Capítulo 25
Al entrar a su casa, Kitty colocó sus brazos en jarras y exhaló con fuerza por la nariz, como si se tratara de un toro.
Albert había logrado encabritarla. Qué se fuera al demonio.
Ella hasta se había perfumado ese día porque pensaba que era él.
Quizá eso sirviera para que se diera cuenta de que no era apta para casarse y que lo mejor era permanecer soltera.
¿Cómo podría lidiar con un demente como el duque?
Ella no estaba lista para afrontar esa clase de escenas.
Si se casaba él ni siquiera la dejaría bailar con otras personas y menos ampliar su círculo por sus absurdos celos, pero le demostraría que no lo recibiría de la misma manera que antes si lo volvía a ver, pues sospechaba que regresaría arrepentido, tal vez no arrepentido, pero lo haría.
—¿Sucede algo, milady? —curioseó la señora Snow al ver que la muchacha parecía tener los ojos en llamas.
—¡Lo que sucede es que odio al duque! ¡Lo odio!
—Pero si le ha hecho un pañuelo y hasta ha considerado casarse con él.
Ella caminó hasta el canasto de las costuras y ahí buscó el pañuelo que le había bordado a Albert. Sin compasión lo arrojó al piso y comenzó a pisotearlo.
—Con esto le aseguro que si me caso con él es porque me llevaron atada al altar. No quiero volver a verlo nunca más.
—Milady, después no se arrepienta.
—¿Arrepentirme? No estoy perturbada para no poder sobrevivir sin alguien que conocí hace un par de semanas. Prefiero casarme con algún caballero quebrado antes que hacerlo con este perro que se cree mi dueño. Si tuviera a sus fieras, se las echaría encima.
Kitty siguió pisando el pañuelo sin descanso.
La rabia la había consumido por completo, no deseaba saber de nada ni de nadie y mucho menos de Albert.
Estaba enfadada por hacer el papel de tonta.
Esa tontería se la debía a la duquesa, esa mujer había logrado convencerla para que viera con otros ojos la oferta del duque.
Debía ser sincera y decir que se había ilusionado con las oportunidades que podría tener siendo duquesa.
Ella le dijo que él la trataría con bien; sin embargo, ante la duda, aquel prefería tratarla como una libertina.
Le resultaba ofensivo, pues nunca había considerado el libertinaje como forma de vida.
Solo pensaba en ser soltera, vivir feliz, cabalgar y bailar.
Nada de eso estaba ocurriendo. Era soltera, pero no feliz. Cabalgaba, mas no bailaba como deseaba.
Gloucestershire era un castigo. Quizá Spencer no había pensado en que ella estaría atravesando esa situación, de hecho, ni siquiera la misma Kitty lo había contemplado. Lo que su hermano tenía pensado para ella era diferente a lo que ocurría. El amor no se encontraba en sus planes.
Una vez que se cansó de maltratar la tela que le había costado mucho bordar, fue a su habitación para cambiarse.
La señora Snow recogió lo que su ama había desechado y lo guardó en su delantal para poder lavarlo. Sospechaba que ese arranque de ira terminaría con un duque en la puerta en cualquier momento.
***
Ese día Albert había decidido aislarse de todos. Estaba muy molesto con el mundo como para poder tratar bien a alguien. El asunto de sus celos lo tenía malhumorado.
Era cierto que había celado a Kitty, que también la había acusado y no le había dado derecho a una defensa. Juzgó sin más ni menos, aunque se escudaba en que era a causa de lo que había ocurrido años atrás con Grace y su antiguo amigo. ¿Por cuánto tiempo más arrastraría ese fantasma del pasado?
Solo esperaba que eso terminara para tomar decisiones. No obstante, sopesó que, ¿para qué esperar al día siguiente para sacar al conde de Pembroke de su camino? Si él quería algo, lo tendría. Este asunto ameritaba que personalmente tratara de darle una solución permanente.
Después de beberse unas copas, cogió su pistola y la guardó en su levita. Su intención no era matar a nadie, sino más bien persuadir.
Pidió su carruaje para no llegar despeinado.
Quería dejarle claro a la familia Staton quién era él y que no quería saber nada del sobrino de ellos.
Sabía que estaba en problemas económicos y que quería solucionarlos con la dama que había escogido para cortejar.
Esperaba actuar con la premura necesaria para evitar una segunda mala experiencia.
Ya después solucionaría lo que había ocurrido con Kitty.
Ambos eran parecidos, por lo que él la consolaría con lo que solía consolarlo.
Ignoró a todos en su residencia y partió a casa del señor Staton. Durante el caminó mantuvo sus pensamientos en orden. No entraría amenazando a nadie. Lo haría como un caballero de su clase, no se volvería loco. Estaba más tranquilo y confiaba en que tomaría la situación de la mejor manera posible.
El trayecto se había hecho eterno por su poca paciencia.
Su espíritu esperaba certeza para poder continuar con sus planes.
No quería a ningún caballero cerca, por lo que debía apresurar un matrimonio.
Si ella o él no estaban enamorados, ya habría tiempo de enamorarse conviviendo bajo el mismo techo.
Cuando llegó a la residencia del señor Staton, golpeó la puerta con impaciencia.
Un mayordomo de aspecto somnoliento y poco eficiente lo atendió y agarró la tarjeta de presentación que llevaba consigo.
—¿Qué se le ofrece a su excelencia? —indagó el sirviente.
—Solicito que lord Pembroke me reciba.
—Pase, por favor. Lo anunciaré con milord.
El criado hizo pasar a Albert hasta el recibidor y cogió el sombrero que él portaba. No quería tomar asiento, prefería estar parado, esperando ver a ese descarado y coqueto hombre.
En el salón principal, el joven conde se hallaba en compañía de su familia, todos compartiendo un agradable momento cuando llegó el mayordomo para anunciar la visita.
—Disculpe la intromisión, señor Staton, pero lord Pembroke tiene una visita... —informó el sirviente.
—¿Una visita para mí? —indagó Robert con curiosidad.
—Ha dejado su tarjeta. Es el duque de Salisbury quien solicita que lo reciba, milord.
Robert miró a su tío. Él sabía que estaba en un pequeño aprieto con alguien que era poco educado y posesivo.
—¿De qué desearía conversar contigo el duque? —preguntó el señor Staton.
—No lo sé, aunque lo sospecho, tío. Supongo que tiene que ver con mi visita a la residencia de lady Kitty Fane —respondió el conde.
—Sea lo que sea, no des tu brazo a torcer. Pescarás a esa muchacha, te lo aseguro —musitó su tío dándole unos golpes en el hombro—. Que no te intimide esa cara, eres un conde, ve con honor.
Por más ánimos que le diera su tío, no estaba seguro si aferrarse a una mujer que ya tenía a alguien que se creía su dueño. Tampoco era una damisela en apuros para tener que salvarla, y menos de un duque.
Robert se presentó frente a Albert y elaboró una reverencia.
—Buenas tardes, excelencia. Me han avisado que quiere conversar conmigo. Admito que me sorprende su visita —dijo Robert, educado.
—Esto no es una visita de cortesía. ¿Puede llevarme a un lugar más privado?
—Acompáñeme al despacho de mi tío —pidió concediendo el paso a Albert.
Caminar al lado de un hombre cuya aura se sentía pesada, era demasiado para lord Pembroke. Desde un principio, el duque no quiso saber de él y ya le había echado el ojo. Dos veces cerca de la dama habían sido suficientes para que aquel se presentara para marcar terreno.
Ambos entraron al lugar y Robert se colocó frente al escritorio y le pidió al duque con otro gesto de la mano que tomara asiento, pero este no lo había hecho, por lo que él decidió sentarse y dejar de ser tan educado con alguien a quien eso no le interesaba.
—Lo escucho —pronunció para empezar.
—Seré breve. Lady Kitty Fane me pertenece...
—¿Le pertenece? ¿Están comprometidos?
—Estamos a punto de estarlo.
—Deje que dude de sus palabras, pues ella me ha hablado de su estancia en Gloucestershire, y no se ha referido a usted de ninguna manera.
—Es una dama. No andará gritando a los cuatro vientos que se siente atraída por mí y menos a un caballero que está a punto de colarse entre sus faldas.
—Me está injuriando, excelencia.
—Sé que está en la ruina, lord Pembroke, y también sé que milady tiene una gran dote. Sus intenciones son tan evidentes para cualquiera, que solo ella, en su inocencia, es capaz de fiarse de un embaucador.
Al conde no le gustaba que otro noble supiera de su desgracia. Era tan humillante que prefería dejar de escucharlo.
—Le pediré que se retire de la casa de mi tío. No permitiré que hable de mi situación financiera y que la juzgue con tanta ligereza. No soy un embaucador, ese no es mi objetivo. Como cualquier caballero, busco un buen matrimonio, nada más.
—Le advierto que intenta buscarlo con la persona equivocada. He venido para que negociemos su situación a cambio de dejar en paz a lady Kitty Fane.
—¿Negociar?
—¿Cuánto?
—¿Cómo?
—Ya sé la razón por la que nada con las ratas, milord.
Le pregunto a cuánto asciende su deuda o sus deudas.
Las pagaré todas, pero con la condición de que no se acerque a milady.
Si acepta este trato, deberá desaparecer en el mismo instante en que me diga que sí.
También me conseguirá una invitación para la cena que ofrece su tío y a la que invitó a la joven.
Los oídos de Robert parecían engañarlo. Un noble se ofrecía a pagar sus deudas con tal de no verlo nunca más. Era ofensivo, aunque demasiado generoso. No quería ir a la prisión de deudores.
—¿Y qué pasa si no acepto su ofrecimiento? —curioseó Robert.
Albert no titubeó en quitar su arma y enseñársela al conde de Pembroke.
—Podríamos acabar de manera más dramática. ¿Cree que merece morir por una extraña? ¿No le parece aceptable que alguien se ofrezca a salvarlo de la miseria?
Lord Pembroke tragó saliva con dificultad. Ese caballero lo tomando todo demasiado en serio. Era evidente que no valía la pena morir por una desconocida.
—Mi deuda es considerable... —logró articular.
—Nada para mí es considerablemente alto. —Albert guardó el arma y se sentó para conversar. Ese joven había escogido el camino correcto—. Tiene una vida por delante, milord. Con mi ayuda, logrará reponerse y encontrar a una dama que sea para usted.
El duque recuperó un poco de su cordura y compostura. Al ver que lord Pembroke no tenía una intención real con la joven. No estaba muerto de amor por ella ni dispuesto a poner su pecho como una muralla.
Estuvo haciendo cuentas con el conde de Pembroke.
Para Albert no resultaba ser algo desafiante pagar esas deudas.
No era un hombre de favores, pero con eso que hacía no sabía si se ganaba el cielo o el infierno, pues podría juzgarse la intención de la buena acción.
No lo había impulsado la compasión, sino más bien el egoísmo de poseer a una persona.
Desde que lady Kitty Fane entró como una intrusa en sus tierras, también era como si se hubiera metido en su vida de la misma manera.
Él no podía sacarla con un arma. Era un hecho, no deseaba hacerlo.
Ella lo hacía sentir vivo y con un propósito más que pasar sus días en la monotonía y comodidad del campo.
Había un mundo fuera de Gloucestershire, uno que la joven deseaba disfrutar.
Ese lugar no era donde ella quería permanecer, su verdadero mundo era Londres y también el del mismo Albert.
Debía salir de esa coraza de protección que había hecho en contra del rechazo.
Si lograba que Kitty lo aceptara, ambos mundos cambiarían para bien.
Él había salido del lugar con unas deudas que pagar y una invitación para una cena en los próximos días.
Lady Kitty Fane se llevaría una gran sorpresa al encontrarlo a él y no a lord Pembroke, porque aquel conde debía tomar un carruaje que lo devolviera a Londres.
Albert le había puesto fin a su competencia, tenía el camino libre para apoderarse de la voluntad de su vecina, la mujer que lo había desarmado por completo y que lo tenía a sus pies, dispuesto a todo sin que ella lo supiera.