Familia Fane Capítulo 12
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Capítulo 12

El acuerdo estaba hecho. Tanto Spencer y Albert, como Foster estaban conformes, el único que echaba fuego por la nariz era lord Sharp.

Este último consideraba a Meredith demasiado valiosa para tener que estar por debajo de una amante.

Era evidente que lord Earl no haría lo suficiente por conocer lo maravillosa que era esa joven.

—Como seremos familia, los invito a cenar conmigo. Sería de mal gusto que no festejemos lo conseguido —alegó Foster. Su tono deseaba ser burlón, aunque quedaba muy amable para ser malvado.

—No está de más saber si mi hermana comerá bien. Mientras podríamos seguir conversando sobre algunas condiciones, pues Meredith está acostumbrada a lo mejor —aceptó Spencer.

—Con lo que tengo y usted me pueda otorgar, a su hermana no le faltará nada, aunque considero que es mejor que ella no sepa a lo que me dedico, por su bien y mi tranquilidad.

—Me parece lo más racional que he oído esta noche —agregó lord Nottingham.

—Entonces pasemos a cenar y a brindar por un futuro matrimonio, obligado, pero matrimonio al fin... —masculló Foster, dejando entrever un poco su rechazo hacia la idea.

***

Meredith todavía ignoraba lo que su hermano estaba haciendo.

A ella solo le quedaba distraer su mente para no pensar en nada.

Mientras estaba recostada panza abajo en la cama, el gato de su hermana Eugenia, de nombre Clauss, entró a la habitación.

Aquel felino estaba tan gordo que le costaba mucho subir a la cama. Ella tuvo que ayudarlo.

—¿Quieres leer conmigo, Clauss? —preguntó.

El gato solo la miró. Después comenzó a lamerse.

—Está bien, mátame con el látigo de tu indiferencia —declaró la joven que intentó seguir con su lectura; sin embargo, el ronroneo del gato indiferente la distraía, por lo que tuvo que cerrar su libro y se dedicó a mirar al animal.

Sentía gran tentación por ser un gato en ese instante de su vida, no quería complicaciones, necesitaba estar tranquila como Clauss. Ser humana era más difícil de lo que pensaba, al parecer comer y dormir era más fácil.

—Es hora de cenar, milady —anunció la señorita Harting que estaba buscando a cada una de sus pupilas para que fueran a cenar.

La joven todavía no se había movido, pero el gato ya estaba en condiciones de ir a por su comida.

—Tú no, Clauss. Eres tan gordo que quizá caigas rodando por la escalera —reprochó la señorita Harting al animal que fue a arrimarse por sus piernas y maullar como si esperara algo de comer.

—¿Spencer ha regresado? —interpeló Meredith.

—No. De hecho, nadie sabe a dónde han ido, solo sabemos que ninguno ha regresado para la cena. Tal vez estén cenando en casa de lord Sharp.

—¿Y si Spencer fue a casa de ese conde que se niega al matrimonio y este le hizo algo a mi hermano?

—En todo caso, más creo que su hermano le hizo algo a lord Earl. Tal vez ahora están haciendo un hoyo para arrojar el cuerpo del caballero por negarse.

—¡No diga eso! Spencer es incapaz de matar a alguien, negociará hasta el último momento.

—Lo que deberíamos hacer es ver si su arma está en el escritorio, y si no la hallamos es porque la llevo con él para solo Dios sabe qué intenciones.

Eso de que están viendo cómo deshacerse del cadáver es válido, milady.

En el pésimo estado mental en que se encuentra el conde, es capaz de cualquier cosa.

—Ahora no podré comer un bocado. Temo por lo que pueda hacer.

—Pero él le teme más a tener que encargarse de sus hermanas hasta el último día de su vida gracias a su tontería, lady Meredith. Le he enseñado a beber y al final... También le dije cómo es un caballero real y usted se ha dejado embaucar por un hombre casado.

La joven cerró los oídos para no seguir escuchando a la señorita Harting.

—¡Lo sé, lo sé, no hace falta que me lo repita a cada paso, condenación!

—¡Está castigada por responderle a su institutriz! —vociferó la señorita Harting.

—¡No, no! ¡Perdóneme, señorita Harting, permítame corregir mi tontería!

—Con todo lo que ha hecho todavía sigue siendo prepotente. Esta vez le daré un castigo sencillo. Escribirá doscientas veces: «Nunca volveré a decir malas palabras a mi institutriz».

Se estaba convirtiendo en una experimentada buscadora de problemas. De no mover un músculo, pasó a ser la única paria de la familia.

—Sí, señorita Harting.

—Ahora vaya al comedor, yo seguiré buscando a las demás.

Entre suspiros y desgana tuvo que obedecer.

En el comedor, todas eran mujeres y había un ambiente distinto.

La silla que se encontraba a la cabeza de la mesa estaba vacía y no existía un orden como todos los días.

Eugenia no dejaba de hablar sobre Fanny, su edad y su falta de sangrado.

Ese era un problema que venían arrastrando varios años y solo se tocaba en presencia de Spencer para que pudiera ordenar el gallinero.

Cuando acabaron la cena, las más pequeñas fueron a sus habitaciones para dormir, mientras que Meredith tenía los ojos puestos en la ventana del salón que daba hacia la calle.

Estaba ansiosa por saber lo que su hermano hacía.

Estaba sola, Victoria fue a dormir antes de que Philip despertara y ya no pudiera descansar, y la señorita Harting no se quedaba mucho tiempo con ella.

Podía ver la decepción en su mirada. Para su institutriz, estaba más que perdida, era un verdadero fracaso, el peor de su vida.

Al tiempo que Meredith estaba a punto de rendirse e ir a dormir, la puerta de la casa se abrió. Era su hermano que había vuelto con un gran sobre de papel en la mano.

—Estaba preocupada —confesó al verlo.

—Ve a dormir, Meredith. Mañana conversaremos sobre lo que ha ocurrido hoy. Estoy cansado y he bebido un poco.

—¿Son muy malas noticias?

—No es tan difícil de entender, te dije que te vayas a dormir y que mañana hablaré contigo. Concédeme unas horas de paz.

—Está bien. Te veré mañana.

Con lentitud ella se retiró hacia la planta superior de la casa y él se quedó en el salón. Tendría que decirle a Meredith que se casaría y para hablar con calma, necesitaba un buen descanso.

Por la mañana, Spencer se sentó a desayunar con sus hermanas y su esposa.

No había dicho mucho en la mesa, porque no estaba de tan buen humor.

Victoria era la única que hasta el momento sabía cuáles eran las condiciones para que ese matrimonio se llevara a cabo, pero él no le diría las aberraciones que lord Earl había pedido y que él le concedió para que pudieran limpiar el nombre de su hermana.

Esperaba que eso muriera como un secreto, o mejor, que ese conde recapacitara y con el tiempo aceptara a Meredith de buen grado.

—Meredith, acompáñame al despacho. Conversaremos un instante. Victoria, quédate con las niñas, que ninguna ande como lagartija por la pared —ordenó Spencer al acabar su desayuno.

Había llegado el momento. Meredith sabía que su hermano diría su sentencia.

Era irse o casarse. Mientras caminaba por el pasillo hacia el matadero, comenzaba a sentir palpitaciones.

¿Qué había decidido su hermano? Él abrió la puerta y le concedió el paso, le señaló el asiento y pasó al suyo.

Spencer se sentó, recostó su figura en el asiento y suspiró.

—Por favor, necesito que hables o aquí mismo me moriré por no saber qué tienes que decirme —pronunció desesperada.

—Te lo diré. Ayer fui a negociar con lord Earl y llegamos a un acuerdo: el matrimonio. Él ha aceptado casarse contigo.

¿Casarse? ¿Casarse con un verdadero extraño? No era justo, eso no era lo que había imaginado. Lejos de la decepción que le había causado lord Abingdon, ella deseaba casarse por amor. Esa terrible noticia había golpeado su corazón y un llanto inexplicable escapó de ella.

Spencer entendía que no quisiese casarse con el conde de Earl. A ese hombre le faltaron las lágrimas, pero por lo demás quizá estuviera igual que su hermana.

—Toma un pañuelo. —El conde le ofreció esa tela para que ella pudiera decir algo.

—¿Cómo fue? —Logró preguntar la joven.

—Primero se ha negado, pero después con un par de concesiones ha decidido salvar su reputación y la tuya.

—Qué generoso, ¿no es así? —increpó burlona—. Quiero que la tierra se me abra bajo los pies. Dime, Spencer, ¿cuánto tiempo de soltería me queda?

—Un mes...

—¡Un mes! ¡Un mes! —De nuevo rompió en llanto, pero esta vez de manera más escandalosa.

El conde tuvo que cubrir sus oídos por el grito histérico de su hermana. Tal vez este solo fuera el principio de su sufrimiento y ella ya parecía estar en la recta final.

—Meredith, lloras sin razón, espera a casarte para llorar, ¿no te parece mejor que llores por una razón?

—He desperdiciado mi vida entera. Me casaré con alguien que no conozco y que quizá me odie. Debí bailar más, conocer más gente y beber menos.

—Menos mal que entiendes que no te quiere.

Lo único que te pediré es que no aspires a más que una relación cordial.

Si el amor llega en algún momento, dale la bienvenida, pero si no es así, resígnate a lo que te ha tocado.

Todo pasa por una razón y no todos en la vida nacimos para ser felices, ¿comprendes?

Trata de vivir lo mejor que puedas con lo que tienes.

Lord Earl te dará una buena vida, me lo ha prometido, tendrás una amplia y bonita casa, al igual que una buena comida. Aprecia lo que tienes...

—No puedo, no puedo pensar de esa manera. Yo quiero ser feliz, deseo amor. Quiero ser como Victoria y Kitty. La vida se ha ensañado conmigo, no fue suficiente con haber sido embaucada por lord Abingdon, también tuve que caer en manos de otro error. Por favor, Spencer, dime que hay otra salida.

—La hay, por supuesto, pero eso implicaría que yo lo retara a un duelo, siendo eso un riesgo para mi vida y para el futuro de todos sin mí a la cabeza de esta casa.

La joven comprendía a la perfección que no podía poner la vida de su hermano en riesgo, era su hermano, no su padre, eso no le correspondía. Además, tampoco por un error suyo podía dejar a Philip sin su padre.

—Jamás te pediría algo semejante...

—Entonces, solo prométeme que darás en igualdad a lo que recibes de él. Me lo contarás todo, aunque poco puedo hacer. Lord Earl será tu dueño y tendrá potestad sobre ti.

—De ninguna manera te molestaría más de lo que ya he hecho. No mereces lo que ocurre, aunque yo tampoco merezco esto.

—Estamos en el agua, Meredith, debemos nadar hasta la orilla para no morir ahogados. Créeme que lamento este matrimonio por ti, pero es lo mejor para tus hermanas. Al menos sabrás que tu error quedará en una anécdota que no afectará a las otras.

—Nunca me perdonaría que ellas no pudieran casarse por mi causa. Haría lo que fuera por mis hermanas.

—Por eso busqué el matrimonio, porque sabía que tú lo aprobarías por mucho que no fuera que lo querías. Él vendrá a conocerte después del desayuno. Trata de recibirlo de buen ánimo, limpia tu rostro y piensa en el bien que harás.

Ella levantó su mentón como si el orgullo la consumiera. No quería saber nada de lord Earl ni de ningún matrimonio obligado. Sabía de los matrimonios convenientes, pero no de los obligados.

Al dejar el despacho de su hermano, ella fue a su habitación para intentar verse presentable.

No sabía qué actitud tomar. Lo que le había dicho su hermano tenía sentido, pero ¿cómo hacer para entender eso?

Su pensamiento y razonamiento estaba completamente desaparecido.

Ella no quería resignarse a su suerte; sin embargo, su familia pagaría las consecuencias de una falta total de raciocinio.

Por culpa de su falta de control ante la decepción, se encontraba comprometida con alguien a quien no quería y que quizá nunca lo haría.

En el salón, se encontraban las niñas en medio de un juego.

Las mayores se escondían, mientras Eugenia esperaba a que ellas lo hicieran para buscarlas.

El gato Clauss la acompañaba a la vez que aguardaba.

Al escuchar la puerta, ella perdió el interés por el juego, quería saber quién los visitaba a esa hora.

Calvin fue a abrir la puerta y dejó pasar a un hombre alto, con un cabello un poco largo y los ojos muy verdes.

—Lady Eugenia, debe ir al jardín —dijo el sirviente.

—No hay nadie para recibir a la visita, yo me encargaré de él.