Capítulo 14
Él no entendía por qué la besaba o por qué se le había antojado hacer eso.
Era absurdo, ya que si lo que buscaba era que esa joven sufriera, a base de besos, no lo lograría, pues sabía que este tipo de acercamientos por lo general creaba el efecto contrario al sufrimiento, todo era más satisfactorio.
De hecho, en ese mismo instante disfrutaba al deslizar su lengua dentro de la boca de ella, obligándola a que siguiera el ritmo del beso que él imponía.
Sospechaba que su relación con su futura esposa estaría llena de sobresaltos, de días extraños, conviviendo con alguien que no quería, pero que, con el tiempo, tal vez, se acostumbrara a mimar.
A sus amantes no las amaba, pero sí las mimaba, tal vez la joven corriera esa suerte de tenerlo sin que la quisiera.
A quien le tenía un gran cariño era a Helena, a ella la adoraba, no solo porque lo hacía sentir importante, querido, mimado, adorado y perfecto, sino que también porque Helena era una excelente amante en la cama, por esa razón no estaba dispuesto a perderla por una mujer a la cual no había pedido y alejarse de la que en verdad le hacía sentir bien.
Sin duda podía besar y acostarse con alguien que no quería, pero que fuera atractiva, y su futura esposa le resultaba despreciable por sus pésimos hábitos, aunque muy hermosa.
Su beso era extraño y sin experiencia, él no se sentía en la comodidad de exigir algo pasional, aquello solo era para provocarla, pero con cierto gusto.
Después de un buen rato, él se alejó con lentitud de la joven y le dedicó una sonrisa.
—Podría practicar un poco, quizá con una naranja, a ver si consigue que sus besos sean dulces como la fruta o pasionales —dijo burlón.
Meredith tenía los labios ardientes. Jamás había besado y menos a alguien con el ímpetu de un desvergonzado.
—Atrevido —masculló dándole la espalda a Foster.
—Entienda una cosa, como esposa usted tendrá mucho que hacer y entre eso está hacerme feliz. Quiero una esposa joven, bella, apasionada y ardiente. Le faltan dos cosas para que al menos esta tortura valga la pena. Si piensa que no la molestaré con mis atenciones, está muy equivocada.
—Nadie quiere sus aberrantes atenciones. Le pido que se vaya de esta casa —ordenó ofendida, pero sin voltear su cabeza para mirarlo.
—Milady, soy un hombre deseable y deseado por muchas mujeres, y usted no será la excepción. Espero que no le moleste compartirme con otras de vez en cuando.
—Le pido que, si va a ser de esta manera que dice, recapacite.
—¿Recapacitar? Oh, milady, terminaremos enfadados. ¿Cuándo puedo volver a visitarla? Tal vez podamos salir juntos a bailar y a demostrarle a todo Londres que nos vamos a casar.
—Si es por mí, solo vuelva el día de nuestra boda —farfulló.
—Si usted se niega a darme un día, su hermano lo hará, ¿escuchó? No crea que alguna vez será libre, siempre estará bajo el yugo de un hombre, hoy es lord Nottingham que la comprometió conmigo y mañana seré yo.
—¡Lárguese de aquí! —espetó con decisión, dándose la vuelta para desafiarlo. En ese momento estaba despertando su demonio Fane. No era tan inmune a los comportamientos explosivos de su familia.
Foster alzó las manos como si se rindiera, volvió a acercarse a ella y la tomó del mentón.
—Adiós, futura esposa. Cuente los días para que estemos juntos. Le pediré que se encargue del casamiento, a mí no me importa. Lo que me interesa es lo que viene después...
Ella retiró su mentón de la mano de Foster y lo miró con rencor. Ni siquiera le dijo adiós mientras lo veía irse. Una vez que desapareció, Meredith cayó rendida en el banco. Ese hombre no la quería, la despreciaba. Ahora tendrían que soportarse hasta que la muerte los separara.
—Él sí es malvado. Considero que no deberías preocuparte por mi futuro, Meredith, aunque no puedo hablar por el resto —pronunció la voz melódica de Eugenia.
La joven cerró los ojos ante la intromisión de su hermana.
—Te agradezco que no me cargues con eso... —musitó con tristeza.
—Pero Fanny y Rose son otra cosa, ellas mueren por casarse, mientras que yo pienso en que me casaré con el primero que me guste. No tengo que preocuparme por nadie, ya no viene una hermana después de mí.
—¿Sabes lo afortunada que eres?
Eugenia hizo un gesto con los hombros.
—Sí, siempre lo supe. ¿Quieres que te preste al gato?
—Te lo agradecería...
Aunque Meredith manifestó que quería el gato, lo que en realidad deseaba era estar sola para pensar en cómo lidiar con lo que le esperaba.
Necesitaba el consejo de alguien distinto a su institutriz, quería a Kitty junto a ella.
Solo una mujer casada que comenzara con un amor tumultuoso podría orientarla.
Por la tarde, ella había escrito una corta misiva a su hermana para que esta se prestara a conversar. Tanto su hermana como su cuñado llegaron mucho antes de la cena. Kitty había ido junto a ella, mientras que Albert tenía que sufrir la compañía de sus otras cuñadas.
—Albert me ha contado que lord Earl ha aceptado casarse —comentó Kitty sin hacer mucho énfasis en todo lo extenso que había sido su esposo.
—Hubiese preferido que... No importa eso, no tenía otra opción —lamentó Meredith—. Solo quiero saber qué consejo me das para no morir en mi matrimonio con alguien que me detesta.
—Ay, Meredith. A veces las cosas empiezan así y después mejoran. El primer beso muchas veces no es lo importante, sino el trato que se recibe después. ¿Sabes que Albert es muy orgulloso? Él juraba odiarme, pero ya sabes, está en la planta baja disfrutando de sus cuñadas.
Meredith no pudo evitar que una risa se le escapara.
—Él hace cualquier cosa, menos disfrutar de nosotras. Este lord me ha besado, pero me ha dicho tantas cosas que me hace pensar que viviré en un infierno. Pienso devolverle cada tontería que me haga.
—Como buena Fane, pero sabes que a la larga es desgastante.
Terminarás loca antes de romper sus barreras; cae él o caes tú.
Llevo casada dos años y lo que he aprendido es que, para que exista un conflicto, ambos deben desear que eso estalle, si él te da malos tratos, tú sé amable y complaciente, verás que con el tiempo te ganas sus favores y buen ánimo.
No quiero hablar de amor entre ustedes porque no existe, pero nadie dice que no se pueda.
—¿Tratar bien a ese... innombrable? Cuando pienso en él, solo siento desprecio y mucho odio.
Kitty, hace unos días, era la joven más dichosa de Inglaterra, llevaba años enamorada de alguien que resultó ser una ilusión.
No me he portado mal, no he sido una mala estudiante ni he desobedecido a mi hermano —declaró—. ¿Por qué llegan tantos castigos juntos?
—No sé cómo explicarte, ni siquiera sé cómo funciona la vida.
De las cosas malas pueden venir cosas buenas.
Spencer me había alejado de ustedes por no casarme en mi primera temporada, pero alejarme fue algo que necesitaba para pensar y valorar a mi familia.
Créeme, hasta extrañé a Spencer. También conocí el amor de la forma menos esperada en el lugar más recóndito de Inglaterra.
—No salvaste al duque, Kitty, lo estás torturando al hacerlo convivir con nosotras.
—No me avergüenza mi familia, ni siquiera Eugenia.
Quisiera darte mayor aliento, Meredith, pero mi consejo es no causar más fricción.
Trata de ganarte el favor del que será tu esposo.
Sé que puedes ganarle al capricho Fane que te dice que lo odies y lo tortures como merece.
Quizá en los primeros momentos cedas ante la locura de seguir los pasos de quien te desprecia, pero de corazón deseo que aprendan a quererse para que sean felices.
—A este paso enviudaré en la primera semana de casada. Yo quise disculparme, pero él no quiere escucharme. Solo piensa que soy un desastre. No me da la oportunidad de justificarme.
—No es por justificarlo, pero al igual que tú, él no está feliz. Lo mejor que pueden hacer es empezar este matrimonio desde la resignación.
—Me conformo con que no nos matemos y con que me deje tranquila. No quiero convivir con él.
—Meredith, lo que piensas es irracional. Te visitará por las noches, se acostará a tu lado, te hará cosas que son imposibles pasar por alto cada mañana en el desayuno.
—No quiero ser la esposa de un libertino.
¿Para qué quiero ser una cabra y que todos se burlen de mí por las andanzas de mi marido?
Quiero hablar con Spencer. Hoy he considerado muchas ideas para librarme de este mal matrimonio y entre ellas está fingir mi propia muerte.
Así puedo ir a Francia, Escocia, Irlanda o al mismo infierno en Inglaterra, para que ninguna de nuestras hermanas se vea afectada por mis tonterías.
—Sigues siendo irracional. Todo lo que dices te acarreará soledad y no te casarás. No deberías tomar decisiones tan apresuradas. Te aseguro que en un mes estarás amando a tu futuro esposo.
—Tal vez amando la idea de que esté muerto.
Kitty no podía hacer mucho por convencer a su hermana. Estaba reacia con respecto a hacer lo que se le antojaba. Solo le quedaba confiar en que todo mejoraría para ella en un futuro cercano. Lord Earl solo debía estar enfadado, ya pronto también terminaría enamorado de Meredith.
***
Dos días después de su visita a la casa de su odiada prometida y con la noticia circulando en los periódicos sobre el futuro enlace, Foster creía que merecía un poco de cariño.
No lo pensó dos veces para tener a Helena en su mente.
Pensaba calmar sus caldeados ánimos en sus brazos, en su cama y en su cuerpo.
Necesitaba dejar de pensar en su compromiso obligado, en los problemas con su hermana y en todo lo que podía agobiarlo.
Esa noche prefirió ir a caballo hasta la casa que tenía Helena.
Siempre tenía altas expectativas cuando la visitaba y ese día no sería la excepción, además, había contado los días para que ella estuviera apta para recibirlo.
Casi a medianoche partió con rumbo a la residencia de la joven solterona que lo acunaba cada vez que lo necesitaba.
Al llegar, algo le parecía extraño, un caballero estaba saliendo de la casa que era exclusivamente para ellos.
En ese instante, sus pensamientos comenzaron a agobiarlo, ¿qué significaba lo que veía?
Él tenía un trato con Helena y eso significaba que nadie más que él podría ser su amante, ya que invertía mucho en ella.
Cuando el caballero se perdió en la penumbra de la noche, Foster golpeó esa puerta sin descanso hasta que la mujer le abrió.
—¿Quién era ese hombre? —increpó alterado.
Helena le concedió que entrara para cerrar la puerta y que no alzara la voz en la calle.
—Es mi nuevo protector, Foster.
—¿Tu nuevo protector? ¡Tu único protector soy yo! ¡El único! —reprochó indignado—. Este es nuestro lugar, yo lo mantengo y te mantengo. ¡No serías nadie sin mi protección!
—No me grites, Foster. Si tú puedes casarte, yo puedo buscar otro hombre que me mantenga, un hombre soltero. Sabes que no estoy con hombres casados y tú te casarás pronto. Leí el periódico y pensé que, con tanta lujuria en esas líneas, ya no querrías saber de mí y que no te haría falta.
—¿Cómo puedes pensar así? Yo te adoro, Helena.
—No me adoras lo suficiente para que sea tu esposa.
Lo esperé por mucho tiempo, Foster. Fui tu oyente más fiel y esperanzada.
Tus palabras me hacían sentirme amada, pero no los hechos.
También tengo que pensar en mi futuro. Nadie querrá casarse conmigo y por eso, debo vivir por siempre como la amante de alguien.
Es la vida a la que estoy condenada. Tengo que ahorrar dinero y joyas para cuando deje de ser joven y bonita.
Los sentimientos no son suficientes ni para ti, ni para mí.
Foster tapó su rostro en señal de frustración.
Eso que estaba ocurriendo era como una estocada en su pecho.
Le dolía como si esta le traspasara. Esto hacía que odiara más a lady Meredith Fane.
Ella había echado a perder su vida y todo lo que quería.
Jamás le perdonaría alejarla de Helena. Era lo único que deseaba conservar, por ella había puesto esa condición, pero no contaba con la posición de Helena, que él ya conocía.
—Perdóname, Foster...
—La desprecio tanto, desprecio a esa mujer que ha destruido todo lo que yo quería. Esa mujer pagará con lágrimas esta separación.