Familia Fane Capítulo 10
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Capítulo 10

Dos días después del suceso que mantenía a Foster encerrado en su casa, lo peor había llegado hasta él: el periódico y una corta misiva de su hermana, comunicando que iría a una de las propiedades rurales de Abingdon para alejarse de la sociedad y de la mujer que distraía a su esposo de sus obligaciones.

—¿No cree que será complicado salir a la calle, milord? —interpeló su ayuda de cámara que estaba de pie detrás del asiento en el que Foster se encontraba leyendo el periódico.

—¿Lo dices por esta condenable columna que lo único que hace es perjudicarme para terminar casado?

—Tal vez, milord. Ahora que todos piensan que es seductor de debutantes, dejarán de invitarlo a los selectos grupos. En este mismo instante es un paria ante los ojos de sus pares.

—No me importa ser un paria para nadie. ¿En qué ha cambiado mi reputación? Sigue igual, solo que no me invitarán a ningún lugar.

—¿Y la joven que ha sido mancillada por las palabras escritas en el periódico?

—No me hago cargo de niñas ebrias que caen del cielo —farfulló Foster.

—Entonces no se casará con ella...

El conde dejó a un lado el periódico y giró la cabeza para poder mirarlo.

—No, salvo que me obliguen de una manera en la que no me pueda negar. Dudo que un conde pueda ponerme a temblar.

—Usted hace temblar a su cuñado, ¿por qué está tan seguro de que no le ocurrirá nada?

—Mis negocios no son de conocimiento público. Uso a personas para moverme en eso. ¿Qué dirían los demás si saben que también me dedico a ser prestamista?

—Dudo que eso sea a su favor si el hermano de la joven lo sabe.

—No soy rico solo porque vivo de mis tierras. Mi padre me ha dejado mal posicionado al morir. Este título estaba en quiebra y yo lo levanté. No importa la forma, lo que importa es que dinero me sobra. No más dolores de cabeza.

—Por supuesto, milord. ¿Se le ofrece algo?

—Sí, que puedas dejarme leer el periódico sin que respires en mi nuca.

—Sí, milord.

Su criado se alejó sin sentirse ofendido. Aquel conocía su comportamiento, por lo cual nunca existían fricciones entre ellos. De hecho, se consideraba una persona accesible y agradable para quien era de la misma forma con él.

Siguió mirando el periódico por un rato más, aunque regresó a la columna que lo tenía un poco dubitativo y temeroso.

Cualquier padre, tío, hermano o tutor no estaría nada feliz al leer las locuaces líneas inspiradas por un lamentable accidente.

No podía creer hasta dónde llegaba la creatividad de una matrona para desfavorecerlo solo por ser un libertino.

Hasta él creía que era un terrible monstruo por la convicción con la que se contaban tales mentiras con exageraciones exponenciales.

Pese a ser un calavera, nunca había sido blanco de ataques de este estilo, aunque comprendía que era por haberse atrevido a tocar a una dama debutante, ellas eran como las protegidas de las viejas casamenteras.

¿Qué solución podría tener ante una situación tan adversa como esa?

Nadie creería en su inocencia, nunca lo harían.

Él estaba condenado por un error y eso le enfadaba tanto, que comenzaba a odiar a esa mujer que lo había metido en un lío tal que le resultaría imposible salir.

¿Se quedaría a enfrentar los problemas como un caballero honorable que se haría cargo de culpas que no eran suyas o se iría de Inglaterra como manifestación de que no sería responsable de las tonterías de una jovencita viciosa?

Por supuesto que huir de Inglaterra era más atractivo, pero él no era de esas personas.

Se negaría hasta que los demás entendieran que no era un asunto suyo, sino que era una terrible equivocación ajena por la que él no debería pagar.

No era la misma situación en la que fueron descubiertos Justine y Dimitry, pues su cuñado intentaba conseguir un beso de una joven, ingenua y debutante Justine.

Ahí no hizo falta hacer una publicación, todos los asistentes fueron testigos de aquello por culpa de su propia madre.

Lo que él estaba viviendo era la consecuencia de una maldición por lo que había hecho su progenitora para conseguir un matrimonio para su hija.

El karma lo estaba maltratando por algo en lo que no tenía nada que hacer.

Tal vez sí estuviera chantajeando a Dimitry, pero era por el bien de Justine.

Cansado de pensar demasiado, Foster decidió que no se resignaría al castigo con tanta facilidad, si él debía sufrir no lo haría solo, la tal lady Meredith Fane habitaría en ese infierno a su lado.

Esperaría a que la corriente lo llevara a donde debería.

Suponía que después de semejante publicación, la familia de la joven se pronunciaría por cualquier medio.

Podía ser una carta o quizá una visita, debía estar atento a cómo negociaría para salir del apuro.

***

En la residencia de la familia Fane no era suficiente la cantidad de abanicos que procuraban que le llegara un poco de aire a los pulmones de lord Nottingham después de leer la columna más nefasta de todas.

No decía el nombre de su hermana; sin embargo, sí estaban sus iniciales.

Lady Kirby había hecho todo para que Meredith se quedara sin opciones más que el matrimonio, como si ella fuera la más beneficiada.

—¿Estás mejor, Spencer? —preguntó Victoria al entregarle a su esposo un vaso con agua.

—¿Mejor? Mejor estaría si la muerte se compadeciera de mí —respondió a la vez que aflojaba el pañuelo que tenía anudado al cuello.

—No puede ser tan grave, querido.

—¿Grave? Es gravísimo. Señorita Harting, por favor, llévese a mis hermanas de aquí, solo se quedará Meredith —ordenó a la institutriz que lo abanicaba.

—¿Por qué no podemos saber? —increpó Eugenia, que también abanicaba a su hermano.

—Porque una niñita como tú y las demás no entenderían. Ve a cazar pájaros con los dientes, Eugenia —dijo su hermano para que lo dejaran en paz.

Meredith miraba a todos con gran vergüenza. Si su hermano estaba recostado en el sillón del salón a causa de un mareo por leer el periódico, era por su entera culpa. Cuando sus hermanas y la señorita Harting se retiraron, con un gesto de la mano, Spencer le pidió que se sentara.

—Meredith Elizabeth Jane Fane... —habló intentando serenarse—. Lady Kirby no ha escatimado en palabras malsonantes, inescrupulosas y abrasivas para referirse a tu accidente. Estás condenada.

Ante esa afirmación, Meredith quedó aterrorizada. Negaba con la cabeza como si no creyera nada de lo que le decía su hermano.

—¿Es... tan malo? —indagó Meredith con la voz entrecortada.

—Bien, para que entiendas lo malo que es te diré una frase que espero no haga estragos en tu mente —declaró su hermano—.

Dice así: «Fui testigo de un apasionado ardor de lord Earl con una inocente joven.

La sangre corría como un río por el cuerpo de lady M.

, mientras el malvado y lujurioso conde alimentaba sus más bajos instintos... », no puedo continuar.

Meredith comenzó a sentirse tan mal como su hermano y lo peor era que no había leído todo lo escrito.

No quería imaginar cuántas exageraciones más podría tener esa columna de chismes.

Desde que estaba en Londres, siempre se había divertido con los cotilleos de esa columna; sin embargo, ser la protagonista no era nada divertido.

A lord Earl lo exponían sin vergüenza alguna, mientras que a ella intentaban ocultarla para quitar mayor provecho y que la gente hablara más tiempo de ellos al intentar saber quién era la dama que había caído en los influjos de un libertino.

—Estoy escandalizada —confesó Victoria—. Esto no puede ser bueno para nadie. Le escribiré a mi tío para pedirle un consejo. Él es un hombre sabio que podrá ayudarnos.

—Escríbele también unas cortas líneas a mi cuñado para que se presente... Esto es un asunto familiar muy delicado. Mejor que vengan los dos. Necesito un consejo que no sea herir o matar a alguien...

—Sí, querido.

Sin dilación, Victoria fue a cumplir con el pedido de su esposo, mientras que Meredith se quedaba junto a Spencer. Ambos estaban en el callejón de la amargura y los dos por diferentes motivos. Su hermano por la gran responsabilidad que tenía como cabeza de familia y ella por su futuro malogrado.

—¿Crees que se pueda hacer algo? —curioseó la joven.

—Por supuesto. Podemos matarte u obligar al lord escandaloso a que responda por ti.

—Spencer, él no lo hará, no es su culpa.

—Si algo debes entender es que este asunto no se trata de culpables o inocentes, se trata de reputación, honor y nombre.

Pueden ser inocentes o culpables, nada cambiará porque hay un hecho formando opiniones, imaginándose lo escrito y juzgando.

¿Qué pensará la gente cuando Fanny tenga que debutar en dos años?

Recordarán que su hermana tiene antecedentes de poder ser seducida con facilidad.

¿Comprendes lo que ocurre? Nadie entiende si eres inocente.

Dos ojos, una lengua venenosa y una pluma mortal los han condenado —lamentó lord Nottingham—.

Como te dije antes, puedes irte y perdernos a todos o quedarte aquí con un esposo que quizá te desprecie, pero con una reputación limpia y con tus hermanas con muchas posibilidades de casarse.

La jovencita tenía la soga en el cuello.

Sus hermanas eran demasiado importantes.

Kitty había hecho algo impensable al casarse con un duque, fue una hazaña maravillosa que la congració ante los ojos de su hermano, quien había sido su gran detractor.

Ella no podía hacer menos o tirar por tierra la perfección y el buen nombre que consiguió su hermana en favor de ellas.

Qué miserable se sentía al comprender que todo dependía de otra persona.

Ella estaba dispuesta a sacrificarse por lo que ocurrió, pero ¿y lord Earl?

¿Estaría de acuerdo con casarse en esas condiciones tan tristes y lamentables?

Si tenían que unir sus vidas, tendría que hacer el esfuerzo para ganarse su cariño y también otorgarle su respeto y si era posible, el amor.

Lord Abingdon la había decepcionado tanto que lo culparía por siempre de esto que ocurría.

Con todo el embrollo que estaba viviendo ya casi hasta había olvidado la pena que le causaba la mentira y las falsas promesas que ese caballero le había dicho.

En ese momento su preocupación eran sus hermanos. Haber bebido más de la cuenta lo estaba pagando demasiado caro y no solo ella, sino que también sus familiares.

Un par de horas después, tanto lord Sharp como Albert llegaron a la residencia de Spencer. El conde de Nottingham le pidió a Kitty que llevara a todas sus hermanas de nuevo a un paseo en su casa. No podría tenerlas oyendo a través de las puertas.

—Quisiera saber si todos han leído el periódico de hoy... —interpeló Spencer.

—Nunca he leído algo tan escandaloso. Es hora de enviar a esas niñas al campo hasta que la gente se olvide de este escándalo —habló lord Sharp, preocupado.

—No estoy de acuerdo, lord Sharp. Él es el hermano mayor y responsable de las niñas.

Me consta que hay mucho esfuerzo por parte de esta familia para controlar a las pequeñas culebras.

Lo único que podríamos hacer es apelar a la buena voluntad de lord Earl —replicó el duque de Salisbury—.

De esa manera todas saldrán bien de este desastre.

—¿Apelar a la buena voluntad? Aquí no apelaré a nada, lo obligaré a casarse con Meredith le guste o no.

—¿Cómo piensas obligar a alguien que se niega rotundamente a casarse con ella? —increpó lord Sharp.

—Si tengo que poner un arma en su cabeza, lo haré y también puedo retarlo a un duelo. Tengo cinco hermanas, por eso he practicado, créanme cuando les digo que mi puntería es muy buena si quiero matarlo.

—No creo que tengamos que llegar a esos extremos. Me he tomado la molestia de averiguar un poco más sobre lord Earl y no saben lo que he encontrado. Lo hice por el beneficio de todos, pero más por mi amada Augusta, una tía en desgracia es una desdicha familiar.

—¿Qué has averiguado, Albert? —preguntó Spencer para intentar comprender el punto al que quería llegar su cuñado.

—Lord Earl es alguien de baja calaña, un prestamista que tiene una gran fortuna gracias a la usura. No es ningún buen samaritano. Ser un libertino no era el peor de sus defectos, ni tampoco ser el cuñado de lord Abingdon, cosa que también será un problema futuro.

—¿Prestamista? ¡Por el amor de Dios, Spencer! No puedes casar a alguien como Meredith con un sinvergüenza de esta categoría —se negó lord Sharp.

—Usted una vez me dijo que apartase a la manzana podrida de la caja.

En este momento Meredith es esa manzana, en la caja están Fanny, Rose y Eugenia.

El sacrificio de uno vale para salvar a tres.

Es difícil escoger entre mis hermanas, pero ante la necesidad, debo tomar esta determinación.

Voy a por lord Earl, y no importa que sea prestamista ni el cuñado del embaucador.