Familia Fane Capítulo 30
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Capítulo 30

Él logró alcanzar a la cabrita Kitty. Toda esa vitalidad era contagiosa. Lo estaba haciendo sonreír con su carisma.

El cochero del duque comenzaba a acostumbrarse a bajar cosas en esa casa. Llevaba entre sus brazos la caja en la que iba el vestido que había comprado.

—¡Es un vestido! —exclamó la muchacha, entusiasmada—. Esto significa que me acompañará a las veladas.

—Supone mal... —replicó Albert que, junto a Kitty caminaban detrás del cochero que cargaba la caja del vestido para ponerlo en el salón y que la joven pudiera observarlo.

—Sé que no le gusta comprar ropa para que otros la aprecien, así que asistirá a cualquier evento al que yo vaya.

—Prefiero hacer mil bailes en mi casa que asistir a residencias ajenas en donde quizá existan cosas que escapen de mi control.

—No puede controlarlo todo, en especial a las personas. Su excelencia, acompáñeme al baile que será en tres días —pidió.

—No me convencerá de esta manera.

Pese a lo que Albert le decía, Kitty sabía que lo convencería solo avisándole que ella iría con o sin él. El duque no sería capaz de soportar tanta presión de que ella fuera a bailar con otros. Era bastante celoso respecto a lo que él consideraba su propiedad.

Después de que el sirviente de Albert dejara la caja en el salón, ella la abrió y separó el vestido para poder observarlo.

El color rosa de debutante era típicamente lo que escogería alguien como Albert.

Esperaba que sus gustos mejoraran cuando se casaran.

El vestido era fino, hermoso e ideal para generar cierta idea de inocencia.

Por supuesto que se lo pondría, aunque ella quisiera aparentar más independencia y seguridad, y no parecer una tonta y hueca debutante.

—Es hermoso —habló para congraciarse con el caballero—. ¿Imagina cuántos hombres desearían hacerme bailar? Comienzo a tener comezón en los pies.

—Le sugiero que no hable de esa manera molesta y libertina —masculló Albert, enfadado. Su idea no era que otros se enamoraran de ella y se convirtieran en una competencia. Tal vez el cariño de una mujer fuera fugaz y Kitty decidiera dar sus atenciones a otros.

—Entonces usted me acompañará para cuidar de mí. Necesito que alguien me contenga con tanta rebeldía.

—Una jaula y un par de perros serían de utilidad.

—Prefiere alimentar a sus perros conmigo que salir... Así es como desea que me case con usted... —pronunció victimizándose.

Pocos conocían que Kitty podría llegar a ser maliciosa y manipuladora. Estaba acostumbrada a que la mayoría de sus caprichos fueran concedidos. Por más que su hermano fuera tacaño, había tratado de mantenerla contenta durante años y lo había conseguido.

—Si eso me permite que nadie más la tenga, la idea es bienvenida.

Ella acarició la tela del vestido por un momento más y después volvió a guardar la prenda.

—Ahora iremos al mismo lugar en el que lo dibujé.

De esa manera ambos tendremos al mismo sitio como referencia.

—Kitty volvió a cogerlo del brazo hasta llevarlo afuera.

Ella no les había prestado atención a las palabras misóginas de su querido duque, pues él parecía ser duro, mas en su interior era otra cosa, o al menos lo creía de esa manera.

Al regresar al carruaje, el duque cogió sus pertenencias para poder pintar a la muchacha. Luego continuaron su camino hacia las ruinas que contenía la propiedad.

La joven lo miraba mientras daban sus pasos, le sonreía y lo consideraba más guapo que antes. La mente de Kitty estaba abierta a relacionarse con él y con lo que eso significaba.

Él la había descubierto viéndolo y le entregó una sonrisa. No había nadie alrededor, nadie que pudiera ver que era un poco vulnerable y feliz.

—¿Qué le hace sonreír de mi cara? —inquirió Albert.

—Quizá su ceño fruncido... —replicó bromista.

—No parece que eso pueda ser objeto de burla.

—No todo debe ser malo. ¿En algún momento aceptará chascos?

—Los acepto siempre. Para mí todas las personas son un chasco, con excepción de usted...

—Tomaré eso como un cumplido. ¿En cuánto tiempo cree que terminará mi pintura?

—No será de cuerpo completo, sino del... busto para arriba —contestó con vergüenza—. Traje el juego de aretes que combina con su collar. Puedo ponérselos para posar.

—Yo también tengo algo para usted, un presente. Espero que lo valore mucho.

—¿Un presente de usted? Eso tengo que verlo.

—Lo verá cuando lleguemos...

Albert recordaba que nadie nunca le daba un obsequio.

Si él necesitaba algo, lo compraba. No esperaba nada de nadie, porque era autosuficiente, pero cualquier cosa que viniera de las manos de Kitty debía ser muy especial.

Esa muchacha sabía cómo ponerlo de buen humor.

Sin dudas ese estaba siendo uno de los días más felices de su vida, pese a que ella intentaba malograr su tranquilidad sabiendo que era celoso.

Una vez en las ruinas, Albert comenzó a colocar su lienzo y su caballete, además de preparar las pinturas.

Kitty se acercó a él y quitó de su escote el pañuelo que ella le había bordado.

Lo había cogido del salón antes de salir de la casa.

Lo tenía a la mano por si él aparecía en cualquier momento.

Ya le había puesto perfume para que Albert la recordara.

—Su excelencia... —musitó para desconcentrarlo.

Él dejó lo que estaba haciendo y le prestó atención a la muchacha que tenía la cabeza agachada.

—¿Me dará el obsequio? —preguntó el duque.

—Sí. Esto es para usted. —Kitty extendió el pañuelo hacia él. Al levantar su rostro, sus mejillas estaban sonrojadas.

Los ojos grises de Albert miraron el pañuelo de lino blanco que tenía la joven. Tomó la tela con tranquilidad y la llevó a su nariz. Percibió el aroma como si no existiera más aire que respirar en la tierra. Llenó sus sentidos con ella y también se sonrojó.

—Tiene su nombre bordado. Si encuentra sangre en él, es porque en verdad me ha costado sangre, sudor y lágrimas tener que hacer ese bordado. Es un menester en el que no soy diestra, pero pensé que a usted le gustaría...

—Es el mejor regalo que he recibido, milady...

Él observó con satisfacción el presente. En verdad le encantaba ese pañuelo. Iría guardado junto al que ella había olvidado en su baile.

—La gente no acostumbra a dar presentes a un duque, al menos a mí no. Asumo que no soy el más apto para recibir algo y esto que usted me dado habla sobre lo que considero un hecho: un sentimiento compartido —alegó.

Kitty se acercó a él y colocó ambas manos en su torso.

—A veces no lo soporto, pero lo extraño cuando no está. Lo que me consuela es que siempre regresa aquí. —Cogió la mano de Albert y dejó un beso en ella.

—¿En verdad todavía duda que casarse conmigo sea una buena idea?

—Tal vez no. Quizá solo quiera caer sin vergüenza en sus garras.

Que no me avergüence de haberlo rechazado, de desear ser soltera y criadora de caballos.

Mi hermano se reirá de mí al igual que yo misma lo hago.

Él me envió a Gloucestershire para que cambiara de parecer a base del sufrimiento, pero nunca imaginó que aquí encontraría al caballero que se robaría mi soltería y mis sueños.

—Llevaba años aquí, sin esperanzas de nada, hasta que alguien entró a mi propiedad, cambió mi mundo y mis pensamientos. No escojo vestidos ni tampoco guardo pañuelos de damas como si fueran reliquias valiosas, pero por usted lo he hecho. No quiero ser romántico, no es algo hecho para mí.

—¿Tiene mi pañuelo? Es muy romántico que lo conservara.

—Le ruego que no me avergüence de esta manera...

—Entonces regrese mi pañuelo.

—Lo lamento, pero le he tomado cariño a su esencia.

Subió ambas manos por el rostro de Albert. Lo acarició con afecto y miró a esos ojos grises tan fascinantes que tenía. Después se puso de puntillas para alcanzar a darle un tímido beso. Era el primero que ella le daba.

—¿Me acompañará al baile?

—Qué insistente. Ahí me encontrará —dijo cediendo ante el pedido de Kitty.

Ella no podía esconder su felicidad, por eso se dio la vuelta y fue a buscar una posición en las ruinas.

Si Albert tenía dudas de que ella era la correcta, eso había quedado despejado. Lady Kitty Fane era la mujer perfecta para ocupar el título más importante: dueña de sus afectos y ahora también, de sus actos.

—Todavía le faltan los aretes... —comunicó para que ella regresara hasta él y aquella lo hizo sin dilación con una sonrisa cruzando su boca.

En silencio, él le entregó aquello y ella se los colocó con presteza para luego volver a alejarse.

Estuvieron durante unos minutos buscando la postura ideal hasta encontrarla. Kitty había escogido una en donde miraba a Albert y tenía la cabeza ladeada, con una de sus manos sobre el hombro.

Esa era la oportunidad perfecta de Albert para estudiarla a profundidad.

Cada día le resultaba más bella y perfecta.

Podría jurar que incluso los insultos que ella profería era deliciosos.

No le encontraba ningún defecto, quizá uno fuera su atrapante jovialidad.

Él tenía muchas teorías de cómo había logrado que ella se instalara en su mente, quizá fueran el desafío, la rebeldía, la lucha, su alegría, su belleza y su paciencia con él.

Nadie era tan poco sutil, pero paciente.

Los ojos de Kitty lo escrutaban con la mirada del amor.

¿Cómo alguien tan pedante se había apoderado de su voluntad?

Los caminos de la vida eran inciertos y se había dado cuenta de eso por su propia experiencia.

Si ellos nunca se hubieran conocido y ella continuaría siendo caprichosa, solo viendo los defectos de su hermano, pero estar en Gloucestershire, conocer al duque, a su madre y a la señora Snow, le había hecho bien.

Le habían abierto la mente para pensar más allá de su egoísmo y de su malicia.

Estaba lista para ser la duquesa, para ir al camino correcto.

Ser soltera no era para todas las mujeres.

Al conocer a Albert, se había dado cuenta de que no tenía la vocación, ni el ánimo para vivir alejada del hombre que robó su corazón.

En ese instante de su vida, podía mostrarse cariñosa y dulce, porque en el fondo era su naturaleza.

Estuvieron en el lugar por un par de horas. El duque se había comprometido a terminar la obra en unos días. Había tomado la parte más importante al igual que los tonos de las pinturas. Le quedaba retocar un par de puntos para dejarla perfecta.

Esa tarde, Albert no le había entregado el anillo que tenía para ella, lo haría una vez que acabara la pintura de Kitty, ese sería el momento en que sellarían ese pacto de casarse y únicamente le quedaría acudir a Londres a solicitarle la mano de ella a su hermano.

Al pasar dos días, Kitty estaba entusiasmada con ver su retrato.

Vivía como la señora Snow, pendiente de lo que ocurriera en la ventana hasta ver que el lujoso carruaje del duque se acercaba.

Ella saltaba de emoción, no había otra forma de describir todo lo que sentía por volver a verlo.

Sin intentar camuflar su entusiasmo salió al jardín para esperarlo.

De pie, sonriente y de buen humor, Kitty aguardaba que él descendiera.

Para Albert era una sorpresa ver a la muchacha con aquella mirada brillante y emocionada. La conocía más como pícara, pero era bueno estar al tanto más de sus facetas de vida.

Ambos habían cambiado, él estaba más feliz y menos resentido.

Ya no lamentaba haber sido rechazado por Grace, lo agradecía con devoción, porque de no ser así, estaría casado con alguien a quien no toleraría mucho tiempo.

Había aprendido a conocerla y lo hizo desde el peor de los lados.

Los dos se habían atacado desde el primer día, para a estas alturas estar hablando de un ansiado matrimonio.

—Pensé que tardaría menos —farfulló Kitty, socarrona, al ver descender a Albert.

Él metió la mano en el bolsillo de su levita y caminó hacia ella sin decir nada hasta estar casi pegado.

—Espero que se refiera a esto, milady. —Albert cogió la mano de Kitty y colocó un anillo de diamantes en su dedo—. ¿Me haría el hombre más afortunado de Inglaterra aceptando mi propuesta?