Capítulo 33
Al oír su nombre y ver que su hermano tenía una cara de sorpresa, corrió hacia él y lo abrazó. Ahí sintió que moriría ahogada en su propio llanto. Después percibió que Spencer la apretaba contra su pecho y la abarcaba con fuerza.
Victoria dejó lo que estaba haciendo para acercarse a su esposo y a su cuñada, a esta última le dio una caricia en el brazo izquierdo.
—¿Cómo has venido hasta aquí? —preguntó Spencer.
—Con una diligencia. La señora Snow me ha acompañado. Utilizamos el dinero de la mensualidad de la propiedad... —respondió sorbiendo su nariz.
—Debiste escribirme. Una diligencia es algo peligroso, te prohíbo que lo vuelvas a hacer.
—Quería volver. Ya no deseaba permanecer en Gloucestershire.
—¿Algo te ha molestado de la casa? No he tenido tiempo de ir a verla.
—No, solo los extrañaba demasiado hasta que anoche se hizo insoportable. No volveré a hacer nada malo para que me vuelvas a enviar ahí.
—Perdóname, Kitty, no debí ser tan severo contigo. Lamento haberte dicho muchas cosas horribles. Regresa a tu habitación.
—No, compartiré la habitación con Meredith. No creo que le moleste demasiado. Mi habitación es para el bebé.
—Bienvenida a tu casa, Kitty. El bebé todavía no nace, y si lo hace estará en nuestra habitación. Puedes usar la tuya sin problemas. Spencer es juguetón y tú te has tomado en serio eso de que estabas expulsada —dijo su cuñada, Victoria.
Kitty soltó a su hermano y abrazó a su cuñada.
Victoria le correspondió con un abrazo cariñoso.
—¿Lady Kitty? —curioseó la señorita Harting, al ver a la muchacha.
—¡Señorita Harting! —exclamó y también corrió a abrazarla.
Para Kitty ella estaba en un lugar seguro. Ese sitio del que nunca debió salir, pero solo al salir de ahí se había dado cuenta de que era el ser más egoísta de su familia.
Al escuchar el alboroto en el salón, sus hermanas fueron hacia ahí.
—¡Kitty! —exclamaron Meredith, Fanny, Rose y Eugenia, al unísono.
Al abrazarlas a todas Kitty se sintió acogida y amada. Sus inseguridades habían desaparecido por un instante. Amaba a sus hermanas y se regocijaba en la compañía de aquellas inquietas niñas.
—Haremos una gran cena por tu llegada, Kitty. Invitaremos a lord Sharp —comunicó Spencer, feliz, al ver a sus hermanas reunirse.
Todas festejaron que tendrían algo que hacer esa noche. Se emocionaron mucho por el reencuentro y también por la cena.
—¿Quién es la señora? —indagó Eugenia que miró a la señora Snow.
La pobre Kitty había olvidado a la señora Snow entre tanta felicidad por ser bien recibida.
—Es el ama de llaves de Gloucestershire. Es una mujer muy buena y sabia —respondió Kitty.
—Oh, es usted la señora Snow, pase —pidió Spencer.
—Con permiso, milord. Es un completo honor conocerlo y también a la condesa —dijo la mujer.
—Por favor, señora Snow, hay una habitación para que pueda descansar. Debe estar exhausta... —aseguró Victoria, compasiva.
—Milady también debe estar muy cansada. La prepararé para que descanse.
—No se preocupe, señora Snow, tenemos una doncella que se encargará de dejar lista a Kitty —alegó Spencer, amable.
La señora Snow fue dirigida hacia el área de sirvientes para que pudiera tomar un buen descanso. Los demás sirvientes cogieron las cosas que se habían bajado de la diligencia.
Como Kitty había dicho, no se quedó en su habitación. Meredith la había recibido con cariño e incluso le ayudó a acondicionar sus bucles para que no se estropearan demasiado, mientras que Helen, la doncella, ordenaba las pocas prendas que Kitty había llevado.
—Cuando vengan todas tus cosas, no sé en dónde las meteremos. En mi armario no hay tanto espacio —habló Meredith, socarrona.
—Te regalaré muchas prendas. Considero que Spencer me ha dado más cosas que a las demás y no me parece justo...
—¿Cómo es Gloucestershire? ¿Hay vecinos cerca? ¿Piensas regresar ahí? Creo que Spencer pensará que tu regreso significa que te casarás con alguien en algún momento. Considera que debes estar arrepentida de ser bravucona.
—La propiedad es bonita, pero los vecinos no tanto. ¿Acaso dudas de que nuestro hermano buscará un esposo para mí? Por supuesto que lo hará, por eso invitará a lord Sharp esta noche. No soy ninguna tonta.
—¿Entonces estás resignada al matrimonio?
—No lo sé. Quizá aparezca alguien. Debo admitir que no tengo madera para ser independiente.
Soy solo una tonta muchacha rebelde. Estando lejos entendí que no puedo pensar únicamente en mí, están ustedes cuarto a mis espaldas.
Cualquier cosa que yo haga mal, las sentenciará.
No puedo permitir que por mi causa todas quedemos a los hombros de nuestro hermano.
Él merece un poco de paz, y también tener su propia familia con Victoria.
—Me pone tan feliz que entraras en razón. Para la próxima temporada redoblaremos esfuerzos, porque después ya llegará mi momento.
—Meredith, aprovecha tu primera temporada como puedas. Ahora yo no sé qué hacer. Por inmadurez, quizá dejé ir a un buen candidato.
Meredith dejó el cabello de su hermana y se sentó junto a ella.
—Yo quiero casarme con un caballero al que he visto pasar muchas veces frente a nuestra casa. Me ha sonreído —confesó su hermana.
—Eres afortunada por buscar un futuro para ti. Espero no que no te defraude, Meredith.
—Disculpe, lady Kitty, ¿dónde pongo este cuaderno? —interrumpió la doncella que se puso a hojearlo hasta encontrar al duque.
Al ver esto, Kitty se lo había arrebatado, pero tanto Helen como Meredith habían visto lo que ella intentaba ocultar.
—¿En verdad has vuelto porque nos extrañabas o porque alguien te ha roto el corazón? —interrogó Meredith.
—Por favor, retírate, Helen, y cierra la puerta —ordenó Kitty.
—¿En verdad no me dejará saber esto, milady? Trabajo mucho, al menos concédame saber quién es el caballero —rogó la criada que siempre deseaba estar a la vanguardia de los cotilleos de la casa—. Juro no decirle nada ni al conde, ni a la condesa y menos al resto del personal.
—Ese caballero es el duque de Salisbury...
La hermana de Kitty se levantó y cogió con fuerza a Helen. Se sentía emocionada al imaginar una historia de amor.
—¡Un duque! —exclamaron las dos al unísono.
—No griten, no griten —masculló Kitty entre dientes—. Vine aquí, porque he sufrido una decepción muy grande con él...
—¿No es una historia de amor feliz? —preguntó Meredith.
—No, es una historia miserable de traición. Espero que el duque arda en el averno por haberme roto el corazón...
***
Albert se encontraba en el infierno de la soledad.
Habían pasado dos días del altercado con Kitty.
Estaba aguardando el momento para ir y solicitarle expresamente que cambiara sus pensamientos sobre lo que había ocurrido.
¿Cómo podía defenderse de las artimañas de otros salvo que con su verdad?
No existía otra más que la suya. Lo que Kitty había visto fue una mala jugada del destino, una que lamentaba, pero que creía que sería el último peldaño en la espera por tener a esa muchacha como su duquesa.
—¿Sigues perdiendo el tiempo? Iré junto a ella y le explicaré la situación —musitó la duquesa, impaciente.
—No sé qué cree que conseguirá con esa actitud, madre. La dejaré que lo considere, es su derecho. Ella quiere tomar decisiones, tontas, pero son sus decisiones y a mí no me queda más que aguardar a que se le pase el enfado.
—Crees que haciéndote indiferente conseguirás algo. Ella pudo haberse ido. Es una muchacha impulsiva, rebelde...
—Es cierto...
Él miró el retrato de Kitty, que reemplazaba al petirrojo del cual se enorgullecía, pero más se enorgullecía de la que él deseaba que fuera su esposa.
Tomó la determinación de dirigirse a la residencia de Kitty. La convencería de regresar de cualquier manera.
—Iré a por ella —declaró Albert.
—Y yo te acompañaré. Entre los dos convenceremos a esa muchacha. Yo seré tu respaldo para que acepte casarse contigo.
Un par de minutos después partieron con dirección a la residencia de Kitty.
Ya había sido demasiado tiempo el que Albert le había otorgado.
Esperaba poder calmarla con un beso y unas caricias.
Su enfado era parte del verdadero encanto de Kitty, ella nunca se rendía, lo que significaba que él jamás se aburriría de tenerla a su lado.
Ese tiempo separados le hizo reafirmar que lo que él deseaba era convertir a Kitty en su duquesa.
La necesitaba para ser feliz. De su mano, Albert había conocido lo que en realidad era el amor.
Si necesitaba pronunciar sus más profundos sentimientos, lo tendría que hacer.
Se avergonzaba de sentirse débil a causa de ese amor que no lo dejaba tranquilo desde el primer día.
Ella se introdujo en su vida como una intrusa, y logró hacerse con todo lo que él había cuidado durante tantos años.
Destruyó sus defensas y lo echó de su guarida: la soledad.
Cuando llegaron a la casa de Kitty, el duque y la duquesa viuda, esperaron a que alguien les abriera la puerta. Ahí no encontraron a la reconocida Snow.
—¿Se encuentra lady Kitty? —preguntó el duque sin dilación.
—Lo lamento, su excelencia. Milady partió hace un par de días. Se sentía atormentada y por eso decidió regresar junto a su familia —respondió la doncella.
—¡Te lo dije, Albert George Relish! —masculló su madre, molesta.
Él guardó silencio e ignoró a su madre antes de regresar al carruaje.
—¡Albert! ¡Albert! —lo llamaba su progenitora para que se detuviera—. Es un poco tarde para comportarse como un niñato.
Aquel siguió ignorando a su madre hasta que se sentó en el carruaje.
—Suba, madre.
—Mira lo que hiciste. Ya no hay compromiso, no hay duquesa... —se lamentó la viuda—. ¿Cómo piensas solucionarlo? Ahora solo te imagino de nuevo en tu casa, enfrascado en tu soledad.
—Se equivoca. Esta vez no huiré de mi destino.
Milady regresará a mi lado. Me prometí usar esta carta que me queda como última opción.
Ante el enfado prolongado y su huida, no me queda más que acudir al jefe de la familia con un ofrecimiento que jamás ningún conde con cinco hermanas dejaría escapar.
Le pediré la mano de milady y no le requeriré la dote.
¿Sabe lo que eso significaría para él y para mí? El trato perfecto.
—Espero que tu idea resulte. Ya me había encariñado con la muchacha y con todos los hijos que ustedes tendrían...
—No salga con esas cursilerías, madre. No pasará nada.
Mantenga la calma tal y como yo lo hago.
Echarme a llorar no soluciona nada. No bajaré los brazos, no desistiré.
Haré lo que esté a mi alcance y fuera de él por regresarla junto a mí.
Moveré todo lo que tenga que mover... No en vano me deshice de ese conde que es sobrino del señor Staton.
No quiero piedras molestas en mi zapato.
Tanto él como la duquesa, al retornar a la propiedad, ordenaron que todas sus pertenencias fueran puestas en baúles para un viaje a Londres.
Albert no dejaría la pintura de Kitty, por lo cual también la llevó consigo.
La observaría todo el camino porque no podía olvidar y menos dejarla ir.
Podrían juzgarlo como egoísta, pero ella también lo amaba a su manera.
Ambos habían visto el interior del otro por medio del arte.
Con una mirada, ellos hablaban lo que sus bocas no decían y cuando sus bocas se unían, sus almas se juntaban.
Era algo inexplicable, por eso no se resignaba.
Esta clase de vínculo solo podría darse una vez en la vida y con la persona correcta.
En su viaje, tuvieron un par de paradas para descansar. No iban muy deprisa, no cambiarían demasiadas cosas en un día, pues al llegar a Londres primero descansarían y después él tomaría su plan de acción.
Después de muchos años, él regresaba al lugar del cual había huido por años, por vergüenza, por humillación, pero ya lo había superado. Estaba ahí para conseguir el amor de una mujer.
Para él muchos de los paisajes le parecían familiares, pero no tanto como tiempo atrás.
Londres contaba con edificaciones nuevas y mucha moda.
Pese a que Albert tenía prendas a la vanguardia gracias al asesoramiento londinense, creía que era necesario conseguir más ropas elegantes para impresionar a Kitty.
Quería que siempre lo viera tan atractivo.
Deseaba que le diera orgullo caminar junto a él y su rostro poco amable.
Nadie creería que había conseguido a una esposa tan bella, ni siquiera él lo creía.
Albert abrió la ventanilla de comunicación con el cochero para darle una orden.
—Averigua en dónde queda la residencia de lord Nottingham al dejarnos en casa. Mañana quiero estar en la vivienda de milady.
—Por supuesto, excelencia —acató el cochero.