Capítulo 18
Mientras el conde e Imogen bailaban, Meredith los miraba. Ellos hasta hacían una hermosa pareja. Su amiga debería ser la prometida de ese hombre, a ella al menos la trataba con delicadeza.
—¿Cómo es posible que tú estés aquí y él ahí? —farfulló Kitty, molesta.
—No quiero bailar con él. No me trata bien...
—Si quisiera causar problemas, te diría que lo atacaras con el látigo de la indiferencia, pero eso no sirve. Los dos son indiferentes. Meredith, ¿quieres que tu vida sea un infierno?
—Lo será, Kitty. No espero mucho. Solo quiero ser una diablesa para darle su merecido. Yo he optado por devolver lo que recibo. No tengo nada que perder. No podré tener un hombre que me ame, ni una familia como la tuya o como la de nuestro hermano.
—No sé cómo consolarte, solo quiero que entiendas que puedes hacer algo más. Se requieren dos personas para pelear, si tú quieres una familia y quieres amor, lucha por conseguirlo. Lord Earl no puede ser tan malo.
—No es malvado con otros, es malvado conmigo. ¿Sabes que a él le agrada mucho Imogen y que a ella le agrada el conde?
—Entonces no deberías permitir que estén juntos por una cuestión de proteger lo que es tuyo.
—Él no es mío, ni quiero que lo sea. Todavía tengo esperanzas de que este compromiso no progrese. Suena ridículo, porque para que eso ocurra, todos deben olvidar lo que lady Kirby contó.
—No abrigues falsas expectativas, la decepción será grande cuando llegues al día de tu boda y lo veas ahí.
—Nunca entenderé qué hice mal en algún momento, por eso mi destino se torció. Lo tenía todo planeado con lord Abingdon...
—Pero él no era lo que decía ser. Era un sinvergüenza que quiso destruirte, pues sabes que el matrimonio es para toda la vida y él está casado.
Nunca hubiera podido cumplirte, porque para eso debería enviudar y nadie sabe cuándo una persona fallecerá, salvo que quisiera matarla, pero eso es descabellado.
Su hermana Kitty seguía hablándole, intentando persuadirla con que debería mantener relaciones de paz con su futuro esposo, pero él era quien no deseaba nada con ella, la odiaba tanto que no lo podía ocultar.
Meredith dejó a Kitty junto a su esposo y ella fue al jardín, a sentarse junto a la fuente que estaba cerca.
Ni siquiera podía beber porque lord Earl pensaba que, en lugar de tomar la bebida, la bebida la tomaría a ella.
Él tenía tantos malos conceptos sobre su persona que ni siquiera tenía ganas de cambiarlos.
Tampoco lograría algo distinto, tal vez un poco de aceptación.
—El jardín nunca es buen lugar para nadie —dijo Foster que se presentó frente a ella.
—¿Se ha divertido mucho? Imogen es una buena bailarina.
—Sí. Usted no debería negarse a bailar conmigo, al menos por apariencia. Debemos fingir que esto es algo deseado.
—Puedo colocar una sonrisa en mi cara, no tendría inconveniente con eso, pero bailar no. Para eso tendríamos que tocarnos y no quiero que toque mi mano otra vez. No permitiré que me haga daño.
—No le haré daño, usted es una dama, por más enfadado que esté, sería incapaz de levantarle una mano. No soy de pedir disculpas, odio hacerlo, aunque es necesario. Excúseme por haberme sobrepasado con mi fuerza.
—Tal como a usted no le importaron mis disculpas, a mí no me interesan las suyas.
A Foster le molestaba que Meredith respondiera dándole sus mismas respuestas de antes. Debía cuidar lo que decía porque en lugar de disparar hacia ella, se disparaba a sí mismo.
—Si no quiere perdonar, no puedo obligarla, pero le contaré algo.
Hace años atrás, a mi hermana la encontraron en una situación comprometedora con un caballero.
Solo que ese encuentro clandestino había sido acordado por ambos y, pese a haber tomado los recaudos necesarios, fueron descubiertos y obligados a casarse.
Meredith que no quería estar junto a su prometido, al escuchar esa historia se interesó, ya que se parecía mucho al caso de ellos.
—¿Y son felices? —curioseó Meredith.
—No. Mi hermana hizo que odiara mucho la idea de casarme. No quería hacerlo si viviría de una manera tan horrible como ella. No quiero una vida igual, por eso le prometo no volver a propasarme con usted.
—¿Qué ocurre en la vida de su hermana que lo tiene pensando de esa manera?
—Malos tratos y golpes. Ella ha caído en manos de alguien que la desprecia por obligarlo a casarse. Sé que no me he comportado de la mejor manera, pero no es algo que me convierta en un monstruo, solo hay que aceptarlo, aún no sé cuándo lo podré hacer.
En el fondo de su mente, ella no quería empatizar con el conde de Earl, mas él se abría ante ella para contarle su experiencia.
—Pero por si acaso, puede coger mi brazo, mi mano no está lista para sus momentos de poca aceptación —aseguró Meredith.
—Si puedo tocar su brazo, significa que puede caminar conmigo por el salón para cerrar bocas como espera su hermano por el bien de todos.
—Milord, todavía no he conocido a su hermana. ¿Su esposo no la deja salir?
—La conocerá en nuestro matrimonio. Ella se encuentra en compañía de su esposo en una propiedad rural. Están esperando su primer hijo después de mucho tiempo, cuando me digné a intervenir como haría alguien que se preocupa. No los puedo separar, pero puedo mejorar la vida de mi hermana.
—Sé que mi hermano no dejaría que nada me pasara. Somos como cinco castigos en su vida, pero a veces pienso que somos su tesoro por cómo nos cuida.
—Con cinco hermanas estaría muerto. Pocos son los que sobreviven a eso. Las finanzas de lord Nottingham deben ser difíciles. —Rio al decirlo.
—Él ha sido afortunado. Su esposa ha sido de utilidad para sus arcas. Ha dado su dote para todas y mi cuñado, el duque de Salisbury, no ha exigido la que le correspondía a mi hermana para que ese dinero se repartiera entre las que quedaban. Nadie haría un acto tan desprendido por sus cuñadas.
—Entonces no solo lord Nottingham ha sido afortunado, ustedes también. Lástima que mi cuñado no tenga un ápice de buen ser humano. Debe tener cuidado con él cuando lo conozca, puede ser encantador, pero es solo la fachada para engañar.
En este tiempo que compartía con lord Earl, Meredith comenzó a mirarlo de una manera distinta, no parecía ser la persona malvada que se había presentado ante ella la primera vez y unas horas atrás.
Ahí estaba de pie, cerca de ella, hablándole como alguien que era asiduo a charlas convencionales, no parecía tan lejano como en un principio, aunque ella todavía no creía conveniente confiar en él.
—¿Volverá conmigo al salón? —preguntó Foster al ver que ella no era agresiva con él.
En aquel instante se dio cuenta de que ella tenía la guardia alta cada vez que desconfiaba de él. Mantener una conversación normal la tranquilizaba, haciendo que su prometida no arremetiera en su contra. Meredith se defendía de él con un ataque, pero cuando se suavizaba, la joven también lo hacía.
—Si me permite tomar una copa de vino...
—Apenas tenemos nuestra primera conversación sin pelear y usted desea abusar de mi amabilidad —gruñó Foster, orgulloso.
—Le prometo que la bebida no me tomará, milord. Además, como usted dijo, solo una vez puedo comprometerme por eso. Ya no podré caer sobre nadie —se burló la joven.
—¿Le da risa nuestra situación?
—Es tragicómico, pero no podemos hacer más que tratar de llevarnos bien. —Meredith se levantó y fue hacia su prometido, miró el brazo de él esperando que lo extendiera—. ¿Nos vamos?
Foster le enseñó su antebrazo para que lo cogiera. Ambos irían resignados hacia el salón. Mientras que los dos cogían una copa de su preferencia, se detuvieron para beberlas.
—Su amiga me dijo que ella fue la causante de que a usted se le escaparan las cabras la noche en la que cayó... —contó Foster al ver que su prometida llevaba la copa hacia su boca.
—Es cierto, pero ella no me obligó. Las dos fuimos tontas. ¿Sabe que Imogen también pudo ser su despreciable prometida? Solo que la más desafortunada he sido yo.
—Usted no conoce mi valor y por eso se llama desafortunada con tanta alevosía.
—Podría decir lo mismo de usted, es más, no tiene idea de mi valor.
—Por supuesto que sí. Las condiciones que me ofreció su hermano no son despreciables, para nada. Cualquier caballero de este salón se arrojaría a sus pies tan solo al escuchar su valor.
—No me refiero al dinero. Confío en que mi hermano ha sido inteligente para convencerlo de que se arroje al vacío.
Debió vender su alma para que usted aceptara hacerse cargo de algo que no le corresponde.
Me refiero a mis habilidades, me encanta la naturaleza, leer, tocar el pianoforte y el violín y también bordar.
Siempre he confiado en que seré capaz de deleitar al que será mi esposo.
—En la casa tengo un pianoforte que nadie utiliza hace años, la última fue mi hermana, quizá le falta afinar. ¿Montar no está entre sus habilidades? Porque entre las mías sí está.
—Una dama que no sabe montar no puede ser compañera de nadie; al menos es lo que dice mi institutriz. Las lecciones de equitación eran impartidas en Yorkshire, en donde pasé los primeros años de mi vida hasta la muerte de mi padre. Después, Spencer nos trajo a Londres para encargarse de nosotras.
—Tengo un par de propiedades rurales ligadas al título, las otras se perdieron en una gran crisis de mi padre, pero no se preocupe, tengo muchos caballos tanto en Londres como en las demás propiedades y gran solvencia económica.
—Me alegra saberlo...
—No soy un cazador de dotes, tal vez si lo hubiera sido, usted sería la primera en la lista de solteras codiciadas. Le sobra más dinero que buenas decisiones —musitó con una sonrisa lobuna sin dejar de mirar a Meredith.
—¿Ese es un ejemplo de frase que diría un libertino en plena cacería? Se le escaparía la adinerada dama —replicó con el mismo tono que él, también sin dejar de mirarlo.
La mirada de picardía de su prometido le indicaba que él no estaba pensando en hacerle pasar un mal rato, sino que más bien intentaba conversar y tal vez conocerla un poco más.
Quizá ella estuviera conociendo un poco más de él de lo que alguna vez supo en realidad sobre lord Abingdon.
Esa noche ese conde se le había olvidado por completo.
Tenía su atención puesta en lord Earl que no hacía otra cosa más que estirarle la lengua para conversar.
Le resultaba algo increíble que esa primera noche en que salían, lo estaba pasando de manera agradable.
—Su cuñada, la condesa, me ha invitado a cenar mañana. Ella quiere que conozca a la familia... —comentó Foster a la joven que apenas sorbía su copa de vino. Al parecer, Meredith se había tomado muy en serio lo de no beber demasiado.
—Victoria es muy amable. Nunca debe desairarla, es encantadora, demasiado para hacerse casado con un conde con cinco hermanas, aunque puede que le cueste creer, mi hermano no era un ser tan preocupado y benevolente como ahora, él se convirtió en un ejemplo después de casarse.
Antes era un ogro libertino que nos consideraba un problema...
—¿Un problema? Está siendo generosa con la expresión, yo diría cinco. Todo multiplicado por cinco.
Ante esa afirmación de Foster, vio que ella se carcajeaba de risa, era como si le hubiera dicho algo muy gracioso.
—Esa expresión la usaba mi hermano cada vez que pensaba en que debíamos casarnos y tener una dote. En verdad no sabemos cómo ha sobrevivido todo este tiempo.
—Es cuestión de números, se le casaron dos y le faltan tres, y le aseguro que la cría que tenía un gato en brazos será difícil de casar.
—Nadie confía en que Eugenia sea bien casada. Mi sacrificio de casarme con usted será grato para dos de ellas, pero a la última le aseguro que todo le da igual.
—¿Su sacrificio? No, no y no, es mi sacrificio. Usted debería estar feliz conmigo —alegó el conde casi ofendido por la expresión de la joven.
—No lo tome a mal, pero no podemos disfrazar lo que es este compromiso. Estamos obligados a vernos hasta que la muerte nos separe. Yo quisiera hacerlo de la mejor manera posible.
—Entonces véalo como mejor le consuele el asunto. Yo lo veré como lo que a la larga será: una ventaja para tener herederos y mucho dinero. Es muy bonita y la disfrutaré mucho en mi cama, si abre su mente y no es insulsa.