Capítulo 29
Grace podría pasarse a esa desagradable familia por las orejas con tal de conseguir sus objetivos.
—Coloque todo eso para llevar —ordenó la duquesa a la modista—. Mi hijo y yo regresaremos después, o es mejor que lo envíe a nuestra propiedad.
A la duquesa no le agradaba esa mujer. Sabía que había enviudado tiempo atrás y no se lo había dicho a su hijo, tampoco le había comunicado la muerte de su antiguo amigo.
Esos dos no merecían ser recordados, y menos el difunto, que sabiendo que Albert se había enamorado de la joven, el otro había tomado ventaja de esa situación para atravesarse en el camino. Había sido muy desleal.
Albert dejó una bolsa con dinero y una propina para la modista. Él estaba más que dispuesto a seguir a su madre para salir de ese sitio. No le importaba Grace, ya no como antes, pues sus pensamientos estaban ocupados con Kitty.
—Su excelencia... —habló Grace, colocándose frente a la duquesa.
—Quítese, muchacha —ordenó la dama—. Si en Londres no le dirigía la palabra, aquí menos.
—Al menos he encontrado a su hijo. Tantas veces lo he buscado —dijo mirando a Albert. Aquel tenía el rostro impasible, lo que complicaba obtener su atención como antes, pero como en el pasado había podido conquistarlo, podría volver a hacerlo.
—La esperaré en el carruaje, madre —dijo Albert antes de retirarse. No quería seguir viendo a esa mujer.
Su madre y Grace miraron que Albert salía de la tienda con premura.
—Aléjese de mi hijo. Puedo oler a una víbora como usted. Él ya está rehaciendo su vida con una buena joven y no una culebra. Jamás ocupará mi título y de eso no hace falta que me encargue yo, lo hizo usted misma...
—Sabe que su hijo me adora y yo lo adoro —mintió Grace.
—Adora su dinero, sinvergüenza. No le gusta la pobreza.
Eso lo hubiera considerado cuando mi hijo le pidió matrimonio.
Y debo decir también que me alegro de que no se casaran, porque usted es una mujer seca que ni siquiera le ha dado hijos a su difunto esposo.
Apártese por vergüenza, si la dignidad no le queda.
La madre de Albert hizo a un lado a la joven y siguió su camino.
—Grace, las cosas no van a resultar con esta gente —masculló su tía, la señora que la acompañaba.
—Por supuesto que sí. El duque es muy orgulloso, pero cuando vuelva a mover mis pestañas para él, lo tendré a mis pies y esa alimaña de la duquesa terminará expulsada de nuestras vidas.
—¿No escuchaste lo que dijo? Él ya está con alguien.
—No dijo que estaba casado, por lo que él es soltero y yo soy libre.
—Disculpen, ¿se les ofrece algo? —preguntó la modista.
—Sí —respondió Grace—, soy la condesa de Charleston y quisiera encargarle un vestido.
—Por supuesto, milady.
—Y otra cosa, ¿para quién es el pedido que realizó el duque de Salisbury?
—No puedo decirle, es un asunto confidencial.
Grace sacó unas monedas de su ridículo.
—¿Qué tan confidencial?
—Nada muy confidencial —replicó la modista, sonriente—. Es para una joven que desde hace poco tiempo vive en Gloucestershire, su nombre es lady Kitty Fane, lo sé porque solo se habla de eso en el pueblo.
—Excelente. Quiero que me confeccione el mismo vestido que a la joven.
—Oh, no, no, no. No puedo hacer eso...
—Solo de otro color. No puedo usar colores tan sosos.
—Sí, milady.
Ella no cambiaría de decisión, estaba ahí por el duque y Grace quería ser la duquesa. Los métodos eran lo de menos, aseguraba que tendría dominado a Albert en poco tiempo.
En su carruaje, Albert esperaba a su madre. Quería hacerle unas preguntas sobre la nueva peste que inundaba la región. Cuando la vio subir al carruaje, él la miró deseando hablar.
—¿Qué quieres, querido? Cualquier cosa no me pondrá de mayor mal humor que haber visto a esta arpía —alegó la duquesa.
—Ahora que está en época de confesiones, ¿por qué ha venido a visitarme?
—Porque te extrañaba...
—Quiero la verdad...
—Porque esa culebrilla todavía con el cadáver fresco de su esposo, fue a nuestra casa para saber de ti, y también porque te extrañaba.
No le di información de dónde te encontrabas.
Sabía que estabas aquí por su causa, así que no pensaba perturbarte diciéndote que ella te buscaba.
Tampoco quería que me siguiera a todas partes como si fuera mi mascota.
Ya no podía ir ni siquiera al teatro. Qué mujer más exasperante.
Te prohíbo que siquiera pienses, consideres o trates de desposar a esa malvada.
Ni siquiera es capaz de tener hijos. Lleva meses viuda.
—¿Me cree tan débil para siquiera mirarla? Teniendo a lady Kitty Fane, ni pienso en echarle un vistazo. Yo tengo decidido quién será mi esposa y no hay forma de que cambie eso.
—No pierdas tanto tiempo y cásate ya, Albert. No quiero a este buitre sobrevolando tu felicidad y la mía. Además, lady Kitty no es un pan de Dios a la que le gustará ver competencia por ti.
—No existe ninguna competencia para ella. Es absurdo.
—Nunca sabes lo que ocurre en la mente y en el corazón de una dama. Los hombres son básicos y absurdos, menos tú, querido, que eres un encanto.
—Me avergüenza, no vuelva a decir algo así, madre —profirió sonrojado.
Su progenitora le tenía muy poca confianza en lo que él podría hacer por su cuenta.
Nunca se había propuesto buscar a Grace.
Para él y su orgullo, una ofensa era suficiente para nunca más regresar a ese lugar.
Al parecer ella no imaginaba que jamás lo tendría.
Si estaba ahí por interés, continuaría sola, pues Albert tenía sus fuerzas y energías puestas en conseguir la respuesta positiva de Kitty.
No había impedimentos para ellos, pero deseaba que ella tomara la decisión no siendo viciada por la presión que él podría ejercer en su futuro.
Quería que Kitty dijera que sí, porque se sentía feliz a su lado.
Los dos harían las cosas distintas y tendrían algo importante involucrado en todo: sentimientos.
***
En casa de Albert las invitaciones no dejaban de llegar, y estaba seguro de que Kitty también las recibía.
Pensaba ir por la tarde a su residencia para comenzar con su pintura.
Ya había mandado poner su lienzo, caballete y pinturas en el carruaje para poder partir con tranquilidad.
También le llevaba un vestido para congraciarse aún más con ella y facilitarle el camino a su corazón.
Los caballos que le había obsequiado ya se encontraban en su propiedad, Kitty podría verlos y, además, ser capacitada por sus sirvientes para que ella comenzara a comprender los conceptos de la crianza.
Él pensaba que ella en algún momento abandonaría esa idea de los equinos.
Como le había dicho una vez, amarlos no significaba que podría convertirlos en un negocio.
Cómo Kitty todavía era una niña inmadura, a la que Albert adoraba, pronto encontraría algo que la entusiasmara aún más, solo debía seguir buscando qué podría ser eso que le fascinara hacer.
Cuando llegó la hora de partir, él lo hizo con gran felicidad.
Iba a verla y no se cansaba de eso. Quería saber qué nuevas artimañas tramaba la muchacha para mantenerlo más interesado de lo que estaba.
Dentro de su levita, llevaba el anillo que había pertenecido a su abuela, una reliquia familiar para tenerla por si ese día se diera el momento adecuado para pedirle la mano a Kitty.
En la propiedad de Kitty, ella estaba en las caballerizas, observando al domador de la propiedad de Albert y a uno de sus mozos, mostrándole cómo debía tratar con esos animales que el duque le había dado.
Ahí estaba el primer paso para ser una criadora; sin embargo, no lo había conseguido sola, sino más bien, había convencido a alguien de que la ayudara.
Solo alguien como Albert alentaría sus locuras, pues él, en el fondo también era un pequeño loco.
—Milady, ha llegado otra invitación para usted —comentó la señora Snow que llevaba el papel en su mano para que ella lo leyera.
—¡Eso me alegra mucho! ¿Cree que su excelencia quiera ir a alguno de estos bailes?
—Lo dudo. Él piensa que la tiene en sus garras, por eso no irá a ningún lugar.
—Entonces creo que me enfadaré para que me perseguía. Le encanta perseguirme y hacerme la vida imposible.
—Y a usted le gusta hacérsela a él.
—No tengo la culpa de que le guste que lo maltraten. Estoy tan contenta por tener caballos, señora Snow. ¿Se da cuenta de que seré criadora?
—¡Ja! Será esposa antes que criadora, puedo apostar mi puesto en esta casa a que así será. Le queda mejor manejar al duque que hacerse cargo de unos caballos.
Ella sonrió y abrió la invitación que le había llevado la señora Snow.
Por fin tendría en donde usar todos los vestidos que tenía.
Ya pronto le faltarían nuevas joyas y listones.
Debería comprarlos, aunque su hermano no le había dado un solo chelín para sobrevivir ahí.
Lo único de dinero que había era lo que Spencer enviaba por el administrador, y no había caudal para los caprichos de Kitty.
—¡Milady, milady! —La doncella de la casa fue corriendo hacia ella.
—Muchacha, ¿por qué está tan apurada? —interpeló la señora Snow.
—Su excelencia ha venido. Se está bajando de su carruaje.
—Dile que venga hasta aquí —dijo Kitty, sonriente.
—Sí, milady.
La doncella se apresuró para regresar a la residencia y abrir la puerta para recibirlo.
—Buenas tardes, excelencia —saludó la criada, agitada.
Albert todavía no había golpeado la puerta. Cuánta eficiencia era sorprendente.
—He venido a visitar a milady...
—Pase, por favor, ella se encuentra en las caballerizas. Desea verlo ahí.
—¿La dejaron hacer tonterías otra vez? ¿Qué clase de criados son?
—Los que milady necesita...
Él bufó y fue por el jardín para llegar a las caballerizas.
Imaginaba que encontraría a Kitty haciendo alguna bobería que pudiera herirla.
Odiaba no poder controlar las locuras que podría hacer, al menos las que eran peligrosas.
Cuando llegó a las caballerizas, ya lo esperaba. Corrió hacia él y lo cogió del brazo.
—¡He recibido una nueva invitación a un baile! ¿Irá conmigo, excelencia?
—Al único lugar al que iré es a buscar sus buenos modales... —replicó con seriedad.
—Y yo buscaré una sonrisa y un sí para mí.
—¿No estaba haciendo lo mismo que la última vez?
—No. No estaba martillando. Ya sus empleados se han encargado de todo. Estoy muy agradecida por lo que ha hecho por mí. Mi única forma de pagarle es con un baile. Sabe cuánto me encanta hacerlo.
—A mí no me agrada tanto...
—Pero estará conmigo. No sea un ogro...
—No soy un ogro. Soy alguien diferente...
—¡Ogro! —vociferó entre risas. Ese día estaba más que feliz—. ¿A qué ha venido el señor amargura?
—He venido a darle otro obsequio.
—No debería malcriarme tanto. Me puedo acostumbrar.
—Es lo que quiero. Esto es solo un poco de lo que conseguirá siendo mi duquesa.
—Ese título cada vez se oye más tentador.
—También vine para pintarla. Escoja usted un lugar en el cuál quiere que lo haga. Acompáñame a ver su presente.
Ella se soltó de él y lo llamaba con la mano para que se apresurara.
A Albert eso le daba una sensación de calidez.
Kitty estaba jugando con su persona y eso lo mantenía fascinado.
En un primer momento se encontraba enfadado por creerla en algún peligro, pero en aquel instante se daba cuenta de que ella solo estaba siendo feliz, libre y espontánea con él.
La muchacha para él significaba frescura, sonrisa y felicidad.
Ya moría por estar casado con ella para disfrutar cada día a su lado.
La imaginaba como una elegante garza recorriendo los pasillos de su residencia, dejando el dulce aroma de su perfume a cada paso que daba, además de iluminar con su alegría todos los rincones de una fría casa.
Kitty se había entusiasmado demasiado con la idea de un presente, tanto, que el que debía dárselo había quedado un poco rezagado.
Llevaba tiempo sin sentirse tan jovial como ese día.
Había olvidado cómo ser feliz. Al pensar en Albert y en hacer algo juntos, su mundo cambiaba, y eso podía significar que ella era que siempre había anhelado ser la esposa de alguien, pero de alguien como él.