Capítulo 20
Lord Earl acompañó a Meredith hasta el encuentro con su hermano y se retiraron juntos hasta la residencia de los Fane, ahí él buscó su carruaje y subió para emprender el regreso a su casa.
En medio de su viaje observaba las calles casi desiertas, con algunas lámparas de la calle todavía encendidas.
Estar recorriendo de esa manera lo llevaba a los momentos de paz en los que visitaba a su amante de turno, cuando solo tenía que preocuparse por él, pero las cosas habían cambiado en los últimos meses, tanto, que tenía más problemas que soluciones.
Al llegar a su residencia, vio a su ayuda de cámara esperándolo, dispuesto a comenzar a dejarlo con pocas prendas para dormir.
—¿Cómo le ha ido esta noche, milord? —interrogó su criado.
—Para mi sorpresa, muy bien. Lady Meredith no es una malvada criatura, aunque tiene esas características que podrían hacer que cualquiera se confundiera.
—Esa es una excelente noticia.
—Tiene una conversación amena cuando no la ataco de alguna manera. Me vi obligado a pedirle disculpas por un evento desafortunado. Sabes que me duele perder a Helena y fui con tanta rabia a atacar a milady, que apreté su mano con fuerza...
—¿Cómo pudo hacer tal estupidez, milord? —indagó Clay, que tenía mucha confianza con el conde para hablarle de esa manera.
—No medí las consecuencias de mis actos.
Ahora ella me tiene miedo y yo también. Por un segundo me vi siendo como el asqueroso de mi cuñado y eso me abrió los ojos para no ser así.
Mis deseos de venganza se han reducido bastante.
Hoy supe más cosas de ella y quizá hasta termine empatizando con el enemigo y, además, con cierta curiosidad por algo que me ha contado.
—Las damas misteriosas siempre son atractivas. Debió dejarlo con una duda para mantenerlo interesado.
—No lo creo, considero que le da vergüenza contar lo que le ha ocurrido con detalles. Yo tampoco le he contado nada de Helena y de mis negocios. Prefiero que todo eso se mantenga en secreto.
—¿Cree que estando casado podrá mantener el secreto de sus negocios? Sobre su amante creo que todo está cerrado.
—Por supuesto. Mi esposa no necesitará entrar a mi despacho. Ella tendrá su salón del té, el de música y el invernadero, ¿qué más puede pedir?
—Tal vez pueda pedir su anillo de compromiso. Supongo que se da cuenta de que está atrasado con la entrega de esa joya.
—Gracias por ayudarme a recordar algo que no tenía en cuenta. Debo ver si las joyas están en condiciones de ser entregadas. Tal vez les falta alguna limpieza.
—Debe escoger entre los anillos de compromiso que tiene.
—Solo hay tres y debo considerar cuál se le parece más a ella.
—No será difícil, ¿no es así? Busque la más bonita o tal vez la más valiosa.
—No creo que sea algo difícil escoger un anillo para ella.
Tampoco me quemaré las pestañas por consentirla, por lástima será mi esposa y ante la resignación buscaré un poco de diversión con ella.
En verdad es bella, viene de una buena familia en donde no hay una sola imperfección, ni siquiera el hermano es impertinente.
Después de que su criado terminara de acondicionarlo para dormir, él se había quedado dormido con prontitud. Se sentía menos presionado que días atrás y eso lo ayudaba en un mejor descanso.
Al día siguiente, después del desayuno, Foster buscó los anillos de la familia y los colocó sobre su escritorio en el despacho.
Todos estaban bien ordenados. Ahí no solo estaban los anillos que se consideraban de compromiso, sino que también estaban las alianzas antiguas y otros anillos que eran ostentosos y que estaban en el linaje por generaciones.
No se deshizo de ninguna en la crisis que habían tenido.
Esas joyas eran importantes, pertenecían a la fortuna y al legado familiar.
Tanto él como el ama de llaves y el ayuda de cámara, miraban con interés cada una de ellas.
En un primer instante, Foster creyó que escoger un anillo no sería una encomienda difícil, pero sentía que entre los anillos de compromiso ninguno se asemejaba a Meredith. Había imaginado a lady Kirby con alguno de ellos de tan repugnantes que le parecían.
—Bien, no puedo escoger, ¿alguien tiene alguna sugerencia? —preguntó a sus sirvientes.
—Milord, ¿no cree que ese rubí es ostentoso y elegante? —interpeló la criada.
Cogió ese anillo y lo observó.
—Este anillo es para la pezuña de algún animal. Los dedos de milady son largos y delgados, estos son para elefantes, ni siquiera me aprieta y yo tengo dedos anchos.
—¿Y la esmeralda? No es pretenciosa, pero le gana la elegancia —musitó su ayuda.
—No, no me gusta. Es la hermana de un conde, amiga de un marqués, cuñada de un duque y apreciada por otro conde. No puedo darle una baratija como esa. Tengo pendiente que muchos ojos estarán mirándome esta noche, no puedo ir con algo que sea absurdo y común.
—Entonces puede coger su fortuna y arrojarla en un anillo en el artesano —sugirió el ama de llaves, burlona.
—No es una mala idea. Agrandaré la colección de anillos cuando ella muera. Será más dinero para mis herederos. He considerado un gran topacio con diamantes, algo que los impresione.
—A quien debe impresionar es a milady, milord —le recordó Clay.
—No, no. Ella es alguien que no ostenta demasiado, es más bien una joven austera por lo que he visto. Sus joyas son sencillas, no busca demostrar que le sobra dinero, eso solo lo sabrán quienes se acerquen al hermano. Los que me condenan son sus familiares, por eso quiero impresionarlos.
—Buen argumento, milord. ¿Desea que lo acompañe o irá solo a completar su hazaña? —curioseó el sirviente.
—Me acompañarás, Clay. También debo escoger algunos presentes para las hermanas de milady. Ella me ha dicho que debo congraciarme con sus hermanas.
—Me parece que usted no se casará solo con la joven, sino que también lo hará con toda esa familia.
—Y la familia política, Clay, no lo olvides.
***
En la residencia de lord Nottingham los asistentes esperaban al prometido de Meredith para que se uniera a ellos en la cena. La iniciativa de Victoria era que, por medio de la convivencia, lord Earl entendiera que no podía tratar mal a nadie y menos a la que sería su esposa.
En la habitación de Meredith, Helen terminaba de acondicionarle el cabello ante la atenta mirada de sus tres hermanas solteras.
—La arreglas demasiado para un desvergonzado, Helen —declaró Eugenia, molesta—. Yo no quiero que te cases con él.
—Si ella no se casa, ninguna de nosotras lo hará, ¿no es fácil entender la razón por la que Meredith se casará? —preguntó Fanny.
—Tú ni siquiera te casarás porque no eres mujer —replicó la menor, maliciosa—. Como le dije a Meredith, yo puedo casarme con cualquiera. De hecho, me arrojarán a las fauces del primero que venga a pedir mi mano.
—Spencer no te haría eso. Luchará por nosotras. Es una lástima que Meredith tenga que sacrificarse por todas —declaró Rose con cierta melancolía.
—Antes de ponerse felices, tristes o molestas por mi sacrificio, sepan que esto es así. A veces las cosas no salen como esperamos —habló Meredith escuchando a sus hermanas.
—A las jovencitas que sobornan a sus hermanitas para que no cuenten sus secretos, es evidente que no les irá bien y menos cuando ese secreto involucra a un caballero... —declaró Eugenia con suficiencia.
—Pensé que eran suficientes mis raciones de dulces, Eugenia. Eres una estafadora —masculló Meredith, ofendida.
—Esas para el gato Clauss, pero faltaba la mía, ¿quieres que mi precioso sea delgado como un violín? Menos mal que pronto dejas la casa y tu ración irá para mí.
—¡Pequeña...! —Meredith le arrojó su peine hacia la cabeza de su hermana pequeña, pero esta la esquivó con gran éxito y comenzó a correr para que no le tiraran algo más.
Fanny y Rose comenzaron a desternillarse de la risa, ya era hora de que alguien le pusiera un límite a Eugenia, que se creía que por ser la última tenía el derecho de tratar como quisiera a las demás y salir impune.
Meredith estaba segura de que sus hermanas la avergonzarían frente a lord Earl, no era algo que debiera importarle, tendría que sufrir como Kitty, pero en el caso de su cuñado, él las soporta por amor eterno y verdadero a su hermana.
En cambio, todos sabían que su prometido se casaría con ella por obligación.
Nada más que una penosa obligación los unía.
—Bajemos juntas —pidió Meredith a sus hermanas que todavía estaban con ella.
—¿Tu prometido es amable? —indagó Rose.
—Yo quiero saber si es atractivo. Tengo dieciséis y estoy segura de que puedo distinguir a un hombre feo de uno que no lo es —pronunció Fanny.
—¿Cómo sabes si un hombre es atractivo y cuándo no? —inquirió la penúltima hermana con curiosidad—. Yo entiendo que si es duque es guapo y si es un barón es feo...
—Qué tonterías dicen —reprochó Meredith, divertida. Sus hermanas siempre encontraban alguna tontería para distraerse.
—Rose prefiere ver el bolsillo de los caballeros, mientras que a mí me atraen sus facciones —contó Fanny.
—Lo que importa es el dinero que puedan tener para mantenernos, ¿o no? Eso demuestra lo atractivos que son. No desperdiciaré la buena educación y concesiones que nos ha hecho nuestro hermano. Spencer merece que busquemos buenos esposos.
—En parte las dos tienen razón —concedió Meredith—. Lo difícil es unir al atractivo con el adinerado. Kitty decía que los más bellos eran pobres y que los ricos no eran tan agraciados.
—¿Y ella cómo pudo pescar un duque atractivo, pero gruñón? —Rose no paraba de preguntar cosas.
—No lo sabemos, pero Spencer le llama milagro —replicó la joven que esperaba a su prometido.
En el salón no solo se encontraban sus familiares, sino que también habían sido invitados los marqueses y lord Sharp en compañía de la duquesa viuda.
—Te ves muy encantadora para ser una muchacha que se casará obligada. Yo me hubiera dejado el cabello con greñas —dijo Kitty al ver a su hermana.
—Las greñas hubieran sido espectaculares en comparación con cómo apareciste en mi propiedad. Se te veían las piernas... —recordó Albert, el esposo de Kitty.
—¿Su excelencia sufre de olvido crónico? —se mofó Kitty—. Te recuerdo que casi envían mis restos a mi hermano por un descuido al dejar escapar a los perritos que tenías encerrados.
—No volveré a quejarme de las piernas, son esbeltas...
—¿No han traído un perro escondido en carruaje? Quizá Meredith quiera recibir a lord Earl con uno de ellos —habló Spencer, socarrón.
—No estaría mal con el cuñado que tendremos —opinó Eugenia, que había conseguido agarrar a su gato en medio de su huida de la habitación de su hermana.
—El pobre no sabe lo que le espera, deseará que mis perros lo devoren con una lentitud agobiante antes que pertenecer a esta familia. Todavía está a tiempo de cambiar de opinión —musitó el duque.
—Albert, basta de decir tus pensamientos en voz alta. No asustarás a mis hermanas, más bien te pones en ridículo —reprendió Kitty.
Los asistentes escucharon el sonido de la puerta.
Meredith dirigió sus ojos azules hacia Victoria, y esta le correspondió con una sonrisa para tranquilizarla. Nadie le arrojaría perros a él ni tampoco el otro desearía que lo devoraran.
—A comportarse si quieren casarse —ordenó lord Nottingham a sus hermanas.
Al entrar a la residencia, Foster distinguía varios aromas de perfumes.
Era bastante agradable, pero al adentrarse un poco más hasta el salón vio que incontables ojos lo escrutaban como si la mayoría lo desaprobara, incluso el gato lo miraba y tiraba sus orejas hacia atrás.
Él solo pudo entregarles una sonrisa. No podía dejarse intimidar de esa manera.
—Bienvenido, lord Earl. Me alegra que aceptara nuestra invitación para venir a cenar y conocer a todos los miembros de la familia —declaró Victoria, sonriente.
—Gracias por la invitación. Supongo que la mesa de esta casa cada vez tiene menos lugares vacíos —comentó a modo de ser agradable.
—Es una lástima que usted llenará uno de esos espacios —farfulló Eugenia entre risas.
—Disculpe a Eugenia, es nuestra media hermana, al menos la mitad buena —dijo Meredith con una reverencia. Estaba muy avergonzada por el comportamiento de Eugenia.