Capítulo 17
Esa noche Spencer y Victoria acompañarían a Foster y Meredith. Los cuatro en solo un carruaje, dándose miradas acusatorias y sonrisas fingidas.
Spencer intentaba conversar con su futuro cuñado y le contaba que estaban con los preparativos del matrimonio y también le preguntó a Foster cómo iban los trámites para la licencia.
Victoria y Meredith estaban en silencio, ninguna de ellas tenía mucho que decir.
De hecho, Meredith tenía la mente en otro lugar.
Podía escuchar los planes que se hacían dentro de ese carruaje, pero su cabeza no dejaba de hacer retumbar que lord Earl la convertiría en una mujer miserable.
Cualquier decisión que ella pudiera tomar para no casarse repercutía en otras personas.
Meredith no quería ser infeliz, pero tampoco deseaba destruir el futuro ajeno.
Cada vez que escuchaba la voz de Foster, pensaba en que ella viviría en un infierno.
Él había apretado su mano con tanta fuerza que podría haberle roto los dedos, si hacía eso cuando solo eran prometidos, ¿qué sería de ella cuando tuviera que estar sola con él?
No quería pensar en que pudiera ser capaz de algo horrible.
Imaginaba una vida triste que terminaría con ella durmiendo cada día para no despertar a su horrenda realidad.
Meredith nunca sería amada y tampoco amaría.
Tal vez inventara una fantasía en la que ella siempre estaría pensando en su amado.
Su corazón estaba roto y decepcionado por lord Abingdon, pero podría imaginarlo tan perfecto como tiempo atrás.
Al llegar a la mansión en la que se realizaría el baile, los caballeros bajaron primero del carruaje. Spencer ayudó a Victoria a descender y dejó que Foster y Meredith pudieran tener más contacto.
Cuando llegó el turno de que Meredith descendiera, Foster extendió su mano para que ella la cogiera. En ese instante, Meredith temió por su seguridad y no le entregó su extremidad, bajó de ese carruaje sola, sin que él la tocara.
Foster se había quedado con la mano extendida, la joven estuvo a punto de cogerlo, pero de un momento a otro, ella llevó su mano izquierda hacia su pecho y lo miró con temor.
Para él ese era un terrible golpe, pues significaba que ella comenzaba a temerle y que desconfiaba de él.
En su intención no estaba hacerle daño físico, sino que más bien, deseaba que ella sufriera en su interior lo mismo que Foster estaba pasando, que sintiera sus frustraciones.
Confiaba que algún día pudieran resolver sus desavenencias, aunque eso no sería inmediato.
Siguió a la joven y por ningún motivo ella deseaba estar en su presencia. Seguía a su hermano y a su cuñada.
—Meredith, debes ir con tu prometido —ordenó su hermano al percatarse de que su hermana lo había dejado muy atrás.
—No quiero estar con él —confesó.
—Es necesario que se conozcan, Meredith. A lo mejor es posible que encuentren un equilibrio y puedan llevarse bien.
—No tengo la menor intención de una buena relación con él. Quiero retroceder el tiempo.
—Spencer, me encargaré de Meredith —dijo Victoria al ver que su cuñada no estaba en un buen momento.
—No tarden, que yo tampoco estoy interesado en ninguna relación con él —masculló Spencer.
—¿Qué pasa, Meredith? El baile es una buena manera de conocerse. Deben tratar de ser agradables. La convivencia es difícil y es bueno que compartan cosas que les gusten —musitó Victoria.
—No le daría mi mano para nada a alguien que casi me rompe los dedos cuando ustedes no estaban. Él me ha apretado tan fuerte que, si no hago algo, me quedo sin dedos —confesó acariciando el miembro en cuestión.
Victoria dirigió su mirada de desaprobación hacia Foster. Eso era algo que no podía permitir.
—Ve con tu hermano que yo me encargaré de todo. Aprenderá a tratarte como se debe —espetó Victoria, indignada.
Al ver que la condesa de Nottingham abandonaba a Meredith y se acercaba a él, Foster entendió que no sería muy agradable, pues el rostro perfecto y amable que siempre tenía esa mujer había desaparecido.
—Permítame unas palabras, lord Earl. Le pediré con extrema amabilidad que cambie sus hábitos violentos con mi cuñada.
No le pido que la ame, ni que la adore, sino que la trate con respeto como merecería una madre, hermana o prima.
Meredith jamás ha visto un solo rastro de malos tratos o violencia en toda su vida.
Él se sintió verdaderamente culpable y avergonzado.
Le estaba dando el mismo trato que Dimitry le daba a su hermana y por eso Foster lo estaba asfixiando en sus negocios.
Si lord Nottingham quisiera hacer eso con él, lo acabaría en un instante.
Era evidente que por su familia mataría a quien tuviera que matar.
En un pleno acto de inconsciencia había hecho semejante barrabasada.
Juraba que no quería ser como Dimitry y para eso necesitaba canalizar esa frustración de otra forma.
—No tengo defensa, milady —aceptó ante la dureza de las palabras de la condesa.
—Debería cenar con nosotros mañana. Está invitado a conocer a toda la familia. Ahí usted comprenderá lo valioso que es cada miembro y sabrá que estamos dispuestos a todo por el bienestar familiar. Ahora, regrese con Meredith. Con permiso...
Él obedeció a la condesa y fue tras ella hasta alcanzarla.
—Perdón —habló Foster en un tono casi inaudible, mordiéndose la lengua como si no quisiera decir esa palabra.
Meredith volteó hacia su prometido. Había escuchado lo que le dijo, pero ella no quería otorgarle su perdón.
—Nunca en su vida tomará mi mano, si lo llegara a intentar le clavaría la aguja que llevo en mi ridículo —declaró con decisión.
—Entonces no bailaremos.
—No me interesa bailar con usted...
Mientras ellos discutían, un lacayo se acercaba con una bandeja con muchas copas. Meredith extendió su mano para coger una de ellas, pero su prometido le dio un pequeño golpe en esa mano que pretendía agarrar una de las tentadoras copas.
—¿Sabe que solo puede comprometerse una vez? No me avergonzará en público bebiendo como una desatinada. No quiero una esposa ebria —masculló Foster.
—¿Cómo se atreve a decirme algo semejante? Usted no comprende lo que me ocurrió esa noche —expresó indignada por el atrevimiento de Foster.
—Por supuesto que lo sé. Se ha pasado con el vino, ¿qué más puede ser? No puede controlar sus deseos.
—Fue solo la tristeza de saber que mi vida sería miserable. No crea que usted es el culpable de todo lo malo que me pasa, ya que otra persona destruyó mi corazón con mentiras.
El conde de Earl miró a la joven y a él le resultaba imposible que alguien de su edad sufriera alguna decepción.
—Usted acaba de dejar los brazos de su niñera, es demasiado joven para sufrir por alguna decepción —se burló Foster.
—Yo sé lo que ha ocurrido. No soy asidua a la bebida. Esa noche, Imogen me persuadió de beber. Las dos estábamos tristes y llorando, era nuestro primer baile... Debí sufrir esa decepción en casa. Si hubiera sido así, nunca nos hubiéramos cruzado y usted no me odiaría tanto.
—¿Qué puede poner a una joven en esa condición? Permítame decirle que su historia es incongruente. He bailado con lady Imogen Porter y es tan encantadora y divertida que no puedo creer que estuviera llorando esa noche.
Al oír esas palabras de Foster, Meredith lamentaba aún más el hecho de tener que casarse con él, pues al parecer le agradaba mucho Imogen y no ella.
También entendía que le atrajera su amiga, pues era carismática, hermosa, amable, inteligente y divertida.
Tal vez Meredith nunca fuera divertida, no era de esas personas que decían chascos a mansalva o que hacía tonterías.
Siempre se había enfocado en su educación y en que la señorita Harting la tuviera como un ejemplo frente a sus hermanas.
De nada le había servido tanto esfuerzo y aprendizaje, si a fin de cuentas ni siquiera tuvo necesidad de ejecutar el pianoforte para conseguir un esposo.
La mejor forma de hacerlo era caer del cielo, dejarlo sin sentido y comprometerlo hasta lograr su odio.
—Imogen vendrá esta noche. Ella es divertida, puede bailar a su lado, no creo que alguien lo vea mal si ya tiene una prometida. Iré a saludar a los amigos de la familia.
Meredith dejó a su prometido en aquel lugar, de pie y solo.
Foster no pretendía perseguir a esa joven.
La dejaría cumplir con sus caprichos, de esa forma no le molestaría.
Él seguiría en lo suyo o al menos eso pretendía.
Ya nada era como antes, ni siquiera había asistido al evento en su propio carruaje.
Estaba siendo apretado de sus partes, por lo que en resumen sería una réplica mayor que él, más adinerada, más problemática e influyente.
Faltaba poco para que lord Nottingham le hiciera ver las estrellas con su excéntrica familia.
Y para colmo de males, la esposa del conde lo había invitado a una cena familiar.
Foster no podía estar en peor situación.
Estaba en la boca del lobo, o más bien, en su garganta.
En medio de su alivio momentáneo, a su mente acudieron las palabras que había dicho la joven.
No creía que lo que Meredith le había dicho fuera para romperse la cabeza pensando en algo.
Pudo ser un invento de ella para mantenerlo lejos, pero deseaba saber si era verdad.
La única persona que podía responder a ese cuestionamiento era la adorable lady Imogen Porter.
El conde de Earl buscó a la joven por el salón hasta que la encontró con su prometida, no le quedaba otra opción más que acercarse. Con paso decidido fue hacia ellas que conversaban.
—¡No puedo creerlo, Meredith! Eso no es posible, él es un caballero —dijo Imogen en defensa de lord Earl.
—¿Crees que yo inventaría algo semejante? Casi me quiebra los dedos. Creo que él será viudo muy pronto...
—No puede ser, es... no lo concibo, si ha sido amable conmigo.
—Contigo porque le agradas, me ha hablado muy bien de ti.
Imogen se sonrojó ante lo que decía su amiga.
—Disculpen que las moleste —musitó Foster, interrumpiendo la conversación de Meredith e Imogen.
—Milord, es grato saludarle —pronunció Meredith que hizo una reverencia al mismo tiempo que Foster tomaba su mano enguantada y se la llevaba a los labios.
—El placer es mío...
Los ojos de Meredith no perdían de vista lo que ocurría. La sonrisa de Imogen partía su cara en dos, mientras que se enteraba de que su prometido sabía sonreír y que solo con ella era un ser despreciable.
—Milady, usted me dijo que podía invitar a su amiga a bailar y a eso he venido, puesto que usted se ha negado a una danza conmigo —alegó el conde para poder llevarse a la joven que acompañaba a Meredith.
—Por supuesto, milord. Acompaña al conde, Imogen —pidió Meredith fingiendo una sonrisa.
La joven y el conde fueron hasta donde se encontraban los que bailarían la próxima pieza. Hicieron los saludos y comenzaron a mover las manos y los pies al compás.
—¿Cómo se siente al estar comprometido con Meredith, milord? —indagó Imogen.
—Usted sabe las circunstancias del compromiso, ¿cómo cree que me siento? —respondió.
—Debería sentirse afortunado. Meredith es maravillosa.
—Déjeme dudar de eso. No he visto nada maravilloso en ella.
—Porque está enfadado. Cuando se le pase el rencor, podrá verla con otros ojos.
Conozco a Meredith desde hace siete años.
Crecimos juntas casi huyendo de su institutriz porque era más estricta que la mía.
En cada visita quería hablar y jugar con ella, pero la señorita Harting no nos dejaba, nos ponía a practicar los saludos o los instrumentos. Eran buenos tiempos.
—Tiene buenos recuerdos de una persona que hoy ya no existe. ¿Es cierto que usted le dio varias copas de vino?
—Me siento muy culpable por eso, ninguna de las dos sabemos beber. Cuando cayó por el balcón solo me pude quedar con su guante.
—¿Y por qué bebieron tanto esa noche?
—Eso no me corresponde decirlo, pero no tiene nada de malo que lo sepa. Ella estaba enamorada o no sé si aún lo está, de un caballero que la decepcionó. Es todo lo que puedo confesar. Yo la apoyaba y soñaba con un sentimiento tan hermoso como el que ella tenía por ese caballero.
—Entonces mi prometida tiene corazón, no lo sospechaba.
—Lo tiene y ahora está muy dolida por lo que le ha hecho. Sus pobres dedos han sufrido, ¿es cierto que usted quiso romperlos?
—Esa no ha sido mi intención —se apresuró a responder—, solo quise coger su mano y la apreté demasiado.
—Pues la ha lastimado no solo en lo físico, sino que también piensa que usted la matará.
Foster dirigió su mirada hacia donde estaba su prometida observándolo como un halcón. Ella tenía una opinión equivocada de él, ¿cómo le haría ver que él no era un maltratador?