Capítulo 2
A Foster Parker, conde de Earl, la noche se le esfumaba entre coqueteos con las damas, un par de tragos y de vez en cuando un poco de opio.
En eso consistían sus largos años de soltería.
En lo único que su responsabilidad no fallaba era con su patrimonio.
Tenía veintinueve años y pocos ánimos de contraer matrimonio.
Su única hermana era la culpable de eso.
Llevaba cinco años casada y no era feliz, aunque sabía que no era culpa de ella.
Su esposo la golpeaba y humillaba constantemente.
Para él era un suplicio la visita para saber si aún seguía con vida.
No le concernía, su madre había cumplido con conseguirle un esposo y le resultaba suficiente para no entrometerse.
Foster aún se sentía joven para atar su vida a cualquier mujer.
Se definía como un picaflor de alta alcurnia.
Amaba pasar sus noches con alguna solterona, viuda o mujer casada, insatisfecha.
La experiencia de esas damas era satisfactoria para él.
A veces bromeaba sobre que no se casaría con una niñata virgen, prefería a alguien que supiera de artes amatorias.
Si iba a vivir por siempre con la misma persona, al menos debía ser alguien que tuviera los mismos gustos y que amara la diversión.
En los últimos meses, prefería quedarse en casa.
White's se había llenado de jóvenes que todavía no tenían ni siquiera pelo en el pecho.
Ya no era un ambiente adecuado para él. Sus conocidos y amistades más cercanas se habían casado o preferían vivir en el campo.
Poco a poco, su mundo tal y como lo conocía se desvanecía, solo quedaba Foster con sus mismos hábitos insanos.
—Lord Earl, su hermana, lady Abingdon, ha venido —anunció Clay, el ayuda del cámara de Foster.
—¿A esta hora? —increpó. Vio que su ayuda de cámara achicó sus hombros como diciéndole que sí—. ¿Está golpeada?
—No, milord, al parecer las cosas han mejorado...
—Si mejorar te refieres a que no está muerta, sí, han mejorado.
Su ayuda hizo una reverencia antes de retirarse tan veloz como entró a su biblioteca.
—¡Foster! —exclamó su hermana antes de ir a abrazarlo entre lágrimas.
—Justine, ¿qué te ha hecho esta vez? —increpó.
—¡Nada! Por fin estoy embarazada —anunció para sorpresa de Foster.
—¿Con eso se supone que se acabarán sus abusos?
—Ha sido mi culpa que me golpeara.
—¿Tu culpa?
—Es que me han dicho que él visita a una dama en su residencia, que es una niña que todavía ni siquiera ha debutado y lleva haciéndolo mucho tiempo.
—Lo suponía. Desearía librarte de todo esto, Justine, pero eso significa matarlo.
—O que te maten. No soportaré la muerte de ninguno. Dimitry ha prometido cambiar y sé que lo cumplirá, por fin seremos felices...
—Felices hasta que vuelva a decirte que no sirves. Imagina que es una niña...
—No me desees el mal. Recemos para que sea el ansiado varón de Dimitry.
—Mi estimado cuñado... —saludó Dimitry, el conde de Abingdon.
El conde de Earl odiaba a su cuñado y en verdad deseaba verlo muerto por el sufrimiento y la culpa que provocaba en su hermana.
—Dimitry... —pronunció Foster con acritud.
—Iré a contarle la buena nueva a la señora Clever —comentó Justine al notar el tono de su hermano cuando recibió a su esposo.
Una vez que Justine se retiró, los condes cruzaron miradas.
—Sirvió de algo la advertencia que te hice hace un par de semanas, ¿no es así? —increpó Foster, socarrón.
—¿Piensas que mermando mi fortuna las cosas mejorarán para tu hermana?
—Sí. Porque sabes que, si colocas una de tus garras en ella, te arruinaré, convertiré tu vida en un infierno y luego acabaré contigo. Ahora, gracias a eso, tienen un heredero en camino.
—Es lo único bueno que tiene tu hermana después de que me obligaran a contraer matrimonio con ella.
—Si no te gusta, puedes buscar otra mujer para divertirte, pero sin tocar uno solo de sus rubios cabellos.
Mientras mi madre estaba con vida evité mirar hacia tu casa, pero sabía lo que ocurría.
Nadie ve a Justine en ninguna velada desde hace mucho tiempo, casi vives como un soltero.
No sale contigo, pues no podría explicar los moretones en su rostro.
—Le prometí a Justine que todo cambiaría y lo cumpliré. Espero que dejes en paz mis negocios.
—Me aseguraré de que primero ella sea feliz y después dejaré en paz tus negocios... Ah, otro asunto que me han comentado es sobre la niña a la que visitas.
Dimitry maldijo en silencio. ¿Cómo sabían de la existencia de lady Meredith Fane?
Él estaba enamorado de esa joven, llevaba mucho tiempo enamorándola, con la clara intención de convertirla en su esposa, aunque primero debía deshacerse de Justine, pero con ella embarazada, no podía hacer nada.
También su cuñado lo vigilaba como un águila, no lo dejaba respirar.
—Si no deseas que averigüe más y hable con la familia de ella, te alejarás y cumplirás con tu deber de esposo devoto.
Si descubro algo más de ti o tengo una sola queja de mi hermana, puedes considerarte muerto —amenazó Foster.
A él no le quedaba más remedio que tomar la justicia por su mano.
Estaba harto de saber de sus maltratos. Esta vez aprendería a respetar a Justine queriendo o no.
—Son solo calumnias —alegó Dimitry que tragó saliva con dificultad.
Foster resopló.
—No hagas que me arrepienta de mi decisión de darte una nueva oportunidad con Justine. No tengo inconveniente en encargarme de tu hijo o hija si osas desobedecer lo que es debido. Pondré a esa familia sobre aviso y tú puede que amanezcas muerto.
Su cuñado asintió sin volver a decir nada más.
Dimitry no quitaría nada de Foster. Hizo cosas terribles a causa de sentirse frustrado.
Justine llevaba años sin darle su deseado hijo, después dejó de insistir hasta que conoció a Meredith, y eso fue para él, el final de su matrimonio, mas no contaba con las amenazas de Foster que al final lo devolvieron al lecho de su esposa y concibieron un hijo.
Al enterarse de la noticia, sus planes de hacer desaparecer a Justine cambiaban, pero Dimitry no quería renunciar a sus sueños con la joven hermana de lord Nottingham.
La visita de su hermana lo había obligado a que la servidumbre preparara una cena para ellos.
Se vio obligado a compartir la mesa con su hermana y su cuñado.
Justine sonreía, porque en verdad creía que Dimitry cambiaría, pero Foster era incapaz de colocar las manos al fuego por ese mal esposo.
Sus deseos no eran compatibles con los de su hermana.
A ese rufián lo quería tener al menos tres metros bajo tierra.
Estaría conforme el día en que los gusanos lo devorasen.
—Estoy contenta de que milady esté esperando un hijo. Haré unos preciosos bordados como los que le hice a usted... —comentó la cocinera al momento de acercar la sopera a la mesa.
—Estaré encantada, señora Clever. Lord Abingdon y yo estamos felices con la llegada de nuestro hijo. Foster no solo será su tío, sino que lo apadrinará.
—No le has preguntado a tu hermano, Justine.
—Él estará encantado, ¿no es así, Foster?
Justine sabía que su hermano había hecho algunas maniobras para que Dimitry se comportara como un esposo ejemplar. Foster era su seguro y su salvación. Sospechaba que una palabra suya serviría para que su hermano acabara de una vez con Dimitry. El día que deseara venganza, acudiría a él.
—Por supuesto, Justine, ¿estás en desacuerdo, Dimitry? —indagó Foster que miraba a su cuñado.
—No. Estoy feliz de que estés metido en todo... —respondió con una indirecta.
Después de acabar la cena, se dirigieron al salón. Justine parecía no desear regresar a su casa y torturar a Foster con la presencia de Dimitry. Solo al diablo se le ocurriría juntarlos en un salón para beber.
—Las embarazadas deben descansar, Justine —reflexionó lord Earl como excusa para que lo dejaran solo.
—Es cierto. Nos hemos quedado más de lo debido —razonó Justine con una sonrisa.
Ella se acercó a su hermano, besó su mejilla, y murmuró:
—Gracias por cuidar de mí.
El conde miró a su hermana con un poco de sorpresa en sus ojos. Él no deseaba que ella supiera que estaba tras la sombra de Dimitry, hincándole un tridente para que se comportara.
—Buenas noches para ti, Justine —la despidió.
—Adiós...
Dimitry se despidió con una inclinación de cabeza que Foster no correspondió.
Cuando sus visitas se retiraron, él se sirvió una copa de whisky para intentar pasar el mal rato que significaba recibir a esa pareja que nunca debió haberse casado.
La infelicidad de ambos había sido sentenciada por su madre, una terrible artimaña, para casar a un noble del atractivo de Dimitry con Justine, una joven común.
Nada había salido bien. A la fallecida condesa solo le importaba tener casada a su hija, sin importar cómo.
Ella fue inmune al dolor y al auxilio que le pedía su propia hija.
A él le había dicho que no se metiera en los asuntos de un matrimonio y que Justine debía tomar las riendas de su vida.
Él se cansó de los cantos de miseria y decidió meterse en donde no le correspondía.
—¿Preparo sus prendas para dormir, milord? —preguntó su ayuda de cámara.
—No, Clay, creo que saldré a un par de calles de aquí.
—¿Le preparo el carruaje?
—Iré a pie.
—¿Tiene su arma?
—Por supuesto, duermo con ella. ¿Qué pasaría si algún padre, esposo o hermano celoso me tomara por sorpresa?
—Debería dejar esos hábitos que dañan su salud no solo la física, sino también la mental. Una esposa sería reconfortante para usted.
—Clay, no te conviertas en la próxima voz que ignoraré.
—Sus amistades han contraído matrimonio y usted no es bienvenido en sus casas por andar de calavera. A ninguna esposa le agrada una mala influencia para su esposo.
—¡Por favor! Iré junto a Helena, ella es la única capaz de consolarme en estos instantes de la vida. Al menos me confortará con un trago y opio.
Su ayuda de cámara era un experto en hacer expresiones faciales para hacerle llegar a Foster que lo que le decía, no le importaba.
Clay lo acompañó a la puerta de su casa y la abrió para que saliera.
Con una caminata lenta y un cigarro en la boca, Foster salió a la calle.
Su figura alta, atlética y su cabello enmarañado hacían sombra gracias a la escasa iluminación de las calles, acompañado de la luz de la luna que se colaba entre la estructura de las edificaciones y las hojas de los árboles.
La noche estrellada era hermosa para disfrutar de un buen momento.
Helena era una de sus amantes, para no decir que era la única que quedaba después de mucho tiempo.
Por ella sentía una marcada preferencia.
Helena sabía consentirlo de todas las formas posibles, desde la conversación hasta la cama.
Una pobre solterona abandonada por su familia a la que él mantenía con una mensualidad, joyas y paseos exclusivos a cambio de que solo tuviera a Foster como su compañero.
Al llegar frente al umbral de la puerta de la residencia de Helena, observó las piedras rojas de la casa que llevaba tiempo visitando.
Golpeó un par de veces, pero nadie le abría.
No quería pensar que no estaba, sino que se encontraba dormida.
Después de seguir golpeando, la doncella que se encargaba de Helena le abrió la puerta.
—¿Se encuentra la señorita Helena? —preguntó Foster a la doncella.
—Sí. Estaba acomodándose para dormir.
—¿Puedes preguntarle si me recibirá?
—¿Cómo no voy a recibirte, Foster? —curioseó Helena con coquetería.
Al instante, Foster sonrió. Helena era adorable, por eso seguía a su lado y huía de la tentación.
—¿Qué te trae por aquí tan tarde?
—Tuve visitas indeseables en casa.
—Lamento oír eso, pero tú lamentarás más lo que te diré.
—¿No me digas que conseguiste un benefactor o peor aún un esposo?
—No, querido. Espero que alguna vez ocurra. Lo que te diré es que estoy indispuesta, ¿comprendes? Lo único que puedo ofrecerte es un juego de cartas, whisky, brandi y unos besos.
—¿Me creerás si te digo que eso me reconforta? Siempre es bueno acudir a ti.
—Aquí estoy para lo que necesites, querido. Aquí somos fieles a nuestro trato.