Capítulo 34
Como lo habían supuesto Kitty y Meredith, Spencer y lord Sharp no dejaban de hablar sobre algún pretendiente para la joven.
Las buenas relaciones del conde de Sharp con los demás nobles era una buena manera de conseguir candidatos que fueran ideales.
Como era costumbre de esos caballeros, hacían como que Kitty no se encontraba ahí.
Hablaban de ella como una transacción. Nadie de ellos sabía el golpe que la había regresado a Londres.
Podría intervenir y gritar que no pretendía casarse con absolutamente nadie, pero no quería arruinar la vida de sus hermanas y ni de su sobrino o sobrina en camino. Le quedaba resignarse y esperar a que el hombre que escogieran para ella no fuera un crápula como el duque.
Cuando recordaba a Albert, le costaba creer que todo había sido mentira. Los besos, las miradas y los momentos no podían ser falsos. Una parte de ella se rehusaba a dejarlo ir, pero su orgullo de mujer lastimada y abochornada no la dejaba tranquila.
Lord Sharp la había tratado como si ella en realidad estuviera arrepentida de algo.
Aquel pobre caballero le había contado una infinidad de historias de mujeres pecadoras que habían vuelto al buen camino.
De cierta forma, a Kitty ni siquiera podía molestarle la presencia del conde de Sharp, pues era mejor tener compañía para dejar un poco de lado su soledad y no recordar al duque.
Apreciaba de corazón las buenas intenciones de su familia, al menos aprendió a valorar algo que ella consideraba abusivo, pero que en realidad era una muestra de preocupación y cariño.
Una vez que la cena había terminado, pasaron al salón. En aquel lugar Kitty se había servido varias copas de vino ante la escandalizada mirada de la señorita Harting.
—Lady Kitty, debería parar, es su quinta copa —dijo la señorita Harting.
—Iré hasta la octava. Siempre y cuando no pierda la compostura todo estará bien, ¿no es así, señorita Harting? —replicó la joven a su institutriz.
—Por su compostura no debería beber tanto. Además, usted es el reflejo de su institutriz y yo no bebo en cantidades exageradas.
—¿Cuándo podremos beber nosotras? —preguntó Rose.
—¿Qué pregunta es esa, milady? —increpó la institutriz, sorprendida.
—Yo debo tomar vino antes que Rose —masculló Fanny, molesta.
—A ti no te ha venido el sangrado, no eres una mujer, Fanny —espetó Rose—, en cambio yo sí lo soy siendo menor que tú.
A sus catorce años, Fanny no había conseguido sangrar como sus hermanas y eso era triste para ella, pues se sentía como la niña menos bonita y desarrollada de la casa.
—No te sientas mal, Fanny, tampoco sangro ni puedo beber —alegó Eugenia, sonriente, con una taza de té en la mano.
En lugar de sentirse reconfortada, Fanny prefirió alejarse de sus hermanas. La estaban haciendo sentir miserable.
—Es suficiente. Basta de recordarle eso a lady Fanny. Todavía no ha llegado su momento, es todo —agregó la señorita Harting.
—Mañana hablaremos con Spencer. Fanny necesita un médico —intervino Meredith, preocupada.
Kitty giró los ojos al darse cuenta de que el problema de Fanny se había hecho algo público y mañana alcanzaría la categoría de humillante cuando lo supiera un varón.
Después de llegar a la octava copa, Kitty fue a la habitación de Meredith. Al llegar ahí, su hermana se encontraba mirando por la ventana que daba a calle.
—Te ayudaré a desvestirte —se ofreció Meredith que, al escuchar los pasos de su hermana abandonó la ventana.
—¿Qué mirabas?
—Nada. La gente va y viene. Es interesante —respondió Meredith que fue a su armario y sacó uno de sus camisones para vestir a Kitty—. Debe ser hermoso estar en un salón de baile con una persona especial...
—Sobrevaloras mucho la compañía de un caballero, y más de uno desconocido.
—No acabes con mis ilusiones solo porque a ti te ha ido mal, Kitty. Entiendo que una esposa debe soportar muchas cosas, entre ellas a otras damas...
—¿Qué quieres decir con eso, Meredith?
—Que todas las mujeres de nuestra clase, somos susceptibles a ser engañadas.
—Yo no lo acepto...
—Pero eso no depende de ti. Considero que debiste perdonar al duque para tener un buen matrimonio.
—Ya imagino cómo será tu vida si te casas con un infiel.
Estarás diariamente mirando por esa ventana, esperando que tu esposo regrese de sus encuentros.
Acostúmbrate ahí si piensas que eso es vida.
No te resignes y no aceptes algo malo si tú lo sabes.
Una vez que te cases lo que tú puedas hacer no importa, pero puedes cambiar todo si lo sabes antes de dar el paso.
Hay más hombres en el mundo, no temas. Podemos aprender a querer a alguien...
Meredith guardó silencio y comenzó a desvestir a Kitty. Después trenzó los cabellos de su hermana para que pudieran acostarse en la cama para dormir, pues ella ya se había cambiado antes.
En la cama, Kitty miraba al techo. De tanto que había dormido en el día, le comenzaba a costar hacerlo de noche.
También, el techo parecía girar sobre ella y eso era a causa de las ocho copas de vino que la habían ayudado a distenderse ante los avasalladores planes de su hermano y de lord Sharp.
Resignarse a todo requería de una ayuda especial que solo el alcohol sería capaz de brindarle.
***
Mientras Kitty todavía dormía, sus hermanas comenzaban las actividades del día, y lo hacían con gritos, llantos y lloriqueos como era costumbre.
Tres de las hermanas Fane habían entrado al despacho de Spencer que creyó que tendría un buen día hasta que vio llorando a Fanny y discutiendo a Meredith y Rose.
—Suficiente, suficiente... —pidió Spencer con calma—. ¿Qué está ocurriendo?
—Queremos que tomes cartas en un asunto —habló Meredith.
—¿Y qué asunto es ese? —inquirió el conde de Nottingham.
—¡Tengo catorce años y no he sangrado! ¡Rose ya ha sangrado y tiene doce! —vociferó Fanny, molesta, angustiada y triste por su situación.
Spencer intentó mantener la calma ante el incesante cacareo de las hermanas.
—¿Y qué dice la señorita Harting? —interrogó a sus hermanas.
—Dice que está enferma —contestó Meredith—. Yo también lo creo.
—También creo que estoy enferma —asumió Fanny que se sorbía los mocos.
—Y yo considero que está loca... —opinó Rose.
Fuera del despacho de Spencer se encontraban la señorita Harting y Eugenia que tomaban su lección.
—¿No ha escuchado gritos, señorita Harting? —preguntó Eugenia.
—¡Oh, por Dios, son sus hermanas molestando a milord! Merezco que me despidan —espetó la institutriz que fue a reprender a las muchachas más grandes y dejó a Eugenia en el salón.
Los golpes en la puerta de entrada hicieron que la niña de diez años miraba pasar a Calvin para abrir el portal. La pequeña decidió enfrascarse en girar en la alfombra por lo aburrida que se encontraba.
—Por favor, pase...
Esas palabras las había escuchado la niña que el ayuda de cámara de su hermano le decía a otra persona. De inmediato eso llamó su atención. Cuando miró al techo vio a una figura muy alta, de tez pálida y ojos grises penetrantes.
—¿Quién es usted? —indagó.
Albert había llegado a la residencia de lord Nottingham y el criado lo había hecho pasar al salón para que esperara ser anunciado, hasta que escuchó una voz y vio a una niña tirada en el suelo. Al verla notó el parecido con la mujer que él estaba buscando.
—Buen día... —saludó el duque.
—Eso no responde a mi pregunta —correspondió Eugenia que había abandonado el piso para extender su mano para que él la saludara—. Soy lady Eugenia Fane...
Él miró la manito de la niña y solo le dio una tierna palmadita.
—Soy Albert George Relish, duque de Salisbury, es un placer...
—¿Y qué hace un duque aquí?
—Le gusta hacer muchas preguntas, milady...
—Y espero que a usted le guste responder.
Al oír eso, Albert comprendió que esa familia no era tan fácil de entender. La pequeña era una adaptación más pequeña de Kitty.
—He venido a conversar con lord Nottingham sobre su hermana lady Kitty Fane.
—Tome asiento, por favor —pidió Eugenia haciendo una perfecta imitación de su institutriz—. ¿Viene a casarse con ella?
—Eso espero. ¿Puedo pedirle un favor?
—Depende, soy una niña y no puedo hacer muchas cosas...
—Estoy seguro de que puede ir a jugar al jardín —pronunció para quedarse solo en el lugar. No quería a una niña curiosa.
—Puedo quedarme aquí en absoluto silencio o quizá jugando en la alfombra...
—Me parece bien...
Eugenia volvió a la alfombra y comenzó a girar y a hacer voces como si conversara con otras personas y a la vez gritaba. Eso sobresaltaba a Albert en ocasiones. Esa niña era un problema. Lord Nottingham debía ser alguien que sufría mucho con sus hermanas.
—¿Sabe que esos gritos que escucha de fondo son de mis hermanas que están peleando con mi hermano? A Fanny no le ha venido su sangrado de mujer, pero a Rose sí, y ella es menor...
Las mejillas de Albert se habían teñido de rojo. Ya deseaba que esa niña guardara silencio.
—Puede pasar, su excelencia —anunció el ayuda de cámara que había vuelto.
—Gracias a Dios —masculló deseando huir de la presencia de Eugenia.
Cuando se dirigía al despacho del caballero, de ahí salían cuatro mujeres, y todas eran reprendidas por la que él consideraba la institutriz por la vestimenta y porque las muchachas de cabellera rubia eran como Kitty. Solo no esperaba encontrar que el hermano también se pareciera tanto.
El ayuda de cámara se hizo a un lado para que él pasara al sitio junto al conde.
Lord Nottingham tenía el cuerpo extendido en su sillón con sus dedos apretando las cuencas de sus ojos, parecía cansado de la vida.
—Disculpe la molestia —musitó Albert para que el hombre dirigiera su atención hacia él.
—Sea bienvenido, excelencia. Disculpe los gritos que pudo haber escuchado. Tener tantas damas en la casa puede ser un poco... estrambótico.
—Yo no me preocuparía por las tres que salieron de aquí, la última sí podría ser una preocupación —comentó después de lo que había oído.
—Lo dejaron solo con Eugenia. Espero estar muerto en ocho años. Ahora a lo nuestro, ¿a qué se debe el honor de su visita? —curioseó Spencer.
—Seré breve... He venido a solicitar la mano de lady Kitty Fane. Hemos sido vecinos en Gloucestershire en estas semanas y tuvimos la oportunidad de conocernos.
El conde se encontraba atónito. Estaba recibiendo la propuesta por parte de un duque para su hermana. Había esperado por ese momento desde hacía tantos años. Por esto, abrió su cajón del escritorio y de él sacó un escrito que le extendió al hombre.
—Estas son las condiciones para contraer matrimonio con mi hermana. Si está conforme con la dote, podríamos cerrar este asunto, aunque no sin antes conversar sobre Kitty y usted como vecinos.
El duque cogió el papel y lo leyó. Las condiciones eran sencillas y el dinero nada despreciable.
—Aquí no habla de lo más importante sobre su hermana, no dice tolerarla... —expresó burlón.
—Veo que la conoce bien...
—Seré sincero. Ella está aquí por una confusión. Milady había aceptado mi propuesta; sin embargo, un tercero intervino en mi contra...
—Necesito oírlo —mandó Spencer, cauto.
A la par que ellos conversaban, la institutriz corregía a las niñas y Eugenia se aburría en el salón, esta última había decidido darle la buena nueva a su hermana. Corrió escaleras arriba como una pilla hasta llegar a la habitación de Meredith.
Ahí encontró a su hermana bostezando y abriendo su cuaderno. En un dibujo podía distinguir el rostro de un hombre. Sin que la somnolienta Kitty se diera cuenta, Eugenia se colocó junto a ella.
—Yo conozco a ese caballero. Es un duque... —mencionó.
Kitty pegó el grito al cielo por el susto. Tardó unos instantes en recuperarse de la impresión.
—No digas tonterías, Eugenia.
—No son tonterías, si no es un duque, ¿quién es?
—Es un emisario de Satanás en la tierra, un díscolo...
—Ese emisario de Satanás como lo llamas está en el despacho con Spencer.
La joven se había quedado perpleja. Esto debía ser un invento de Eugenia que estaba muy aburrida.
—¿Escuchaste mis conversaciones con Meredith?
—No. Yo hablé con Albert George Relish, duque de Salisbury. ¿No me crees? Pregúntale a Calvin, él le abrió la puerta.
Ella estaba al borde del desmayo. ¿Y si su excelencia hubiera ido a buscarla? No tendría escapatoria. Debía evitar que su hermano la vendiera.