Familia Fane Capítulo 27
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Capítulo 27

Los golpes en la espalda del duque no significaban nada para él. Kitty era una dama que apenas tenía fuerza.

—Sea una buena dama y acepte que la salve de su soltería —bromeó Albert, que metió a la joven al carruaje y después cerró la portezuela.

—¡Lo que necesito es que me salven de usted! —masculló la muchacha a la que Albert depositó con cuidado en el cómodo asiento de su carruaje.

—Le juro que lo hago con la mejor intención.

—De buenas intenciones debe estar lleno el averno.

Albert cogió la mano de la joven, pero ella lo golpeó primero con su mano y luego con su abanico.

—¡No tenga la osadía de tocarme sin mi consentimiento! —lo reprobó con malicia.

—La llevaré a tener el obsequio que jamás nadie le dará. Ahora está molesta, pero después me agradecerá con su atención.

—Puede seguir soñando, aunque es mejor que se resigne a que entre usted y yo todo es imposible —dijo enfurruñada y con los brazos cruzados bajo el pecho.

—Después de esto todo será mejor...

Él estaba seguro de que eso que hacía era lo correcto, aunque quizá raptarla no fuera la forma de conseguir que ella lo tuviera en cuenta como un futuro esposo.

Albert pisoteaba cada una de sus palabras.

Había dicho que jamás volvería a rogarle a otra mujer; sin embargo, con Kitty su mente se había revolucionado, ese espíritu rebelde y decidido que ella tenía lo dominaba, sentía que eran tan parecidos y que solo Kitty podría comprenderlo y él a ella.

Kitty no dejaba de mirar a Albert con desaprobación.

¿Por qué le había hecho esto? La había raptado y no sabía si temer o alegrarse porque estaba con él.

Su decisión arbitraria de ir contra su voluntad era lo único que la molestaba.

Por lo demás se sentía bien al verlo por más que no lo tolerara.

Era insoportablemente atractivo y cuando mostraba sus armas lo era el doble.

¿Cómo una persona le podría resultar tan despreciable y a la vez única y anhelada?

En esos pocos días lo había extrañado. Echaba de menos la ilusión de soñar con él, de creer que ella estaba equivocada con respecto a no contraer matrimonio, que él era la solución para su vida.

Juraba que buscaba despreciarlo, pero no podía.

Si no tuviera un poco de orgullo y dignidad, ya estaría en sus brazos, mirándolo a los ojos, rogándole que la abrazara con fuerza y la dejara sin aliento con uno de sus asfixiantes besos, aunque primero muerta antes que admitir sus más bajos instintos y sentimientos.

Cuando el carruaje se detuvo, Albert descendió y extendió sus cálidas manos para que Kitty las tomara, a la vez que el cochero, con una lámpara alumbraba el lugar.

Ella no aceptó la mano del duque, bajó por su cuenta y puso las manos en jarras.

—¿A dónde me ha traído? —preguntó Kitty que no conocía ese lugar, pero escuchaba sonidos de cascos y paja moviéndose, además de un conocido aroma a excremento.

—A lo que todo criador considera una maravilla: las caballerizas, y no son cualquiera, son las mías. —El duque tomó la lámpara que llevaba el cochero y le hizo un gesto a su sirviente para que se retirara.

—De noche no se puede apreciar demasiado.

—Mi idea era invitarla para venir aquí de día, pero ante sus negativas, solo pude hacer lo que no debería.

—Me he negado demasiadas veces a venir a sus caballerizas y aun así se ha atrevido a traerme. Puede jactarse de tener dinero, lujos, propiedades y sobre todo la habilidad de hacer las cosas por usted mismo.

—Si lo quiero, lo tengo, milady, y también, lo que usted quiera lo tendrá...

—Entonces quiero que me devuelva a buscar el pescante para regresar a mi casa.

—Sabe a lo que me refiero. Yo pondré el mundo para usted. Todo lo que esté a mi alcance será suyo.

—Solo quiero mi libertad y no verlo más...

El duque era incapaz de rendirse. No estaba dispuesto a dar su brazo a torcer para conseguir que Kitty lo aceptara de una vez por todas y luego hacerle la propuesta de que se casaran. Quería convencerla de que era el mejor y único camino conveniente.

—Tome mi brazo para caminar en la oscuridad, milady. Le mostraré lo que tengo para usted...

—Si piensa darme excremento para burlarse de mí, le sugiero que lo considere al menos dos veces —espetó antes de coger a Albert.

Ella no podía notar la sonrisa en el rostro de Albert. De nuevo la tenía pegada a él y la sensación era placentera, de paz y armonía. Sabía que duraría poco, puesto que ningún momento era eterno.

Los relinchos se hacían más fuertes a medida que se acercaban a un gran corral.

—Aquí hay diez bellos ejemplares de crianza y todos son suyos. Son mi obsequio para que usted comience a cumplir sus sueños... —confesó Albert, que levantó la lámpara para que ella pudiera ver la cantidad que él le decía.

En un primer instante Kitty había querido burlarse; sin embargo, después se puso bastante seria. El duque no andaba con rodeos cuando deseaba algo y se lo hacía saber. Él era un experto en lograr su cometido, ¿cómo podía pensar en que ella lograría salvarse de ser su esposa?

—¿Por qué? ¿Por qué hace todo esto? Usted ha dicho que nunca seré una criadora... Se reía de mí —alegó sorprendida.

—La razón es sencilla, porque sus sueños son compatibles con los míos.

Si usted es feliz, es probable que yo lo sea, a mí manera.

Verla contenta, me pone contento. Es una especie de simbiosis que tengo con usted desde que la vi.

No me gusta el romanticismo, no soy partidario ni creyente del amor o del afecto, pero no puedo ser indiferente a lo que me hace sentir cada vez que la tengo cerca.

Me enloquece, me asombra, me gusta, me tortura y me tiene en su poder, tanto que quizá tenga más poder que nadie para destruirme y lo podrá hacer desde adentro.

¿No la hago sentir poderosa sabiendo que puede destruir a alguien que tiene todo en la vida menos lo más anhelado que es usted?

Todo el rechazo que Kitty sentía por él, se desmoronaba.

Tenía a uno de los aristócratas que podría ser comparado con un engendro del infierno hablándole de sentimientos.

Ella se sentía sofocada, aunque feliz por lo que oía, pero no sabía cómo actuar.

Estaba demasiado sorprendida para pensar en una forma correcta o concreta.

No imaginaba que él albergara esa calidad en su corazón.

—No sé qué decir —articuló con dificultad—. Nunca he pretendido nada, ni tampoco he deseado hacer mal o pedir algo que no sea mío. ¿Quiere comprarme?

—Por supuesto que sí, milady, pero no le puedo ofrecer nada más, porque me tiene a mí y yo le puedo dar lo que quiera —respondió.

—Ni siquiera mi hermano me ha demostrado cuánto le importo.

Todo lo que hizo por mí, ha sido solo por obligación, pero usted conociéndome, me ha ofrecido lo que cualquier dama desearía.

Sabe que no soy cualquier dama, pero esto me ha dejado impresionada, pues no solo deja al descubierto su interés real por mí, sino que también alienta mi locura, mi rebeldía y mi esencia.

Le juro que, si usted desea apagar mi luz una vez que consiga lo que quiere, su vida será muy oscura —declaró Kitty que, pese a la penumbra buscaba la mirada de Albert.

—No puedo apagar lo que me fascina de usted.

—Él dejó la lámpara sobre uno de los postes del corral y con ambas manos cogió el rostro de Kitty—.

La convenceré de ser mi esposa. Es una pena que cayera en este influjo extraño.

Juraba que no aceptaría a alguien que tuviera el visto bueno de mi madre y ahora no soy capaz de cuestionar su buen gusto.

—Es un lunático y odioso, pero es tan encantador —confesó también cogiendo el rostro de él con sus manos.

Los dos pegaron sus frentes y cerraron sus ojos. Lo que decían eran una confesión de algo que ambos no querían asumir. Cupido había hecho su trabajo con ellos, solo quedaba saber en cuánto tiempo ambos se darían cuenta de lo que ocurría.

Luego de ese instante pacífico comenzaron a besarse, buscando reconfortarse cada uno con el otro.

Sus labios volvieron a unirse después de unos días sin encontrarse.

Se sentían reconfortados por el contacto de sus labios y las caricias en sus mejillas.

Deseaban que la noche para ambos fuera eterna, pero él debía devolverla a su casa.

Sin embargo, en lugar de hacer eso, Albert abandonó el rostro de Kitty y la tomó de la cintura para pegarla a su figura, haciéndole sentir su atlética figura.

Kitty tampoco era perezosa. Con sus palmas recorría el fuerte torso del duque y movía la lengua tal y como él le solicitaba que lo hiciera. Besarlo ya no era algo pequeño, era el cielo en la tierra.

A medida que ellos más se besaban, el fuego comenzaba a arder con mayor fuerza, amenazando con consumirlos y dejarlos al descubierto cómo los seres pasionales y rebeldes que eran.

Cada vez más Albert buscaba profundizar el contacto, pero ya su boca estaba muy ocupada.

Quedaban sus manos ociosas que buscaban moverse por toda la figura de la joven.

Él deseaba respetarla, era un caballero, aunque anhelaba saber, ¿cómo enfrentar la pasión que sentía por ella?

Esos deseos de pertenencia que tenía por Kitty, quería llevarlos más allá, que le perteneciera en cuerpo y alma.

La joven sentía que el duque comenzaba a acariciarla de una forma distinta.

Las caricias hacían que su cuerpo reaccionara con extrañas sensaciones placenteras.

Esperaba saber más de eso que él hacía. Cuando él decidió abandonar su boca y fue a su cuello, Kitty emitió un gemido de completa satisfacción.

Lo que Albert le hacía sentir era algo indescriptible e indescifrable.

Ante esa reacción de la joven, Albert la tomó entre sus brazos y sin dejar de besarla en el cuello, la llevó hasta una montaña de paja resguardada bajo el techo de las caballerizas.

La recostó con delicadeza sobre el follaje y después procedió a intentar encontrar su mirada en medio de aquella oscuridad.

—¿Cuánto tiempo cree que me llevará convencerla de que se case conmigo? —indagó el duque, curioso, en medio de su gran apetito por ella.

—Quizá cuando me diga que tiene un hermoso anillo para mí, aunque diez caballos pueden ser un sí —respondió con la respiración agitada.

—No quiero destruir su inocencia. Sé que es rebelde, pero hay conceptos que usted no conoce sobre la pasión...

—¿Y qué es la pasión?

—Esto que me consume cuando la beso. Quiero más y más de usted, besarla hasta robarle el aliento, acariciar su piel hasta que pueda penetrar en ella y perderme en su pequeña anatomía por siempre. Es tan frágil, bella y deseable, que es probable que esta noche quede desesperado por poseerla.

—¿Poseerme? Cuando le diga en el altar que es mi esposo, pasaré a ser su posesión.

—No me refiero a esa posesión, me refiero a su carne con la mía, siendo un solo cuerpo. La deseo en mi cama, ofreciéndose a mí, desnuda.

El caballero no podía verla, mas ella se sentía sonrojada y un poco avergonzada por esas palabras tan acaloradas que salían de la boca de ese aristócrata. Ahí sabía lo apasionado y libidinoso que era.

—Qué cosas dice, excelencia —dijo Kitty llena de vergüenza.

—No me entiende, pero lo sabrá la noche en la que nos casemos.

Espero que alguien le ayude a dilucidar lo que ocurre entre una dama y un caballero a puertas cerradas o quizá en una caballeriza sobre la paja, sin el más mínimo conocimiento.

No obstante, la considero demasiado valiosa para tomarla entre el estiércol de animales.

Mi duquesa se merece una cama con sábanas de lino y almohadas de plumas.

No es una yegua, es la próxima esposa de un duque...

Lo que él había dicho aminoró el estado de entusiasmo sexual de los dos, por lo que quedaron recostados en la paja conversando sobre lo que ocurriría con los caballos que le había dado a la muchacha.