Capítulo 35 #2
—Mi institutriz ya me ha dicho lo que pasa en la noche de bodas, por lo que estoy preparada para cualquier dolor que pueda venir a mí. Si algo es insoportable, golpearé a Albert hasta que quede conforme.
—Pues que tenga mucha suerte. Yo le preparé un baño para que esta noche lo reciba con tranquilidad.
Frente a la señora Snow, Kitty quiso mantener la calma, pero la realidad era que la señorita Harting le había dicho que mordiera la almohada y que soportara lo que vendría. Ella no era cobarde, por lo que haría caso omiso a esa recomendación.
En la noche, Albert ataviado con un camisón, fue a la habitación de su duquesa. Después de un par de años, volvería a intimar con una mujer, con la que era su esposa.
—Kitty —la llamó con su voz gruesa.
La muchacha se encontraba recostada en la cama esperándolo. Al verlo comenzó a ponerse nerviosa y toda la tranquilidad que sintió antes se había desvanecido. Cuando lo distinguió caminando hacia ella, tragó saliva y forzó una sonrisa.
—Esa sonrisa ni siquiera es tuya, Kitty —alegó—, al menos no es la sincera.
Él se recostó junto a ella en la cama y con su mano derecha, comenzó a recorrer la figura de Kitty desde su torso hasta sus muslos.
Un escalofrío había recorrido a Kitty. La presencia de ambos en la habitación era distinta, era otro aire diferente al que solían tener cuando estaban juntos. Una vez que aquel metió la mano bajo el camisón de la muchacha, ella dio un respingo seguido de un pequeño grito.
—Me parece que hubiera sido bueno que conversaras con mi madre para que te preparara...
—Estoy preparada. La señorita Harting me ha hablado del asunto y sé cómo llevarlo. Fui sobresaliente en todas las lecciones con la institutriz —aseguró intentando calmarse.
—No te haré daño, solo quiero poseerte para que siempre seas mía, Kitty...
El duque siguió acercándose las hasta que comenzó a besarla primero con delicadeza, para después ser más posesivo y colocarse sobre ella para hacerle conocer los placeres de la cama, para que no solamente Kitty fuera la dueña de su corazón, sino que también la de su lecho.
Epílogo
Cinco años después...
Kitty gozaba de su vida como duquesa. Se encontraba esperando a su segundo hijo con Albert.
Con su primera hija, Augusta, había tenido que abandonar Londres para dedicarse de lleno a la crianza de caballos para mantener su mente ocupada.
En cambio, su esposo estaba concentrado en su papel de padre amoroso y cuñado paciente.
Para él, Augusta era la luz de sus ojos; sin embargo, para Kitty el asunto de tener hijos se había vuelto una odisea dolorosa y sufrida.
La maldición que ella le había hecho a su hermano, se le había dado vuelta y Kitty era quien sufría al parir los hijos del duque.
Esperaba que este segundo bebé fuera el tan esperado heredero.
Su hija de tres años acaparaba por completo a su padre y nadie era capaz de llevarle la contraria a la pequeña déspota en la que se había convertido la niña por el exceso de afecto.
Albert no pensaba cometer los mismos errores de sus padres con su hija. Augusta tendría lo que quisiera. Por su nacimiento había hecho una gran fiesta. No importaba que naciera una niña. Desde el vientre de Kitty él ya se sentía perdido con ánimos de dar todo lo que le había faltado toda su vida.
—No pasees mucho a Augusta —reprendió a Albert que se acercaba con la niña en el caballo que él mismo montaba—. Después puede desear ser criadora de caballos.
—Ella será criadora de lo que quiera, del animal que desee. He comprado acres de tierra en otro condado. Quiero enseñárselo pronto después de que nazca el bebé.
—Y tú decías que yo no podría ser criadora. Ahora me has dejado todo para que lo solucione.
—Has conseguido mucho, querida, pero mi adorada Augusta ha sido bendecida con tus pedidos. Si tú no hacías que notarla las necesidades femeninas, ella solo sería una pequeña niña olvidada en un rincón...
—Nunca la hubieras dejado en un rincón. Además, ella no se quedaría quieta, es tan parecida a Eugenia a esa edad.
—No me recuerdes a Eugenia. Aparecerá este verano y no sé con qué inventos vendrá esta vez, o quizá se escape con un joven.
—Tiene quince años, no se escapará con nadie... Todavía. No pongo las manos al fuego por ella, pero creo que sería bueno que viviera con nosotros...
—No, de ninguna manera. Esa pequeña víbora siniestra no pisará nuestra casa para pasar más de unas semanas. No tengo que sufrir más, es suficiente con el resto de tus hermanas.
—Y nuestros sobrinos...
—Y nuestros sobrinos —repitió Albert.
Él desmontó de su caballo y después bajó a la pequeña Augusta que se distrajo con uno de los patos que había escapado del corral de las aves.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Albert acariciando el vientre de Kitty para después mirarla a los ojos.
—Cansada y pesada. Ya quiero que esto termine. Reza mucho para que sea el varón que estamos esperando.
—No seré infeliz con otra niña.
—Pero yo sí. Si este último no es niño, robaré uno y asunto arreglado...
El duque sonrió e intentó abrazar a su esposa, aunque no podía hacerlo por su gran vientre.
—Todo saldrá bien, Kitty. Te amaré de cualquier manera.
—Es lo menos que espero de ti —bromeó Kitty, que después acaricio el rostro de Albert—. Me quejo mucho de mi suerte de embarazada, pero me quejaría más si fuera una solterona en la propiedad vecina...
—Es una suerte que te rescatara. Hoy tenemos todo lo que quizá deseamos alguna vez. Las cosas se han puesto en su lugar, tenemos familia y afecto.
—¿Crees que deberías temer a que muera en el nacimiento de nuestro hijo? Mi madre murió al parir a Meredith...
—Confío en que eso no ocurrirá. ¿Para qué el demonio te querrá con él?
—Supongo que no querrá que te quedes tranquilo, querido...
Fin.