Familia Fane Capítulo 32
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Capítulo 32

Kitty no podía creer lo que observaba. No sabía cuánto tiempo Albert había estado besado a esa mujer. Él no tenía vergüenza de nada.

Había sido una tonta al sentirse especial junto a él.

Quién sabía si la historia del anillo fuera cierta.

Tal vez se tratara de un simple pedazo de vidrio incrustado en un hierro bien forjado.

Para él todo lo gastado y un par de caballos no significaban nada, le sobraba dinero para permitirse esos caprichos y ella no sabía con qué intenciones.

¿Por qué jugaría de esa manera con ella?

Sabía que era engreído, posesivo y controlador, pero no lo imaginaba siendo tan sinvergüenza.

No paraba de cuestionarse si lo que había visto era real o no. Su corazón no quería admitir que había sido engañado.

—Milady... —pronunció Albert que empujó a Grace y se dirigió hacia ella.

Ella sintió la necesidad de huir, de correr tan lejos que jamás pudiera alcanzarla, mas se quedó ahí, regia, sin que la otra mujer pudiera adivinar lo que ocurría en su mente. No se dejaría ver agonizante frente a aquella por la terrible traición que estaba viviendo.

—Su excelencia, ¿podría acompañarme afuera un momento? —preguntó Kitty, tomando valor, pese a su resquebrajado corazón.

Kitty giró sobre sus talones y se mezcló con el resto de los asistentes.

Sin dudarlo ni un instante, Albert siguió a Kitty por el salón hasta que la vio salir por la entrada principal y caminar unas millas. Ella seguía dando pasos sin detenerse para verlo. A él le tocaría dar explicaciones por las actitudes de una fulana.

—¿Se detendrá para hablar conmigo? —increpó el duque.

La joven detuvo su caminata; sin embargo, no se había volteado a mirarlo. Ella se quitó el anillo del dedo con mucho esfuerzo a causa del guante que llevaba. Después tomó valor y se atrevió a terminar con todo.

—Aquí tiene, cínico —atacó la joven extendiendo su mano para que él cogiera lo que le daba.

Él obedeció al gesto de la muchacha y vio que ahí en su mano ella había depositado el anillo de compromiso.

—¿No me dejará defenderme? —contrarrestó Albert.

—¿Defenderse de qué? ¿De lo que mis ojos lo acusaron? No hace falta que intente algo. Conociéndolo, su cerebro ya habrá terminado de armar una artimaña. Es muy bueno inventando mentiras.

—Le diré esto una sola vez, milady. No tengo nada que ver con las acciones de esa mujer.

—La conoce, ¿no es así?

—Sí, la conozco.

—Ella es a quien usted siempre ha amado.

—Ciertamente lo que usted crea que es el amor es lo que, en un pasado, he sentido por ella. Ese sentimiento fue el que me impulsó a venir aquí.

—Comprendo. Me haré a un lado para que usted pueda cumplir sus sueños con ella.

—¿De qué está hablando?

—No me verá llorando y menos por un sinvergüenza. Sabía que no debía caer en sus garras, siempre dudé y quizá fue por esto. Debí mantenerme segura de lo que deseaba como soltera. De haber hecho bien las cosas, estaría protegida de mi propia necedad.

—No hay nada entre ella y yo. Lo que presenció fue un acto desesperado de alguien que carece de decoro y de dinero. ¿Comprende con madurez lo que le quiero decir? Usted es la mujer que he escogido para el matrimonio.

—Pero si no se casa con ella, su matrimonio será tan miserable como el de su madre. Cásese por amor y no repita los mismos errores de sus progenitores. Le pediré que no vuelva por mi propiedad, porque ya no me encontrará.

—No sea ignorante y entienda lo que le explico. Quiero casarme con usted, deseo hacerlo. Le di el anillo de mi abuela.

—Como dijo la condesa, para usted cualquier diamante es una baratija, porque se ahoga en dinero.

Adiós, excelencia. Qué sea muy feliz. Si algún día quiere visitarme, le sugiero que no lo haga, pues no respondo por esta humillación.

Ha hecho algo aberrante y despreciable desde cualquier punto de vista.

No debió intentar enamorarme.... ¡Lo odio tanto!

—reprochó antes de partir hacia la oscuridad.

—¡Boberías! —masculló corriendo tras ella—. Le puede pasar cualquier cosa. Deje que la lleve a su casa.

—En el estado en el que me encuentro nadie puede hacerme daño. Estoy tan enfadada que podría despellejar a cualquiera. Lárguese, ya todo entre nosotros terminó.

—Es tan ridícula si piensa que esto terminará aquí. Puede rechazarme hoy, pero le juro por toda mi estirpe que de todas maneras será mi esposa.

—No tendrá esposa si no puede hallarla. Ande, vaya junto a su querida. Bésela...

—A quien quiero besar es a usted.

—¡No puede ser más libertino! —farfulló enfurruñada—. Le arrojaré piedras si se llegara a acercar.

—No importa lo que diga. La seguiré de igual manera por más que sea peligroso para mí vida.

—Haga lo que quiera. Si lo matan no será mi culpa.

La muchacha apresuraba el paso por el monte y Albert la seguía para que ella estuviera segura.

La luna era la única que los acompañaba en esa travesía.

La mente de Kitty era un hervidero de rencor.

Era visceral y no podía pensar con claridad.

Saber que él le pisaba los talones la ponía de peor humor.

Ella no lo toleraba. Le dolía eso que consideraba una traición.

Había logrado que lo adorara. Sus pocos sueños a su lado estaban rotos, también el brillante futuro que imaginó para sus hermanas siendo una duquesa.

Todo se había desvanecido en un pestañeo.

Para Albert, la situación era reversible.

Quizá comprendiera los sentimientos de Kitty, a él le había tocado vivir una terrible decepción amorosa, y tal como ella lo hacía, había terminado huyendo hasta Gloucestershire.

Cuando un dolor era terrible, nadie podía hacerla entrar en razón.

Al menos con eso sabía que Kitty tenía sentimientos hacia él, que valía la pena la lucha y la humillación si eso los llevaría a estar juntos para siempre.

Lo mejor era dejar a Kitty pensar un poco y buscarla cuando las aguas calmaran.

En ese instante le preocupaba más su seguridad que otra cosa.

Una vez que llegaron a la propiedad de Kitty después de estar una hora caminando. Ella ignoró a Albert, ni siquiera lo había invitado a pasar para descansar. No esperaba que hiciera eso si era de peor educación cuando se enfadaba.

Fue hasta las caballerizas y solicitó que le proporcionaran un caballo y con eso pudo regresar a su residencia.

***

Al entrar a su casa, Kitty fue a su habitación para encerrarse. Sollozó por un instante hasta que escuchó que algo se movía en su habitación. Era la señora Snow que la estaba esperando en un rincón junto a su bordado, porque todavía era temprano.

—¿Está bien, milady? —indagó la mujer.

—¿Puedo mentirle a usted que me espía como un buitre? No, ni siquiera me esforzaré. El duque, el mentiroso, sinvergüenza y calavera, no tengo más adjetivos para él...

—Estará aquí a los tres días, como siempre. No se ponga mal por pequeñas disputas.

—Me faltó decirle de qué se trata la pequeña disputa. Encontré al flamante caballero, mi prometido, besando a otra mujer... Qué humillante, señora Snow. Nunca pensé que alguien se burlaría de una forma tan elaborada. Se ha tomado tantas molestias solo para jugar con mis sentimientos.

La señora Snow no podía articular una sola palabra a causa de la sorpresa por lo que acababa de oír. No tenía una forma concreta de consolar a la muchacha. No había algo que solucionara esa situación.

—Algunos caballeros suelen hacer algo semejante cuando se sienten solos...

—Entonces yo no soy una mujer para un hombre así.

Soy yo y nadie más. Es mi regla. Lo único comprobable es que jamás me hubiera tenido como me prometió.

No sería la dueña de su casa, sería el hazmerreír de Londres.

Todos sabrían que él gustaba de otras mujeres, mientras yo pretendería ser una gran señora. Quiero irme a casa...

—Oh, milady. Tendrá que escribirle a su hermano. Para que venga hasta aquí tardará al menos una semana.

—Señora Snow, ¿podría darme la mensualidad que le ha dado mi hermano? Le prometo enviar ese dinero para que no falte nada aquí una vez que esté con él.

—¿Qué pretende hacer?

—Alejarme de ese diabólico duque, pupilo de Satanás. Iré a la diligencia.

—¡Diligencia! No, no sin una compañía. No la pondré en manos de un desconocido, y menos en un trayecto tan largo a Londres.

—Entonces venga conmigo. Mejor no estar sola...

—Por supuesto, milady.

—Dígale a un mozo que tome el pescante. Llevaré solo unos cambios de ropa. Cuando la traigan a usted pediré que lleven todas mis cosas. Vaya, por favor...

El ama de llaves asintió y lamentó lo que ocurría. Toda la felicidad de la joven se había desvanecido con esa decepción sufrida.

Kitty buscó algunas prendas para cargar en un baúl, pero se distrajo al mirar su cuaderno de dibujo y encontrar el dibujo de Albert.

—Vete al infierno —masculló presa de la rubia. Golpeó su cuaderno con fuerza, aunque después lo había cogido para cerrarlo y colocarlo en su baúl.

Durante esa noche los movimientos en la residencia no cesaban. Kitty y sus criados tomaron el pescante y la llevaron hasta la diligencia en el pueblo. Lo pagaría con el dinero de la mensualidad que enviaba Spencer para el mantenimiento de la propiedad.

Cuando recordaba que iba junto a su hermano, dentro de ella se moría de vergüenza. Agradecía no haberle dicho nada. Se sentiría tan ridícula al después tener que aceptar al duque por vergüenza al qué diría su familia luego de haber anunciado un compromiso.

Una vez dentro del carruaje que la llevaría a Londres en compañía de la señora Snow, el ama de llaves le servía como almohada. Ella se había recostado en el regazo de la mujer, a la vez que aquella tarareaba una canción y le acariciaba sus cabellos.

Nunca se había sentido tan triste y decepcionada de la vida.

Había comprobado que era mejor no enamorarse.

Sufrir por amor era lo más doloroso que le había ocurrido en su vida adulta.

¿Qué le diría a Spencer? ¿Y si él quisiera enviarla de vuelta a Gloucestershire?

No regresaría ni si le dijeran que viviría feliz en ese lugar por el resto de su vida.

Al duque lo había erradicado esa noche como si se trataba de una plaga, la peor que podría tener la humanidad.

Las ilusiones eran el peor calvario y un sufrimiento perpetuo para el que vivía el agónico golpe de la desilusión.

Estaba mejor antes de haber conocido al duque.

No había tenido a ningún caballero en mente hasta que apareció él con su ser tosco y atractivo, con sus planes maquiavélicos de comprarla con lo que a ella más le gustaba y el peor de todos los defectos era que había logrado que ella comprara la idea del matrimonio, que lo concibiera como algo beneficioso, cosa que al final no era de esa manera, o al menos a ella no la beneficiaba.

Cerró sus ojos en el trayecto a la residencia de su hermano en Londres.

Logró descansar hasta que, al abrir sus párpados, percibió la luz del sol.

Levantó la cabeza del regazo de la señora Snow y observó con detenimiento a la criada que dormía con la cabeza pegada a la pared del carruaje.

No parecía cómoda, pero tampoco hacía mucho por decir que estaba incómoda. Roncaba con mucho ahínco.

Kitty decidió mirar el camino como si pudiera ver toda su vida frente a sus ojos.

Su corazón se encontraba lleno de melancolía y tristeza.

Todavía no hallaba algo que inventar para su hermano.

No quería decirle: «Oye, Spencer, me han timado con un falso compromiso».

No podía confesar eso, primero muerta que quedar como una tonta.

Al llegar a Londres, al menos sintió un poco de alivio. No recordaría su vergüenza ni que alguna vez se había comprometido con un mal hombre.

Ella y la señora Snow descendieron de la diligencia, mientras el cochero bajaba el baúl de Kitty y un par de cosas de la señora Snow.

Con vergüenza y un poco de temor, golpeó la puerta y esperó. Al poco tiempo, Calvin, el ayuda de cámara de su hermano, abrió el portal.

—Milady... —dijo atónito.

—¿Se encuentra mi hermano? Necesito verlo.

Aquel sirviente se hizo a un lado para dejarla pasar. En el salón, su hermano se hallaba leyendo el periódico, mientras que Victoria intentaba coger algo que se le había caído, pero su barriga comenzaba a impedirle alcanzar eso.

—Spencer —lo llamó Kitty.

Spencer levantó la mirada y vio a su hermana a la que había desterrado.

—¿Kitty?