Familia Fane Capítulo 3
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Capítulo 3

El castigo que le había puesto la institutriz a Meredith consistía en no pisar el jardín. Ella tenía prohibido asomar su nariz fuera del umbral de la entrada o de la puerta de la cocina.

Ella no recordaba haber visto tan enfadada a la señorita Harting en todos los años que llevaba conociéndola. Con todas sus palabras había logrado arrebatarle lágrimas de congoja y arrepentimiento. Sabía que estaba manchando el impecable trabajo de la institutriz.

Desde el castigo, pasaba sus días recluida en la casa, mirando el portón cada jornada, esperando ver a lord Abingdon, quería decirle que ya pronto se presentaría ante la sociedad.

—¿Sigue ahí, milady? —preguntó Helen, la doncella de Victoria, al ver a la joven pegada a la ventana como si se tratara de una costra.

—Es que temo que aparezca y no pueda decirle que me han descubierto. ¿Helen?

—No, milady. Conmigo no cuente para esas cosas...

—Pero si tú me alcahueteabas para que yo me encontrara con él.

—¡Calle, milady! ¿Quiere que me echen de la casa?

—Oh, Helen, me has traicionado.

—No le he dicho nada a nadie

—Me refiero a que me has dado la espalda cuando más te necesito. Solo quiero pedirte que le digas a milord que estoy castigada y que nos veremos pronto en algún salón.

—No puedo hacerlo. Tengo prohibido participar de las actividades ilícitas de las cuñadas de lady Nottingham.

—Qué baños de pureza te das frente a mí, sabiendo lo que has hecho y haces con todas nosotras. Alcahueteas a todas porque quieres saber los cotilleos de cualquiera. Le diré a Victoria que me has ayudado si no lo haces.

—¡Sabía que era como lady Eugenia! Todas son iguales. No me meta en un problema, milady, de aquí como.

—Te prometo que las dos saldremos limpias, solo quiero este favor que te pido para estar tranquila. Si lord Abingdon no me ve, pensará que no estoy interesada en él. Lo peor que podría pasarme es perder al hombre que adoro para casarme con alguien a quien tal vez no tolere.

—Imagine casarse con alguien tan rancio como su hermano o su cuñado.

—¿Qué hice para que me desees el mal? No pensemos en cosas malas. Nada puede ser peor que casarse con gente que se parece a ellos...

—Cierto, milady. Deje que mire por la ventana. Será menos sospechoso si yo lo hago. La señorita Harting está como una pantera recorriendo la casa, buscando que sus hermanas se comporten. Para ella, usted ha perdido credibilidad y por eso también la persigue.

—Esto lo pagará Eugenia. La falta de confianza de todos es por su culpa. No he hecho nada malo más que enamorarme. Ni siquiera ha tocado mi mano y es lo que más ansío.

—Yo ansiaría otra cosa.

En la planta baja de la casa de lord Nottingham, Kitty se encontraba analizando el mal comportamiento de sus hermanas menores.

Ella tenía mucho que ver en eso por haber apañado esas malas costumbres.

Siendo una mujer casada, ella estaba comprometida con un buen pasar para sus parientes, pues ella había sido muy afortunada al encontrar a Albert y a su madre.

Su suegra la adoraba y también era predispuesta a ayudarla con las niñas.

—Estoy preocupada por Meredith —confesó Victoria ante su cuñada y la suegra de esta.

—La situación de una joven puede verse comprometida al encontrarse con un caballero a solas —comentó la duquesa viuda.

—Ella me ha dicho que es un conde.

—¿Qué tipo de conde? Alguien de buenas intenciones pasaría por ese portal para llegar hasta lord Nottingham y reservar la mano de ella —alegó la gran dama.

—Es por eso que dice su señoría que estoy preocupada por ella. No sabemos el nombre del caballero en cuestión. Es de vital importancia que lo sepamos para tomar cartas en el asunto —siguió Victoria.

—Creo que sé a quién debemos perseguir para saberlo... —musitó Kitty con una sonrisa maliciosa—. Esa persona es Helen.

—¿Helen? —increpó lady Nottingham.

—Sí. Ella es cómplice del que le prometa algo bueno. ¿No recuerdas que te encerró en tu habitación por orden de lord Sharp?

—Es cierto. Hay que tener un ojo puesto en ella y el otro en la entrada.

—Es cuestión de que pongamos la trampa. Más rápido cae un cotillo que un cojo —propuso la duquesa de Salisbury, sonriente.

***

Las largas horas de aburrimiento de Meredith por fin habían dado resultado. Lord Abingdon hacía su primera pasada frente a la residencia, esperando verla. Con ahínco cogió la campanilla y la agitó con fuerza para que Helen se presentara y pudiera ayudarla a transmitirle el mensaje al conde.

Helen se presentó en la habitación, apresurada. Tenía un montón de prendas en un canasto.

—¿Se le ofrece algo, milady? —interpeló la doncella.

—Está afuera. Haz lo que te he pedido. No sé con qué excusa saldrás hasta ahí, pero usa tu ingenio.

—¡Ya tengo esa excusa desde hace horas!

La doncella le mostró que en la canasta tenía escondidas unas tijeras de podar y otra canasta. Aprovecharía para cortar un par de flores del jardín para adornar la casa.

—¡Bien pensado! —la felicitó Meredith.

Una vez que abandonó los aposentos de la joven enamorada, Helen siguió su camino hacia la cocina, ahí dejó la canasta de ropa y sacó de él la canastilla de flores y la tijera.

Sonriente, salió a fingir que era un colibrí.

Con una lentitud agobiante cortaba los gajos y sacaba las flores rosadas, a la vez que miraba sin descanso la salida de la casa hasta acercarse lo más que podía.

—Milord —lo llamó con cuidado al ver al caballero pasar frente a la casa.

Dimitry miró con desconfianza a la persona que lo llamaba.

—Tengo un mensaje de lady Meredith —aclaró para que él no se sintiera intimidado. Al ver que se acercaba, ella entendió que comprendía lo que quería decir.

—La escucho —murmuró con cautela.

—Milady ha sido castigada por la institutriz. Dice que lo esperará en la residencia de lady Amstrong en dos días, ahí será su primer baile.

—Dígale que es probable que no pueda asistir. Las cosas se han complicado...

La doncella no esperaba esas palabras. ¿Cómo se las diría a Meredith?

—Sí, milord...

—Con permiso.

Ella vio que el conde de Abingdon se retiraba con premura. ¿Qué estaba ocurriendo?

Cuando Helen se dirigía a la casa con tranquilidad, habiendo cumplido con el pedido de Meredith, encontró a Victoria con los brazos cruzados, golpeando el suelo con sus zapatos y levantando una ceja.

—¿Tienes algo que contarme, Helen? —interpeló Victoria.

El sonido de la saliva de Helen pasando por su garganta podía oírse a varios metros. Su ama la había descubierto.

—He juntado flores para su habitación, milady —titubeó.

—Cuéntame en la fechoría de cuál de todas mis cuñadas andas metida.

—No sé de qué me habla, milady...

—Si hay algo que me enfurece es que me mientan cuando soy buena, bondadosa y misericordiosa. Tendré que conversar con Spencer sobre ti y tus actividades sospechosas y solapadoras. También hablaré con mi tío, tal vez te envíe a alguna vicaría para que aprendas a servir y ser humilde.

—¡No, milady, con su tío no! Fue lady Meredith, ella me obligó a salir y hablar con el caballero en cuestión.

—Necesito que me digas todo lo que sabes, y lo importante es saber el nombre.

—No puedo traicionarla de esa manera, milady...

—¿Quién te paga? ¿A quién te debes? No sabía que una joven soltera era capaz de pagar siquiera un jornal. Escoge bien tus palabras y decide a quién servirás.

—¡A usted, por supuesto, milady! El hombre se llama lord Abingdon. Viene junto a milady de dos a tres veces por semana. Lo ha hecho durante dos años...

—¿Dos años? —preguntó Victoria, asombrada. ¿Cómo pudo ocurrir algo semejante frente a sus ojos?

—Sí, milady, pero no le diga a lady Meredith lo que le he dicho o no me confiará nada más.

—Quiero que me lo cuentes todo...

La pobre doncella, ante la presión que ejerció Victoria, confesó lo que sabía sobre la relación entre lord Abingdon y Meredith.

Lo que Victoria había recabado de información era delicado.

Sabía que Spencer pegaría el grito al cielo al saber que su buena hermana mantenía una «amistosa» relación.

Se debatía entre hablar con su esposo o convertir el asunto en algo más familiar, involucrando también a Kitty.

Si le decía algo a lord Sharp, era probable que el pobre no resistiera tanta falta de cuidado y desvergüenza.

Prefirió involucrar a su cuñada y a su esposo en el asunto, para eso envió una misiva a su casa, invitándolos a una cena otra vez.

Por la noche, Victoria tenía en mente todo lo que diría para tratar de aplacar la preocupación que le daría a su esposo.

—¿Otra vez van a venir a cenar? —preguntó Fanny—. ¿No tienen casa?

—Es más divertido cuando vienen ellos que cuando estamos solo nosotras —opinó Rose.

—¿En dónde está lady Eugenia? —interrogó la señorita Harting que intentaba no perder de vista a ninguna.

—La he visto en su habitación —respondió Meredith que buscaba a Helen para que le contara lo que había conversado con lord Abingdon. Durante toda la tarde ella no se había presentado para hablar sobre eso. Suponía que estaba muy ocupada con sus quehaceres.

—Espero que deje el capricho y baje a cenar en familia. Y a ustedes, jovencitas, compórtense o el castigo será mayor a dos semanas para todas. Ya saben que su hermano no escatima cuando se trata de los tirones de orejas.

Las tres hermanas Fane que estaban presentes asintieron y después descendieron las escaleras con tranquilidad, no más descenso en estampida.

Los ojos azules de Meredith buscaban a Helen, pero ella tampoco estaba ahí. Se volvería loca si no tenía noticias de lo que había conversado con el caballero en cuestión.

Mientras los demás hablaban de manera amena, Meredith estaba a punto de trepar los muros de la casa, quería que todo terminara para que le pudiera contar a la doncella.

La hora de la cena le pareció eterna, se mantuvo en silencio durante todo el tiempo. Los demás no hacían más que hablar sobre la ausencia de Eugenia, que estaba muy enfadada con todos porque se burlaban de ella por ser la más pequeña de la casa.

—Por hoy todas se retirarán a sus habitaciones —anunció la señorita Harting a las jóvenes. Victoria le había dado una orden expresa de que no quería a ninguna merodeando por la casa.

Para Meredith esa noticia era un alivio, porque podría tocar la campanilla para que Helen fuera junto a ella para hablar.

Las tres jovencitas se despidieron de las visitas y fueron a sus habitaciones.

—Les pediré a todos que pasemos a la biblioteca. Estos son los dominios de las cotillas y en cualquier momento pueden oír lo que nosotros conversamos —comentó Victoria—. Tengo algo importante que comunicarles.

Con lentitud fueron caminando hacia la biblioteca, Kitty, Albert, Spencer y Victoria.

Una vez que la condesa de Nottingham vio a todos acomodados, decidió contar lo que tenía atorado en la garganta.

—Esta tarde he sabido muchas cosas sobre Meredith. Lo que Eugenia nos dijo solo fue la punta del iceberg —contó con preocupación.

—¿En qué está metida Meredith, Victoria? No me dejes en ascuas y habla de una vez —pidió su esposo.

—Ella se encuentra en el jardín con un tal lord Abingdon, un conde, y no lo hace desde hace un mes o dos, sino que lleva dos años haciendo esto a nuestras espaldas.

Kitty bajó la mirada al recordar que antes de casarse con su esposo, Meredith le había hablado sobre un caballero al que veía cada día a través de la ventana. No le había prestado importancia, pero en ese momento la tenía.

—No le di importancia en su momento. Pensé que sería una ilusión pasajera cuando me lo comentó años atrás...

—Lo que es importante saber es quién es lord Abingdon y por qué no se presenta aquí y solo llega hasta el portal. Esto puede afectar a las demás hermanas y yo no quiero tener que cargar con Eugenia siendo solterona por la irresponsabilidad de Meredith —opinó el duque de Salisbury.

—Sé quiénes pueden proporcionarnos esa información. A nuestros queridos marqueses de Asthon nada ni nadie se les escapa de la mira —comentó Victoria.

—Por supuesto, Emma y William. No hay persona que no conozcan en los salones.

Son los más antiguos que continúan yendo —aseguró Spencer—, pero primero estrangularé a Meredith por poner en peligro el futuro de sus hermanas.

Tal y como lo hice con Kitty, desterraré a esa niña para que aprenda a pensar más allá de su propia vida.