Familia Fane Capítulo 5
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Capítulo 5

Spencer y Victoria enmudecieron. Entonces concluyeron que, el caballero que cortejaba a Meredith solo la quería por un momento. El hombre era más cruel de lo que cualquiera pensaría. Había ilusionado a una niña manipulable de una manera increíble.

—Pobre Meredith —musitó Victoria—. Está muy enamorada de ese caballero. Lamento que sus ilusiones fueran alimentadas en vano.

—Alimentadas por un aprovechado con malas intenciones. ¿Cómo pude ser capaz de pasar por alto sus encuentros? —masculló Spencer.

Al conde de Nottingham lo recorrió una gran sensación de frustración, culpa e ira.

Deseaba matar al tal lord Abingdon por desear aprovecharse de una niña esperanzada y hablar de la palabra que a cualquier joven podía enloquecer: matrimonio.

Dentro de su inocencia, Meredith ni siquiera suponía lo que podría ocurrir si quedara a merced de ese aprovechado en ausencia de las rejas de la casa que la protegían sin que ella lo supiera.

—Si está muy enamorada le causarán un gran dolor cuando se lo digan —opinó Emma.

—¿Están seguros de que lord Abingdon está casado? —preguntó Victoria que no deseaba equivocarse en sus apreciaciones y sepultar algo verdadero.

—Absolutamente —aseguró William—. No sabríamos el nombre de la esposa si no estuviéramos seguros de eso.

—Podríamos conversar con lord Earl si llegaran a necesitarlo —ofreció Emma.

—Para mí esto es suficiente. Por todas partes la situación grita que es inapropiada, y al serlo es evidente que algo no está bien. Quiero a ese desgraciado fuera de la vida de Meredith —sentenció lord Nottingham.

—¿Y qué haremos? Enviar a Meredith a algún lugar, perjudicaría sus oportunidades de casarse y, además, te odiará si no le dices lo que ocurre —consideró su esposa.

—Aquí puede que esté a merced de ese inescrupuloso, pero al menos ella estará advertida de la situación y que jamás permitiré un romance con un hombre casado.

Si Meredith sabe que tiene un compromiso matrimonial, la castigaré con mucho dolor y sangre, pero quiero creer en su inocencia y en que ha sido engañada por este rufián.

—Ninguna joven soportaría una ilusión de años para no casarse. Meredith no lo sabe, estoy segura —pronunció la marquesa.

—¿Y si tú le escoges un esposo, Spencer? —preguntó el marqués.

—¿Para que después me culpe de su infelicidad? Prefiero que ellas escojan, pero solo entre los solteros de buena posición. Ninguna hermana mía puede terminar casada con algún quebrado o inútil, salvo ya saben quién. El que se case con Eugenia se lleva un problema.

—Pese a todo lo malo que pueda tener Eugenia, ella no hubiera caído en esos juegos. Debemos agradecer que decidió abrir la boca y contar esto. Meredith no debió cumplir con un trato de silencio con ella. Esa niña es la única capaz de alertarnos —razonó Victoria.

—Por supuesto que ella nunca hubiese sido tan tonta. Eugenia sería la que, estando comprometida con uno, ilusione a otro —habló William, socarrón.

Una vez que llegaron al lugar en el que sería el primer baile oficial de Meredith, todos entraron juntos al gran salón dorado de esa mansión. El lugar estaba lleno de debutantes y de personas de la alta aristocracia.

Los ojos de Meredith se perdieron entre tanto esplendor y personas desconocidas.

Fuera de su casa existía un mundo distinto.

Con eso entendía la razón por la que su hermana Kitty y la marquesa disfrutaban de los salones: todo parecía perfecto y de ensueño.

Con su mirada azul buscó a Imogen, no estaba segura de poder encontrarla entre tantas jóvenes de la edad de ella.

A medida que más observaba, distinguía que el mercado matrimonial no era tan fácil como la misma Meredith consideraba.

La belleza, la clase y el apellido tenían mucho que ver para conseguir un esposo.

Nunca entendería cómo Kitty se había casado con un duque, aunque de cierta manera entendía que lo había hecho con un ogro ermitaño que no estaba pendiente de la mayoría de las cosas que les preocupaban a otros nobles, como al marqués de Asthon que vivía pendiente de un poco de diversión para él y su esposa.

—He visto a Imogen, iré junto a ella —comunicó la joven en voz alta para que la oyeran.

—Meredith, tengo algo que decirte —dijo Spencer antes de que ella se fuera.

—¿Que no corra? —curioseó Meredith.

Spencer tragó saliva y asintió. Con eso su hermana se retiró con lentitud.

—¿Por qué no le dijiste nada? —increpó William a su amigo.

—¿No viste su mirada? Ella está disfrutando de este momento. Se lo diré cuando comience a sofocarse con la cantidad de personas que la asfixiarán en este salón.

La mirada de Meredith se perdía entre tanta belleza y elegancia. Estaba tan impresionada como Imogen. Las dos parecían enloquecidas y esa noche tenían permitido beber un poco. Eso significaba que habían pasado a otro estatus en sus vidas.

—¡No conozco a nadie y esto me emociona mucho! —expresó Imogen, sonriente.

—Tampoco conozco a nadie...

—¿Has visto la cantidad de caballeros? ¿En dónde estaban todos ellos cuando paseaba por las calles buscando a mi futuro esposo? Ahora quiero casarme con todos.

—Debes ser más selectiva si buscas algo.

—Ayúdame con eso. Mira... —Imogen señaló hacia un caballero solitario que solo movía su cabeza al ritmo de la orquesta.

—No debes señalar —sentenció Meredith que golpeó la mano de su amiga—. Parece que te has pasado los consejos de tu institutriz por la nariz, como un pañuelo.

—Perdón, es que estoy tan emocionada —se disculpó Imogen acariciando su mano que había sido golpeada—. ¿Ya lo viste?

Meredith decidió mirar hacia donde se encontraba la figura del hombre que había llamado la atención de su amiga.

Era alto, de facciones aristocráticas muy marcadas, una nariz larga y elegante, sus ojos caídos quizá fueran azules, verdes o grises, aunque eran altivos como los de otros nobles que ella conocía, al menos como su cuñado.

Sí, eso era, le recordaba al aspecto austero, impasible y orgulloso del duque y eso no le gustaba, para Meredith, el candidato de Imogen no le resultaba agradable por su estilo y no por su atractivo, pues destilaba mucha belleza, pero no tenía ni una pizca de la gracia de lord Abingdon.

—No me gusta —glosó Meredith.

—¿Bromeas? Mira su cabello recogido... Es tan rubio y sus labios... ¿Estás segura de que lo viste a él y no a otro?

—Lo siento, Imogen, no tengo más ojos que para lord Abingdon. No puedo ser imparcial.

—Pero él no está, entonces queda permitido mirar —masculló Imogen.

Las dos continuaron mirando a los solteros que se mostraban carismáticos.

El carnet de baile de Meredith ya tenía los nombres de su cuñado y del marqués para la danza.

En su familia consideraban que eso la haría más atractiva para los buenos partidos.

Sabrían que estaba rodeada de mucha pureza aristocrática, sin mencionar que pertenecía a una clásica familia inglesa.

La familia Fane era tradicional y de gran nombre para su buena fortuna.

Kitty tal vez arruinó un poco la imagen de las damas de la familia y Meredith debía lidiar con algo semejante.

A ella se acercarán tanto buenos como malos partidos y debía sortear esos obstáculos para quedarse con el mejor, y el mejor para ella era quien se encontraba ausente.

Debía admitir que mientras observaba a los solteros, ella buscaba a lord Abingdon con la esperanza de que solo estuviera jugando para aumentar la expectativa del primer encuentro, pero todo indicaba que no se presentaría.

A medida que pasaban las horas y su carnet comenzaba a llenarse de nombres de hombres extraños e importantes, ella más triste se sentía. Aparte de percibir la falta de aire a su alrededor.

Admitía divertirse, pero no lo suficiente para convertir aquella noche en algo memorable.

—¿Cómo va tu primera noche fuera de casa, Meredith? —inquirió su hermano. He visto a buenos candidatos que se acercaron a bailar contigo.

Meredith hizo un gesto de cabeza como si no estuviera conforme, pero no quería darle razones a su hermano para que la presionara a encontrar a alguien que a ella no le importaba.

—Maravilloso y agotador a la vez —respondió.

—No te siento entusiasmada. ¿Es porque seguirás castigada en casa y no podrás ver a ese sinvergüenza? —Esta vez Spencer la increpó y sintió la mano de Victoria en su antebrazo para que no utilizara palabras que no correspondieran.

Ante lo que su hermano había dicho, sintió un gran enfado. Ante sus ojos, Dimitry era perfecto.

—No llames así a milord —replicó defendiendo a su amado.

—Te diré una verdad que hará que mires este salón de manera diferente.

Tu querido lord Abingdon no es más que un aprovechado que ha jugado con tus ilusiones.

El conde de Abingdon está casado, el puesto de condesa no está vacante —declaró Spencer.

Necesitaba que su hermana entendiera lo que ocurría y cooperara para su propia felicidad.

Lo que dijo su hermano la había dejado sin habla. Ella no podía creerlo.

—¿Hasta dónde eres capaz de llegar para castigarme, Spencer? Kitty siempre ha tenido razón sobre ti, eres un mal hermano y ahora compruebo que eres una mala persona.

—¿Para qué mentiría? Este asunto se cuenta solo.

¿Dónde está? No lo veo suspirando por ti ni prometiéndote nada que no pueda cumplir.

Lleva cinco años casado con una dama. Puedes preguntar a cualquier mujer anciana de este recinto y te podrá responder.

Emma y William no fallan cuando se trata de saber los cotilleos de sociedad.

Si no confías en mí, puedes preguntar a quién gustes.

—¡Por supuesto que lo haré! —espetó antes de abandonar a su hermano. No creía nada de lo que le había dicho. Para ella solo era un castigo más por haber sido descubierta por Eugenia.

Ella buscaba a Imogen, pero su amiga estaba bailando con el primer caballero que había visto y al que le había mostrado.

Mientras esperaba que la pieza terminara, Meredith seguía sin darle crédito a las palabras de Spencer.

En medio de su enfado, ella vio a la madre de su cuñado que se encontraba conversando con lord Sharp en un rincón.

La duquesa viuda también conocía mucho de la sociedad y, estaba segura de que no le mentiría, pues no había ido en compañía de Spencer.

También, lord Sharp era un hombre intachable, podía confiar en ellos.

Con un paso más apresurado, ella se colocó frente a los dos e hizo una reverencia.

—¡Qué bonita estás, querida mía! Si has venido a escuchar mis buenas recomendaciones, te las daré —musitó la duquesa viuda con cariño.

—Cada hermana de mi sobrino político es más bonita que la otra —halagó lord Sharp.

—Muchas gracias, su excelencia, milord... Por supuesto que me encantaría escuchar vuestras sugerencias...

Para Meredith fue tedioso escuchar todos los nombres, aunque a ninguno había mencionado a lord Abingdon, y eso comenzaba a asustarla.

—¿Alguno de ustedes conoce a un conde, al conde de Abingdon? —interrogó para salir de la duda.

—Si no está entre los nombres que te hemos dado, ni siquiera es soltero —contestó la gran dama.

—Lord Abingdon es un hombre casado, jovencita, ¿por qué preguntas por él? —increpó lord Sharp.

La palidez y el silencio de la joven respondieron sin querer a la pregunta del caballero.

—¿Es el caballero que te ha visitado en casa de tu hermano, niña? —indagó la duquesa.

Sin desearlo, asintió.

—Pues tal vez no sea lord Abingdon y sea un caballero que tomó su nombre para engañarte, dudo que un hombre casado se comporte de esa forma con una jovencita y más si te ha hablado de matrimonio —habló el conde de Sharp—. ¿Te ha dicho eso?

Ella volvió a asentir, pero en ese instante ni su alma ni sus pensamientos eran suyos. Habían caído en un oscuro y profundo hoyo de desolación. Una palabra más sería capaz de sentenciarla a un gran sufrimiento.

—¡Canalla! Hablaré con ese rufián mañana mismo... —espetó lord Sharp, indignado.

—Si vuelves a ver a ese hombre, debes acudir a tu familia o a nosotros. No es nada bueno para ti, niña.

Lo único que hacía Meredith era asentir ante todo, mas no era capaz de oír nada.

Tenía más dudas al respecto, aunque había dos opciones: lord Abingdon estaba casado o era un truhan que se había tomado el tiempo para engatusarla.

Al final de todo, ese hombre no podía ser para ella.

Prefería pensar que era un canalla y truhan antes que creerlo casado, pues ella se había enamorado del caballero galante y atractivo, aunque podía ser un timador.

En aquel lugar no podía echarse a llorar ni gritar como lo hacía en su casa. Necesitaba salir de ahí, tomar aire y no morir en el intento de sobrevivir a esa decepción.

—¡Aquí estás, Meredith! Lord Earl es maravilloso y con una buena conversación que te dejará de espaldas por lo interesante —expresó Imogen llena de emoción al encontrar a Meredith sola junto a un pilar, pero al mirar a su amiga, su felicidad se había esfumado—. ¿Qué ocurre?

—Necesito salir de aquí. Ya no quiero ver a nadie, ni deseo bailar quiero irme.