Familia Fane Capítulo 13
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Capítulo 13

Foster se encontraba en el salón de la casa de lord Nottingham. Frente a él se encontraba una niña de unos trece años que lo miraba con una sonrisa un tanto ocurrente, en ella se notaba una inusitada picardía que pocas veces había visto.

—¿Con quién tengo el gusto de conversar? —interpeló la niña.

—Lord Earl, milady. Supongo que es una de las hermanas de lord Nottingham —respondió el conde.

—Sí, soy la menor. Por favor, tome asiento, ¿se le ofrece algo?

—Le agradezco su cortesía, pero he venido a conocer a una de sus hermanas.

—¿Sabe que su nombre me resulta conocido? Tal vez del periódico que mi hermano rompió en pedazos —insinuó Eugenia que lo miraba de manera acusatoria.

Él carraspeó la garganta y después le entregó una sonrisa conciliadora.

—Ese no es un asunto que se pueda tratar con una pequeña niña como usted.

—Tenga cuidado conmigo, lord seductor, porque no conoce hasta dónde puedo llegar. Es mejor que se lleve bien con todos si quiere prosperar aquí —advirtió cogiendo al gato para acariciarlo.

—Esta familia tiene como punto fuerte la negociación. Es un hermoso gato el que trae, lady atrevida.

—Mi gato lo detesta...

—Los gatos me adoran, ¿quiere que le demuestre que puedo acariciarlo?

—Inténtelo...

Foster extendió su mano para acariciar al animal, pero este tiró las orejas hacia atrás y le enseñó los dientes, por lo que el conde alejó su extremidad al ver que aquel deseaba rebanarlo.

Una risita burlona escapó de los labios de Eugenia.

—Si quiere seguir intacto, evite tomarse confianzas con Clauss. Y, dígame, ¿se casará con Meredith?

—En este momento me encantaría no emparentar con esta familia —farfulló molesto.

—Sepa que jamás será mi cuñado favorito, aunque sepa también que acostumbro a visitar a mis hermanas casadas una larga temporada. Tendremos que aprender a tolerarnos, es lo que siempre dice la señorita Harting.

—Será usted bienvenida, pero no su gato.

—No me pondré exigente con usted, sería pedirle demasiado.

A lord Earl le dejaba muy intrigado la que sería su cuñada. Era tan atrevida que no creía que se llegara a casar en ningún momento, ni por más que lady Meredith se casara con él y las demás fueran bien casadas, podía jurar que ella no lo haría.

En su habitación, Meredith esperaba la llegada de lord Earl. Tal vez ese día podía conocer mejor a ese caballero, pues ella no lo recordaba muy bien por el tumulto y la misma oscuridad de la noche.

Unos golpes en su puerta interrumpieron sus pensamientos.

—Pase —pronunció para quien fuera.

—Disculpe, milady, tiene visita —comunicó Calvin a la joven.

Su corazón latía presuroso por no saber lo que le esperaba. Ya no había vuelta atrás, conocería a su futuro esposo y no existía más que resignación en su vida.

—Está bien, iré junto a él —dijo nerviosa y hasta temerosa, no lo conocía y le daba miedo no saber cómo la trataría, pues suponía que aquel albergaba mucho rencor en su contra.

Durante los últimos días se sentía como si caminara por los pasillos de la muerte, no salía de un problema para entrar en otro y eso la había desgastado mentalmente.

En el aspecto físico se sentía cansada y desganada.

No podía hablar de su corazón, ese estaba roto en miles de pedazos a causa de lord Abingdon y también por su inminente matrimonio con un desconocido.

¿Qué debía hacer? ¿Qué podría esperar de la vida?

Al llegar hasta las escaleras, ella tomó aire en sus pulmones para poder bajar y presentarse frente a él.

Los ojos de Eugenia vieron que su hermana descendía con lentitud y su mirada apuntaba al suelo.

—Ahí viene Meredith —anunció Eugenia para que lord Earl la escuchara.

Él miró hacia donde lo hacía la niña. En ese instante podía distinguir un poco mejor a la joven.

A medida que se acercaba, concluía que no sería una esposa poco agraciada.

De hecho, la hermana menor era muy bonita y la que sería su martirio de por vida, también desparramaba mucha belleza, aunque no la suficiente para enloquecerlo o enamorarlo, por supuesto que no. Ni pensar en esa idea.

Meredith se sintió cohibida al ver que el extraño no le quitaba la mirada de encima.

Pudo reconocer que él era el primer caballero al que había visto en el baile y que le había llamado la atención a Imogen y no a ella.

Era guapo, pero su expresión de superioridad y malicia no la terminaban de convencer, tenía un mal presentimiento.

—Meredith, tuve el disgusto de conocer al caballero. Debiste escoger mejor a quien entregarle tus atenciones. Con razón la señorita Harting no puede verte caminando por esta casa —declaró Eugenia.

—Por favor, milord, disculpe a mi querida hermana, Eugenia, todavía falta perfeccionar su silencio —habló Meredith, avergonzada.

—Le hace falta mucho para que eso pase. ¿Tiene algún lugar privado para conversar?

—En el jardín trasero hay un banco, podríamos ir ahí y quedar a la vista de la servidumbre.

—No sé la razón de tanto recato, si con todo lo que han dicho de nosotros, ya siento que he compartido la cama con usted.

La piel en el rostro de Meredith estaba ardiendo por lo que él decía. Nunca había imaginado que alguien fuese tan corto de educación para referirse de esa forma hacia una dama.

—Pasemos al jardín para conversar, milord —pidió Meredith, apresurada, no quería que su hermana menor siguiera oyendo alguna otra opinión desubicada de lord Earl.

Ella hizo que él la siguiera por una puerta que los llevaba hacia el jardín del costado y así llegar al trasero.

El conde la seguía a una distancia corta.

No le interesaba el contacto con ella más por el enfado que por otra cosa.

Sus ojos azules eran hermosos, al igual que sus facciones delicadas y su cabellera rubia.

Tendría una esposa bella e hijos de buen ver, pero entre ellos quizá nunca surgiera algo más que un rechazo.

Ya había visto lo que un mal matrimonio despertaba en las personas y, aunque no quería repetir algo semejante, sus ánimos no estaban dispuestos a ceder ante lo encantadora que podría ser lady Meredith Fane, que había sido adiestrada para buena, tierna y delicada esposa como otras.

No obstante, para él, ella no era más que una joven irresponsable que los había hundido para siempre, echando a perder sus vidas en un casamiento que solo les traería lágrimas.

Meredith le indicó que tomara asiento y él se sentó en un extremo de la banca y ella en el otro. Sentía una inexplicable tensión. Terminaría casada con el primer hombre que había visto en su presentación. Nada de lo que había esperado estaba ocurriendo.

—Lamento la situación en la que estamos, milord —se disculpó Meredith, que sentía que en verdad le debía una disculpa a ese hombre que era su víctima. Sabía que no estaba feliz por lo que pasaba y ella tampoco.

—¿Lo lamenta? Todavía no lo lamenta —espetó con cierta molestia—.

Yo no quiero casarme y si estoy aquí es solo por un trato conveniente para mí y que no le incumbe a usted que es la causante del cese de mis actividades divertidas.

No quiero escuchar que lo lamenta, no hay disculpa que pueda hacer que yo perdone esto.

Fue a causa de su insensatez que estamos en esta situación, milady.

La joven agachó la cabeza ante el reproche del conde. Al parecer él no tenía intenciones de relacionarse de una buena manera con ella. Entonces, ¿qué debería hacer ella? ¿Resignarse o hablarle en el mismo tono de voz? Meredith intentó ser empática con alguien a quien eso no le interesaba.

—¿Piensa que no lo sé? ¿Cree que solo usted ha perdido algo en esta vida? —increpó la joven, molesta.

—Usted ha salido ganando. El único perdedor soy yo y no le permito que me diga lo contrario. Ahora tiene un esposo...

—¿No piensa ser un poco agradable conmigo?

—No, no tengo intenciones de que me agrade ni que yo le agrade, con que cada uno cumpla con lo suyo y no moleste al otro, es suficiente.

¿Amor con ese hombre? Ni soñarlo. Estaba segura de que sería la única hermana Fane que terminaría sus días en medio de una gran tristeza. Con un caballero resentido como ese, solo le esperaba mucha frustración. En el fondo no se sentía merecedora de tanto sufrimiento.

—No fue intencionado, milord —musitó intentando aflojar el corazón del hombre.

—Esa explicación no le sirve a usted, ni a mí. Solo espero que al menos sepa un poco de lo que decía en la divertida publicación de lady Kirby. No quiero una esposa frígida, soy un libertino, no espere que la trate como si fuera de algodón.

—¿Cómo se atreve a decir esas cosas, milord? Qué indecente.

—Con quién cree que se casará, ¿con un vicario?

No, querida mía, tendremos buenas noches en nuestra casa.

En un mes seré su dueño y me pertenecerá.

No estará bajo la tutela ni la protección de su hermano, vivirá como yo deseo que lo haga.

Usted manipuló mi vida y yo haré lo mismo con la suya, por supuesto, que tendré concesiones por ser una aristócrata y futura madre de mis hijos.

Dentro de todo lo que no merece, seguirá viviendo muy bien, es un compromiso que tomé con su hermano y soy un hombre de palabra.

Ella no podía comprender cómo pudo haber terminado de esta manera. Por cómo le hablaba y la trataba, Meredith viviría en un infierno absoluto, no le quedaba duda. La solución de Spencer era lo peor que le podía ocurrir a su vida, debía rogarle a su hermano para que no la dejara ir con él.

—Según entiendo, para usted no merezco el perdón de ninguna manera, pero en mi defensa le digo que jamás tuve intención alguna de tener un esposo como usted.

Si cree que haciéndome sufrir logrará sentirse mejor, hágalo.

En ocasiones degradar a los demás para estar en la cima suele ser la forma en la que los débiles pueden alcanzar cierto bienestar.

No le quitaré esa oportunidad, pero no espere sumisión de mi parte, soy una Fane, y si algo nos caracteriza es jamás rendirse, no ceder.

—Doblegaré su voluntad como una rama, hasta romperla. No me quejaré de usted y tampoco lo hará de mí. Nuestros problemas los resolveremos nosotros. Otros ya resolvieron nuestro matrimonio, ahora nos toca averiguar cómo lo llevaremos.

—Yo tengo una forma práctica de llevar esto: daré lo mismo que reciba de usted.

Él rio y negó con la cabeza.

—En mi gallinero no manda una gallina, milady. Usted no puede hacer nada, no tiene potestad y menos podrá herirme de ninguna manera.

—Es lo que usted cree...

Por dentro, Meredith se desmoronaba, pero por fuera, no quería que se notara su debilidad.

Lord Earl la devoraría al ver que ella echaba alguna lágrima.

Él estaba dispuesto a hacerla sufrir sin descanso, mas si la veía fuerte y con capacidad de defenderse, tendría más cuidado de herirla, pues su esperanza era que se rindiera ante su entereza.

A Foster le daba risa el nivel de enfrentamiento que deseaba imponer esa joven. La veía como un triste patito deseando pelear con un cisne, ella no tenía oportunidad de nada, la devoraría de un bocado.

Ante el silencio de los dos, Meredith se levantó del banco, indicando con eso que no quería continuar cerca de él.

—No pienso irme todavía, al menos no hasta hacer que este compromiso sea real. Quiero convertir esta pesadilla en una realidad. —Él se levantó, colocó su figura frente a ella y la cogió de los antebrazos con poca delicadeza.

—¿Qué quiere?

—Una condesa no se expresa de esa manera.

—Todavía soy de la familia Fane y puedo hablar como me apetezca.

—¿Sabe qué es lo que me apetece? Callar su boca, y lo haré para demostrarle que, si bien aún no me pertenece, yo ya tengo control sobre usted.

—¿Y cómo cree poder callar el ímpetu de una Fane?

—Así —respondió descendiendo sus labios a los de ella para besarla.

El primer beso de Meredith se lo estaba robando un malvado hombre, un sinvergüenza y alguien que jamás la amaría.

En ese instante no sentía el rencor que él irradiaba.

Una sensación física indescriptible se apoderaba de ella, dejándola sin voluntad.

Su boca era hábil no solo para asustar, sino que también para agasajar con un suave toque de labios.

En ese momento, sentía una lengua inquieta queriendo introducirse en su boca, invitándole a unirse a ese agradable acercamiento.

¿Cómo alguien tan desagradable podía ser aceptable al besarla?

¿Qué estaba haciendo al ceder ante su beso si él nunca la querría ni le daría amor?

No, no quería volver a enamorarse de otro pésimo varón.