Familia Fane Capítulo 35
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Capítulo 35

Él estaba decidido a no dejarla ir y ella no quería saber nada de ser la mujer de un mentiroso. Sin importarle su vestimenta ni el estado de su cabello trenzado, fue hacia la planta baja, claramente para interrumpir cualquier tipo de negociación.

—¡No, no y no! —exclamó la señorita Harting con la que se había cruzado mientras bajaba la escalera.

—Señorita Harting, ahora no tengo tiempo...

—Tiene tiempo de vestirse, no hay nada más inapropiado que una mujer en camisón. No irá a presentarse frente a la servidumbre ni al conde en esas condiciones.

—Pero...

—¡Pero no me importa! No estoy de humor. Usted y sus hermanas merecen estar en prisión.

—Condenación... Si voy a sufrir, también lo hará Eugenia. Ella está en la habitación de Meredith.

—Atraparé a esa pequeña arpía —farfulló la institutriz que cogió a Kitty del brazo para devolverla a su habitación.

¿Por qué nada le salía bien? Solo no quería quedar casada con un sinvergüenza.

A Kitty le tocó presenciar que la señorita Harting desaprobaba los comportamientos cotillos de Eugenia y también la reprendía por alborotar a las mayores.

La doncella de la residencia estaba muy ocupada atendiendo a Victoria, pues aquella no había amanecido bien ese día, por lo que Kitty se apresuró a no parecer una muchacha sin casa para poder ir a defenderse del sanguinario duque.

Después de arreglarse de una manera decente, volvió a salir de la habitación con mucho apuro. El pasillo para llegar hasta el despacho de su hermano le parecía eterno. Al estar frente a la puerta, respiró y entró al sitio abruptamente.

Su respiración agitada hacía que su visibilidad se viera afectada por el movimiento de su cuerpo. Lo que bien pudo distinguir era a su hermano junto al duque, ambos bebiendo una copa de brandi. Al parecer había llegado tarde.

—¿Qué maneras son esas, Kitty? —espetó Spencer.

—Buen día, milady —saludó Albert, sonriente. Estaba contento al poder verla.

—¿Qué hace usted aquí? —increpó la muchacha.

—Ten más respeto —masculló su hermano—. Te diré lo que ha venido a hacer aquí el duque. Vino a pedir tu mano, y yo se la otorgué...

—¿Cómo pudiste hacer algo así sin consultarme? Su excelencia aquí presente es un mal hombre, un mentiroso, alguien que utiliza artimañas para conseguir lo que desea. No puedo creer que me vendieras al enviado del diablo.

—Le he contado todo a su hermano y he conseguido su comprensión, pues todo se ha tratado de una confusión.

No tengo necesidad de mentir. Lo único que me importa es estar a su lado y hacerla feliz.

Le he prometido muchas cosas y se las cumpliré todas y cada una de ellas si deja de lado las mentiras que le han dicho sobre mí.

—¿Mentiras? Mis ojos no mienten... Lo vieron besando a otra estando ya comprometido conmigo. Esto no se trata solo de usted, sinvergüenza.

—Kitty, si no le daba tu mano al duque, terminaría siendo de la misma manera que lord Sharp cuando fui a pedir la mano de Victoria.

Me habían inventado una dolorosa mentira y sentí rencor por ella; sin embargo, decidí creer en Victoria y hoy es mi amada esposa.

¿Te arriesgarías a cometer un error? Lo que él me ha contado me deja claro que su excelencia es lo que te conviene y lo que te hará feliz.

—¿Puedo conversar con ella a solas? —preguntó Albert a Spencer.

—Ya han estado solos mucho tiempo. Mientras discuten yo resolveré otros problemas de las demás —dijo Spencer antes de abandonar su propio despacho.

Kitty dirigió su mirada azul hacia Albert.

—Milady...

—¡Ni se acerque a mí! Convenceré a mi hermano de que recupere la cordura. Me he resignado a casarme con cualquier otro, pero no con usted. Porque lo que pueda hacerme otro, no se compara con lo que me ha hecho.

—¿Tanto le molesta que la ame? —interrogó sin hacerle caso a las negativas de la joven—.

¿Le molesta que me enloquezca por perderla?

Lamento decirle que tendrá que soportarme más tiempo.

No soy un mártir, solo soy un hombre enamorado de una mujer que ha sabido ganarse mi corazón de la forma menos esperada.

Espero que sepa comprender mis ánimos de no perder a la persona que logró romper con las barreras de mi mente y me enseñó lo que es enamorarse.

Al escuchar esas palabras, Kitty no quería hacer caso. Se negaba a ser feliz o a ser juzgada de tonta si todo salía mal. Cuando sintió la mano de él junto a la suya, su pecho cayó en un profundo pozo de sensaciones.

—¿En verdad quiere que vuelva a mi cueva a morir con su retrato?

Porque lo haré. Sabe cuánto puede dolerme algo.

Si un mal amor me dolió ocho años, el gran amor de mi vida, puede ser para siempre.

La dejaré ir si lo desea, si escucho de sus labios que no siente el mismo desespero que yo en la lejanía, la misma añoranza al mirar las estrellas y esos recuerdos felices que sosiegan el espíritu en las tribulaciones... La escucho...

No podía decir nada, puesto que ella lo amaba tanto.

En ese poco tiempo que se conocían, él fue el único que había despertado en Kitty las ansias de casarse y comprobar que eran mentiras las cosas que ella imagina sobre el matrimonio.

¿Cómo podría negar ese sentimiento? Era imposible si la conquistó con sus cosas en común, con sus virtudes y sus tan adorables defectos.

—Quiero decir que no lo amo, pero estaría mintiendo terriblemente. Para mí, ya no hay felicidad sin que usted esté a mi lado... —confesó.

—Para mí eso es una convincente declaración de su amor a mí. Me tiene esclavizado y no hay nada que me pueda liberar más que el yugo del matrimonio.

Luego de decir aquello, Albert no dudo en apoderarse de los labios de Kitty para sellar ese pacto implícito que surgió entre ellos un día de lluvia. Ambos habían alcanzado la verdadera paz para esos agónicos sentimientos que los unía.

Después de que aceptaran sus sentimientos, pudieron conversar con Spencer y concretar el matrimonio para el verano.

***

Como todos los antojos de la duquesa viuda se cumplían y más con las buenas intenciones de lord Sharp, habían logrado que Albert y Kitty se casaran en una gran ceremonia en la Abadía.

Para la pareja aquel había sido un gran y feliz acontecimiento.

Mientras él pensaba en toda la felicidad que tendrían juntos, Kitty iba más allá de solo su felicidad.

Sus hermanas eran las cuñadas de un duque y las hermanas de una duquesa.

Imaginaba una gran cantidad de puertas para un futuro prometedor para las hermanas Fane.

Sería de gran apoyo para su hermano y Victoria, que ya habían hecho suficiente por la familia y era momento de que comenzaran a disfrutar de la familia que habían formado tiempo atrás.

Para su buena fortuna, unas semanas antes del matrimonio, Victoria había dado a luz a un niño.

La maldición de Kitty no había surtido efecto y eso la llenaba de felicidad.

Antes de casarse, junto a Albert habían decidido que los primeros años hasta el nacimiento del primer hijo se quedarían en Londres para que Kitty se divirtiera bailando y organizando bailes.

El duque había descubierto que su esposa deseaba ser la futura matrona de Londres al preceder los mejores bailes de la temporada.

Él estaba de acuerdo con lo que a ella le hacía feliz, porque si ella era feliz, sin duda Albert también.

Por su boda ofrecieron una gran fiesta en Londres. Los recién casados habían permanecido solo unas horas, pues la luna de miel la tendrían en Gloucestershire. Durante el trayecto a la gran residencia compartieron anécdotas de todo lo que había ocurrido entre ellos en esos meses.

—¿Y los perros? —indagó Kitty, curiosa. Ella se encontraba recostada en el pecho de su reciente esposo rumbo a Gloucestershire.

—Están en otra propiedad. Espero que estén bien... —respondió acariciando los cabellos de Kitty.

—Si no te harán enviudar puedes traerlos —dijo kitty, que llevaba al menos un mes tuteando a su querido duque.

—Si cuidarán de mi esposa los traeré para tenerlos en un lugar más grande. No quiero malas relaciones con mi cuñado...

—Y tampoco con lord Sharp.

—No quiero escuchar nada de ese caballero —farfulló.

—¿No quieres porque la duquesa viuda ha conseguido un buen amigo?

—No quiero conversar de eso. Mi madre debería tener más decoro y no dejarse impresionar por un solterón con ínfulas de clérigo que ha deseado censurarme cuando se lo dije.

—Considero que la duquesa tiene derecho a tener las amistades que gusta. Los dos se encargarán muy buen de mis hermanas cuando llegue el momento de casarlas.

—No deseo seguir hablando de ellos, prefiero hablar de nosotros... —musitó Albert que observó los tersos labios de su esposa.

Ella sonrió, avergonzada. Cada vez que él la miraba de esa manera, sabía que vendrían un montón de besos y mimos que aquel le daría.

Todos pensaban que el gran duque de Salisbury era un hombre despreciable, antipático y soberbio, pero eso se quedaba corto en descripciones para lo que ella consideraba descriptivo para su esposo, pues todo eso solo era una ínfima parte del encanto de Albert.

Después de varias paradas y de quedarse en habitaciones separadas en una posada, llegaron hasta la mansión de Gloucestershire.

Ahí ya estaban preparados para recibirlos.

También entre los nuevos criados de la propiedad se encontraba la señora Snow.

Ella no quería perder a esa mujer a la que le había cogido cariño.

Era como la voz interior a la que ignoraba, pero a la vez que apreciaba. La señora sería su doncella.

—Todo está listo en su habitación, su excelencia —habló la señora Snow, sonriente.

—Su excelencia —pronunció Kitty como si todavía no creyera lo que ocurría.

—Ahora es la duquesa, no debe hacer tonterías.

—Soy la mujer más feliz del mundo...

—Dejará de serlo cuando el duque la visite por la noche. Esa sonrisa se le borrará.