Capítulo 26
Kitty se había puesto un bonito vestido, aunque sencillo para la cena en la residencia del señor Staton.
También tenía una gargantilla de perlas, algo que no era muy ostentoso.
En realidad, no deseaba llamar la atención de nadie.
Juraba que tampoco asistirá alguien de demasiada importancia, valga recordarse del duque de Salisbury.
Aquella alimaña de la máxima aristocracia no había vuelto a su residencia, debía seguir muy ofendido por sus alucinaciones.
Ella no iba a buscarlo por más que esperaba verlo llegar, no estaba dispuesta a correr tras su apretada calza.
Kitty había nacido soltera y no debería necesitar a nadie.
Quizá lo extrañara un poco, no tenía con quien pelear.
Él era el único con quién podía pelearse a gusto y sin temor.
El duque no la echaría de la casa ni le diría que era inapropiado esto o aquello, tal vez lo último él pudiera cuestionarle, pero a ella en verdad no le importaba.
—Ese vestido dice que está aburrida, milady —habló la señora Snow.
—Debe ser porque estoy aburrida. ¿Sabe, señora Snow? Por un efímero instante, consideré escribirle a mi hermano para que viniera a por mí, pero no para casarme o algo, sino para solicitarle que me envíe a Yorkshire, a mi hogar. Así al menos podría visitar a mi padre en su tumba.
—Todas esas tonterías las piensa porque se ha enfadado con su excelencia. Cuando a los dos les pase la rabia, todo volverá a ser como antes, de arrumacos a golpes.
—No pienso buscarlo. Estoy cansada de Gloucestershire.
Al regresar esta noche, haré esa carta y un mozo la entregará para ser enviada.
Tampoco tengo mucho apuro si mi hermano quiere salvarme del aburrimiento, vendrá cuando crea que mi castigo se ha cumplido y como lo conozco, tardará al menos un año para eso.
—Tal vez se apresura demasiado. Espere un poco antes de enviarle algo a su hermano. Quizá las cosas mejoren en un par de días.
—¿Lo cree en verdad, señora Snow? ¿Cree que algo cambiará en este lugar tan remoto? No podemos engañar a nadie, no se engañe a usted misma.
Estaba enfadada y desesperanzada. Había llegado triste a ese lugar, pero por un momento logró ilusionarse con la pizca de lo que ella había huido y por algo lo había hecho. Soportaba en carne propia los sufrimientos quizá del mal llamado amor.
Ese era el castigo más grande que pudieron haberle deseado.
Podría jurar que su hermano la maldijo para que encontrara al más engreído, petulante y celoso hombre existente y que se enamorara de ella o que tal vez la enloqueciera con su forma de ser.
Definitivamente estaba pagando sus maldades y malos tratos.
En ciertos momentos de debilidad, deseaba regresar el tiempo atrás, antes de que su padre falleciera, solo para sentirse querida y rodeada de la paz que le había dado no tener obligaciones en la vida.
El día en que llegó su presentación en sociedad, su vida como tal había acabado.
En casa de su hermano solo se escuchaban las palabras: boda, matrimonio, candidato, mejor, dinero, dote, caprichosa, impertinente y egoísta.
Todo se trataba de ella y de lo mal que hacía las cosas.
Al salir de su habitación, se dirigió al pescante, subió y comenzó su trayecto a la residencia del señor Staton. No tenía muchas esperanzas de diversión en ese lugar, pero asistía porque necesitaba salir del encierro.
Tan solo al llegar, uno de los sirvientes se había encargado de llevar su pescante a otro lugar, mientras ella se alisaba la falda para presentarse ante los demás invitados.
Al entrar, había sido recibida por los señores Staton, muy sonrientes y joviales.
—Buenas noches, señor y señora Staton —saludó inclinando la cabeza.
—Buenas noches, milady. Es un placer para nosotros recibirla esta noche —correspondió el señor Staton.
—Lord Pembroke ha sido muy amable al invitarme. Por cierto, ¿en dónde se encuentra?
Los señores Staton se miraron fijamente y después volvieron a sonreírle a la joven.
—Nuestro sobrino ha partido a Londres días atrás por un asunto muy importante que lo aguardaba y que no podía posponer —respondió la señora Staton.
—¿En verdad? —preguntó sorprendida. ¿Qué haría sin alguien con quien conversar? Las damas de la región no eran tan amables con ella, pues parecían muy celosas de la atención que recibía por parte de los caballeros. Al parecer esa noche estaba destinada a morir de aburrimiento.
—Sí, es una pena... —dijo el anfitrión. La cena de esa noche había sido pensada para que el joven conde pudiera conocer mejor a Kitty sin que estuviera presente el duque, mas las cosas no habían salido como planeaban.
No pudieron cancelar el asunto, pues se había invitado a varias personas para camuflar la situación—.
Puede pasar al salón, milady. Hay muchas personas agradables esperando su compañía.
Kitty les entregó una sonrisa muy forzada antes de caminar hacia el salón.
—¿Se le ofrece una copa? —preguntó un criado que pasaba por ahí con un par de copas servidas.
La muchacha asintió, tomó la copa y siguió su rumbo hasta que distinguió una mirada que ella conocía a la perfección.
Albert la observaba como un depredador. Sorbía su brandi que tenía en la mano y la miraba con gran interés.
Kitty sentía que su respiración se aceleraba y que sus manos temblaban un poco.
Esa sensación de nerviosismo y languidez no era algo que solía experimentar con frecuencia.
Era la primera vez que tenía esos síntomas al verlo.
Tal vez moriría de rabia. No sabía en realidad de qué se trataban esos indicios.
Consideró que era mejor ignorarlo, por lo que Kitty decidió buscar su propio rincón en la sala, alejada de los demás invitados, en especial del duque, aunque todo parecía inútil, unos pasos la seguían por donde iba.
Temía ver quién la seguía, porque lo sospechaba.
—Milady... —pronunció Albert.
En lugar de detenerse, ella apresuró el paso y bebió su copa con mayor rapidez. No quería que él la acorralara, pues quizá en esa instancia estaría en una sería desventaja de caer en los brazos de aquel y arrepentirse.
Albert colocaba una sonrisa en su rostro mientras seguía a la escurridiza joven que quería mentir sobre que no lo había visto. Sabía que ella seguía bajo el influjo de la ira.
—Milady —insistió el duque, pero esta vez cogió su brazo.
A Kitty la recorrió un escalofrío al sentir el contacto, pero soportó y se giró para verlo.
—No se atreva a tocarme, excelencia —masculló con seguridad.
—¿Quiere que pida una disculpa?
—Sus disculpas o excusas no servirán para aplacar la ofensa que me hizo —farfulló.
—Si mis disculpas no le sirven, podría conversar con usted sin que me perdone, puedo vivir con eso de manera permanente. No puedo obligarla a dar indulgencias si no lo desea.
—Me sorprende que siga siendo descarado.
—Si no soluciono el problema con disculpas, menos lo haría siendo hipócrita.
—Es usted insoportable. Le pediré que mantenga distancia conmigo.
—La distancia entre usted y yo es algo imposible de respetar. Cuando dice eso, yo tengo ganas de acortarla en lugar de alargarla.
—Sus gustos y preferencias no son mi problema, solo quiero que respete mi decisión de alejarme de usted.
—¿Alejarme de usted? A estas alturas no podemos vivir el uno sin el otro.
—¿Está seguro? Yo venía dispuesta a divertirme con lord Pembroke, es una lástima que tuviera que ir a Londres por una urgencia.
—Quizá no esté en Londres, pero sí a unos tres metros bajo tierra en algún jardín... —insinuó malicioso.
Eso que había dicho el duque le robó el aliento a Kitty. Sospechaba que Albert podía ser un poco demente, pero no tanto.
—Es un chasco, ¿cierto?
—Ha tomado la decisión correcta al regresar a Londres justo a tiempo, de lo contrario, eso que le dije podría ser un hecho.
—Qué terrible, excelencia. Entienda que no soy de su propiedad.
—No quiero que sea de mi propiedad, quiero que sea la mujer que me tolere...
—Deténgase. No quiero escuchar declaraciones absurdas de su parte. Quiero que olvide que pensaré en ser su esposa. Ni por más que me gusten sus besos volvería a caer en sus garras después de cómo me ha tratado.
—Podríamos quedarnos juntos y en silencio. Eso nos mantendría alejados de todos. Es como un beneficio mutuo de soledad compartida. Ni usted quiere socializar con estos desconocidos, ni yo...
—Prefiero arriesgarme a morir de aburrimiento que tener que ver su rostro amargo.
Kitty fue hacia otro lugar, lejos del duque. Al igual que él se hundiría en su capricho. Entre los dos morirían en su afán. La muchacha fue a integrarse a un círculo de damas con las que no tenía mucha afinidad, pero que le serviría para no caer en la tentación.
Él solo la vio irse. Lady Kitty Fane podría resistirse todo lo que quisiera, al final el vencedor sería Albert. Debía desarrollar su deteriorada paciencia de una manera monumental esa noche o terminaría en un desastre público.
A medida que la noche avanzaba, la cena se había servido para todos los comensales.
Para mala suerte de Kitty, los señores Staton se deshacían en atenciones para el ser más importante de ese lugar: Albert George Relish, duque de Salisbury y, para empeorar su malograda fortuna, la habían sentado junto a él.
Todo parecía planeado para que ellos pudieran entablar conversaciones.
—Tengo un par de obsequios para usted —susurró el duque que fingía beber el agua de su copa.
La mirada azul de Kitty lo recorrió y después ella también levantó su copa.
—No me comprará con nada. Lo hecho, hecho está. No lo perdonaré ni hoy ni nunca —replicó.
—No podrá negarse a lo que tengo para usted. Quedará tan fascinada que me dirá que me perdona sin que yo diga una sola palabra.
—Dios, un baño de humildad no le vendría nada mal. No piense por mí. No hay nada que me haga perdonarlo de aquí hasta el día de mi muerte.
—No hable de cosas trágicas, no podría vivir sabiendo que la muchacha más bella de Inglaterra y dueña de mi atención, ha fallecido a causa del rencor que albergaba su corazón —musitó burlón.
—Al terminar la cena me retiraré para no seguir viéndolo. Es demasiado díscolo para que lo tolere.
—No sea rencorosa y cuide sus palabras. Soy el duque, su duque...
—Cállese que me avergüenza. Tenga un poco de pudor en sus declaraciones —afirmó escandalizada por las palabras de Albert. Él estaba perdiendo el control.
La cena continuó con mucha tensión entre ambos.
Cuando Kitty prefirió retirarse y no quedarse para las actividades de música y juegos que realizarían, se despidió de los anfitriones, disculpándose por tener que dejarlos tan temprano.
Ella ni siquiera quiso mirar hacia el salón para no encontrar a su adorado tormento.
Siguió su camino hasta afuera y uno de los criados fue a buscar su pescante para que ella pudiera partir a su residencia.
Sin embargo, un carruaje se había quedado frente a ella.
Cuando la puerta se abrió, de él descendió Albert.
Kitty se cuestionaba cómo había hecho el duque para salir antes.
Era cierto que había evitado verlo, mas era imposible que aquel hubiera tomado ventaja.
—La acompañaré... —habló Albert.
—No quiero que me acompañe. No necesito de su compañía, vine aquí sola y me iré de la misma manera.
—Si yo puedo evitar que corra riesgos, lo haré.
—Pues el único riesgo aquí es usted. Evite estar cerca de mí y se lo agradeceré.
—Ha venido simpática y yo soy un poco impaciente. La invito a subir por las buenas por última vez...
—¿Acaso piensa que subiré por las malas? ¿Qué hará? ¿De nuevo pondrá una pistola en mi frente? No me sorprendería, pues es un duque de dudosa calaña.
—No caería tan bajo para volver a apuntarle con un arma, solo la transportaré de una manera más cómoda.
—¿De qué manera?
—De esta...
Al responder, Albert se agachó y cogió a Kitty para colocarla en su hombro y llevarla hasta el carruaje.
—¡Cavernario! ¡Cómo se atreve a humillarme de esta forma! ¡Si antes no lo perdonaba, ahora mucho menos!