Familia Fane Capítulo 15
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Capítulo 15

Helena se acercó y le colocó una mano en el hombro.

—No puede ser tan malo, Foster. Cuéntame lo que ha ocurrido, aunque en resumen entiendo que esto no tiene solución, pero igual quiero escuchar lo que ha pasado.

En medio de su frustración y su ira, Foster encontró una manera de serenarse para poder contarle a Helena lo que había ocurrido con él. Le contaría su triste y miserable historia.

En verdad se sentía triste y miserable. Él debía abandonar lo que quería por caprichos ajenos. Lo único que le impulsaba a casarse era conservar a su amante, pero en ese instante hasta eso había perdido.

Ella escuchaba mientras él le contaba cómo habían ocurrido los hechos.

Para Helena, Foster era un caballero maravilloso al que adoraba y tendría que dejar ir por una regla que ella misma se había impuesto por seguridad.

Nunca pensó que la última visita de aquel sería la última antes de caer en desgracia.

Entendía su enfado y hasta el rechazo que él comenzaba a sentir por la mujer a la que desposaría, pero sabía que, como todo hombre, pronto se acostumbrará a otros brazos.

Esa noche Foster lamentaba perderla, pero pronto la olvidaría, pues estaría inmerso en su papel de esposo y próximamente padre de algún hijo suyo.

El rencor sería pasajero, hasta que viera que no tenía sentido vivir con odio en el corazón.

Esa noche, Helena tuvo que darle mucho alcohol y opio.

En el estado en que se encontraba después de haber consumido todo lo que pudo, ella no lo dejaba irse por su seguridad.

Podría caer del caballo y acabar muerto.

Lo dejó durmiendo en el sillón en el que había quedado sentado por última vez.

No había mucho que hacer para mejorar su situación.

Por la mañana, Helena le pidió a su doncella que preparara un té para ella y su acompañante.

Tuvo que despertarlo, aunque no sabía cómo haría él para salir de la casa sin que la gente lo viera o sospechara que visitaba a una mujer soltera.

Su nombre estaba en los periódicos y ya de por sí, su compromiso era accidentado y escandaloso para sumarle a todo eso que lo vieran saliendo de ahí.

—¿Cómo te irás, Foster? —preguntó Helena al ver que él abría los ojos.

—¿No me digas que me quedé a dormir? ¡Ay! El cuello, qué insensible eres, Helena, ni siquiera me has puesto una almohada —reprochó intentando colocar su cuello en su sitio. Había dormido en una mala posición.

—Sí, te has quedado dormido. No te ofrecí nada, porque eras un cadáver. Te veías muy cómodo, no puedes quejarte ahora.

—Tengo cosas que hacer, entre ellas perseguir la estúpida licencia especial para casarme pronto. —Foster se levantó del sillón y se acarició la cabeza. Tenía un fuerte dolor.

—Tendrás que aprovechar cuando la calle esté más vacía. Te deseo suerte con eso. Para tu buena fortuna no estamos en una calle tan transitada. Bebamos un poco de té antes de irte.

Él accedió para quedarse y beber el té. Debía apresurarse para culminar con sus diligencias lo más pronto posible y después reunirse con sus socios, que eran quienes ponían la cara por él en el negocio de los préstamos.

En realidad, nadie sabía que Foster Parker, conde de Earl, era quien estaba detrás de todo.

También debía quitar el gasto de Helena de su vida.

Ya no le volvería a dar nada. Ella había conseguido un nuevo protector.

Ayer había estado tan enfadado por tener que dejarla, que ese día se sentía triste, como si por primera vez se sintiera solo.

Siempre estaba rodeado de negocios, mujeres hermosas y problemas familiares, ese era su mundo; sin embargo, pronto tendría una esposa, una sola mujer y muchos problemas.

Suponía que lady Meredith Fane no era solo una flor inglesa bella y delicada, sino que era bella y llena de espinas capaces de causarle más daño del que ya le había hecho.

Además, con sus amenazas la había puesto en conocimiento de sus intenciones.

Aquella arpía debía estar pensando en cómo matarlo de un disgusto, pues como ya lo tenía al borde del matrimonio, solo le quedaba dejarlo al borde de la locura.

Cuando logró salir de la casa de Helena y coger su caballo para regresar a su residencia, le echó un vistazo al recinto que dejaba atrás.

Ya no tendría una vida divertida junto a su amante, ella lo había despachado con educación y respeto.

Nunca encontraría una mujer igual a Helena.

En parte se arrepentía de no haber tomado la determinación de escoger su felicidad por sobre lo que otros pudieran pensar de él al casarse con una mujer de la que se rumoreaba cosas que eran ciertas.

Helena era mantenida por el amante de turno. Él era uno de ellos.

En ese momento, sopesaba lo conveniente de lo que no lo era.

Su parte, no arrepentida de no pedirle matrimonio a Helena, le decía que una joven como la que era su prometida por accidente era lo mejor que podía pasarle, aunque su nombre en este momento estuviera en el fango.

Debería acostumbrarse a tener a una mujer sin fuego en su cama.

Para sentir algo quizá tuviera que quemarse la entrepierna.

A Foster le era difícil imaginar a una joven de buena familia y con educación impecable, pudiera hacerle gozar del sexo como él quería.

Imaginaba el peor de los escenarios: él cumpliendo su misión de darle hijos como un tonto y en una sola posición por el resto de su vida, viendo que ella quizá ni siquiera tuviera una expresión que mostrara placer.

En resumidas cuentas, el conde creía a Meredith incapaz de cumplir con satisfacerlo en la cama.

Quizá como la esposa perfecta pudiera funcionar muy bien, pero para sus gustos libidinosos no mucho.

Tenía dos formas de continuar su vida, una de ellas era dejar que las cosas siguieran su curso sin hacer nada más que lo justo y necesario, o perseguir la experiencia sexual con ella, convirtiéndola en una amante ardiente para no aburrirse en el matrimonio al que estaban condenados.

Al estar en su casa, se cambió de ropa para poder salir y, también, desayunó como debía y no con un insulso té.

***

Meredith comenzaba a aceptar ese inevitable matrimonio como algo tan normal como la muerte.

Tendría que ver el rostro de lord Earl por el resto de sus días.

Lo bueno de todo lo que le ocurría era que la señorita Harting le había levantado el castigo de no estar en el jardín.

Ya podía ir a conversar en ese sitio con su prometido cada vez que él la visitara.

Llevaba dos días sin saber de aquel y tampoco le preocupaba, en lo que no dejaba de pensar era en el beso que habían compartido.

Todavía recordaba esa sensación tan confortable cuando sus labios tocaban los de él.

—¡Meredith! —llamó la voz de Imogen.

La joven, que se encontraba cosiendo un encaje, levantó la mirada y vio a su amiga que se acercaba a ella con presteza.

—Cuando me dijeron que estabas en el jardín, presentí que el castigo había desaparecido —dijo la amiga de Meredith.

—Te extrañaba tanto... —confesó Meredith que dejó a un lado su costura para coger las manos de Imogen.

—Tienes mucho que contarme. Mi madre me dejó venir, porque ha salido en el periódico que estás comprometida con lord Earl.

—Lo lamento —habló Meredith, sintiéndose un poco culpable por el reproche que le hacía Imogen.

—¿Hay alguna cosa que lamentar aparte de las circunstancias? Todo era una vil mentira, Meredith. Mis padres no me dejaron ver nada de lo que decía la columna de chismes, pero yo sabía que no podía ser nada bueno.

—Es que a ti te agrada lord Earl.

—Solo tenía buena conversación y era atractivo, pero no más que eso. No creas que codiciaré a tu esposo tanto como codicio a tu hermano.

—Estaría satisfecha si alguien lo codiciara y se lo pudiera llevar lejos.

—A mí me ha parecido un verdadero caballero.

—Supongo que debe ser un buen caballero cuando nadie lo obliga a casarse con una mujer. Puedo jurarte que aún no he conocido lo peor de él, pero me ha mostrado una parte de su maldad. Me hará la vida imposible, puesto que cree que soy culpable de todo, Imogen.

—Pero tú eres encantadora y podrás domar a esa fiera. Cuando estamos enojados siempre decimos cosas de las cuales podemos arrepentirnos. Yo lo hago todo el tiempo. De hecho, lamento haberte dado tanto vino, Meredith. Si hay un culpable aquí, con tranquilidad podría ser yo.

—No, Imogen, no me obligaste a beber. Lo que ocurrió fue mala suerte. Pudiste ser tú quien cayera del balcón, pero al final la de peor suerte se quedará lord Earl.

—Lo que importa es un marido, Meredith. Creo que eres bendecida...

—¿Bendecida? Estás equivocada, he sido castigada.

—No. Escucha, si Dios te quitó a lord Abingdon del camino fue porque tenía algo mejor para ti...

—¡¿Dónde está?! Porque solo tengo a lord Earl. Un hombre que está muy lejos de decirme palabras que me halaguen.

—Y qué prefieres, ¿alguien que te mienta y engañe por años o al prometido al que le caíste del cielo y que pronto te tomará cariño?

—Imogen, no soy el gato Clauss para que la gente me tome cariño. La gente no se casa por cariño.

—Ciertamente no, pueden casarse por conveniencia como mis padres, por amor como tu hermano u obligado como lo harás tú, pero es cierto, el cariño es parte de eso. No sé qué más inventar para que te sientas feliz al estar comprometida. Solo Dios sabrá cuándo lograré la misma hazaña que tú.

—No te recomiendo caer del balcón. Si vas a hacerlo, asegúrate de que la persona que tú quieres esté abajo.

—Es probable. Hasta ahora no he tenido mucha repercusión. ¿Crees que en la fiesta de mañana pueda tener un poco de contacto con más caballeros? Lamentaría no casarme pronto como tú.

—Yo me casaré en un mes...

—¡Un mes! Debo buscar a alguien para casarme en ese tiempo. Tú y yo lo hacemos todo juntas. Imagina poder tener a nuestros hijos al mismo tiempo y que sean amigos o amigas.

—Me parece hermoso, pero irreal. Nadie que no esté obligado se casará tan pronto.

—Tú lo has dicho. Entonces, tengo que obligar a alguien para que se case conmigo.

—¡Imogen! Esto es horrible.

—Quisiera cambiar de lugar contigo.

—Con gusto podría cederlo sin inconvenientes, pero no somos gemelas.

Las dos jovencitas continuaron conversando, mientras que Victoria las observaba y tenía en su mano la correspondencia del día. Después continuó su camino hacia el despacho de su esposo que, para su sorpresa, también tenía la vista fija en el jardín.

—Ha venido a visitarnos la joven que quiere ser tu segunda esposa para que sigas los pasos de tu padre —dijo Victoria, burlona.

—Es muy bonita, pero más de una esposa es una locura. Creo que mis hermanas me han curado de cualquier deseo de tener una familia grande —replicó caminando hacia ella para arrebatarle lo que tenía en la mano.

—Kitty ya se ha ido, pronto lo hará Meredith y solo te quedarán tres.

—Bueno, aunque Eugenia vale, al menos, por tres más. Quisiera evitar que Meredith se case...

—Sé que te preocupa haber cedido ante los deseos de lord Earl, pero debemos confiar en que Meredith podrá ser capaz de enamorar a su esposo. Ella es encantadora, inteligente y cuando quiere es muy intrépida, no tiene nada que envidiarle a la última diablesa de la familia.

Spencer suspiró al ver más invitaciones. Todos querían que ellos asistieran a las veladas para conocer más detalles del compromiso de Meredith. El chisme era el alimento diario de Londres.

—¿Crees que Meredith puede seguir asistiendo a los bailes pese a estar comprometida? —indagó Spencer.

—¿Por qué no debería asistir? Es joven y merece disfrutar de este placer antes de unir su vida a alguien para siempre. Yo disfrutaba mucho bailando, no solo contigo.

—Está bien, pero no irá sola. Invitaré a lord Earl para que nos acompañe. No quiero más habladurías sobre mi hermana. Ese conde irá y pondrá cara por su propio nombre y el de Meredith.