Familia Fane Capítulo 31
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Capítulo 31

No había podido contenerse por más tiempo. Mientras retocaba la pintura, concluía que, ¿para qué tener un retrato sí podría tenerla a ella adornando su vida? ¿Por qué pasar un pincel sobre sus cabellos, su piel o sus labios, si él podría acariciarla con sus manos?

En un principio su objetivo había sido convencerla de que se casara con él, pero con el paso de las semanas; sin embargo, no era tan paciente y desprendido. No deseaba más contratiempos como el conde al que despachó o la misma aparición de Grace. Nada echaría a perder su relación con Kitty.

Kitty no podía dejar de mirar el anillo que el duque había colocado en su dedo.

Tan distinto era imaginarlo a vivirlo. La emoción de tener esa sortija en el dedo, no se comparaba con nada.

Su destino quedaba sellado, sería una mujer de su casa y con un esposo.

Albert le daba más felicidad que la soledad en la que vivía.

Estaba segura de que no viviría muchos años siendo solterona.

—Sí, su excelencia, acepto ser su esposa... —respondió sonriente.

Una gran sonrisa de felicidad se había dibujado en el rostro de Albert. Una alegría inmensa recorría todo su cuerpo, haciendo que su ánimo, su aura y hasta sus pensamientos mejoraran. Haber conocido a Kitty era lo mejor que le había ocurrido en la vida. Ella significaba el cambio para bien.

Sin dilación, él levantó el mentón de Kitty para festejar con un beso la decisión de casarse.

Observando el acto se encontraba la señora Snow, que todavía no podía creer lo que estaba presenciando.

La hermana rebelde del conde de Nottingham había pescado nada más y nada menos que a un duque.

Por más incordio que fuera ese hombre, no dejaba de ser alguien importante.

Se escandalizaba, porque aquel caballero estaba besando a Kitty hasta casi dejarla sin aliento.

Tuvo que carraspear la garganta para que el duque dejara de absorber la vitalidad de la joven.

Al escuchar el carraspeo de la señora Snow, ambos tuvieron que separarse un poco, pero no mucho. Los dos miraban el anillo por lo que significaba.

—El anillo ha estado en mi familia por generaciones.

Este era el de mi abuela, según tengo entendido.

Hay un gran anotador en mi residencia sobre el origen de cada una de las joyas de la familia.

Decidí escoger este y no el que había usado mi madre.

Quizá la infelicidad estuviera en un anillo.

Para usted y para mí solo quiero felicidad...

—Es muy hermoso. Mataré de la impresión a mi hermano cuando lo vea —dijo Kitty, orgullosa.

—Debería haber conversado con su hermano en primera instancia, pero era crucial para mí que usted me aceptara de buen ánimo.

—Todavía puedo cambiar de opinión si me ha puesto orejas de murciélago en la pintura —bufoneó.

—Debo mostrarle que se ve absolutamente encantadora. Se lo mostraré una vez, después usted lo verá en nuestra casa cada día.

«Nuestra casa», esa expresión era algo que ella no había sopesado en mucho tiempo.

Sus pensamientos de soledad no habían contemplado que ella no sería dueña de nada, ni siquiera de las prendas que tendría.

Había una inevitable realidad para las mujeres de su clase, siempre dependerían de alguien.

Le había costado entender el asunto de esa manera.

Cruel o no, era la realidad. Tal vez una muchacha de clase inferior pudiera tener más libertades de acción.

—Quiero verlo ahora...

Albert fue hacia su carruaje y de él bajó el lienzo pintado.

Tanto Kitty como la señora Snow habían quedado impresionadas por la perfección del retrato. El duque era talentoso y no lo podían negar.

—¿En verdad soy yo? —preguntó enamorada de lo que veía.

—Sin colmillos ni orejas de murciélago... —replicó Albert.

—Cada trazo es tan perfecto...

—No, lo perfecto es usted...

En aquel sitio se respiraba más que aire, también había cursilería. Aquellos dos rebeldes, no se daban cuenta de que juntos eran los seres más absurdos y románticos. Solo ellos eran capaces de verse como personas racionales, pero la realidad era que estaban ciegos de amor.

Después de enseñarle la pintura y que ella lo apreciara por un par de minutos, Albert guardó eso en su carruaje y se quedó junto a Kitty por un par de horas para recorrer la propiedad y hacer pasear a los jamelgos que tenían ahí.

Una vez que acordaron encontrarse en la próxima velada, Albert regresó a su residencia.

Debía darle la buena nueva a su madre. Él estaba tan contento, que hasta había olvidado todo lo que lo mantenía alejado de su progenitora.

No había tenido suficiente tiempo para pensar en el odio.

Se encontraba ocupado cocinando su futuro.

Todavía no podía creer que después de ocho años lejos de todo y de todos, llegara una muchacha desterrada para devolverlo al camino de las viejas glorias de un duque.

Esta vez lo haría con una esposa, a la que presumiría con orgullo.

—¡Albert! —lo llamó su madre al verlo pasar la puerta con su pintura de Kitty—. ¿Por fin me dejarás ver eso que tienes ahí?

—Sí. Milady ya lo ha visto. —Él le mostró su arte a su madre y también había quedado bastante impresionada.

—Creo que reemplazarás al petirrojo...

—Por supuesto. También quería decirle que le he pedido matrimonio a milady.

—¡Oh, Albert! —exclamó la duquesa que se acercó para abrazarlo—. Enhorabuena, querido mío. Tomaste la decisión correcta para tu futuro. Sé que serán felices. Ella te adora a su manera.

Él no sabía qué hacer con ese abrazo. Nunca le había correspondido nada a su madre.

Con cuidado, colocó una de sus manos en la espalda de su progenitora y la apretó contra su pecho.

Aquello era algo tan extraño y a la vez reconfortante.

En ese momento podía sentir que no era alguien descorazonado, sino que había construido una fortaleza contra el rechazo y la falta de afecto.

Había endurecido su corazón por temor a seguir sufriendo, pero entre Kitty y ese contacto con la duquesa, sus defensas se habían derrumbado.

***

En la noche siguiente, Kitty pretendía ir al baile con su pescante, pero su sorpresa había sido enorme al darse cuenta de que el duque le había enviado su carruaje para que la buscara.

—¿Y el duque y la duquesa? —preguntó al cochero.

—Ellos se encuentran en el baile, solo falta usted —respondió el criado—. Han ido más temprano para que usted pudiera alcanzarlos y que no fuera en el pescante.

—Sabe a la perfección todo lo que quiero hacer. En fin, es hora de alcanzarlos.

Ella subió al carruaje. Estaba ataviada con el vestido que él le había regalado al igual que los aretes y la gargantilla a juego.

También llevaba su máximo orgullo en el dedo.

Quedaba a poco tiempo de ser la duquesa.

Estaba deseosa de ver el rostro de sus hermanas, pero el que más le interesaba era el de Spencer.

La peor de sus hermanas alcanzaría el reconocimiento más alto que podía dentro de la aristocracia.

Estaba deseosa de ver a Albert. Llevaba un día sin verlo y se sentía asfixiada por su ausencia. Pasaba sus horas suspirando por él en cada rincón de su casa. No importaba cuántas copas de vino tomara, la ponían más melancólica.

Con el traqueteo de carruaje moviéndose solo podía ilusionarse más. Albert la había cambiado por completo. De ser una mujer desinteresada en el matrimonio pasó a morir en agonía por una simple ausencia, cuando sabía que en unos años lo odiaría por verlo cada día.

Una vez que el carruaje se detuvo, ella descendió con la ayuda del cochero y fue hacia la entrada. Buscaba con la mirada al duque, mas no lograba verlo. Se había tropezado con una dama en medio de su infortunada búsqueda, manchando su vestido con la copa que llevaba.

—¡Oh, lamento mucho lo ocurrido! —se disculpó Kitty al ver lo que había hecho por su desatención.

—No se preocupe. ¿A quién está buscando? —indagó la dama.

—Al duque y a la duquesa de Salisbury —contestó avergonzada por lo que había hecho al estropear un vestido.

—¿Usted también está buscando a su excelencia? —inquirió la dama—. Él es escurridizo.

Esa pregunta de mujer le había llamado la atención a Kitty. ¿Por qué razón aquella lo buscaría?

—En realidad dudo que él sea escurridizo —dijo Kitty, molesta.

—Es que deseaba mostrarle cómo me queda el vestido que ha encargado para mí a la modista.

Los ojos de Kitty notaron que el vestido era idéntico al suyo, pero con un color mucho más llamativo, uno que por cierto no utilizaría una muchacha soltera.

—¿Quién es usted? —increpó Kitty con impaciencia. No comprendía las razones por las que buscaban al mismo caballero y vestían casi igual.

—Soy Grace, condesa de Charleston. Él ha pedido que viniera después de enviudar. Soy la mujer a la cual no ha podido olvidar en estos años. ¿Y usted?

La joven guardó silencio por un instante. ¿Qué estaba ocurriendo? No comprendía nada de lo que acontecía.

—Soy lady Kitty Fane, la prometida del duque.

Grace masculló una maldición en su interior.

Ya no estaba frente a una pequeña fulana, sino que frente a alguien que había aceptado el puesto que ella rechazó en el pasado.

Debía persuadirla de que desapareciera. Había hecho de todo por averiguar quién era la muchacha para tender una trampa para quitarla del camino.

—¿En verdad le ha hecho creer eso? Pobrecita de usted. Mi querido duque es un verdadero embaucador de debutantes...

—¿Cree que esto es un timo? —alegó Kitty mostrándole el diamante del anillo que le había dado Albert.

—Para un duque, un diamante es una triste baratija. ¿Sabe la razón por la que él está aquí en Gloucestershire? No ha podido olvidarme. Lamento decirle que su excelencia solo ha jugado con usted.

—No seguiré escuchando semejante tontería... —masculló Kitty, enfadada. Le dio la espalda a la mujer y buscó un lugar en el que pudiera pensar en lo que aquella le había dicho.

La mente de Kitty era un verdadero torbellino de confusión y temor.

Había puesto su confianza en Albert, estaba enamorada como una loca de él.

¿Podría ser posible que él estuviera jugando con sus sentimientos?

No, no podía dudar de eso. Le parecía sincero.

La había pintado con tanta perfección que se negaba a que eso no se tratara de los ojos del amor y que fuera una simple habilidad.

No se encontraba lista para hablar con él en ese momento. Debía calmarse, buscar algo racional y luego conversar con él sobre lo que le habían dicho.

—Milady, es un placer verla, ¿cómo está? —preguntó la señora Staton que iba acompañada de su esposo.

Pese a eso que la aquejaba podía mantener una conversación mundana con el matrimonio Staton.

Mientras Grace la veía distraída con otras personas, ella había aprovechado la oportunidad para buscar a Albert.

Ella lo abordaría primero y conseguiría la ventaja, pues si Kitty se presentaba frente a él en primera instancia, se terminaría descubriendo que había dicho terribles mentiras que serían insostenibles con el tiempo.

Grace logró encontrar al duque que quizá estaba escondido de otras damas. No lo sabía con certeza.

—Su excelencia... —habló para llamar su atención, pues estaba distraído con una copa en su mano.

—¿Qué quiere? —interrogó Albert con molestia.

Ella se acercó aún más a él e intentó colocar el rostro y la mirada que alguna vez lo atrajeron.

—Quería conversar con usted...

—Ya sé lo que trama. No soy ningún tonto. En verdad deseaba agradecerle por haberme rechazado. Fue el acto de clemencia más grande jamás visto. Sin eso no hubiera conocido a lady Kitty Fane.

—¿Pudo olvidarme en estos años, excelencia? Yo lo he tenido muy presente. Me he sentido mal y culpable por no haber aceptado su propuesta. El conde me engatusó con sus majaderías.

—Claro que pude olvidarla. La distancia y el tiempo fueron efectivos para tal efecto. Si me disculpa, tengo cosas más importantes que hacer que perder mi valioso tiempo con usted.

Notaba que no tenía ninguna oportunidad con él de manera amable, por lo que intentaría que las cosas cambiaran.

—Por favor, no se vaya... —rogó cogiéndolo del brazo para después aventurarse a los labios de Albert.

Esa acción lo había tomado por sorpresa, él no quería saber nada de Grace.

Estaba al tanto de sus planes para embaucarlo.

Sin embargo, no pudo hacer mucho cuando la boca de ella había tocado la suya.

Aunque la separó con rapidez pudo notar que Kitty había llegado hasta el balcón y había presenciado tal aberración.