Familia Fane Capítulo 8
39%

Capítulo 8

Foster llegó a su residencia en un estado de histeria que nunca había sentido.

Esas personas con las que compartió espacio lograron perturbarlo.

Él comprendía las implicancias de lo que había ocurrido en el baile.

Nunca había visto a la joven, cuando lo acusaron de sinvergüenza supo el nombre.

Por su estado mental tampoco había tenido tiempo de apreciarla de ninguna manera, aunque tampoco le importaba.

—¿Le preparo sus prendas para dormir, milord, o irá a pasar la noche con su amante? —preguntó su ayuda de cámara.

—Lo que necesito es saber qué hacer ahora...

—Tiene sangre endurecida en la frente, milord, ¿le ha ocurrido algo?

—Sí. Una niñata malcriada y viciosa ha caído en mi cabeza, literalmente.

No exagero, ni tampoco miento. Cayó del balcón justo en mi cabeza.

Por unos instantes quedé inconsciente. Cuando desperté, solo pensaba en no estar junto a esa joven porque me culparían de cualquier cosa.

¿Y qué crees que pasó? —curioseó Foster.

—Lo que no debía pasar, milord. ¿Está comprometido o preparo sus baúles para huir de Inglaterra?

—No había considerado huir, pero suena tentador.

—O, puede quedarse y aprovechar que el destino ha escogido a su esposa por usted sin necesidad de hacer nada más. Es beneficioso y, además de todo eso, logrará recuperar a sus amistades, puesto que formará parte del selecto grupo de hombres casados.

—Ni hablar de eso. No responderé por algo que no he hecho. Ni siquiera me he fijado en ella; sin embargo, otra joven fue quien llamó mi atención.

—Qué pena, milord. Usted sabe cómo acabará esto. No se casará con quien quiera, pero sí con quien le digan. Puede alargar el asunto un tiempo, pero no puede huir de lo inevitable.

—Prefiero la muerte antes que casarme con una desconocida. No quiero una prometida extraña en mi vida y si me llegara a casar con ella convertiría su vida en un infierno.

—¿Como en el que vive su hermana?

—Cuánta maldad hay en ti, Clay. No quiero empatizar con Dimitry, me parece alguien despreciable.

—Se le hace atractivo ser despreciable con una inocente.

—¿Inocente? Inocente soy yo. Ella debe estar encantada de la vida al creer que se casará sin el menor esfuerzo, pero lucharé para que desistan de eso.

Seré un desgraciado para que ni siquiera me consideren buen esposo.

Espantaré a esa lady hasta que pida clemencia para no contraer matrimonio conmigo.

—Es una buena idea, milord. Entonces, ¿no meto nada en los baúles?

—Por el momento no, pero no estamos exentos a que el camino de los cobardes sea tentador en cualquier momento y más cuando me sienta presionado.

Soy consciente de lo que implica esta situación en la que no debería ni siquiera estar pensando.

Odio esto, mi tranquila y pacífica vida podría verse destruida por una niña malcriada.

Si me llegara a casar con ella, acabaría con mis reservas de buen vino.

—Entonces buscaré personas para arreglar la recámara de la condesa, porque es muy probable que tengamos nueva patrona. Ya hacía falta un reemplazo para su madre. Usted no da órdenes inteligentes.

—Di lo que quieras, Clay, pero aquí nadie manda más que yo. Si por desgracia esa mujer pisa esta casa, será un ser inferior, una criada, y lo será hasta que yo considere que pagó sus culpas.

—Por supuesto, milord. Le preparo su camisón para que pueda descansar.

—Sí. Intentaré dormir con todo lo que ha ocurrido, no creo que me cueste demasiado.

Para cuando Foster terminó de ser aseado y cambiado por Clay, se recostó para dormir, pero en lugar de eso, pensó en una coincidencia que al parecer perseguía a su familia. Justine había sido obligada a casarse por estar en el momento equivocado con la persona equivocada en el lugar equivocado.

Durante años fue precavido respecto a sus encuentros con mujeres.

No buscaba involucrarse con ninguna debutante que pudiera perjudicarlo, mas de nada le había servido, una le había caído de la nada y no lo aceptaba, ni lo aceptaría.

Era un hombre libre de hacer lo que quisiera.

Si lo obligaban a casarse, no solo sería infeliz, sino que haría infeliz a la mujer que se casara con él.

Ambos estarían condenados a una eterna infelicidad.

Sabía que algún día debía cumplir con lo que él esperaba, pero al menos quería que fuese con quien hubiese escogido y no con el castigo más grande que alguien le podría dar.

Dentro de las posibilidades contemplaba que su vida se convirtiera en algo tan miserable como la de su hermana y su cuñado.

Él se consideraba un caballero fuerte, resuelto e inteligente, aunque bastante inmaduro para contraer matrimonio.

Foster no estaba apresurado por compartir su vida con nadie en absoluto.

La soledad era bienvenida, pues la compañía podía buscarla al sentirse solo.

Sin embargo, teniendo una esposa, no tendría oportunidad de escuchar a sus propios pensamientos y ni hablar del silencio que disfrutaba en sus comidas del día.

Con la muerte de su madre sentía un gran alivio, ya no tenía a una cacatúa persiguiéndolo como si no tuviese otra cosa que hacer.

Él era un hombre ocupado y preocupado por sus negocios.

Pagar la dote de su hermana no había sido tan fácil como supuso.

Su padre los había dejado en una situación un tanto incómoda en cuanto a dinero se trataba.

Foster había tenido que hacer muchos esfuerzos para lograr la solidez de su patrimonio.

Nunca consideró la idea de casarse para salir de sus apuros económicos, eso sería como curar un dolor con otro dolor, ridículo, pero muy posible.

A medida que avanzaba la noche, Foster recordaba más palabras y acciones que habían ocurrido.

Sabía quién no se quedaría de brazos cruzados, por lo que necesitaba informarse sobre quién era lord Nottingham y qué influencia podría tener en la sociedad.

Reconoció al marqués de Asthon junto a él y eso no le agradó demasiado.

Seguir buscando más información sobre el resto de sus acompañantes podría no ser nada grato y hasta podría ser perjudicial para él y su dinero.

Tal como Foster arruinaba a su cuñado, otro podría hacer lo mismo si descubría sus puntos débiles.

***

Cuando se despertó en la mañana, Meredith lo hizo muy tarde. La señorita Harting no la había despertado para saber cómo le había ido la noche anterior, aunque era mejor que no lo supiera. Además, con su dolor de cabeza quería quedarse más tiempo en cama.

—Buen día, milady. Todos en la residencia han desayunado, solo falta usted —musitó la doncella.

Meredith suspiró. No quería hacer nada ese día.

Le había costado mucho dormir y no solo por pensar, sino que también por los malestares en su cabeza.

No sabía si fue a causa del vino o por sopesar todo lo que había ocurrido la noche anterior.

Había tenido demasiadas emociones para una sola noche.

Lo que supo de lord Abingdon era algo horrible, ni siquiera podía pensar con claridad cómo había llegado a timarla de esa manera.

Su forma de hablar y de comportarse eran dignas de un caballero.

No creía que en realidad alguien tomara el nombre del conde, él era el conde más sinvergüenza que había nacido en Inglaterra, y eso que había oído de patanes, pero este aventajaba a todos.

—Quiero desayunar aquí, Helen...

—Lord Nottingham dice que usted desayunará en el comedor, sola, sin conversar con nadie. No quiere que hable con sus hermanas.

—Helen...

—Milady, dígame qué ha pasado. La señorita Harting ha caído desmayada esta mañana y no ha dejado de llorar desde que despertó de su desmayo. Me moriré si no me lo cuenta.

—Te lo diré.

Helen se apresuró a sentarse en la cama para escuchar mejor el cotilleo.

—Lord Abingdon resultó ser un hombre casado —contó Meredith, avergonzada.

La doncella no podía decir palabra alguna, quedó atónita con esa noticia. Por ningún motivo lo esperaba.

—Pero... ¿y el amor? —interpeló Helen, entristecida.

—Creo que nunca existió. Nuestras ilusiones se han esfumado, Helen.

La tristeza hasta era evidente en el rostro de Helen, que había apoyado tal relación, pues creía en un amor idílico, pero al final resultó ser un sinvergüenza que esperaba abusar del amor y la confianza que Meredith sentía por él.

—¿Y por qué tiene esa venda en el brazo y unas marcas en la cara?

—Esa es otra triste y lamentable historia.

Me emborraché por accidente y caí por el balcón de la mansión.

El cuerpo de un caballero hizo que mi caída fuese menos dolorosa, pero preferiría estar muerta antes que enfrentar esto que puede ser peor que sufrir por lord Abingdon. No quiero casarme con un desconocido.

—¿Casarse? ¡Pero qué ha ocurrido para que tenga que casarse! Esto es una tomadura de pelo, no puede ser verdad.

—Quisiera que así fuera, pero no lo es. Es probable que de eso quiera hablar mi hermano hoy. Quizá me obligue a casarme con... No sé ni cómo se llama.

—¿Y es atractivo?

—¡Por Dios! ¡Estoy muriendo de desasosiego y tú me preguntas eso, impertinente! —masculló enfadada.

—Disculpe, milady, es que tenía que preguntar.

—Dejemos la tontería y enfrentemos el asunto. Busca algo que ponerme y que me sirvan el desayuno. Por más que me duela la cabeza, quiero saber mi sentencia.

A Helen no le quedó más remedio que buscar una prenda para vestir a Meredith y que ella fuera a la planta baja. Esperaba poder oír algo. No podría con tanta curiosidad en su cuerpo.

Cuando Meredith estuvo lista, fue al comedor en donde la esperaba su desayuno.

Nadie estaba a su alrededor. Era como si la casa estuviera desierta, y así debía ser, pues Spencer conocía a sus hermanas y sabía que estas amaban enterarse de todo, pero estaba segura de que él no quería que supieran de un escándalo como el que ella tenía encima.

Al acabar con su desayuno, Calvin se acercó a ella.

—Milady, su hermano la espera en su despacho en este momento —comunicó con seriedad.

—Gracias, Calvin. Mmm... Calvin, ¿cómo está él?

—De pésimo humor, milady. Le sugiero que no tarde, porque puede ponerse peor.

—¿Cree que me enviará a Gloucestershire?

—Puede ser aún a mayor distancia, usted tiene más pecados que su hermano y se le han juntado todos.

Meredith colocó una mano sobre sus labios. No quería dejar Londres, ¿qué haría sin su amiga Imogen, sin sus hermanas y sin sus sobrinos?

Con el corazón en la garganta y palpitando en su oído; al menos así lo sentía, caminó por el pasillo de la muerte y esperaba que su hermano no fuese tan cruel con ella. Era inocente de todo, al igual que el caballero al que había involucrado por accidente en el asunto.

Abrió la puerta y entró a la habitación. De pie, hacia la mano derecha de su hermano, estaba la señorita Harting. Su nariz estaba roja y sus mejillas parecían maltratadas por las lágrimas, haciendo resaltar sus ojos azules.

—Buen día... —pronunció Meredith, cautelosa.

Al escucharla, la señorita Harting rompió en llanto, mientras su hermano tapaba su rostro con ambas manos.

—Señorita Harting, tranquilícese —pidió Spencer.

—Ya estoy calmada —dijo la mujer que se colocó un pañuelo en la nariz.

—¿Lo sabe, señorita Harting? —preguntó Meredith.

—Su hermano me lo ha contado. Todavía no puedo creer que mi mejor pupila estuviera en esta situación. —La voz de la institutriz se perdía en medio de su relato. De nuevo las lágrimas habían sellado sus labios.

—Lo siento tanto, no fue mi intención causarle pena, señorita Harting.

Su institutriz negó con la cabeza y guardó silencio, no podía continuar hablando.

—Meredith Elizabeth Jane Fane Wistock, estás en un problema, en uno tan grande que no puedes imaginar. Pondré ante ti dos únicas opciones posibles para solucionarlo —habló lord Nottingham.

—Te escucho —murmuró temerosa. El rostro de su hermano no daba lugar a dudas de que le daría un castigo.

—La primera opción y la menos recomendada es la de irte de esta casa de manera permanente a alguna propiedad y olvidar casarte.

La idea es limpiar la imagen de la familia para que tus hermanas no se vean afectadas por esto.

Fanny es la perjudicada inmediata. O bien, aceptas que te imponga un esposo.

En este momento no sientes la presión en tus hombros, pero el chisme es tan letal como una vela junto a una cortina, es como el fuego que se propaga y consume todo a su alrededor.

Lord Earl no desea este matrimonio que, por obligación, le corresponde.

Elige, Meredith, el campo o un matrimonio obligado, pero debes saber que elijas lo que elijas, mi deber es velar por ustedes.