Familia Fane Capítulo 11
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Capítulo 11

Lord Sharp terminó convencido por lo que dijo Spencer.

Debían salvar a tres con el sacrificio de uno.

Eso ya había funcionado para lord Nottingham con anterioridad.

Envió a su hermana más rebelde a un lugar remoto y ahí consiguió un duque.

Una gran suerte para alguien de la que no se esperaba nada.

Si en esa ocasión salvó a cuatro hermanas y una desperdició su oportunidad, las otras tres no tenían que pagar por las malas decisiones ajenas.

Los tres caballeros salieron de la residencia del conde de Nottingham con dirección a la casa de lord Earl con la intención de conseguir ese compromiso de la manera que fuera.

***

Por la noche y antes de la cena, Foster estaba sentado en el salón en compañía de su ayuda de cámara, con quien acostumbraba a jugar ajedrez o cartas. Esa noche prefería el ajedrez, pues necesitaba pensar en algo estratégico que le permitiera salir del problema en el que estaba.

El sonido de unos golpes en la puerta hizo que el ayuda de cámara dejara el juego y se acercara a abrir la puerta.

—Buenas noches, ¿en qué puedo servirles? —preguntó Clay al ver que tres caballeros se encontraban frente a él.

—Queremos una audiencia con lord Earl. —Al acabar de decir eso, Spencer le entregó tres tarjetas al sirviente.

Al fijarse en el nombre del uno de los visitantes, entendió que esos hombres no estaban ahí por préstamos o para una visita amistosa. A su amo se le había acabado el tiempo para pensar en qué hacer.

—Por favor, pasen a la recepción —pidió Clay con un gesto de la mano.

Antes de entrar, Spencer evaluó el perímetro. La casa era bonita, con un jardín pequeño, pero coqueto. Le faltaría ver el resto de la residencia.

Los tres entraron y se quedaron en la recepción, mientras entregaban sus sombreros al sirviente.

Una vez que Clay terminó de acomodar los sombreros en un perchero, fue hasta el salón y se paró frente a Foster.

—Ha llegado el día, milord. El juicio final ha empezado —declaró.

En un primer instante, el conde de Earl no había podido hilar correctamente las palabras de su sirviente, aunque un tiempo después, lo comprendió.

—¿Quién está en el recibidor?

—Mejor dicho, quienes, milord. Lord Nottingham ha venido con el apoyo de lord Sharp y el duque de Salisbury.

—Estoy en una ligera desventaja, ninguno es mi cliente. Hazlos pasar para que le demos prisa a la puñalada. Si no muero desangrado, saldré muy herido.

—Sí, milord.

Foster abandonó la comodidad de su asiento para ponerse de pie y recibir a los caballeros que iban para presionarlo. Lord Nottingham no era tonto, pero él tampoco se dejaría avasallar, al menos no con facilidad.

Al ver entrar a los tres hombres con el rostro serio, hizo una reverencia, a la que los demás correspondieron por educación.

—Quisiera saludarlos con armoniosas palabras, pero supongo que vieron lo mismo que yo —dijo Foster.

—Sí —respondió Spencer—. Hemos venido a conversar con usted.

—Casi me encuentran con los baúles en la puerta, pero de cierta forma los estaba esperando o al menos solo a usted, lord Nottingham —alegó Foster—. Siéntense, los escucharé.

—Me alegra que tenga la apertura suficiente para conversar como caballeros.

Sé que en ocasiones el camino de los cobardes es muy atractivo y la tentación de tomarlo puede cegarnos de ver la importancia de las cosas.

Como usted mismo adelantó, lo que me trae aquí es la nefasta publicación de lady Kirby.

Ayer fui a su casa a pedir que todo quedara en el olvido, pero ella me dijo que no se podía y ahora comprendo las razones. Ha buscado hundirlo.

—Al parecer no soy el único que piensa eso. Con todo respeto, le digo que nada de lo que manifiesta esa señora descocada es cierto. No he tenido tiempo de explicarle cómo ocurrieron los hechos.

—Lamento decirle, lord Earl, que aquí ya no importan cómo ocurrieron los hechos, importa la consecuencia inmediata de esto —espetó lord Sharp que deseaba ir directo al grano.

—Sin que les importe, contaré mi versión.

Llevo años alejado de cualquier mujer con vestido de colores claros o pasteles por una razón.

Esa desafortunada noche, salí a beber una inocente copa de whisky, cuando escuché un grito y ni siquiera me dio tiempo de mirar al cielo.

Algo con muselina cayó sobre mis hombros y de ahí todo es confuso —confesó—.

Cuando desperté de la inconsciencia la vi en el suelo cerca de mí y mi primer instinto fue defenderme y para eso la cogí en brazos para llevarla a un lugar en donde ella se recuperara, pero no pude mantener el equilibrio y caí sobre ella.

En ese horrible instante apareció esa vieja cotorra infernal para arruinar mi vida.

—¿Entonces llevaba a mi hermana a otro sitio? —increpó Spencer. Esa parte de la historia nadie se la había contado.

—Y solo Satanás sabrá con qué intenciones —intervino Albert que arrugó el ceño.

—Para resguardarla de esto que está ocurriendo.

Mi reputación de libertino es preciada para mí.

¿Creen que quería involucrarme con una desconocida con la que ni siquiera he bailado?

Tal vez con un poco de gusto hubiese besado a la amiga de ella, a lady Imogen, a quien tuve el agrado de conocer.

Lord Nottingham, no me complace lo que le diré, pero estoy en la obligación moral de decirle lo desagradable que es una mujer ebria para la sociedad.

—¡No es una mujer ebria! ¡No vuelva a decir tonterías! Ella no sabe beber y la influencia de lady Imogen fue la que hizo que ella se distendiera con la bebida —defendió Spencer, indignado.

—Vaya distensión ha tenido su hermana. Amargar mi existencia le debe resultar muy divertido...

—No estamos dispuestos a discutir lo que se sabe.

Ambos sufren con lo que pasa. El asunto importante es que Meredith no es mi única hermana, tengo otras tres que dependen del excelente desempeño de las que están antes, comprende lo que quiero decirle, ¿verdad?

Una hermana es importante, pero tres lo son más.

—Entiendo a la perfección, también tengo una hermana casada, mal casada, pero casada al fin.

Es lo único que importa, ¿no es así? No son importantes los pensamientos ni sentimientos, son solo seres que requieren de un esposo sin importar cómo este las trate.

Lo que puedo adelantarle es que no me importa ni su hermana ebria ni las demás.

El ambiente entre todos se había puesto más tenso. Los asientos en los que estaban ya no eran tan cómodos. Foster tenía seis ojos que lo miraban como águilas. En cambio, él no sabía hacia dónde mirar. Al parecer había golpeado el punto sensible de lord Nottingham y también del resto.

—Sabía que todo resultaría en una salida como la que dice, pero hemos venido preparados para esto. No somos improvisados —manifestó Albert.

—Antes de que ustedes propongan algo, quiero que sepan que me niego a cualquier oferta que tenga que ver con el matrimonio —advirtió lord Earl, decidido a no dejarse pisotear por los títulos e influencias que ellos pudieran tener.

—No tiene otra opción, es casarse, morir o quedar arruinado. Usted escoge cuál de los males es el menor. No me ponga contra la pared, porque por mis hermanas soy capaz de matar.

—En eso somos iguales, lord Nottingham, también mataría por mi hermana. Ahora, ¿cómo piensa lograr que me case con su hermana? —increpó burlón. Todo le parecía de boca para afuera, él no se atrevería a nada y no tenía forma de arruinarlo.

—Tan sencillo como desafiarlo por el honor de mi hermana. ¿Cree que no soy bueno para matar? Estoy adiestrado contra sinvergüenzas. Recuerde que tengo cinco hermanas. No solo poseo dinero e influencias, sino que también tengo habilidades extraordinarias con el arma y la espada.

—Hablas mucho, Spencer, deja que yo negocie esto.

—Albert se levantó de su asiento y se acercó a Foster, lo cogió de las prendas, lo levantó y lo colocó contra la pared—.

Escuche, cucaracha usurera, si no quiere casarse por las buenas, lo hará por las malas.

Tengo cuatro cuñadas que me volverán loco en un par de años si se quedan solteronas.

Tengo una hija que por ningún motivo va a perder sus oportunidades de casarse por usted.

Lo arruinaré y lo dejaré viviendo en una patera en el Támesis...

—Albert, no creo que diciéndole a lord Earl que lo arruinaremos, consigamos algo —musitó lord Nottingham.

Foster sentía que sus prendas estaban a punto de romperse por la fuerza que ejercía el duque. Aquel estaba hablando muy en serio y no se reservaba nada.

—No solo lo arruinaré a él, también a su hermana —farfulló dejando en paz a Foster. Lo soltó, se arregló el pañuelo y regresó a sentarse. Debía soltar su desesperación. No quería tener viviendo a sus cuñadas con él, eso sería un castigo que no merecía.

—A su excelencia le han enseñado a negociar muy bien —aseguró Foster intentando arreglarse la ropa.

—Ahora entenderá que no estamos jugando —advirtió Spencer—.

Además, no todo puede ser malo. Si quiere corregir su camino torcido, le ofrecemos tenderle la mano para que deje ese negocio poco conveniente para mi hermana Meredith.

Si me permite... —Lord Nottingham sacó unas hojas de un sobre para enseñarle algo que quizá le hiciera cambiar de opinión—. Observe esto y tome una decisión.

Lord Earl cogió las hojas y comenzó a mirar todo lo que contenían.

La dote de la joven era exorbitante, ¿de dónde un conde sacaría tanto dinero para una de sus hermanas?

Casarse con cualquiera de ellas podría llegar a ser un gran negocio, aunque para él no era atractivo por cómo había llegado hasta ahí.

—Dinero, propiedades y beneficios —dijo Foster, devolviéndole los papeles a Spencer—. Mi soltería es importante para mí.

—¿Tanto para coger un poco más de dinero que yo pueda darle? —increpó Albert.

—No quiero casarme, no tengo compasión ni ambición. Lo tengo todo, ¿para qué ambicionar lo que me ofrecen?

—Spencer, deberías matarlo y nada más. Este caballero no cederá. Tal vez otro quiera casarse con Meredith para cubrir este escándalo —propuso lord Sharp, enfadado.

—Soy inocente y no pagaré por culpas ajenas.

—Lo invito a que lo reconsidere —pidió el duque.

—Como dijo el caballero, puede responder otro por algo que nunca pasó.

No creo que alguien rechace semejante oferta.

Si yo tengo que perder mi negocio y mis placeres, no me casaré, si los conservo, podríamos hablar.

Han venido a mi casa a intimidarme sin preguntarme lo que yo deseo.

Me ofrecen cosas que no me importan, ¿no sería más sencillo darme lo que quiero a cambio de callar bocas?

—Escucharé lo que sea con tal de salvar a mis hermanas —cedió Spencer.

—Les diré mis condiciones. Si sufriré, al menos que sea de manera cómoda. ¿Estamos de acuerdo?

—Estamos de acuerdo con lo que sea con tal de que se case —concedió Albert. Ya estaban viendo una luz al final del túnel.

—Me casaré con ella con la condición de conservar mi negocio de prestamista y a mi amante. Esas dos cosas me hacen feliz.

—¡Incordio pecador! —gritó lord Sharp con indignación.

—Prometo una buena vida para la joven y es todo, más de eso sería ambición. Ella tendrá lo que quiere, ustedes también y yo conservaré lo único que me complace.

—De ninguna manera aceptarás un trato semejante para Meredith, Spencer, ella merece algo mejor —alegó el conde de Sharp, desesperado, por el futuro de la joven.

—Acepto sus condiciones, lord Earl, pero mi hermana no derramará una sola lágrima, porque si lo hace, usted morirá, eso sigue en pie.

Y para usted, lord Sharp, no me queda más que decirle que con eso Fanny, Rose y Eugenia tendrán sus oportunidades.

Como dice el conde, Meredith tendrá un matrimonio y es lo que vinimos a buscar, que la quisiera, sería muy ambicioso de nuestra parte. Hay que agradecer lo que conseguimos.

Pese a que Foster no quería casarse, era mejor no hacerse enemigos de esas personas.

El duque no jugaba con sus palabras y sabía que alguien como él solo miraba hacia las ramas altas de los árboles.

Podría seguir viviendo a su manera con un matrimonio a cuestas.

Con el tiempo, necesitaría un heredero y esa joven tendría una función que cumplir.

Lo ideal era darle un hijo rápido para que se distrajera y no lo molestara, porque, aunque todo fuera un trato, siempre existían riesgos de reclamos por parte de la que sería su esposa.

Sin embargo, al igual que lord Nottingham y sus amenazas, de la misma manera, él mantendría callada a la hermana y ella sufriría a su lado el tiempo que le diera la gana.