Capítulo 22
La emoción embargaba el pecho de la joven. Meredith acercó sus ojos a la piedra y quiso coger el anillo, pero se detuvo.
—¿No lo colocará en mi dedo? —preguntó Meredith.
—Si me autoriza a tocar su mano, por supuesto que se lo colocaré...
Meredith lo miró con desconfianza y prefirió tomar el anillo y colocarlo ella misma en su dedo.
—Es hermoso, lord Earl...
—Sé que soy hermoso —replicó Foster ante las palabras de Meredith.
—No, no me refiero a usted, sino al anillo.
—También es hermoso como yo. ¿Acaso no cree que merezca un beso, milady? He comprado un precioso anillo para adornarla y que todos sepan que, pese a su infortunio conmigo, también es afortunada.
—Le he dicho que eso es escandaloso, milord... —protestó sonrojada.
Él no cogió la mano de Meredith, pero la tomó del antebrazo para acercarla a su cuerpo.
—Insistiré una vez más. Como le he dicho antes, me encantaría llevar a cabo todas las fantasías escritas por lady Kirby. Es un tanto indecente, pero ¿no cree que sería interesante?
Al sentir que él la arrimaba a su figura, ella colocó las manos en el pecho de Foster como si quisiera alejarlo, aunque en realidad se estaba recostando para evitar que sus pechos tocaran el torso del conde.
Meredith alzó la mirada y lo vio descendiendo hacia sus labios.
Estaba dispuesta a besarlo, esa era una gratificación instantánea; sin embargo, vio que la puerta se entreabría y después las cortinas se movían.
Ella sabía lo que eso significaba: no estaban solos.
Entonces, ella se alejó y le dio la espalda para continuar su camino.
Él quedó un poco sorprendido por el rechazo. No esperaba que ella lo dejara pendiente e ilusionado.
—¿Milady...?
—Siga caminando, milord. Ya hemos visto mucho de la galería familiar —dijo Meredith, deteniéndose por un instante para luego continuar y abrir la puerta que los llevaba hacia otro lugar de la residencia.
Cuando ambos cruzaron el umbral y cerraron la abertura, ella le sonrió al conde—.
Si quería privacidad ahí no la tendríamos. Solo escuche...
Ella colocó su oreja en la puerta y lo instó a hacer lo mismo.
Foster se sentía ridículo emulando lo que hacía la joven, pero de repente comenzó a escuchar gente correr, cuchicheos y risas.
—¿Las oye? —indagó Meredith con diversión en su tono.
—Supongo que son sus hermanas, ¿verdad?
—Por supuesto. Antes espiábamos a todos, visita por visita. ¿Qué hacen cinco niñas aburridas con una institutriz que no da abasto?
—Compadezco la poca privacidad de su hermano.
—Se están acercando, corra conmigo...
—¿Qué?
—¡Que corra conmigo!
Sin darse cuenta, Meredith lo tomó de la mano izquierda y tiró de él como si se tratara de una de sus hermanas. Pasó por otras dependencias de la casa para terminar ambos escondidos en el jardín, en algo que parecía una cueva construida entre las matas.
El conde miraba la mano de la joven que no soltaba la suya y se sorprendió que no se diera cuenta. Al fijarse en su rostro la vio agitada, pero sonriente. Era evidente que se estaba divirtiendo al esconderse de sus hermanas.
—Aquí no nos encontrarán, al menos no tan pronto —comentó sentándose entre unas hojas secas.
—¿Se ha dado cuenta de que tomó mi mano y aún la tiene sujeta? —preguntó Foster con una sonrisa lobuna.
Meredith miró la mano de ella que estaba unida a la de él e intentó soltarse, pero Foster se lo impidió.
De un momento a otro ella ya lo tenía frente a su boca y después pegado a sus labios.
El conde no había perdido el tiempo. Había insistido para ese beso y ahí lo tenía, mojando sus copos de algodón con la humedad de su boca.
No había podido contenerse más. La excitación de la huida lo había volcado por completo para apoderarse de esa divertida joven que estaba junto a él.
No la había imaginado siendo tan jovial y le gustaba.
También le agradaba que ella le correspondiera ese beso con la misma avidez con la que se lo daba.
Cada instante que pasaba a su lado lo convencía de que lady Meredith Fane era la mujer que esperaba.
Podría estar apresurándose; no obstante, comenzaba a disfrutar de su compañía.
Él subió la intensidad del beso y con eso fue recostando lentamente a Meredith entre las hojas para terminar colocándose sobre ella y casi aplastar su figura. Lo único que impedía eso era su codo, que soportaba el peso de su cuerpo. Foster estaba perdido en el deleite y la colaboración de Meredith.
—Esto sí es digno para que nos obliguen a casarnos —comentó dejando respirar a Meredith.
—Milord... —Ella no podía decir nada, estaba agitada, emocionada y más que entregada a la atención que le daba el caballero—. Deberíamos regresar...
—Sospecho que sus hermanas son como sabuesos, nos encontrarán.
Además, no hay nada que temer. Estamos comprometidos y usted comienza a agradarme más de lo que debería.
Es probable que ya no quiera que sufra lo que sufro, sino que goce lo que gozo.
—Él prefirió seguir besando a Meredith, pero ya no en la boca, quería probar su piel, por lo que deslizó sus labios por el cuello de la joven.
La joven gimió por la sensación tan placentera que recorría su piel.
Ella no podía controlar lo que ocurría dentro de su cuerpo y de su mente, solo sabía que estaba encantada con las atenciones de lord Earl, por más que le diera vergüenza admitir tal cosa.
Él siempre buscaba un acercamiento bueno o malo, pero era un acercamiento, a fin de cuentas.
Esos besos que recibía en su cuello le hacían cambiar de opinión sobre el caballero que la besaba.
Ya no creía que Imogen había sido bien tratada, pues Meredith no era bien tratada, era bien atendida por Foster.
El matrimonio había dejado de ser una horrible pesadilla para convertirse en una ilusión.
Cuando los dos cooperaban podían ser felices, aunque si deseaban hacerse daño, las cosas serían sangrientas.
Como le había dicho su hermana, era mejor mantener la paz por medio de un buen trato para conseguir la felicidad.
***
Dentro de la casa, los caballeros seguían conversando en la biblioteca.
—Parece que lord Earl se está acostumbrando a la idea de que se convertirá en parte de esta familia, se ha acomodado antes que el duque —dijo lord Sharp.
—No me haga hablar, lord Sharp, no me agrada su exceso de confianza con mi madre —masculló el duque.
—Confío en que Meredith logrará alcanzar la felicidad con este caballero. Al menos eso espero —declaró Spencer.
—¿Cuándo le dirás a Meredith que su prometido es cuñado del sinvergüenza que quiso engatusarla? —indagó William que sorbió un poco de líquido de su copa.
—Considero que eso deberíamos mantenerlo a discreción.
Meredith tendrá que soportarlo, además, ya no habrá nada que hacer por parte de ese desgraciado.
Lo que a mí me interesa es que lord Earl no lo sepa, es un hombre muy sensible, y si sospecha que Meredith pudo causar discordia en el matrimonio de su hermana, eso traerá desgracias.
Prefiero que ninguno de los dos sepa nada.
Ya arruiné una vez la existencia de mi hermana, no lo volveré a hacer.
—Meredith es inteligente, no dirá algo inconveniente. Solo hay que esperar que se enamore de este caballero para que no reaccione ante lo que lord Abingdon pueda hacer —razonó Albert.
La puerta de la biblioteca era golpeada con insistencia. Spencer acercó el oído a la madera y se propuso escuchar. Sus hermanas estaban haciendo alboroto en el pasillo. Entreabrió la puerta y las miró reprobando lo que hacían.
—¿A qué han venido? —increpó.
—Meredith se ha escondido con lord Earl —contó Fanny antes de que hablara Eugenia, que parecía estallar por desear hablar.
—¿Alguien se les ha escapado a ustedes? No puedo creerlo. Ustedes son como sabuesos del infierno persiguiendo cotilleos.
—Milord iba a besarla... Nosotros lo vimos. También ella tenía un gran anillo en su dedo —siguió Rose.
—Esas son buenas noticias. Excelentes, por cierto.
—¿No vas a defender a nuestra hermana de alguien que no la tolera? —interrogó Eugenia, enfadada.
—No. Si ella se escondió para agradecer el anillo me parece bien. Están comprometidos y ya han sido escandalizados por todo Londres, se casan en un par de semanas —justificó Spencer que quiso cerrar la puerta, pero Eugenia lo impidió con sus delicadas manos.
—Es nuestra hermana, deberías preocuparte por lo poco que pueda quedar de dignidad. Recuerda que eso del periódico eran mentiras —espetó la niña antes de retirarse con las otras.
Cuando él se fijó en los rostros que estaban dentro de la biblioteca, supuso que debería hacer algo.
—Odio darle la razón a una niña y más a Eugenia.
Lord Earl es un libertino. Es como una serpiente que se enrosca por la figura de una bella ratoncita a la que pusimos frente a él.
Es mejor que honren al matrimonio y den el buen ejemplo a las menores.
Si no haces algo, te prometo que Eugenia será la primera en tener comportamientos libertinos porque eres persuasivo, cuñado —opinó el duque.
—Apoyo la moción de mi detractor —musitó lord Sharp.
—Te dije que Eugenia era de temer, ¿te conté que hace dos años me cambió por lord Felton? —indagó William.
Spencer suspiró y se acercó a la ventana.
—¡Meredith, a la casa en este mismo instante! —vociferó, esperando ver algún movimiento.
Entre las matas, Meredith oyó su nombre y empujó a lord Earl.
—¡Es Spencer! —exclamó asustada.
—No pasará nada... —Foster quiso regresar al cuello de la jovencita, pero esta lo detuvo.
—Le dije que no era correcto. Ha sido placentero, lo admito, pero esperaremos al matrimonio. Salgamos —pidió.
A Foster no le agradaba que le hubieran cortado la inspiración de esa forma, aunque si continuaba por ese camino, quizá no pudiera detenerse hasta persuadir a la deliciosa y virginal criatura, que era su prometida, para que se entregara a él.
Comenzaba a cuestionarse, ¿desde cuándo se le hacía atractiva una jovencita virgen que sabía que no le daría el placer que esperaba por su deber de cuidarla?
Además, siendo una joven de cuna, quizá su institutriz le diera las clásicas órdenes de quedarse quieta o de subir la falda, como si solo se tratara de aparearse para tener hijos.
Él buscaba más que eso, le apetecía el placer de juntar su cuerpo con el de otra persona. Esa era la esencia del sexo.
—Ponga su antebrazo y yo lo tomaré para que podamos caminar como si nada hubiera pasado... —dijo Meredith sacudiendo sus prendas.
—Es que nada ha ocurrido; nada de lo que dijo lady Kirby para mi desasosiego, pero haré lo posible por esperar al matrimonio. Usted debería dejar de tentarme.
—¿Tentarlo? Ni siquiera sé que es esa palabra.
—Invitarme a fugarnos ha sido un aliciente para la locura. A los libertinos nos agradan estos juegos.
—No sea atrevido, milord. Ahora camine...
Los dos comenzaron a caminar, mientras que Foster intentaba seguir conversando sobre cosas que los mantuvieran interesados, Meredith trataba de no morir de la vergüenza al escuchar al conde hablar sobre sus particulares gustos de libertino. Pese a la vergüenza que sentía, también se divertía.
—Les aconsejo que mejor vuelvan a la casa y no anden dando un pésimo ejemplo —ordenó Spencer al verlo caminar por el jardín. La luz de la luna lo había ayudado a distinguirlos.
—Nuestras hermanas me molestaban y por eso nos escondimos aquí —alegó Meredith esperando que su hermano le creyera.
Los ojos de Spencer recorrían a los dos esperando ver alguna señal de que habían hecho alguna tontería.
—Regresen, queremos ver el anillo del que hablan las otras —mandó lord Nottingham.
—Sí, Spencer —acató la joven que por dentro se sentía aliviada, se habían zafado de la situación.
Lord Nottingham los vio irse y distinguió que ambos estaban llenos de hojas en el cabello y su hermana las tenía en la espalda. Eso solo le daba cuerda para los malos pensamientos, pero no perdería la compostura.
Foster y Meredith entraron a la casa y ahí los esperaban las damas y las niñas, expectantes, por ver la valiosa piedra que ella llevaba en el dedo.
Las felicitaciones para Foster y su buen gusto no se hicieron esperar. Aquellas personas sí sabían cómo hacer sentir muy bien a alguien. Esperaba no arrepentirse con el tiempo de unirse a esa familia.