Familia Fane Capítulo 28
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Capítulo 28

Los dos se habían quedado dormidos sobre la paja. Kitty tenía su pierna izquierda sobre las piernas de Albert que la abrazaba al tenerla dormida en su pecho.

Ninguno de ellos se había preocupado por buscar un mejor lugar en el cual descansar, solo habían deseado estar juntos de alguna manera y por ese motivo quedaron ahí.

El sonido de los sirvientes yendo a realizar sus labores había despertado a Albert que observó a Kitty pegada a su torso inquebrantable como una piedra.

Se apresuró para darle un beso en sus cabellos y después miró a su capataz.

Le hizo un gesto para que todos se retiraran.

Él no deseaba que murmuraran nada sobre la joven a la que pretendía convertir en su esposa.

Los criados obedecieron y se retiraron raudamente del lugar para que pudiera despertar a la muchacha.

—Milady... —pronunció con suavidad y empezó a moverse para que ella se incomodara, pero en lugar de eso gruñía y se aferraba a él—. A mí también me encantaría continuar durmiendo sobre la paja, pero ha amanecido.

Al escuchar aquello, Kitty abrió los ojos y miró en qué posición se encontraba.

Se había puesto roja de la vergüenza al descubrirse abrazada y con una pierna colocada sobre él.

Trató de hacerse la desentendida y colocó un rostro de que ahí no había pasado nada, aunque recordaba la noche en que habían conversado hasta quedarse dormida. Fue un disfrute completo.

Él sonrió y se levantó para ayudarla.

—Buen día —saludó Albert, burlón.

—Qué cómodos aposentos tiene el duque en sus caballerizas... —resaltó Kitty como un chasco.

—Lamento haberla dejado a la intemperie y sin una cama digna para usted, pero esto no estaba en mis apresurados planes.

—Lo comprendo.

—¿No quiere apreciar a sus caballos?

—Me encantaría...

Albert la llevó hacia donde se encontraban los animales y ella pudo apreciar lo que ese caballero le ofrecía.

—Son hermosos... Spencer no lo creerá cuando se lo diga.

—No creo que a su hermano le guste que su hermana reciba presentes de un caballero soltero, siendo usted una dama soltera —alegó el duque.

—¿No puedo disfrutar al menos de pensarlo? Quiero que se sienta avergonzado porque otra persona me ha dado este valioso obsequio.

—Eso no significa que dejaré que lo haga sola. Yo la asesoraré en todo momento. Enviaré a estos caballos a su propiedad para que comience a ver sus sueños realizarse. Mi capataz irá a su casa para mostrar a los mozos cómo tratar a ejemplares de crianza.

—Es usted tan generoso...

—No es la generosidad lo que me mueve, es el pleno interés que siento por usted.

—Quería hacerlo ver generoso y desprendido, pero usted prefiere mostrar su verdadera naturaleza.

—¿Para qué quiero que piense que soy virtuoso cuando no lo soy? Actúo movido por intereses, algo que me dará beneficios o placer.

—Puesto que se interesa tanto en mí, ¿puede devolverme a casa?

—La llevaré en mi carruaje.

—Puede prestarme un caballo para no escandalizar a la señora Snow. No olvide ir a por mi pescante, es la única forma que tengo para ir a otros sitios.

—No creo que lo necesite si me tiene como su fiel servidor...

—No importa si es mi fiel servidor, el pescante debe estar en casa hoy mismo —mandó.

Albert solicitó el carruaje para que pudieran llevar a Kitty a su residencia.

Los dos seguían conversando sobre todo lo que había ocurrido el día anterior y lo que era muy probable que pasara pronto.

Hablaban de matrimonio como si se tratara del menú de la semana.

No estaban cerrados a esa idea como cuando iniciaron su conocimiento mutuo.

Todavía faltaba que estuvieran seguros de que ese era el paso que seguía, al menos Kitty no estaba segura de que el matrimonio fuera la mejor alternativa, aunque sí le entusiasmaba la idea.

—Gracias por traerme —manifestó Kitty, que se disponía a bajar del carruaje frente a su residencia, pero sintió que Albert la cogió de la muñeca y luego la acercó a su boca para despedirse.

—Volveré pronto para pintarla. Seguiremos viéndonos...

—Lo esperaré —respondió como despedida.

Una vez que Kitty tocó el suelo de su residencia, vio que el carruaje se retiraba hacia el horizonte por donde salía el sol.

—¡Oh, milady! —exclamó la señora Snow que corrió hacia Kitty al verla caminar rumbo a la residencia—. ¡En dónde estaba! No he pegado el ojo en toda la noche esperándola.

De nuevo se había puesto muy colorada, pero esta vez era porque no había tenido compasión por la pobre señora Snow que se veía cansada y agobiada. Ella había estado feliz conversando y besándose con el duque sin recordar que alguien la esperaba en su residencia.

—Fue el duque... Él me ha raptado —dijo para lavarse las manos.

—¡Oh, milady! ¡Solo Dios sabrá qué le ha hecho! Ahora debemos escribirle a su hermano para que le exija al duque que sea un hombre honorable y se case con usted, y a mí, su hermano me despedirá por no haberla cuidado como debería. ¡Qué desgracia! —exclamó la mujer entre lágrimas.

—Le aseguro que lo que más quiere el duque es que le digan que se case conmigo. Lo mejor es que lo dejemos todo por la paz. No me ha pasado nada. Él solo quería mostrarme un obsequio para mí.

—¡Y Dios sepa qué clase de obsequio era ese! Quizá en un par de meses su vientre crezca y siga siendo soltera con un bastardo en camino.

—¡Señora Snow! ¿De qué está hablando? El duque me ha regalo diez caballos para que empiece la crianza. Él sí sabe cómo solucionar mis caprichos... —suspiró al decirlo.

—Entonces está intentando comprar una esposa... Qué sinvergüenza...

—¿Intentando? ¡Ha comprado una esposa! Ahora imagino todo lo que puede darme si llego a enfurruñarme...

—¿Y sus convicciones de ser soltera?

—¿Acaso no quería que me casara? Hay un hombre rico y capaz de consentirme en este lugar recóndito de Inglaterra. No seré feliz soltera y pobre, pero es probable que sí lo sea siendo la duquesa de Salisbury, ¿no le parece? Creo que le daré una gran sorpresa a mi querido hermano.

Los pensamientos de Kitty iban cambiando con el paso de las horas.

Estaba entusiasmada abriendo su mente a las posibilidades.

Se sentía como una muchacha con las ilusiones de una casadera convencional, así como había pensado hasta sus trece años.

¿Por qué en ese instante sí quería pertenecer a alguien?

Pues lo evidente era que estuvo rodeada de personas que no le habían llamado la atención y también con las que tenía conflictos.

Debió separarse de todos para poder reconocer que, en el fondo, ella sí deseaba casarse con el hombre correcto, no con cualquiera.

Al final terminaría siendo como otras damas a las que había criticado, quizá hasta como su cuñada.

Tenía la esperanza de que Albert fuera sincero con ella y que en realidad la trataría como lo más importante en su vida.

No quería sufrir una decepción. En verdad que no deseaba aquello, si el duque la estaba timando, quizá nunca pudiera recuperarse, pues ponía su confianza en él.

No había nada como la confianza de un desconfiado.

Sin mucho más que hacer que bostezar fue a su habitación para dormir y lo haría con una sonrisa, aunque no con la compañía que había tenido en ese amanecer.

Despertó por la tarde con ánimo de leer un poco y de buscar el pañuelo que había bordado para el duque.

—¿No ha visto el pañuelo, señora Snow? —curioseó la joven buscando bajo los sillones del salón.

—¿Se refiere a ese que usted tan cariñosamente arrojó al suelo, pisoteó y casi escupió? —indagó la mujer que se sentó para comenzar con su costura.

—Sí, me refiero a ese con exactitud.

—Para su buena fortuna, lo he lavado y planchado.

Kitty suspiró de alivio. Volver a bordar algo así sería mucho esfuerzo para ella.

—¿Me lo dará? Le pondré un poco de perfume antes de entregarlo.

—¡Válgame el cielo su indecencia, milady!

—¿No cree que es mejor que también le ponga un mechón de mi preciosa cabellera? —inquirió para atentar contra la paciencia de la mujer.

—¡Al menos espere a que la pida en matrimonio! Qué escándalo. Su hermano estaría avergonzado.

—Él estaría feliz y lo sabe. Se deshará de su problemática hermana, pero para su mala fortuna le quedarán cuatro.

Cuatro que quizá le sigan dando más problemas.

Ahora pienso como la duquesa de Salisbury que me dijo que considerara eso de ser la esposa de un duque y lo que conllevaba.

Podría conseguirles buenos matrimonios a mis hermanas.

La señora Snow se había conmovido con eso.

—Qué altruista, milady. Sacrificarse por sus queridas hermanas. Casarse con ese ogro no debe ser algo fácil...

—A mí me agrada, señora Snow, es por eso que lo considero como un potencial esposo. Solo espero la propuesta.

—Sigo pensando que ha deseado sacrificarse por su familia. Nadie en su sano juicio se casaría con ese caballero.

—Pues él y yo carecemos de buen juicio. ¿Quién se casaría con alguien como yo? Es lo más cuestionable. No puedo creer que esté hablando de esto. Spencer se morirá al saber que seré duquesa. Se arrepentirá de haberme enviado aquí...

***

Albert había ido con su madre al pueblo, de nuevo él deseaba comprarle algo a Kitty y el mejor lugar para hacerlo era la modista.

Él no deseaba volver a dar las vergonzosas órdenes para la confección, sino que deseaba ver los colores.

Si pintaría a la muchacha, necesitaba algo que realzara su belleza y no que la opacara.

Podía imaginarla en algún lugar, parada, mirándolo con sus ojos azules pícaros, entreabriendo sus labios rosados invitándolo a besarla.

Por supuesto que eso podría retratarlo sin inconvenientes y ser el más fiel y devoto observador.

—Si esa muchacha será mi nuera, quiero seda y satén. ¿Cuándo piensas pedirle la mano? —preguntó la duquesa.

—Cuando termine de convencerla. Es habilidosa para confundirse. Yo estoy seguro de mi decisión de desposarla. Ella es la mujer ideal.

—Menos mal que te has dado cuenta. ¿Ves que tengo buen ojo, cariño?

—Buen ojo no significa buenos sentimientos, pero esta vez, mis respetos por hacer algo bien...

—Si te refieres a abrir el portón de los perros, lo hice muy bien —confesó.

—No puedo creer lo que está diciendo. ¿Usted...?

—No cacarees en mi oído. Pensé que solo mataban gallinas, no personas.

—Debí soltarlos encima de usted. Casi despido a mis empleados por su causa.

—Menos mal que no lo has hecho o a estas alturas estarías muy arrepentido.

—¡Me avergüenza! —farfulló molesto. Al parecer aquella dama no medía las consecuencias de sus actos.

La campanilla de la puerta de la modista sonaba, una persona había entrado al negocio o al menos eso creyó Albert al ver que en realidad eran dos mujeres.

—¡Su excelencia! —exclamó una mujer que lo reconoció.

Él estaba rígido en un lugar y la duquesa miraba con absoluta desaprobación a la dama. Ninguno de los dos deseaba saber de ella.

Frente a Albert se encontraba Grace, la responsable de haberlo arrojado a los confines de Gloucestershire.

¿Con qué rostro lo saludaba? Debía faltarle vergüenza.

Habían pasado ocho años y ella no se veía igual.

Tenía ojeras y estaba pálida, aunque seguía bonita.

Prefirió ignorar a Grace y a su acompañante.

Lady Grace Bruster, había llegado a Gloucestershire buscando al esquivo y casquivano hombre que le había propuesto matrimonio años atrás.

Seguía siendo desagradable, pero él tenía dinero.

Si bien se había casado con el caballero escogido, este falleció y su heredero solo le había dado migajas para que sobreviviera. No habían tenido hijos.

Según decían en Londres, el duque no la había olvidado y por eso ella lo estaba buscando.

Cuando era más joven, se había dejado deslumbrar por la gracia del amigo de Albert.

Sin dudas había sido feliz el tiempo que duró.

Su vida siempre estuvo cubierta de lujos que ella no deseaba perder.

Haría lo que fuera por seguir siendo una mujer adinerada de los altos círculos, incluso a casarse con el duque que nunca le había parecido agraciado en lo que se refería al carácter.

Como ya sabía lo que era un matrimonio, podría desempeñarse muy bien para huir de las obligaciones que no le gustaban.