mi hermana? —interpeló Kitty al ver que la modista apretaba aún más la tela del vestido al cuerpo de Meredith.
—Por supuesto, su excelencia. Usted ha pedido lo mejor para su hermana y aquí está —respondió la modista.
—Ella solo se casará una vez. Este vestido debe quedarle bien.
Se casa en una semana —masculló Kitty con petulancia.
Estaba muy preocupada por su hermana y el «secretito» con el que se encontraría Meredith cualquier día de estos.
Todavía no había conocido a su futura cuñada, y con eso tendría que darse cuenta de que lord Abingdon sería su concuñado—. Apriete más en el busto...
—¿Más, Kitty? Me matará... —se quejó Meredith con mucha dificultad para respirar.
—Es por tu causa, Meredith. En lugar de comer estás dejando de hacerlo y el vestido te quedará flácido.
—Sigo comiendo igual, lo juro.
—Te haría bien comer un poco más. Tu prometido debe pensar que en esta casa cocinan mal, no te dan de comer o falta dinero.
—Él no piensa de esa manera. Cree que soy hermosa tal como me veo...
Kitty le hizo un gesto a la modista para que acabara de ajustar lo necesario y se retirara para poder conversar con su hermana.
—De no querer casarse contigo a estar muerto de amor. Qué encantador —dijo la duquesa, burlona.
—No sé si es amor, pero es algo muy agradable. Cada vez que lo veo mi corazón se enloquece y mi mente se nubla. Estoy tan ansiosa de que llegue el gran día de nuestro matrimonio. No pensé que sería tan feliz.
—Me alegro tanto, Meredith... ¿Ya no piensas en...?
—¿En...? ¡Oh, sí! En lord Abingdon, ¿no es así? No, lo he olvidado, acabas de hacerme recordar que existe. Gracias a Dios está casado y desaparecido.
—¿Tú le has dicho algo a milord sobre él?
—No, ¿para qué hacerlo? No tiene sentido. Considero que le he dicho lo importante. Sabe que alguien rompió mi corazón y por eso bebí tanto que caí del balcón, pero no creí necesario decirle de quién se trataba, y menos cuando sé que lord Earl es un poco temperamental y propenso a las peleas.
—Sí, a las peleas con niñas pequeñas como Eugenia.
Las dos se carcajeaban.
—Ese será un problema de todos los cuñados de la familia. Albert siempre pelea con Eugenia —dijo Meredith.
—Pero la adora. Ha aprendido a quererlas a todas y sé que en el fondo desea que Augusta sea tan locuaz como Eugenia. Ahora que recuerdo, ¿lord Earl irá a la jornada de cacería que organiza Albert?
—Sí. Lord Earl dice que por fin puede volver a integrarse a otras personas que no lo marginen por ser soltero. Todos sus amigos lo han abandonado en estos años.
—La familia crece cada día más. ¿Cómo pude creer que siendo solterona sería feliz? Adoro ver los buenos matrimonios y me alegra que tú puedas alcanzar la misma felicidad que todos nosotros. Espero que también el resto de ellas puedan.
—Debo preparar un pequeño baúl para partir el día de hoy. Será la última actividad juntos antes del matrimonio.
—Yo ya he traído todo lo necesario. Solo debemos partir en caravana...
Mientras que Meredith había recibido la inoportuna visita de la modista que, por exigencias de Kitty, deseaba que le arreglaran el vestido que usaría en el matrimonio a la perfección, las demás personas en la casa se preparaban para ir a la cacería, al menos los caballeros, en cuanto a las damas, ellas deseaban ir a montar o a recoger flores del campo.
—Buen día, lady Eugenia —saludó el conde de Earl que se había presentado en la residencia para partir junto al resto de los miembros de la familia Fane.
La niña dejó a un lado su libro y extendió su mano para que él la besara.
Él miró la extremidad de la niña y alzó una ceja por la incredulidad.
—No besaría su mano ni, aunque mi vida dependiera de eso. No moriré envenenado.
Eugenia rio y retiró su mano.
—Yo no pensaría que es un buen día para usted. ¿Sabe que va a una jornada de cacería?
—Por supuesto, milady. Traje mi arma...
—Si yo fuera usted, me quedaría junto a Spencer o Albert, porque si lo ven de lejos, quizá los confundan con un faisán, tenga cuidado —advirtió socarrona.
—Pequeña dem... —Foster no quiso perder la compostura con Eugenia.
Esa niña era un dolor de cabeza y era comprensible la desesperación del duque al haberlo amenazado para que se casara.
Quería librarse de esa mala semilla que era la menor de las hermanas—.
Si yo fuera usted, evitaría estar en el área de casa, quizá la confunda con un pato.
Tanto Eugenia como Foster echaban chispas por los ojos.
—Lord Earl —pronunció la voz de Meredith—. Gracias por recibirlo, Eugenia.
—Siempre es un placer conversar con las visitas —alegó la niña con una sonrisa.
A Foster no le sorprendía que la pequeña de la familia disfrazara su odio hacia él frente al resto, aunque sí le asombraba la rapidez con la que cambiaba sus facciones cuando estaban a punto de pillarla.
—Milady, buen día. Quería venir más temprano, pero me fue imposible. Por culpa de los papeles del matrimonio me he retrasado...
—Como si fuera que quiere casarse... —farfulló Eugenia antes de retirarse.
Foster chirrió los dientes al escuchar a la malvada y demoníaca niña.
—No le haga caso a Eugenia. Me complace tanto que esté aquí... —Ella cogió una mano de su prometido y lo llevó a uno de los sillones para que tomara asiento.
—Lo que hago es hacerle caso a una niña sin muchas actividades. La institutriz debería hacer algo con ella.
—Pese a todo lo que pueda decirse de ella, es una excelente alumna y una muy inteligente. Es imposible castigarla, porque los castigos le divierten —habló sonriente—. ¿Usted sabe cazar o ha aceptado por mí?
—Sé cazar y he aceptado esto por usted. Tengo la oportunidad de esconderme entre las sombras por la noche y visitarla. Faltan pocos días para la boda, pero la ansiedad me está consumiendo por muchos motivos.
El conde no podía dejar de pensar en Meredith.
Ella vivía en su mente cada segundo de su tiempo.
Era imposible concentrarse en otra cosa que no fuera ella y el matrimonio.
Había recibido una carta de Helena en la que decía que podía visitarla, pero no le interesó, la quemó en la chimenea.
Su atención estaba puesta en su prometida y en que todo saliera bien.
Su casa se encontraba en obras de la habitación que le había pertenecido a su madre.
Quería que todo quedara impecable para ella.
Durante el día la pensaba y durante la noche la anhelaba en su cama.
Ansiaba probar su cuerpo completo. Estaba cansado de las migajas que podía sacar durante el tiempo en que estaban solos.
Ansiaba la noche del matrimonio para por fin complementar sus deseos carnales con los sentimentales.
Con Meredith él se desbordaba de una manera que no conocía.
Su compañía era tan grata y divertida que se le hacía imposible pensar en una ausencia.
—No pensaba decir esto, pero deseo casarme ahora mismo e irme con usted...
—No me tiente, milady. Ya una vez caímos en el escarnio público.
Sería ridículo que me la robara estando a días de nuestra vida, aunque suena muy emocionante.
La idea más descabellada e irreverente suena lógica y racional cuando usted está conmigo.
Considero que el enamoramiento deja secuelas nefastas en mí.
Ambos no dejaban de mirarse a los ojos y sonreír. Estaban en la etapa más dulce del principio del enamoramiento.
—Tenía miedo de enamorarme y que fuera otra equivocación, pero esto es totalmente distinto, milord. Con usted puedo huir hasta las estrellas...
—Si vuelve a decir la palabra huir, la subiré a mi carruaje y estaremos en Gretna Green en menos de lo que cante un gallo. Estoy consumido por la locura, la fascinante locura de saber que está a un paso de pertenecerme.
Meredith colocó sus manos en el rostro de su prometido para acercarlo y darle un beso.
—¡Meredith! —masculló la voz de Spencer al ver que ella estaba a punto de ofrecerse a un caballero.
Ella lo soltó de inmediato y sus mejillas se tiñeron del rojo vergüenza.
—Lord Nottingham —saludó Spencer abandonando el sillón para reverenciar al hermano de la joven.
—Estaba considerando que fueran juntos y... —Lord Nottingham se fijó en la entrepierna del caballero y lo vio listo para una batalla con la espada. Se sonrojó y miró a su hermana—. Meredith, ayuda a Rose con sus cosas...
—Por supuesto —acató con presteza. Se escurrió con mucha prisa porque su hermano había cambiado de humor al verla tan cerca de Foster.
—Lord Nottingham...
—No me ofenda y cálmese. Esto es escandaloso. —Él señaló a Foster hacia la parte baja de su cuerpo.
Lord Earl recién se había percatado de que estaba más rígido que un mástil. Por respeto se apresuró a sentarse y respirar, aunque no hacía falta que hiciera mucho esfuerzo, ver el rostro escandalizado de su cuñado al notarlo endurecido, era suficiente para sofocar cualquier idilio.
—Lo lamento mucho —se disculpó lleno de vergüenza—. Le juro que es la primera vez que me ocurre algo semejante.
—No quiero mentiras. Es mejor que omita cualquier asunto que nos conduzca a esa barbaridad. —Spencer suspiró—. Pensaba que Meredith podía ir con usted, pero no creo que sea de fiar.
—Le prometo que no le tocaré uno solo de sus rubios cabellos en el trayecto si va conmigo...
—Mmm... —rumió el conde de Nottingham al pasar por su mente un castigo para el seductor incomprendido—. Está bien, pero con una condición...
—¿Cuál es esa condición? —preguntó Foster, dudoso.
En la planta alta, la señorita Harting no dejaba de dar órdenes a diestro y siniestro. Los criados de la mansión se movían de un lado al otro para buscar los baúles de las niñas, mientras que Meredith ayudaba a Rose que era muy lenta para escoger qué prendas debería llevarse.
—¡Por el amor de Dios, tienes catorce años, Rose! —acusó Meredith, impaciente.
—Es que no sé si se me antojará andar a caballo. ¿Cuántos trajes de montar necesito? —curioseó su hermana—. ¡Los zapatos, los zapatos! ¿Crees que debo llevarme un par de joyas?
La joven cerró los ojos y cogió todo lo que encontró para meterlo en el baúl.
—El baúl está listo —espetó mostrándoselo a Rose que era muy indecisa.
—¡Pero faltan los zapatos!
Quería bajar los brazos con esa hermana suya tan impertinente, pero tenía la orden de ayudarla y por eso debía ser paciente con ella.
Una vez que lograron colocar todo en los baúles, las niñas bajaron en fila y fueron hacia los carruajes.
—Meredith, tú irás con tu prometido —mandó Spencer, señalándole el carruaje de Foster.
—Sí, Spencer. —Ella no podía creer la generosidad de su hermano al dejarla ir con él. Cuando llegó hasta el conde, él tenía el rostro enfurruñado—. Quite esa cara, iré con usted.
—Es lo único bueno de este viaje. ¿Cuánto tiempo cree que durará? —replicó enfadado.
—Un par de horas, ¿por qué?
—Milord, debe hacer espacio para nosotras —dijo Eugenia.
—¡Iremos con ustedes! —exclamaron Fanny y Eugenia al unísono.