Familia Fane Capítulo 4
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Capítulo 4

De nuevo en sus aposentos, Meredith iba y venía de un lugar a otro haciendo círculos, esperando a que Helen se presentara frente a ella y acabase con su agónica impaciencia.

Cuando escuchó que la puerta se abría, dirigió su mirada hasta ahí y la vio entrar.

Se sentía tan aliviada que sonrió sin darse cuenta.

—Lamento haber tardado, milady, pero lady Nottingham por poco no me ha puesto a bañar cerdos —se excusó Helen.

—Lo suponía. Ahora, dime, ¿qué te ha dicho lord Abingdon?

—Le dije lo que usted me pidió, y él...

—¡¿Y él qué?!

—Él me ha dicho que las cosas no salieron como esperaba y que era probable que no pudieran encontrarse.

Ante las palabras de la doncella, Meredith palideció y se acercó a su lecho.

Se sentó como si su cuerpo pesara. Parecía haber recibido un terrible golpe.

¿Cómo qué no lo vería? Durante esos años, lo estuvieron planeando con cierto entusiasmo.

¿Qué problema podría tener lord Abingdon para no presentarse al compromiso más importante de todos?

—Entonces...

—Milady, no se desanime. Dijo que era probable que no se presentara, mas eso no significa que no aparecerá.

—¿Qué puede ser más importante? Pensé que deseaba bailar conmigo...

—¿Qué parte de no se desanime es difícil de entender?

—Es que no puedo con esta pena que me has causado, Helen.

—Existirán varios caballeros que desearán bailar con usted. Debe aprovechar esa oportunidad hasta que llegue lord Abingdon. Quizá no pueda ir en esta ocasión, pero la temporada apenas ha comenzado. Tome esto como un día lluvioso en que no lo pueda ver...

Meredith sopesó las palabras de Helen y esas últimas habían servido para un efímero consuelo, pero no sabía si podría fingir su decepción al no tenerlo en el primer día.

La joven se sentía agonizar a causa del romanticismo frustrado que llevaba en el corazón.

Tantas veces había imaginado su primer encuentro que la decepción era casi insoportable.

Durante la madrugada, ella daba vueltas en la cama, en ocasiones sentía que le faltaba el aire.

No podía respirar de manera profunda y todo eso se debía a su tristeza.

El gran día de su presentación estaba a la vuelta de la esquina, el momento que había estado esperando y para el que la señorita Harting la había preparado desde la cuna.

Todos sus esfuerzos serían inútiles al no poder demostrar sus capacidades ante lord Abingdon.

Él no la vería bailar, aunque esperaba que la escuchara en el pianoforte y el violín en la primera velada musical de la temporada.

—Buen día, milady. Debe despertarse, lady Imogen Porter la espera en la planta baja —avisó Helen.

—¿Imogen? —interpeló somnolienta. Llevaban siendo amigas un par de años, gracias a que frecuentaban la iglesia semanalmente, porque si de su hermano dependiera, nunca saldrían y ella no conocería más gente.

La doncella se apresuró para preparar a Meredith que se veía un poco más animada que la noche en que le dio tan triste noticia sobre la probable ausencia de un caballero.

Al estar lista, Meredith se apresuró a bajar las escaleras y corrió al encuentro de su amiga de tez pálida, ojos verdes enormes, una boca preciosa, roja y grande.

—¡Imogen! —exclamó abrazando a la joven como si nunca la hubiese visto.

—También me alegra verte. Mañana es nuestro día y creo que debes estar muy contenta como yo —expresó Imogen con su gran sonrisa.

Cuando se separaron, Imogen miró la carabina que la había acompañado. Sabía que podía dejarla en confianza con Meredith e ir sin mayor inconveniente a la cocina. Una vez que se fue, ambas procedieron a sentarse.

—Lady Imogen, qué gusto verla por aquí —saludó Spencer al pasar por el salón antes de disponerse a salir de la residencia.

—Buen día, lord Nottingham —saludó entre suspiros—. No puedo dejar sola a Meredith por mucho tiempo.

—Comprendo la complicidad que tienen. Le recomiendo que ayude a Meredith a pensar con claridad. Antes de irme le diré a la señorita Harting que ustedes practicarán en el pianoforte. Mañana es un día importante para ambas.

—¡Por supuesto, milord! —expuso maravillada al verlo cambiar de rumbo y dirigirse hacia el comedor.

Los ojos de Meredith se rodaron al observar a Imogen.

—¡Basta! Spencer es un hombre casado y muy inconveniente para una debutante —masculló.

—A mí me parece tan encantador...

—Como mucho podrías aspirar a alguno de sus amigos.

—¿Lady Nottingham no piensa morir pronto?

—¡Por supuesto que no! —la reprendió Meredith, escandalizada.

—Si no encuentro a un buen caballero, moriré de desazón.

—Tú no vienes aquí por mí, sino que lo haces por Spencer. Los hombres casados son prohibidos. Dios puede castigarnos por fijarnos en ellos, habiendo tantos solteros esperando a que los encontremos.

—Tienes razón.

—Ven a desayunar conmigo antes de que la señorita Harting nos arruine el día. No podremos hacerlo en el jardín, porque estoy castigada. Pediré que nos lleven el desayuno al salón del té. Por un día necesito privacidad en esta casa en donde todos se meten en la vida ajena.

Las dos jóvenes se tomaron del brazo y partieron hacia la cocina para pedir que se les sirviera algo para el desayuno, y después se dirigieron al saloncito del té para esperar.

—¿Por qué no podemos desayunar en el jardín? —preguntó Imogen.

—Eugenia me ha delatado. Hablo de lord Abingdon.

—¡Te dije que debías darle dinero! Tu hermana es capaz de vender a toda su familia con tal de salirse con la suya. Su diversión es que todos ustedes estén mal.

—Lo sé. He pecado de inocente, pensé que dándole mis postres ella estaría contenta.

—Qué ingenua. Es delgada, es evidente que le da sus porciones al gato Clauss. Debiste hacerme caso. Sé cómo guardar un secreto.

—Eso ya no importa. Estoy castigada y mi familia sabe que alguien viene a verme, pero no les he dado el nombre por temor a que lo espanten y que me quede como una solterona por siempre.

—No creo que puedan espantarlo. Son varios años, lord Abingdon está muy enamorado de ti.

—Tal como yo. Lo malo es que es probable que no acuda mañana. Mi corazón está casi partido.

—En estado de inanición como el mío.

—¡Pero tú eres una irresponsable! Sabías que mi hermano estaba casado desde el primer día.

—Sí, pero es tan atractivo que dudo que encuentre a alguien así. Seguiré rezando para que enviude.

—No te quiero como cuñada, olvida eso.

***

Había llegado el gran día, ese que todas las jóvenes en edad casadera esperaban. Ya había sido presentada frente a Su Majestad, y correspondía seguir el resto del protocolo: los bailes de temporada.

Pese a la decepción de creer que no vería a lord Abingdon, ella siguió, aunque no con el entusiasmo que cualquiera tendría.

Sus expectativas estaban reducidas a poco más que un par de bailes con desconocidos de nulo interés o las amistades de Spencer que intentarían consolarla ante lo sola que podría encontrarse.

—Todavía te falta algo, Meredith —anunció Victoria, que entró a la habitación con lo que suponía, eran las joyas para las debutantes de la familia.

—Son las joyas... —acertó Meredith que miró el estuche que Victoria abrió.

—Tu hermano lo convirtió en una tradición para las hermanas Fane. Primero para Kitty, ahora es tu turno...

—¿Crees que me dará más suerte de la que tuvo Kitty?

—Ninguna joya puede determinar si te casarás o no. Lo único que hará esto por ti es realzar tu belleza.

Meredith cogió lo que su cuñada le ofrecía y se colocó tanto los zarcillos como la pulsera y el collar.

Todos de diamantes. Ella estaba segura de que Spencer gastó demasiado dinero en esas joyas.

Tal vez para él no significaran algo malo, quizá era como una inversión para que sus hermanas se fueran bien casadas y no fuesen un problema. Mejor pagar que mantener solteronas.

—Se te ven espléndidas, querida. Algo en mi corazón dice que hoy volverás con alguna propuesta de alguien que quedará muy impresionado contigo —musitó Victoria.

—Espero que esa propuesta sea de la persona que yo deseo —siseó la joven.

—Es probable. Si el caballero de tus sueños tiene buenas intenciones, hará las cosas como debe.

—Lo tengo muy claro. ¿Crees que Spencer será capaz de separarme de él?

—Meredith, si él no lo hace, yo lo haré.

Escucha, tienes tres hermanas detrás de ti, y no puedes defraudarles.

Kitty entró en razón y se casó. Tú no arriesgues tu reputación, no debes buscar a un caballero, él debe venir a ti.

Si no cumplen con lo establecido, Spencer es capaz de desterrarte como lo hizo con anterioridad.

—No soy una fruta podrida y sé que él será responsable, se presentará ante nosotros y me casaré.

—Entonces admites que era más que solo amabilidad.

—Me enamoré en ese proceso.

—Esperemos que seas plenamente correspondida. Ahora termina de arreglarte y te esperamos abajo. Iremos varias personas.

Meredith asintió. Se sentó frente al tocador y arregló sus bucles.

Se dio una última mirada general. Sus ojos azules, sus labios rosados, su tez blanca y rozagante y sus cabellos rubios, la convertían en alguien que atrapará miradas.

Una vez que terminó se dirigió a la entrada de la casa.

Ahí la esperaban, además de Spencer y Victoria, su hermana y su cuñado, y el marqués de Asthon y su esposa.

—Buenas noches —saludó Meredith a todos.

—Lady Meredith Fane esta noche puede ser secuestrada por algún seductor. ¿Seguro que es tu hermana, Spencer? Con tanta belleza, lo dudo —declaró William, el marqués de Asthon, un amigo de la familia.

—A mí no me dijo esas palabras, su señoría —reprochó Kitty, celosa. Todas las hermanas Fane deseaban el mismo trato por parte de los demás. Cualquier diferencia detonaba una locura.

—Lamento no haberlo hecho, pero no le diré nada por respeto a su posición actual y al rostro fruncido del duque —se disculpó.

—Él siempre ha sido considerado con todas ustedes, solo que los cumplidos y regalos son para las mujeres solteras... —defendió Emma, marquesa de Ashton, y prima de Victoria.

—Hasta no parece mi cuñada —expresó Albert con un toque juguetón y serio a la voz.

—Bien, es suficiente. No presionen a Meredith. Esta noche debe tener sus energías puestas en dar la mejor impresión posible para liberar a su hermano de la carga de una más de las hermanas Fane...

—¡Qué así sea! —gritaron todos alrededor. Colocaron una sonrisa en el rostro y salieron hacia el jardín.

Meredith había quedado petrificada al escuchar que todos estaban pendientes de que hiciera las cosas bien esa noche y lo haría por su bien y la salud de la familia.

—Lady Meredith, no me haga quedar mal, se lo suplico. Tengo una pupila duquesa, recuerde que eso es algo prestigioso. Cuando todas ustedes se vayan, tendré que buscar un futuro y con el éxito de usted y sus hermanas, yo también seré bendecida —habló la señorita Harting.

—Señorita Harting, haré lo posible por no decepcionar más de lo que ya la decepcioné.

—Usted solo encauce su camino y no vuelva a desviarse. Mucho éxito, milady.

Con los nervios de punta, ella asintió y fue hacia uno de los carruajes que la esperaban afuera.

—Meredith, irás con Kitty y Albert —ordenó Spencer—. Compórtate, es la primera experiencia que tendrá el duque, no hagas que tema por su hija.

—Está bien. Si fuese Eugenia lo asustaría hasta morir.

—Pero eres Meredith y haces lo que tu hermano te pide.

Ya dentro del carruaje, en compañía de su hermana y su cuñado, trató de que el ambiente fuese ameno. El duque ni siquiera le sonreía, tenía más cara de preocupación que de felicidad, mientras que Kitty no dejaba de hablar de todo lo que debería hacer y que ella nunca hizo en su tiempo de debutante.

En el otro carruaje, en el que iban los condes de Nottingham y los marqueses de Ashton, podían hablar de lo que a Spencer y a su esposa los tenía con una preocupación extraordinaria.

—¿Lord Abingdon? —interpeló Emma que miró a su esposo intentando recordar.

—Lord Abingdon —repitió William.

—Confiamos en que puedan decirnos de quién se trata —pronunció Victoria, esperanzada.

—¿Qué tiene el caballero? —curioseó el marqués.

—Ha estado enamorando a Meredith en el jardín por dos años, frente a todos nosotros —respondió Spencer.

—Es grave... —dijo la marquesa.

—En realidad, deberíamos evaluar la gravedad, Emma —replicó su esposo.

—Es grave en la extensión de la palabra. ¿Recuerdas el escándalo de hace cinco años? Tú y yo estábamos peleando por quién tenía la razón respecto a qué color era la falda de lady Arlington.

—Era beige.

—Era marfil... Pero no llegamos ese día a ningún acuerdo y hoy tampoco lo haremos. Lord Abingdon fue encontrado en una situación comprometedora con... No lo recuerdo —alegó Emma golpeando su frente.

—Con lady Justine Parker, hermana de lord Earl... —completó William, que recordó los acontecimientos.

—¿Y eso qué quiere decir? —interpeló lord Nottingham.

—Lord Abingdon ya tiene una lady Abingdon... —contestó Emma, asustada.