Capítulo 21
Foster comenzó a saludar a todos los asistentes, a veces pensaba que nunca acabaría.
El duque de Salisbury lo miraba como si se tratara de una molestia en su camino, al igual que la hermana más pequeña de su prometida.
Lord Nottingham se esmeraba para que él se sintiera como en casa y las damas le hablaban con educación.
El marqués de Asthon solo hablaba y se burlaba de las niñas que todavía seguían solteras y de que Foster estaba próximo a entrar en un pequeño infierno.
—Milady, he traído algo para usted y para sus hermanas —murmuró el conde de Earl cerca del oído de Meredith, pues era difícil ser escuchado entre tanto cuchicheo.
—Le diré a mis hermanas que ha traído algo, quizá con eso se gane el corazón de alguna —expresó Meredith. A ella siempre le emocionaban los presentes. No importaba la edad que tuviera, ella amaba lo que cayera en sus manos.
Se levantó y fue juntó a sus hermanas para hablar con ellas.
—Lord Earl ha traído presentes para todas —anunció con una sonrisa.
—¿Piensa que puede comprarnos después de que ha sido desagradable contigo, Meredith? —increpó Eugenia.
—Deben comprenderlo o al menos hacer un esfuerzo. No es fácil casarse con una desconocida, para mí tampoco es sencillo este asunto, pero ayer hablamos y...
—¿Estás enamorada, Meredith? —interpeló Rose, emocionada.
Los ojos azules de su hermana le exigían que respondiera con un sí, pero ella no podía mentir, no estaba enamorada.
—No, no conozco a milord, pero tal vez cuando nos casemos todo sea distinto.
—¿Entonces serás la primera que no se casará por amor? —inquirió Fanny.
—Es probable, pero a ustedes no tiene por qué pasarles lo mismo, ¿está bien? —Ella miró hacia su prometido y con una mirada le pidió que se acercara a ellas.
El conde miró a Meredith que lo llamaba con un gesto de sus cejas. Era simpática cuando convivía con sus hermanas que eran tan iguales a ella.
—Mis ladies, lady Meredith me ha sugerido que, si quiero ganarme la confianza de sus hermanas, puedo traerles un presente. Aquí tengo algo para cada una de ustedes.
—No crea que puede comprar nuestro afecto con baratijas... —alegó Eugenia, maliciosa.
Foster parecía estar preparado para los exquisitos paladares de las hermanas Fane.
—He traído cosas iguales para las tres. —A cada una de ellas les entregó una pequeña bolsa de terciopelo.
Cada una de ellas abrió su bolsita. Fanny y Rose quedaron sin palabras al ver que cada una tenía una pulsera de diamantes, mientras que Eugenia miró al prometido de Meredith.
—Puede que me agrade un poco después de todo... —declaró levantando una ceja antes de intentar colocarse la pulsera.
—Me alegro, ¿la ayudo, milady? —preguntó Foster, sonriente.
Meredith veía como sus hermanas estaban sonrientes, de hecho, ella se encontraba esperando un obsequio como el de sus hermanas, pero al parecer lord Earl se había olvidado de ella.
—Es malo consentir a mis hermanas con algo tan caro —manifestó Meredith.
—Unos diamantes son poco para unas jovencitas tan bonitas y que aspiran a mucho.
—¡Diamantes! Ya no sé si quiero ser duquesa o tener un esposo rico que me llene de joyas. Me debato entre el poder y la opulencia —dijo Eugenia que fue a enseñarle la joya al resto de su familia.
El duque de Salisbury miró con desaprobación el obsequio e hizo un gesto con la cabeza. Al parecer era una persona tacaña al no regalar diamantes a sus cuñadas.
—Me avergüenzas, Eugenia, con que encuentres a un incauto que se case contigo estará todo perfecto —resolvió Spencer.
La noche estaba siendo amena para todos y Foster ya no se sentía del todo incómodo.
El ambiente había cambiado y todo le resultaba muy familiar.
Le agradaba la algarabía con la que se movía la familia Fane.
Sabía que al casarse con Meredith también lo haría con las personas que estaban a su alrededor.
Meredith estaba feliz en esa noche, aunque un poco triste porque no tenía un obsequio; sin embargo, lord Earl le había dicho que tenía uno.
—Su familia comienza a agradarme, quizá más que usted, milady —habló Foster, burlón.
—Al menos no parecerá una horrible obligación casarse conmigo, aunque sabemos que sí lo es. Pese a lo que ha ocurrido, creo que podríamos llevarnos bien cuando nos casemos.
—Opino lo mismo. ¿Qué hará más tarde? Vi el pianoforte, ¿puede demostrarme sus habilidades para asegurarme de que permanezca ese instrumento en casa y que al final no resulte en un instrumento de tortura para mí?
—Mi hermano ya tiene las actividades previstas para esta noche. Los caballeros jugarán, beberán y fumarán lejos de nosotras, salvo que desee que nos conozcamos más.
—Hablaré con él para que me conceda unos cambios en su rutina de hoy.
Ella le sonrió al joven y después devolvió su atención a la cena.
Meredith aún no podía creer cómo cambiaba tan rápido su percepción de su prometido.
En su casa era un hombre educado, grácil, caballeroso e inteligente; sin embargo, un día antes había sido el mismísimo diablo.
Tal vez eso era de temer, que fuera tan cambiante.
Tanto él como ella habían cambiado. La conversación de la noche anterior había sido necesaria para aclarar algunas cosas.
Hasta el momento ella estaba cumpliendo con exactitud con lo que había previsto como actitud: devolver la misma cortesía.
Si él era malvado, ella también lo sería y viceversa.
Al acabar la cena, los caballeros fueron a la biblioteca. Spencer invitó a su futuro cuñado para conversar con sus amistades e integrarlo al círculo. Él consideraba que eso ayudaría a que el matrimonio entre el conde y Meredith no pesara tanto sobre sus hombros.
—Lord Earl, considero algo arriesgado los obsequios que le ha traído a las niñas. Usted no sabe cómo son ellas cuando comienzan a recibirlos. Cada vez pedirán más cosas —advirtió William, el marqués de Asthon.
—Es comprensible su advertencia y en realidad lo agradezco.
Estoy intentando tomar este matrimonio como algo inevitable, pero que desde ningún punto de vista debería pensar que será desagradable.
Lo que deseaba pedirle a lord Nottingham es que me deje escuchar las habilidades de lady Meredith Fane antes de creer que no puedo arrepentirme.
—Entonces lo liberaré y usted podrá ir junto a las damas. Me alegra escuchar que ha abierto su mente. Vaya y conozca a Meredith.
—Y es mejor que se conozcan a solas, ya no hay mucha reputación que cuidar —alegó Albert con una sonrisa lobuna.
Foster agradeció la confianza de lord Nottingham quedándose un tiempo más en la biblioteca para después ir al salón en el que estaban las damas.
—Disculpen que las interrumpa —dijo al ver a todas las damas reunidas en ese lugar.
La duquesa viuda y la actual duquesa jugaban al ajedrez, mientras que su prometida, sus demás hermanas, lady Nottingham y la marquesa de Asthon jugaban a las cartas y bebían a sorbos sus copas de jerez, incluso veía a la más pequeña con una copa que esperaba que Dios quisiera que solo tuviera esa cantidad y que no se hubiera bebido más de la mitad—.
Estimada futura cuñada... Me refiero a la menor —señaló a Eugenia—, no debería beber aún.
—No debería meterse en mis asuntos. Practico beber porque la señorita Harting dice que no debo parecerme a mi hermana Meredith que no sabe tomar alcohol, entonces desea que me acostumbre lo más pronto posible...
Meredith abanicó su rostro con las cartas, se sentía desfallecer.
—Me parece razonable. No lo había pensado de esa manera, le recomiendo que continúe o puede que si no lo hace termine comprometida con la persona equivocada —concedió y después miró a su prometida que estaba tan colorada como un tomate—.
Vine a pedirle, milady, si puede ejecutar el pianoforte para mí.
Ella entregó sus cartas a Victoria y se levantó del sillón para ir hacia su prometido.
—Gracias por recordarme la razón por la que estamos comprometidos, milord. Cualquier encanto se ha desvanecido —masculló Meredith que caminó hacia el pianoforte, luego se sentó en el banco.
Foster siguió a la joven que estaba enfurruñada.
—Puede aceptar la verdad y acatar esto o tapar el sol con un dedo y creer que se casa porque me adora. Lo que usted piense de todas formas la llevará a un lugar: al altar conmigo.
La joven levantó la tapa del pianoforte, hizo un mohín con la boca y después miró a su prometido con el ceño fruncido, todavía recordaba que le debía un obsequio. Era ofensivo decir algo y no cumplirlo, solo que no quería decir nada.
—Lo sé, y estoy tan resignada, solo que intento sobrellevar la situación tratando de empezar. Para mí es como si lo hubiera conocido ayer.
—No está lejos de la verdad.
Ella comenzó con su primera pieza musical y él se quedó a su lado oyendo, deleitando sus sentidos con una impecable interpretación.
Cuando la miraba, la percibía hermosa, aunque era como pólvora junto al fuego, pero eso le daba emoción a la vida.
Podía imaginar que quizá ella también fuera fogosa en la cama.
Ante ese pensamiento salvaje, Foster sonrió y colocó su mano en su levita, ahí sintió que tenía el anillo que debía entregarle y que aún no podía.
—Aquí tengo lo que le había dicho que traje para usted... —comentó.
—Ajá. Pensé que lo había olvidado. Es de mala costumbre ofrecer obsequios y no darlos —reprochó Meredith que no se desvió sus ojos del teclado.
—¿Está enfadada por eso?
—¿No puedo enfadarme? Para nosotras los presentes son importantes.
—Lo siento, es que este obsequio prefería darlo en privado, quizá en compañía de algún beso...
Los dedos de Meredith casi desafinaron la perfección de su trabajo al escuchar aquello.
El calor le había subido hasta las mejillas, enrojeciéndolas.
¿Besarlo? Eso era tan tentador que no podía caer en algo semejante.
El primer beso que se habían dado había sido placentero, pero eso sería darle rienda suelta a un libertino.
—Eso es indecente... —mencionó avergonzada.
—Nada en este mundo superará las indecencias que hemos hecho en la curiosa mente de lady Kirby.
Nunca antes consideré posible desear la fantasía ajena más que la mía.
Su creatividad me ha dejado perplejo, aunque imaginativo.
Su hermano me ha insinuado que no nos molestará si queremos ir solos a algún lugar...
—No me escandalice, milord. ¿Puede abanicarme?
El conde no dejaba de sonreír. Este juego de conseguir un beso comenzaba a ponerse divertido. Ella se negaba y él insistía, la ganancia superaba la pérdida que podía acarrear el acercamiento.
—¿Quiere su obsequio? —inquirió con malicia, aunque de manera juguetona.
—Por supuesto, milord. ¿Es una pulsera como la de mis hermanas? He quedado fascinada con el detalle para ellas. Le agradecería que fuera igual.
—Me apena decirle que no es igual. —Él vio el rostro de decepción en la joven y notó un atisbo de molestia en su boca—. Es mucho mejor, más valioso y más bonito. Cuando estemos casados puedo darle esa clase de joyas pequeñas...
Al acabar la pieza, ella se levantó y se paró frente a él, colocando su mano para que le entregara lo que tenía para ella. Moría de ansiedad por saber lo que era.
—No puedo tocar su mano, son sus reglas, milady. Si me lleva a un lugar más privado podríamos negociar la entrega de la joya...
Como si se tratara de un toro, Meredith exhaló aire por la nariz, miró hacia su familia que parecía distraída con los juegos y después dirigió sus ojos a Foster.
—La galería está libre... —Ella emprendió el camino hacia allí y el conde la siguió de cerca.
Su compañera abrió una puerta doble que los llevaba por un ancho pasillo lleno de retratos familiares.
El lugar estaba iluminado por lámparas en varios sitios.
Foster observó la pintura más grande y comenzó a contar cabezas.
Un lord Nottingham mucho más joven y cinco niñas.
La más pequeña en el regazo de la más grande.
—Es una bella pintura familiar... —halagó Foster.
Meredith miró hacia donde él lo hacía y detuvo su caminata.
—Mi padre quiso que todos estuviéramos. Creo que fue la última vez que vi a Spencer antes de que mi padre muriera. Llevaba un par de años sin visitarnos, él no estaba de acuerdo con que nuestro padre siguiera contrayendo matrimonio de esa manera. Al menos murió sin su quinta esposa.
—¿Todos tienen diferentes madres?
—Sí. Spencer es hijo del primer matrimonio, Kitty y yo del segundo, Fanny del tercero y Rose y Eugenia del cuarto.
—Vaya producción de problemas que ha tenido su padre. Es una encomienda difícil casarlas a todas. —Él quitó el anillo de su levita y se lo enseñó a Meredith—. No encontré nada que me agradara entre las joyas de mi familia, pedí que hicieran una especialmente para usted. Espero que sea de su agrado.
Los ojos azules de Meredith estaban perdidos en la joya. Tenía una piedra que podría dejarla ciega por el tamaño y por el brillo.